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martes, 3 de noviembre de 2009

Las Salinas de Imón: sorpresa blanca en pleno campo castellano

Hace unas semanas estuve dando un paseo por tierras de Guadalajara para preparar una de mis intervenciones en Estamos de fin de semana. Ya conocía Sigüenza, que fue el principal protagonista del reportaje radiofónico, pero me llevé un par de agradabilísimas sorpresas en sus alrededores y una de ellas fueron las Salinas de Imón, un singular lugar en mitad de un paisaje muy castellano en el que la sal pone una inesperada nota blanca.

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Se trata de un lugar muy antiguo o que, al menos, se explota desde hace muchos siglos: los romanos fueron los primeros en aprovechar las virtudes del Río Salado que, como cabría esperar por su nombre, es el que da origen a este peculiar paisaje o, más exactamente, el que ha permitido al hombre crearlo.

Además, desde entonces en Imón ha venido obteniéndose sal hasta hace bien poco y, de hecho, en los últimos dos o tres años se vuelven a explotar en parte, aunque en cantidades muchísimo más modestas que en sus mejores momentos, por ejemplo cuando gracias al diezmo de estas Salinas pudo levantarse un edificio tan notable como la catedral de Sigüenza.

El visitante atento percibirá ambas cosas: la importancia que tuvieron las salinas en su momento (sólo hay que fijarse en el imponente tamaño que tienen) y su completa decadencia que es, desde mi punto de vista, una parte de su romántico encanto: todo tiene una sensación de semi-abandono ruinoso que, junto con la soledad que suele respirarse (lo más se cruza uno con un par de curiosos aquí y otro allá) le confieren un aire muy especial.

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Un ambiente al que contribuyen y no poco los viejos almacenes, que también impactan por su tamaño, o las curiosas construcciones circulares en mitad de las salinas, unos y otros prácticamente derruidos pero dando todavía una impresión bastante certera de la importancia que debería tener el lugar y la cantidad de gente que debería trabajar allí.

Hay algo en todas estas ruinas que transmite también una indefinible sensación de abandono precipitado, no sé por qué, pero las viejas maquinarias de madera corroída por la sal me daban la sensación de haber sido abandonadas de forma súbita, como por sorpresa, como si ellas mismas esperasen ponerse de nuevo en marcha de un momento a otro… desde hace decenas de años.

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Por supuesto, todo esto enmarcado en un paisaje blanco que nos llama poderosamente la atención, probablemente porque no estamos acostumbrados a encontrarnos lugares similares en el interior y menos aún en mitad de los áridos campos castellanos, aunque la verdad es que no es algo tan infrecuente como podríamos pensar.

Un paisaje, por cierto, con grandes posibilidades fotográficas que lamentablemente no pude exprimir por falta de tiempo (siempre con la maldita prisa) pero que resultaba muy estimulante, tanto abriendo el foco y mostrando lo extraño del pequeño mar de sal en su entorno, como cerrándolo para centrarse en la propia sal y en las formas caprichosas que puede llegar a tomar.

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Todo eso, claro, con mucho cuidado para sobreponerse a la locura que tanto blanco y tanto brillo causarán en el fotómetro de nuestra cámara.

MÁS
Mis fotos de las Salinas de Imón
Otro reportaje sobre el lugar
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miércoles, 28 de octubre de 2009

Ver las auroras boreales (y a ser posible verlas así)

Uno de mis sueños viajeros que aun no he podido cumplir es contemplar una aurora boreal, no sé si me atrae el frío paisaje del norte por la posibilidad de ver ese fenómeno o mi deseo de contemplarlo es una parte más de mi atracción por los parajes llenos de nieve al norte de Europa o América.

Imagen del usuario de Flickr svelo

El caso es que me ha llegado una nota de prensa al trabajo y, aunque por motivos que ahora no vienen al caso no suelo prestar mucha atención a las cosas sobre turismo que llegan allí, ésta ha captado casi instantáneamente mi mirada. Se trata de la llamativa propuesta que Visit Finland nos hace, precisamente, para contemplar las auroras boreales: nada más y nada menos que un hotel especializado en el tema: el Aurora Chalet.

¿Cómo puede un hotel especializarse en auroras boreales? Pues en primer lugar ha de encontrarse muy al norte, más allá de donde Cristo perdió el gorro en dirección al círculo polar Ártico; en segundo lugar, no viene nada mal que todas las habitaciones del hotel estén orientadas al norte; y, por último, unas grandes ventanas harán la cosa de lo más agradable y confortable.


Por supuesto, son virtudes que atesora el Aurora Chalet, que además se preocupa de alertar por teléfono a sus clientes cuando aparece el imprevisible y caprichoso fenómeno. Un par de detalles extra para que la envidia nos salga por los poros: todas las habitaciones tienen su propia sauna en el baño y la mitad chimenea, para que la experiencia romántica ya sea completamente de película.

Además, y por si no tenemos suerte con las auroras o en caso de que deseemos hacer algo por el día el hotel ofrece una serie de actividades propias de la zona: rutas en trineo de huskies, pesca en hielo, visitas a granjas de reno o paseos con raquetas de nieve.

Y para colmo de comodidad no es necesario llevar mucho equipaje puesto que allí nos prestan todo el equipo que podamos necesitar. (chaquetas de nieve, botas, monos térmicos.

Teniendo en cuenta que la mejor época para ver las auroras es durante el invierno… ¿alguien se apunta?

MÁS
Visit Finland – Turismo de Finlandia
Ahora Chalet Hotel
Las auroras en la Wikipedia
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domingo, 30 de agosto de 2009

Un viaje a una parte muy oscura de la historia

La historia forma parte de muchos de nuestros viajes, un porcentaje muy alto de los monumentos, edificios y ciudades que visitamos tienen la raíz de su interés en que han llegado a nosotros desde un tiempo ya muy lejano, en que son históricos.

Sin embargo, a pesar de la emoción histórica que podemos sentir en destinos como Roma o Egipto, en muy pocas ocasiones se nos da la oportunidad de realizar un viaje no a un lugar con un pasado que recordar o con bellezas de hace cientos o miles de años, sino a la historia misma.

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Y esto es, exactamente, lo que nos propone 1984, un “encantador” lugar cerca de la capital de Lituania, Vilnius, en el que podemos viajar a la antigua URSS y sentirnos como un ciudadano del imperio comunista, es decir, como una auténtica mierda, con perdón.

La cosa tiene pinta de ser de lo más realista, y el escenario elegido para desarrollar el “show” parece inmejorable: un bunker antinuclear de la era soviética construido en los años ochenta. Durante dos horas los visitantes son tratados como auténticos ciudadanos de la URSS, es decir: sin libertad, sin derechos, recibiendo órdenes y, tal y cómo nos avisa su propia página web, en caso de desobederlas “se pueden recibir castigos psicológicos y físicos”.

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Según la web de 1984, el Channel Five de la tv inglesa lo calificó como “la más extraña atracción turística de Europa”. Probablemente lo sea, pero también debe ser una de las más lectivas, más aún: para mucha gente que todavía cree en la bondad de ciertos tipos de totalitarismo debería ser obligatoria.

Viajes para aprender, aunque duela

Y es que soy de los que creen que los viajes son, entre otras muchas cosas, oportunidades excelentes para aprender. Pero muchas de las cosas que es necesario o conveniente saber en esta vida no son agradables, ni tan siquiera bellas o simplemente llamativas: las hay desagradables y terribles, pero esas son, quizá, las que es más necesario aprender.

Por ejemplo, uno de los sitios a los que iré en algún momento de mi vida es a Auschwitz, y no estaría de más poder visitar de una forma similar Kolyma. Eso sí, no estoy seguro de que en ninguno de los dos sitios estuviese dispuesto a una experiencia tan “realista” como la que nos propone 1984, pero tampoco creo que fuese necesaria.
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jueves, 20 de agosto de 2009

La irresistible atracción por el desierto

Pese a su naturaleza agreste y hostil, o quizá precisamente por ella, los desiertos me han resultado siempre un atractivo lugar al que viajar, aunque en realidad los he conocido muy poco y no he hecho, todavía, ningún viaje “al desierto”.

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Pienso en ellos porque he encontrando en Odee, un peculiar blog de listas del que creo que ya les he hablado, un post sobre los 10 desiertos más fascinantes del mundo que me hace desear una vez más viajar y fotografiar a alguno de ellos, especialmente a ese cercano y al mismo tiempo tan lejano Sahara.

Y eso que el Sahara ha sido de lo poco que he visto del desierto, obviamente en mi viaje a Egipto en el que la presencia del desolado mar de piedra y arena es una constante, aunque sea como fondo del decorado, aunque los templos y el propio Nilo le hurten el protagonismo.

Sin embargo el desierto siempre está ahí, unos metros más allá de las Pirámides, si levantamos la vista por encima del vergel de las orillas cuando navegamos por el río, incluso nos adentramos literalmente en él (un desierto lleno de turistas, que no es lo mismo, claro) al visitar lugares como el Valle de los Reyes o el impresionante templo de Hapshetshut.

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Incluso en algunas partes del viaje el Sahara se yergue en protagonista, aunque la mayor parte de los turistas no se preocupen en apreciarlo: es el caso del trayecto entre Asuán y Abú Simbel, sobre el que ya publiqué un artículo y en el que, para los que sepan apreciarlo, contemplar la inmensa desolación del desierto, su aparente y demoledor vacío, resulta un auténtico placer.

Desiertos que están (o estuvieron) llenos

Aunque casi ninguno lo esté realmente, hay desiertos que traicionan a su denominación con una rica historia, épocas en las que estaban llenos de gente cuyos vestigios todavía podemos encontrar y que hace que nos preguntemos cómo podían vivir allí y, sobre todo, qué comían y bebían.

Es el caso de uno de los puntos más famosos del desierto de Judea, Masada, de la que también he escrito por aquí y que está en uno de los lugares más desolados y bellos que he conocido en mi vida. Un desierto que tiene además la ironía de tener un lago con abundante agua… pero que ésta esté más que salada: desde la propia Masada la vista alcanza a contemplar ese otro peculiar desierto acuático que es el Mar Muerto.

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¿Hay que viajar tan lejos para conocerlos? No, desde luego, en España tenemos zonas como Los Monegros (al menos hasta que construyan allí Las Vegas baturras, si es que al final lo hacen), la hollywoodiense Almería y una zona que no sé si es propiamente un desierto pero cuyo paisaje, con esa desolación oscura y bella, transmite sensaciones muy similares: Timanfaya y su rocosa soledad, un lugar absolutamente mágico, minúsculo comparado con el Sahara, pero que se nos presenta con la misma grandiosidad, con esa inmensidad que quizá sólo los desiertos pueden hacernos sentir.

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FOTOS
Vean mis fotografías de Timanfaya en Flickr.
Y también las de Masada.
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miércoles, 5 de agosto de 2009

De nuevo en el Oceanográfico, esta vez con niños

Creo que es la primera vez que voy a repetirme en este blog, es decir, que voy a hablar de algo de lo que ya he hablado. El sitio es el Oceanográfico de Valencia y hay un par de razones que me impulsan a traerlo de nuevo a esta página después del artículo que le dediqué en agosto del 2005, y ya hace.



La primera de ellas es que por aquel entonces no tenía una SRL digital que me permitiera sacar fotos con un mínimo de garantías; la segunda que tampoco tenía un conocimiento mínimo de Photoshop para adecentarlas algo; y la tercera que no tenía (qué cantidad de carencias) una maravillosa hija de dos años y medio que le diese otro sentido a la visita.

Por lo demás, he visto con cierta sorpresa que el artículo de entonces se parece mucho al que escribiría ahora, con la única excepción de que habría añadido algunos pequeños consejos para una visita con un niño tan pequeño como mi hija.

Consejos por lo demás que son cuestión de sentido común y que, por supuesto, les ofrezco ahora:

- Organice su visita teniendo en cuenta la limitada capacidad de atención del niño, es decir, hay que prever que si ven todo el Oceanográfico hacia el final ya no podrá escapar del aburrimiento, así que elija lo mejor (los tanques subterráneos, desde mi modesto punto de vista) para iniciar el recorrido.
- Además, no dedique demasiado tiempo a cada zona o lo fatigará muy pronto.

- Centre la atención del pequeño en unas pocas cosas que luego pueda recordar y, en cierto modo, aprender.

- Invierta algo de tiempo en estar pronto en el delfinario y tener un asiento bajo y cercano para el espectáculo de delfines.

- Tenga cuidado, especialmente si visita el lugar en verano, con los cambios de temperatura entre algunas de las zonas a visitar y el exterior.

- Por supuesto, trate de evitar los días (como los fines de semana del verano) en los que es probable que haya mucha gente.
Por lo demás, del resultado de la solución de mis carencias fotográficas pueden ver algo en esta galería (sí, ya sé que todavía hay mucho que mejorar):

Get the flash player here: http://www.adobe.com/flashplayer

O, por supuesto, en el slideshow del set en Flickr.


Y no olviden leer el viejo artículo, que sigue siendo igual de válido que hace cuatro años.
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domingo, 21 de junio de 2009

¿Qué nos hace elegir un destino para viajar?

Veo en la televisión un anuncio particularmente ridículo de un destino de vacaciones y me pregunto si alguien lo elegirá por esa publicidad de calidad cuestionable, pero la pregunta crece y pronto se transforma en algo más complejo: si esa publicidad no lo consigue... ¿qué es lo que nos hace elegir uno u otro destino a la hora de viajar?

Bueno, quizá soy injusto con el mundo de la publicidad si lo juzgo por único anuncio (que además es muy malo), puede que sí influya más en nosotros de lo que nos gusta aceptar pero si miro hacia atrás mis motivaciones para viajar han sido muy diferentes y en ellas no parece haber tenido mucho que ver la publicidad, al menos en sus formas más directas, aunque sí otras cosas como reportajes, artículos, libros... y por supuesto las fotografías que nos permiten ver algo antes de verlo "de verdad".

Esta influencia de textos e imágenes puede extenderse a lo largo de los años, incluso llegar a la madurez desde nuestra más tierna infancia. Les cuento, por ejemplo, que siendo un niño quedé totalmente fascinado por el primer fascículo de una de esas enciclopedias por entregas titulada “Maravillas del Mundo”. Estaba dedicado a Abu Simbel y creo que hay una línea directa entre aquel fascículo en cuya portada se veía el pétreo rostro de Ramses y mi decisión de viajar a Egipto más de 20 años después, donde me encontré con un viejo amigo en forma de increíble templo a la orilla del lago Nasser.

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En otras ocasiones las motivaciones son más prácticas: qué mejor excusa para conocer una ciudad o una zona que tener allí un amigo al que visitar y que, además, nos facilita un alojamiento gratuito. Gracias a este “método” yo conocí Hamburgo y el norte de Alemania y creo que es, sin duda, una de las razones más habituales que nos hace viajar a un lugar concreto.

Siguiendo por lo que se refiere a los amigos, sus consejos y recomendaciones suelen ser otra buena fuente de información que valoramos mucho a la hora de viajar: conocemos una ciudad después de que alguien nos confirme lo bella que es, seleccionamos un hotel porque una persona de confianza nos dice que es bueno y que está limpio, o en ocasiones vencemos nuestros miedos cuando un amigo lo visita y afirma que tal o cual lugar son tan seguros como nuestro propio país.

Por esta razón (además de por la obvia de la profesionalidad) es tan importante que el trato que reciben los visitantes de un lugar sea todo lo exquisito posible: nuestra experiencia tenderá a expandirse por nuestro círculo de amistades que a su vez la referirán a sus propios amigos que, en los mejores y sobre todo en los peores casos, no perderán la oportunidad contar que en tal sitio o en tal hotel ocurrió algo que hace irresistible o impensable viajar allí. Al final, cientos de personas pueden llegar a recibir esta información.

Muchos viajes responden a razones concretas irrepetibles en el tiempo que los hacen adelantarse o atrasarse o incluso sin las cuales no se darían. Los conciertos suelen ser una de esas motivaciones que generan sobre todo viajes cortos de poco más que la imprescindible ida y vuelta, pero en ocasiones también viajes más largos y complejos: por ejemplo yo viajé hace algún tiempo a Roma para asistir a un concierto (Peter Gabriel, para más señas) que tenía lugar en Florencia. Es obvio que habría viajado a Roma de todas formas antes o después, pero aquello precipitó la ocasión de un espléndido viaje.

El clima es otra de las razones principales por las que elegimos un lugar para visitar en detrimento de otros en los que no habrá sol, no nos podremos bañar o se está en plena temporada de huracanes, por poner un ejemplo más extremo.

Esta fue la motivación que me hizo viajar a las canarias hace un año: era el único lugar más o menos cercano que
en el mes de abril me “garantizaba” un clima lo suficientemente veraniego como para que mi pequeña hija disfrutase del sol, la piscina y la playa. Además, Lanzarote fue el destino natural después de una conversación con un compañero de trabajo que, tras explicarle lo que buscaba, señaló sin ninguna duda la isla de Timanfaya.

Por último, en otras ocasiones las razones son más azarosas: una decisión de último momento, un billete de avión muy barato… Y sobre todo suele deberse a una combinación de varios de los factores que hemos venido contándoles y, sí, hasta algún anuncio malo o un modesto blog como este pueden tener su influencia.
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jueves, 14 de mayo de 2009

La fotogenia del Atomium

No se dejen engañar, el Atomium no es demasiado bonito; espectacular quizá, pero tampoco tanto como la Torre Eiffel, por poner un ejemplo (y eso que tiene bastantes años menos, o quizá precisamente por eso, no sé). Sin embargo, no deja de ser una visita interesante que hacer en Bruselas y, sobre todo, tiene una virtud que los que siempre llevamos la cámara colgando en nuestros viajes: es tremendamente fotogénico.

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Como muchos de ustedes sabrán, el Atomium se construyó para la Exposición Universal Celebrada en la capital belga en 1958. Fue un diseño del ingeniero André Waterkeyn y sus nueve bolas de acero interconectadas representan un cristal de hierro ampliado 165 mil millones de veces, o al menos eso es lo que dice la Wikipedia pues, como comprenderán, el día de mi visita no me aprendí la cifra de memoria.

La idea al levantarlo era que durara sólo seis meses, pero el año pasado cumplió medio siglo de vida, aunque para ello tuvo que pasar por una seria restauración de dos años que terminó precisamente en el 2008.

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No es el único edificio famoso que ha nacido para una exposición de este estilo, también ese fue el motivo por el que se levantó la Torre Eiffel que mencionábamos antes, e incluso la Plaza de España en Sevilla tuvo su origen en una Exposición Iberoamericana (nosotros siempre dando una nota folclórica).

Eso sí, ahí se acaban todas las posibles comparaciones entre el monumento de Bruselas y la torre parisina, no sólo porque aquella es tres veces más grande que éste (más de 330 metros de altura frente a 105), sino porque el trabajo de Eiffel y sus subordinados supuso un reto arquitectónico inaudito para la época y requirió desarrollar soluciones de ingeniería que nunca antes se habían intentado. El Atomium, si bien es un diseño original, no significó un avance del mismo tipo.

En su interior

Hoy por hoy el Atomium se dedica a lo típico para lo que “sirven” este tipo de monumentos: peculiares salas de exposiciones y, como mucho, un restaurante. En este caso algunas de las “bolas” nos cuentan lo que supuso la Exposición Universal para la Bélgica de los años 50, con algunos detalles sobre la su organización y unos bonitos carteles de la época.

Otras “bolas” se dedican a exposiciones temporales, de las típicas sin demasiado interés y con un montaje audiovisual para que las visiten los colegios. Aunque la verdad es que tampoco las grandes esferas de 18 metros de diámetro parecen un lugar muy óptimo para el montaje de cualquier exposición.

Por último, la más alta de las plataformas es el típico mirador – restaurante, aunque en este caso las vistas tampoco son nada muy allá: el Atomium está en las afueras de la ciudad y no hay nada muy interesante que ver por allí.

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Si que son llamativas las escaleras que unen las diferentes esferas, los tubos que se ven desde el exterior y que me parecieron de lo más estético del conjunto, aunque no sabría explicarles la razón. Quizá fuese ese aire futurista – sesentero de película mala de ciencia ficción, lo cierto es que tienen su gracia.

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Pero lo mejor, como les decía al principio, es la fotogenia del conjunto: con gran angular, con tele, de una de las esferas a las otras, en las escaleras… Todo parece más interesante a través del visor de la cámara, así que aquellos que cuando vuelven de una ciudad han acumulado unas cuantas decenas de fotos en su cámara seguro que disfrutarán de su visita al Atomium.

Los demás también, no crean, pero por si acaso tampoco eleven mucho el listón de sus expectativas.

Y si alguien quiere más...
Página oficial del Atomium
El Atomium en la Wikipedia
Galería de mis fotos del Atomium
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miércoles, 6 de mayo de 2009

Un suelo de cristal… ¡a más de 400 metros!

La Torre Sears es una de las atracciones turísticas más conocidas de Chicago, la ciudad que tiene entre sus ciudadanos ilustres a Barack Obama y que, tal y como están las cosas respecto al político americano, dentro de cuatro días será de peregrinación obligada.


La mayor ciudad del estado de Illinois (la capital del estado es Springfield, no sé si la de los Simpson) es conocida en todo el mundo por su arquitectura, al parecer una de las más interesantes de los Estados Unidos, y dentro de esto las Torre Sears es un hito singular con sus 443 metros de altura (sin contar las enormes antenas), que la convierten en uno de los edificios más altos del mundo.

Actualmente su mirador, el Skydeck, está situado a más de 400 metros de altura y es visitado por 1.300.000 turistas cada año, pero creo que esta cifra se incrementará a partir de julio, cuando se abra un nuevo e impresionante espacio ¡con el suelo de cristal!

Se trata de “la cornisa” (traduzco de "Ledge"), un saliente de algo más de un metro con el suelo y las paredes de cristal que ofrecerán un panorama impresionante de la ciudad desde su descomunal altura y una sensación de vértigo que difícilmente podremos encontrar en otros lugares.


Viendo las recreaciones infográficas que les dejo (cortesía de la web del Skydeck) la verdad es que habrá que ser un valiente.
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lunes, 27 de abril de 2009

Las playas no son para el verano

Aquellos que lean con cierta asiduidad este blog sabrán que, por decirlo de alguna forma, soy un tanto “rarito” en mis preferencias viajeras; así que tampoco les extrañará tanto que les diga que me gustan las playas, sí, pero no en verano.

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Les cuento esto porque, por motivos que poco o nada han tenido que ver con el turismo, este fin de semana he estado en la playa de Gandía, y he de decir que en estos días fuera de temporada, resulta un lugar muy interesante, relajante, con un toque de agradable abandono, sin los agobios y los amontonamientos propios del verano.

Así, aun sin poder bañarse, tienes la sensación de que todo el mar está a tu disposición, y paseas por la arena prácticamente sólo, viendo corretear libremente a tu niña (caso de tenerla) sin tener que preocuparte de que llene de arena a alguna osada vieja en topless o de que pase por encima del castillo de arena de otro pequeñín.

Además, también están confortablemente vacías y desiertas las pequeñas ciudades (algunas no tan pequeñas) que se han construido alrededor de las playas, con sus edificios altos de apartamentos, sus locales de venta de bikinis, sus restaurantes de bufet libre y sus diversas atracciones para los turistas (que no es lo mismo que atracciones turísticas).

No hay muchos bares y restaurantes abiertos, pero suelen ser los mejores, aquellos que no viven sólo de la avalancha veraniega y, además, hay sitio para comer, cenar o, simplemente, tomar una cerveza o un café frente al mar.

Por supuesto reina un silencio agradable, casi mágico, que no pueden romper los pocos coches y que permite que el sonido de las olas meza nuestro sueño como si durmiésemos a diez metros del mar. No hay cuadrillas de borrachos, ni tuneros con el subhúfer a toda mecha que nos sobresalten en plena noche o en la hora sagrada de la siesta, ni hay karaokes o terrazas musicales y, por no haber, ni siquiera está la mujer que llama a gritos a Jéeeeeeesssssiiiiicaaaaaaaa.

Ya sé que por todo esto se paga un precio que para algunos es alto, casi insoportable: no puedes bañarte en el mar (o, al menos, tienes que ser un auténtico valiente para hacerlo) y tampoco suele ser el momento propicio para tostarse al sol. Ambas son actividades respetables e incluso puedo llegar a practicar la primera en determinados momentos (la segunda jamás), pero he de decirles que en la mayoría de las ocasiones eso no me compensa por los agobios, los ruidos y los calores de la playa veraniega.

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Por último, sólo en esas circunstancias es posible sacar fotos decentes del mar, sin la marea humana que impide ver otra cosa que un amontonamiento de sombrillas y cuerpos sudorosos. Y sobre los cuerpos, no se engañen, aunque nos pueda parecer lo contrario porque tendemos a autoengañarnos las garotas de Ipanema (o los garotos, ustedes ya me entienden) son una minoría en un ambiente fofo, peludo y celulítico.

Así que al final, si es sólo por eso, tampoco vale la pena.
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martes, 24 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (y II)

Tras este primer contacto con la gran Herradura Canadiense que les contaba ayer, nos decidimos a cruzar la frontera para conocer el lado americano, así que allá fuimos, a pie y bajo el frío, y tras sortear a los no excesivamente amables policías americanos volvimos a los Estados Unidos (por cierto, esto me hace pensar que he entrado a pie en ese país, lo que no deja de ser curioso para un español).

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Es llamativo, por cierto, que los dos lados de la frontera responden a lo opuesto que muchos esperarían de ellos: la parte americana destaca por su entorno mucho mejor conservado, con un parque delicioso salido de los lápices expertos de Olmsted y Vaux, los creadores del Central Park de NYC y que abanderaron una cruzada para restaurar y preservar las cataratas.

La parte canadiense es la que tiene los grandes hoteles, los casinos y un pueblo que en algunas de sus calles parecía salido de uno de esos telefilmes ambientados en la américa profunda de Nebraska o Arkansas.

La catarata americana se divide en realidad en dos, ya que una de sus partes es una tercera caída de agua independiente llamada el "Velo de la novia". Sin dejar de ser impresionantes, no tienen la altura ni el caudal de la canadiense, pero a cambio se pueden ver algo mejor ya que hay miradores, especialmente la llamada Isla de la Luna, completamente en el borde y con el agua rodeándote por ambos lados.

También desde el lado americano hay unas vistas impresionanes de la catarata de Canadá y, sobre todo, la posibilidad de tomar algunas fotos en las que aparezcan las dos grandes corrientes de agua. Y los cinéfilos recordarán escenas aun más míticas que las de Superman 2: nada más y nada menos que Marilyn Monroe como una turista de luna de miel en las cataratas. Las rojas escaleras de la americana eran escenario de algunas inolvidables escenas de Niagara.

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En nuestro segundo día, y ya con algo menos de frío, nos decidimos a tomar el Maid of the Mist, el pequeño barco que lleva a los turistas casi al pie de la catarata canadiense. Salió el sol por fin (el día anterior había sido tremendamente gris y fotográficamente fustrante) pero la magnitud del espectáculo natural y la cantidad de agua que azota los pequeños barquitos impidieron que lograse un registro fotográfico muy interesante.

Además, llegados a ese punto me di cuenta de que era uno de esos pocos momentos en los que uno debe decidirse a dejar la cámara a un lado y disfrutar de lo que nos rodea sin más.

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Unas notas sobre Niagara Falls, CA

Una de las cosas que más me sorprendió del viaje fue el pequeño pueblo que está junto a las cataratas en el lado canadiense, que se llama Niagara Falls, como su vecino del otro lado de la frontera. Como ya he dicho, me pareció que este lugar era, pese a no estar en los Estados Unidos, lo más inequívocamente americano que he visto en mi vida.

Además de lo directamente relacionado con las cataratas, de los hoteles y de los grandes restaurante Niagara Falls tiene para los turistas un curioso lugar llamado Clifton Hill: una calle con todo el entretenimiento en cartón piedra que una familia americana puede desear, con salones de juegos y lugares de tanto interés como el mini golf del Parque de los Dinosaurios, el Museo de Cera de las Estrellas, el Salón de la Fama de la WWF, la Fábrica de las Pesadillas... todo con un punto un tanto cutre y muy muy yanqui.

El resto del pueblo era también llamativo: tras el decorado de los grandes hoteles, las atracciones y Clifton Hill se escondía una peculiar realidad de calles anchas y un tanto sucias, moteles pequeños que parecían pensados para el crimen o el adulterio (o quién sabe si para ambos), casas más bien pobres y, curiosamente, muchas tiendas de tabaco en las que se vendían puros cubanos, para que luego nos hablen de lo terrible que es el embargo...

Pero también ese recorrido por detrás del decorado vale la pena y es parte del interés de una visita que las cataratas justifican más que de sobra y que, si tienen la oportunidad, no deben perderse. Eso sí, vayan en la época que vayan, no olviden llevarse ropa de abrigo.

Más información

Web de Niagara Falls, Canada
Las cataratas en la wikipedia, en inglés y en español.

Y no dejen de leer la primera parte de este artículo.
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lunes, 23 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (I)

Como muchos de ustedes sabrán Niágara es una palabra de los indios iroqueses que significa "trueno de agua"; todavía más recordarán que ese es el nombre de un río americano cuya longitud, sólo 56 kilómetros, es inversamente proporcional a su fama; por último, muy pocos de los que lean este artículo se enterarán gracias él de que las Cataratas del Niágara son el salto de agua más famoso de los Estados Unidos.

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Un servidor las visitó hace unos años, cuando andaba por Nueva York, haciendo en días de diario el clásico viaje de fin de semana que hacen muchas parejas americanas, es decir, ida y vuelta en dos días con una noche en alguno de los espléndidos hoteles de la zona.

Para ello tomamos un avión desde la Gran Manzana hasta Buffalo, la ciudad al norte del estado desde la que, ya en taxi y acompañados por un sospechosísimo ciudadano que pidio parar antes de la frontera, llegamos a Niágara Falls, en el lado canadiense, que es donde están todos los grandes hoteles, entre ellos el Hilton en el que teníamos reservada una habitación con jacuzzi y vistas a los dos grandes saltos de agua (que tiempos aquellos).

Visitamos las cataratas sobrecogidos por la belleza de esa descomunal manifestación de la naturaleza, pero también ateridos por un frío indescriptible que nos pilló en el atuendo primaveral adecuado para esas fechas en España (eran los primeros días de mayo) pero que pronto se nos reveló como verdaderamente poco apropiado para el lugar, concretamente cuando desde la habitación del hotel vimos caer los primeros copos de nieve.

No es que se tratase de una nevada espectacular, sólo unos pocos copos en varias ocasiones a lo largo del día, pero eso les dará una idea de la temperatura con la que teníamos que circular por la zona. Y por si no han caído en la cuenta llamo su atención sobre un hecho de singular importancia en aquellas circunstancias: cuando uno visita unas cataratas acaba mojándose o sí o sí.

Conocer las Cataratas del Niágara implica varias excursiones imprescindibles: por supuesto acercarse al borde de la inmensa Herradura, la más grande y hermosa de las tres, que casi podemos tocar con los dedos desde el amplio paseo en la zona canadiense que muchos de ustedes recordarán de la película Superman 2: allí es donde el héroe salva a un niño que está haciendo el memo en la barandilla y al final se cae.

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También es posible ver la catarata "desde dentro" gracias a una red de túneles que nos lleva justo tras la inmensa cortina de agua donde, completamente empapados y poco menos que ensordecidos por el fragor de los millones de metros cúbicos que caen cada segundo, pasamos de la admiración a algo más parecido al miedo o, al menos, a un respeto temeroso que nos aleja prudentemente del borde.

Más abajo, al pie mismo de la catarata, salir al exterior se convierte casi en una tarea heroica (y con aquel frío más todavía) pues la violencia del agua nos empuja, literalmente, con una agresividad que no parece posible mantener durante todo el día todos los días del año.

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En este punto la visita se convierte en algo en lo que el sentido que menos interviene es la vista, superada por el oído en el que nos atrona el agua y por el tacto, con el líquido elemento empapándonos de la cabeza a los pies y, sobre todo, helándonos hasta los mismísimos huesos.

Y como este post se está alargando ya demasiado y me quedan todavía muchas cosas que contarles lo he dividido en dos partes. Ya pueden leer la segunda entrega.
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sábado, 31 de enero de 2009

Masada o la trágica historia de Israel

No todos los países del mundo pueden presumir de tener una historia tan larga y densa como Israel y en pocos lugares ésta se hace tan palpable como en Masada, la formidable fortaleza en mitad del desierto en la que los últimos rebeldes hebreos resistieron al invasor romano en un episodio muy similar (y con el mismo trágico final) a la Numancia española.

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En una nación formalmente nueva y necesitada de referentes heroicos esa historia, y también la innegable belleza del lugar, han hecho de Masada uno de los referentes turísticos actuales del país hebreo y, en definitiva, uno de esos sitios que no debe dejar de visitar si viaja a Tierra Santa. Pero no crean es es sólo una excursión a un sitio curioso: Masada fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la ONU en el año 2001, y esa es una distinción que sólo 8 lugares de Israel tienen.

Además, el visitante que tenga la suerte de conocer Masada podrá completar su día con un baño en uno de los mares más conocidos y peculiares del mundo, famoso a pesar de que su tamaño es tan pequeño que hasta podríamos poner en duda que llamarle mar se lo más adecuado; no obstante, ese es su nombre y así se le conoce: el Mar Muerto, con sus aguas salinas y sus baños de barro.

Llegar hasta Masada solo le costará un par de horas desde Jerusalén por una carretera que en su tramo final le ofrecerá unas vistas espléndidas del Mar Muerto y del impresionante desierto de Judea. También pasarán junto Qumrán, un secarral olvidado de Dios hasta que en 1947 se hizo en unas cuevas uno de los hallazgos arqueológicos más notables del pasado siglo: los rollos, o manuscritos, del Mar Muerto.

Poco después nos encontraremos a los pies de Masada y, probablemente, sentiremos parte de la desazón que debió sentir el gobernador romano Lucio Flavio Silva cuando comprobó la dificultad de la tarea que tenía pendiente. No en vano hasta el nombre de Masada viene de la palabra hebrea que significa fortaleza y la propia montaña tiene la imponente apariencia de un enorme castillo en el que la muralla es un acantilado de varios cientos de metros de altura.

La subida es tan escarpada y difícil que se optó por una solución un tanto radical para que los turistas pudiesen llegar a la cima, ya que los dos pequeños caminos que serpenteaban ladera arriba eran muy peligrosos; ahora, mucho más seguros e infinitamente más descansados se llega a la cumbre en un espectacular teléferico con grandes y confortables cabinas que ofrecen, además, espectaculares vistas durante el ascenso.

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La historia de Masada


La fortaleza en el desierto de Judea fue construida por la dinastía asmodea del reino de Israel, aproximadamente 100 años antes de Jesucristo, pero fue el rey Herodes el que la convirtió en un refugio de gran importancia, construyendo un imponente palacio en uno de sus lados. Herodes no se sentía muy seguro en Jerusalén y pensó que un lugar como la montaña junto al Mar Muerto podría ofrecerle esa seguridad en caso de tener algún problema

El capítulo más conocido de la historia de Masada comienza años después de la muerte de Herodes, cuando un grupo de rebeldes judíos de la secta de los Sicarios vio en la fortaleza el lugar ideal para resistir el empuje de la represión romana a la rebelión que había empezado un tiempo antes. Lejos de dejarles tranquilos las legiones romanas los siguieron y los sometieron a un cruel asedio de años.

Cuando las tropas de Roma estaban a punto de tomar la fortaleza, para lo que habían necesitado construir una rampa de unos cien metros de altura, los rebeldes judíos decidieron elegir una "muerte honrosa" a una vida de esclavitud y se mataron unos a otros hasta que no quedó prácticamente ni un sólo superviviente.

Los restos de esa rampa, como los de los campamentos de las legiones que cercaban la fortaleza, todavía se pueden ver hoy en día:

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Más información:

Masada en la Wikipedia.
Página del Gobierno de Israel.
Los Manuscritos del Mar Muerto en la Wikipedia.

Más fotos:
Pueden ver más imágenes de Masada como un pase de diapositivas en mi espacio en Flickr.
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viernes, 9 de enero de 2009

El Escorial y sus pinturas

Durante las pasadas vacaciones estuve de visita en el Monasterio de El Escorial por tercera o cuarta vez en mi vida (la segunda como adulto si no recuerdo mal) aprovechando que un familiar estaba por Madrid y nunca había estado en el famoso edificio. La verdad es que, pese al frío aterrador que corría por alguno de los pasillos fue la primera vez, creo, que disfruté del lugar y lo recorrí con la atención que merece.

También fue la primera vez, vaya, que interioricé aquello que se decía de "la octava maravilla del mundo" y pensé que "vaya si lo es y encima está a sólo un ratito de Madrid".

Vista del exterior del Monasterio


No voy a insistir mucho más en la belleza del edificio (una belleza recia, castellana, algo espartana pero realmente espectacular), ni su majestuosidad o su interés histórico... De lo que sí quiero hablarles, en primer lugar porque creo que es algo más desconocido y también porque fue mi descubrimiento particular en esta visita, es de la espléndida colección de pintura que el Monasterio encierra entre sus muchas paredes, sus miles de ventanas y sus centenares de pasillos y habitaciones.

Muchos sabrán que Felipe II era un formidable coleccionista de arte (como lo fueron sus sucesores) y tenía una especial inclinación por uno de los pintores más famosos de su época, Tiziano, así que no es de extrañar que el monasterio cuente con bastantes obras del italiano, una de ellas es el impresionante Martirio de San Lorenzo colocado en la llamada "Iglesia Vieja", quizá la obra de ese artista que más me ha gustado de todas la que he visto.

También estaban entre los predilectos del Rey pintores como Pieter Coecke, que yo ni conocía y que tenía algunos cuadros notables; El Bosco, con dos fantásticas obras (en un pintor del que no hay demasiados cuadros en en el mundo); o Patinir, del que hay otro par de maravillosos cuadros.

Pero la cosa no termina ahí, y para mi sorpresa hay en El Escorial obras de El Greco (algunas espléndidas, aunque hay que reconocer que todavía no he visto un Greco que no lo sea), que era un pintor que nunca logró el favor de la Corte; y también algunos de los artistas más importantes de épocas posteriores a la construcción del Monasterio como el valenciano Ribera, Juan Carreño de Miranda o incluso un espléndido Velázquez con un espacio privilegiado en una de las Salas Capitulares del edificio (en las que, por cierto, los cuadros todavía se encuentran en los sitios en los que el genio sevillano los puso).

En definitiva, un museo de pintura que sería el orgullo de muchas ciudades europeas y que se une al espléndido edificio, a los tapices, a la maravillosa Biblioteca (uno de los lugares más bellos que visitarán en su vida, se lo garantizo, y a espacios tan interesantes como el lugar en el que están enterrados los reyes de España desde Carlos I, rodeados de mármoles y con huecos todavía para Juan Carlos I, su padre (cuyos restos están en este momento en el llamado "pudridero" del Panteón) y su esposa, pero no para su hijo...

Está a menos de una hora de Madrid y la entrada es de sólo 8 euros, no dejen de aprovechar la primera oportunidad que tengan para visitarlo.

Algunos enlaces

El Monasterio del Escorial en la web de Patrimonio Nacional.

El Monasterio del Escorial en la Wikipedia
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Las pinturas del Monasterio.
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jueves, 11 de diciembre de 2008

Hoteles que me gustaron: el Mon en Sant Benet

Tuve la suerte de alojarme en el Hotel Mon hace un par de semanas gracias a la amable invitación de Microsoft España, que celebró allí su VIII Foro Tecnología y Sociedad. Fue una elección acertada, ya que el hotel y todo el entorno en el que está son, por varias razones, un lugar ideal para ese tipo de reuniones empresariales. Su ubicación, en las afueras de Manresa y a una hora de Barcelona, más o menos, también es adecuada para ese tipo de eventos.

Una vista del monasterio desde el hotel

Un entorno peculiar

Cuento un poco de ese entorno que hace el lugar tan apropiado para reuniones de empresa. El Hotel Mon está junto a un antiguo monasterio del S X, el de San Benet, que se ha restaurado y en cuyos terrenos se ha desarrollado una peculiar propuesta turística con diferentes elementos: el primero es el propio convento, que cuenta con excelentes salas de reuniones y en el que se han organizado interesantes visitas amenizadas por curiosos montajes audiovisuales que, en distintas estancias y recurriendo a diferentes personajes, van contándonos la historia del lugar y de los monjes que en él habitaron.

Los pequeños montajes no son gran cosa (tienen un aire de videojuego que puede que guste a los niños pero a mí no me acababa de convencer) si exceptuamos el primero de ellos, en el que un holograma bastante impresionante que se proyecta en la iglesia representa al obispo de Vic cuando bendijo la iglesia, centenares de años atrás.

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Hay también una visita a la parte modernista del monasterio, ya que éste fue a principios del S XX propiedad de la familia del pintor Ramón Casas, que adaptó parte del lugar a los gustos de su tiempo. En unos días publicaré un artículo con más detalles sobre el monasterio.

Otro punto de atracción del lugar es la Fundación Alicia, cuyo nombre proviene de la unión de las palabras alimentación y ciencia y que cuenta entre sus promotores con Ferrán Adrià, el famosísimo cocinero. La fundación se dedica a estudiar la forma en la que solucionar distintos problemas que algunas enfermedades o alergias provocan. Se buscan, por ejemplo, recetas que faciliten a los diabéticos disfrutar del dulce o alimentos sustitutivos que permitan a los que no pueden tomar huevo comerse un flan (y recordar el tacto tan particular de los flanes).

Restaurantes

Con la Fundación Alicia al lado y en una zona con no poca tradición gastronómica, los restaurantes son también un elemento importante del complejo y son uno de sus atractivos principales.

Cuenta nada más y nada menos que con tres, La Fonda, el Mon y el Angle. De este último se encarga el cocinero Jordi Cruz, que ha recibido multitud de premios y cuya cocina es francamente notable, con una mezcla bastante equilibrada de alta cocina y platos que, al fin y al cabo, no resulta tan extraños al paladar sino más bien franca y sencillamente deliciosos.

El hotel

Por último está el propio hotel que es, al fin y al cabo, el motivo principal de este post. Está situado en un edificio completamente nuevo y básicamente funcional, que parece diseñado más pensando hacia el interior que hacia el exterior, de una arquitectura tirando a minimalista pero que tampoco dice mucho (excepto quizá en la fachada, que resulta interesante). Sus estancias comunes están decoradas con bastante buen gusto, con un toque muy moderno pero sin estar excesivamente recargadas y con una virtud importante: son muy luminosas.

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Las habitaciones son muy amplias con dos zonas diferenciadas que están separadas por el armario, en una solución arquitectónica bastante ingeniosa; y también con una terraza que en épocas de menos frío seguro que resulta agradable. En conjunto resultan muy confortables y, otra ventaja que no es despreciable: con una estupenda conexión wifi gratuita.

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El desayuno no es de los más variados que he visto, pero todo lo que se ofrecía era de excelente calidad y seguro que el primer día les llamarán mucho la atención unos huevos fritos que se presentan con una forma bastante peculiar. Los huevos son curiosos, pero lo que no pueden perderse es la excelente selección de butifarras, puede que un poco fuertes para desayunar pero les aseguro que deliciosas.

En resumen es un hotel confortable y que puedo recomendar sin duda, que puede resultar perfecto para un evento de empresa pero que también puede ser una opción para, por ejemplo, un fin de semana tranquilo en el que nos decidamos a disfrutar de la gastronomía. Además, ofrece algunos paquetes con precios que me parecen bastante interesantes.
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martes, 11 de noviembre de 2008

El Santo Sepulcro o la emoción de la fe

Aunque las imágenes que hemos visto este fin de semana más que emocionar avergüenzan, me han recordado mi visita al Santo Sepulcro de Jerusalén, uno de los centros espirituales de la muy espiritual ciudad israelí y lugar en el que, según la transición,transcurrieron algunos de los pasajes esenciales de la Biblia.

Hoy, no sólo es un lugar de peregrinación para cristianos de todo el mundo, sino también un atractivo turístico de primera, incluso para aquellos que, como yo, no sentimos entre sus muros la llamada de la fe. Sin embargo, como ya dije hablando del Muro de las Lamentaciones, los lugares relacionados con la fe suelen tener una fuerza especial que, sin duda, se percibe en grandes dosis en el Santo Sepulcro.



Más todavía si, como es el caso y como suele ser el caso, el lugar no sólo está cargado de sentido religioso sino también de historia. Al fin y al cabo, creamos que era el Hijo de Dios o no, la muerte en ese lugar de un hombre judío hace casi 2000 años ha cambiado radicalmente la historia de humanidad.

Primero, el Vía Crucis

Una buena visita al Santo Sepulcro, no obstante, empieza unas cuantas calles más allá en la ciudad vieja de Jerusalén, al inicio del Vía Crucis. Luego callejeamos por las viejas calles de piedra siguiendo las estaciones y recordando las famosas escenas bíblicas que tantas veces nos han narrado, ya fuese de palabra o en películas. Escenas como las distintas caídas de Jesucristo o aquella en la que Verónica limpiaba el rostro de Jesús con su famoso manto justo en el lugar en el que, como ven en la foto, un joven palestino se mira sus enormes zapatillas.

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Pero centrémonos en lo que nos ocupa, que es contarles mi visita. La basílica del Santo Sepulcro es, probablemente, la iglesia más peculiar que he visitado jamás, en primer lugar porque su planta se ha adaptado a una forma bastante extraña para poder integrar en su interior los distintos puntos sagrados que guarda: la tumba de Jesucristo propiamente dicha, el lugar en el que fue crucificado y la piedra sobre la que descansó Su cuerpo al ser bajado de la Cruz (y en la que fue envuelto, siempre según la tradición, en la famosa Sábana Santa).

Por otra parte, todo el recinto religioso está compartido por multitud de Iglesias diferentes (lo que provoca algunos problemas aunque habitualmente no tan llamativos como lo visto hace un par de días) y eso hace también que su estructura sea poco menos que laberíntica. Esa diversidad de los seguidores de Cristo será, probablemente, la primera sorpresa para los españoles que visiten el lugar, poco acostumbrados a recordar que hay muchas más cosas en el Cristianismo que el catolicismo romano.

Entramos a la Basílica por una puerta lateral que atravesaba la parte del complejo que pertenece a la Iglesia Copta de Etiopía, un breve tramo en el que realmente te sentías transportado a un lugar difícil de definir, pero que sin duda se encontraba muy lejos en el espacio y en el tiempo. Superado este primer tramo lo primero que visitamos de la propia Iglesia fue el mismísimo santo Sepulcro. Por supuesto, ya no es una cueva natural sin más, pero la sensación en su interior es muy similar ya que se trata de una habitación muy pequeña construida en el centro de una cúpula enorme.

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Miento, de hecho no se trata de una habitación sino de dos, a las que hay que entrar encogido por unas puertas diminutas y en las que no caben más que siete u ocho personas al mismo tiempo. En la segunda, el lugar donde fue enterrado Cristo, sólo puede haber dos o tres personas, lo que da para estar en ella poco tiempo, ya que siempre hay gente esperando su turno, pero lo hace una experiencia bastante íntima.

La segunda etapa importante de la visita es el Gólgota, la roca en la que se levantó la Cruz de Jesús. Este punto se encuentra en un segundo piso al que se accede por una angosta escalera. De nuevo hay que aguardar turno y tras ello llegamos a una pequeña sala con un altar riquísimamente decorado.

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Bajo éste se encuentra un agujero por el que, tras una nueva espera, los fieles pueden introducir la mano (tras agacharse y adoptar una postura que es en sí misma una peregrinación) y tocar la piedra por la que corrió la mismísima sangre Cristo, que manaba de su cuerpo durante la cruzifixión.

En este lugar, tampoco demasiado grande, había muchos viajeros o peregrinos. Unos rezando, otros esperando a tocar la piedra, muchos emocionados, otros algo sorprendidos... desde luego no vi a ninguno que pareciese indiferente. El que más me llamó la atención fue un fraile franciscano que paso la media hora que debí estar por allí rezando de rodillas, en silencio y solo, en un actitud y con una expresión que hizo que sintiese... envidia.

Mientras estábamos por allí se inició una peculiar ceremonia (no sé bien si llamarla misa porque no estoy seguro de que lo fuese) de un grupo de sacerdotes de la Iglesia Armenia (sí, de esos que salieron a torta limpia hace unos días) que, rompiendo la oscuridad solo con unas pequeñas velas y sus cánticos, estuvieron durante un buen rato siguiendo un incomprensible ritual, tan diferente de lo que hoy por hoy son las misas católicas que uno se preguntaba si realmente estaban adorando al mismo Dios.

Por último, salimos de la iglesia no sin antes pasar por la "piedra de la unción" y tocarla respetuosamente, no con la fe de los peregrinos que habían llegado hasta allí desde vaya usted a saber donde, pero sí con la emoción de saber que millones de personas de todo el mundo llevan siglos haciendo ese gesto, algo que nos hace sentirnos parte de esa interminable cadena y que le da a ese pequeño toque en la piedra un valor que en ningún otro sitio podría tener.

Claro, es que tampoco hay ningún otro sitio como el Santo Sepulcro ni otra ciudad como Jerusalén.

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domingo, 2 de noviembre de 2008

Bocairente, la sorpresa del interior

Todos conocemos la Comunidad Valenciana como un espléndido destino de playa. Además, en los últimos años la capital ha hecho un gran esfuerzo y ahora hay muchas más razones para visitarla que se unen a sus tradicionales bellezas arquitectónicas y a las Fallas. La Ciudad de las Artes y las Ciencias, el Instituto Valenciano de Arte Moderno o eventos como la Fórmula 1 son buenos ejemplos. Lo que ya no es tan conocido es el interior...

Así empieza el artículo sobre Bocairente, un precioso pueblo en los límites de las provincias de Valencia y Alicante, que publiqué el pasado domingo 26 en el suplemento VD de viajes de La Razón, acompañado además de un par de fotografías hechas también por este su seguro servidor. Si alguien está interesado (todos deberían :-) pueden leerlo en la versión pdf del suplemento, concretamente en sus páginas 8 y 9.

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miércoles, 29 de octubre de 2008

Los bares, las bebidas y el vino como atracción turística

Recibo en mi oficina una nota de prensa que cuenta que la atracción turística más visitada de Irlanda es la antigua fábrica de la Guiness, que desde el año 2000 está abierta al público como museo de la conocidísima marca de cerveza negra y que llevaba en servicio desde 1759, nada más y nada menos. Por si el atractivo de la fábrica y de la marca no fuesen suficientes, al parecer la fábrica (en la que no he estado) cuenta con un bar en su último piso que ofrece unas llamativas vistas panorámicas de Dublín.

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Además de despertar mi curiosidad y las ganas de conocer el museo (y eso que no me gusta mucho la cerveza negra) la nota me ha hecho pensar en que el mundo de las bebidas alcohólicas se está convirtiendo en otra excelente excusa para viajar, conocer y ampliar nuestra cultura.



Bueno, en realidad no creo que nadie viaje a Dublín sólo por conocer el lugar donde durante más de dos siglos se fabricó la Guiness, pero sin embargo los famosos pubs de la ciudad sí suelen ser uno de los motivos que la gente tiene para visitarla (aunque puede que no todos lo reconozcan). Sin embargo, alrededor del vino sí que se está generando toda una industria turística que nos puede llevar por bodegas, denominaciones de origen, rutas...

Es lo que se ha dado en llamar enoturismo, y que supone un sector tan en alza como para que aparezcan páginas como Viajeros del vino, que lleva ya un año en Internet dando cuenta de una forma de viajar que ofrece muchas posibilidades, desde el gran lujo de los hoteles - bodega como el del Marqués de Riscal hasta ideas mucho más modestas y asequibles, pasando por la última moda de la vinoterapia.

Oporto

En mi caso, he visitado alguna bodega en mis viajes, pero las que más recuerdo (y las que más "montado" tenían el tema) son las de los vinos de Oporto, en la bella ciudad portuguesa. Aunque lo justo sería decir en Vila Nova de Gaia, la localidad justo en la otra orilla del Duero donde están todas las grandes bodegas de un vino que, pese a su nombre, tampoco se cría en las cercanías sino a bastantes kilómetros aguas arriba, en el interior de Portugal.

Cuando visité Oporto en un extraordinariamente caluroso mes de agosto las bodegas no sólo eran una visita interesante por sí mismas, que lo son, sino que su fresco ambiente las hacía aun más atractivas para el acalorado turista, así que nos costó poco decidir que teníamos que visitar una. Hay un montón de ellas y todas tratan de captar visitantes, pero elegimos una de las más conocidas y con más historia, las de la firma Sandeman, cuyo logo siempre me ha parecido uno de los mejores diseños de la historia.

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Lo más curioso de la visita fue que por cuestiones de horarios la hicimos con un grupo de italianos y, por supuesto, con un guía que nos hablaba en italiano (hay visitas en un montón de idiomas y también en Español, pero nos venía fatal) a pesar de lo cual entendimos prácticamente todo, supongo que la mezcla de italiano y acento portugués es especialmente comprensible para oídos hispanos, por alguna razón que desconozco.

Nos explicaron cómo se elabora el vino, las características de las tierras en las que se cultiva, como nació la industria del vino de Oporto y su relación con Inglaterra... un montón de cosas interesantes, en suma, y como suele suceder en estos casos, al final probamos alguno de los caldos de la casa, estrategia infalible para que todos acabásemos pasando por caja para llevarnos una o dos botellitas a casa.

La Geria

El caso de la región vitivinícola de Lanzarote, La Geria, es un tanto especial, pues en pocos lugares la cultura del vino ha creado un paisaje tan especial y espectacular que merezca una visita. Además, también hay varias bodegas que conocer, yo mismo estuve en las de la marca El Grifo, la más antiguas de la isla.

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Pero eso, que también es muy interesante, se lo contaré otro día...

PD.: Olvidé decir que la foto de la fábrica Guiness la he tomado de su página web.

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domingo, 26 de octubre de 2008

La Feria de Todos los Santos de Cocentaina

Cocentaina es un pueblo bastante curioso del norte de la provincia de Alicante, grande sin llegar a ser ciudad, está en las faldas de la Sierra de Mariola y muy cercano a Alcoy, en una zona que quizá no tenga maravillas epatantes pero sí tiene mucho que ver y un paisaje de los más acogedores que he conocido.

Era en tiempos la cabeza de un condado, lo que hoy en día nos ha dejado un espléndido palacio medieval en el centro de su casco antiguo y un topónimo para toda la zona que rodea la villa, conocida como "el Comtat", esto es, el condado. Y probablemente de esta condición de capital de una comarca proviene también la Fira de Tots Sants, una feria que lleva celebrándose de forma prácticamente ininterrumpida desde el año 1346, ahí es nada, lo que la convierte en una de las más antiguas de España.




El acontecimiento tiene lugar todos los años alrededor del día de Todos los Santos, por ejemplo, en este 2008 es del 31 octubre al 2 de noviembre, es decir, el próximo fin de semana, así que todavía están a tiempo de visitarla, lo que les aseguró que será una experiencia bastante interesante y peculiar, ya que la Fira les llamará la atención por varias razones.

La primera es que se celebra en las propias calles del pueblo, especialmente en las de su casco antiguo, que conserva todo el sabor de su origen medieval. Así, los visitantes foráneos y los propios indígenas van paseando entre los puestos, por pequeñas y estrechas callejuelas repletas de gente y con un excelente ambiente de fiesta muy auténtico, sin artificiales y fríos recintos especiales.

La segunda es la inaudita variedad de las cosas que podemos ver: desde animales a tractores o coches, pasando por mil diferentes cosas para comer, otros tantos puestos de artesanía, bares, una zona en la que reproduce un mercado medieval...


En definitiva, la Fira da para pasar un día de lo más entretenido, comiendo cosas deliciosas y baratas en los mismos puestos callejeros y participando de un acto que lleva siglos marcando uno de los momentos cumbre del año en la localidad. Si a esto unen tener la oportunidad de contemplar en esas circunstancias excepcionales uno de los núcleos urbanos medievales mejor conservados de la Comunidad Valenciana... ¿qué más se puede pedir?

PD.: Las fotos las he tomado prestadas de la galería sobre la Fira de la web del Ayuntamiento de Cocentaina.

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lunes, 6 de octubre de 2008

Espectacular Covarrubias

He pasado este fin de semana en la pequeña pero encantadora villa burgalesa de Covarrubias, que me ha sorprendido mucho: conozco pocos pueblos en España tan hermosos, tan cuidados y tan agradables, así que tengo que recomendárselo rápidamente aunque sea en un primer post apresurado.

Está en la orilla del río Arlanza, a unos 22 kilómetros de Lerma y en un entorno en el que hay, además, muchas otras cosas que disfrutar, con lo que resulta un "campo base" ideal para planificar un fin de semana completo en el que no paremos, si así lo deseamos, de ver cosas y sitios interesantes.

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Además, el propio pueblo es, como les digo, una preciosidad, con casas blancas que dejan ver el entramado de madera de una arquitectura tradicional que el cuidado y la magnífica restauración de los últimos años mantienen en un estado envidiable.

Más adelante les contaré más cosas de Covarrubias y sus alrededores, por lo pronto les dejo un otra foto.

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domingo, 7 de septiembre de 2008

Personajes de mis viajes: el barbero de Haría

Haría es un pequeño pueblo en el norte de Lanzarote, en el interior de la isla, en un valle que es conocido como "el de las mil palmeras" por la obvia presencia de muchos de estos árboles, que lo convierten en un pequeño e insular Elche con acento canario.

Haría no es espectacular, no es uno de esos paisajes que nos impresionan y estremecen como la no tan lejana Timanfaya, pero sí tiene algo de la belleza de esos lugares en los que la naturaleza y el hombre conviven con una armonía especial.

El pueblo tiene un casco urbano algo disperso de casas bajas encaladas y con puertas y ventanas de madera pintada en verde. En el centro, su plaza es algo peculiar, ya que más que una plaza es como una ancha calle peatonal en la que han plantado una pequeña iglesia de un estilo un tanto indefinible y que parece relativamente reciente. Lo mejor de la plaza son los tremendos árboles de casi cien años que le dan una sombra tan densa como fresca en la que los jubilados pasan las horas y los días.

Justo cuando dejaba la plaza un hombre me llamaba con gestos y aspavientos varios desde la puerta de una casona vieja, una puerta que se partía por la mitad y le permitía apoyarse de forma que desde allí oteaba con total comodidad el pasar de la gente por ese punto, uno de los más concurridos del pueblo.

Atendiendo a la apremiante llamada entré en la casona descubriendo que se trataba de un edificio bastante peculiar: su interior era una única habitación rectangular, no demasiado grande pero muy alta pues llegaba al techo, sustentado por unas vigas de madera de aspecto no demasiado nuevo. Más o menos en el centro de la destartalada estancia un sillón de peluquería de los de antes, rodeado todavía de los pelos del último corte, y con un espejo viejo enfrente.

Y en el centro nuestro personaje, indicándome, de nuevo por medio de gestos, las copas que había en varios lugares de la habitación y los recortes de periódico en los que se le ve, mucho más joven, practicando la lucha canaria. Le pregunto su nombre y entonces dice, de nuevo por gestos, que es sordomudo, momento en el que lo único que puedo pensar es "vaya situación". No me siento capaz de desarrollar una conversación, pero se me ocurre pedirle permiso a mi anfitrión para sacarle una foto a lo que éste accede visiblemente encantado, se coloca junto al sillón posando como un auténtico profesional y, tratando de captar en mi encuadre lo más que pueda de la barbería, le saco esta foto:

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Cuando se la enseñé le gustó bastante y a mí también me gustó, sobre todo cuando más tarde la vi en el ordenador a un tamaño mayor. Tengo pendiente mandarle una copia para que la cuelgue de la pared, como otro de sus trofeos.

Después de la foto le di las gracias con un cálido apretón de manos y me marché con la sensación de que había conocido a todo un personaje que, lamentablemente, no podía contarme su historia aunque, al menos, creo que algo de esa historia que yo tampoco sé contarles está en la foto.
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