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sábado, 4 de abril de 2009

Plazas del mundo: en el corazón de la ciudad

Las calles estrechas se abren y se crea un espacio amplio, cuadrado, redondo, rectangular a veces e incluso de forma extrañamente irregular en otras ocasiones, es una plaza, centro de la vida de la ciudad en el pasado, lugares turísticos por excelencia en el presente.

Después de conocer Bruselas he reflexionado sobre como algunas ciudades se unen en nuestra memoria a su plaza o sus plazas. Y es que, además de su belleza, pareciera que por un extraño procedimiento de destilación en ellas se hubiese concentrado buena parte de lo mejor (y en ocasiones de lo peor) del carácter y el sabor de cada ciudad.

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¿Qué plazas se acumulan y dominan en mis recuerdos? Por supuesto la Grand Place, supongo que por su deslumbrante belleza y por ser la última que he conocido. Pero no es un tema solo de cercanía en el tiempo: seguro que tardaré mucho en olvidar esa imagen de los edificios iluminados reflejándose en los adoquines húmedos por la eterna lluvia, con el Ayuntamiento destacando como una inmensa catedral laica.

Roma es también ciudad de plazas, empezando por supuesto por la del Vaticano, una de las más grandes del mundo y, sin dudarlo, una de las más bellas también, pero con el aire artificial de algo que no ha sido creado precisamente para pasear o vender cosas y que hace que uno prefiera la mucho más pequeña del Campidoglio, cuya recoleta belleza es el premio justo (generoso, creo yo) que uno recibe tras el esfuerzo de subir la Cordonata.

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¿Más? Sí, mucho más: la de España que es quizá el verdadero centro de Roma, la pequeña y maravillosa plaza en la que está el Panteón, las cálidas plazoletas del Trastevere

Las de Nueva York son radicalmente diferentes y quizá sea la americana más ciudad de largas avenidas que de plazas, pero ¿qué sería de la Gran Manzana sin Times Square? Fue el primer lugar que vi de Manhattan y en ese instante saliendo del metro me di cuenta de que estaba ya irremisiblemente enamorado de esa ciudad.

La esencia de Nueva York está en Times Square, sus edificios "masivos" y sus aceras repletas, pero cuando estén allí no dejen de visitar otras dos plazas: la que forma el delicioso Bryant Park en la parte trasera de la gran Biblioteca Pública de la calle 41, con sus terrazas y las sillas en las que la gente lee, se conecta a Internet y juega al ajedrez y al backgammon; y Union Square, a la altura de la 14, donde la ciudad lanza hacia el norte su cuadrilátero de inmensas manzanas y en la que los neoyorquinos bailan, quedan y escuchan imposibles mítines políticos a favor y en contra de los más insospechados temas.

En Estambul están también las plazas, claro, pero parte de su protagonismo lo han usurpado los bazares. No obstante, la gran ciudad del Bósforo tiene la inmensa plaza que merece y de la que muy pocos lugares pueden presumir: la de Sultanahmed, con dos de las maravillas del mundo mirándose frente a frente a través de los siglos: Santa Sofía de un lado y la Mezquita Azul del otro. No creo que haya en el mundo un lugar en el que dos edificios tan bellos y tan impresionantes estén separados por una única plaza prácticamente peatonal, salir de cualquiera de ellos y caminar cinco minutos para llegar al otro será uno de los momentos mágicos que vivirán cuando visiten la antigua Constantinopla.

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Y por último (más que nada porque en algún momento hay que acabar) no muy lejos de Estambul está la ciudad que, en cierto sentido, es ella misma una plaza, es decir, un lugar en el que confluyen corrientes que llegan desde distintos puntos: Jerusalén. Pero, ¿tiene plazas la capital de Israel? Hay una en la parte nueva en la que palpita el corazón de la ciudad actual más que el de la eterna: la de Zion, siempre repleta de gente que se busca, o que sólo busca o que simplemente pasea.

Y hay dos a las que se mira todo el mundo, separadas por unos pocos metros en altura y no muchos más en distancia: la Explanada del Templo y, a su pie, el Muro de las Lamentaciones. Tampoco sé si son éstas plazas en el sentido que habitualmente le damos al término, pero estoy seguro de que su espíritu lo es, como es muchas más cosas.

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Pocas más tiene la Ciudad Vieja, algunas pequeñas hay sí, en la confluencia de varias callejas y con niños musulmanes jugando un tanto desarrapados; o en las terrazas de Barrio Judío por las que se puede pasear y en las los que juegan niños judíos, de diferente aspecto pero parecidas diversiones: a esas edades no hay tantas diferencias.

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sábado, 31 de enero de 2009

Masada o la trágica historia de Israel

No todos los países del mundo pueden presumir de tener una historia tan larga y densa como Israel y en pocos lugares ésta se hace tan palpable como en Masada, la formidable fortaleza en mitad del desierto en la que los últimos rebeldes hebreos resistieron al invasor romano en un episodio muy similar (y con el mismo trágico final) a la Numancia española.

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En una nación formalmente nueva y necesitada de referentes heroicos esa historia, y también la innegable belleza del lugar, han hecho de Masada uno de los referentes turísticos actuales del país hebreo y, en definitiva, uno de esos sitios que no debe dejar de visitar si viaja a Tierra Santa. Pero no crean es es sólo una excursión a un sitio curioso: Masada fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la ONU en el año 2001, y esa es una distinción que sólo 8 lugares de Israel tienen.

Además, el visitante que tenga la suerte de conocer Masada podrá completar su día con un baño en uno de los mares más conocidos y peculiares del mundo, famoso a pesar de que su tamaño es tan pequeño que hasta podríamos poner en duda que llamarle mar se lo más adecuado; no obstante, ese es su nombre y así se le conoce: el Mar Muerto, con sus aguas salinas y sus baños de barro.

Llegar hasta Masada solo le costará un par de horas desde Jerusalén por una carretera que en su tramo final le ofrecerá unas vistas espléndidas del Mar Muerto y del impresionante desierto de Judea. También pasarán junto Qumrán, un secarral olvidado de Dios hasta que en 1947 se hizo en unas cuevas uno de los hallazgos arqueológicos más notables del pasado siglo: los rollos, o manuscritos, del Mar Muerto.

Poco después nos encontraremos a los pies de Masada y, probablemente, sentiremos parte de la desazón que debió sentir el gobernador romano Lucio Flavio Silva cuando comprobó la dificultad de la tarea que tenía pendiente. No en vano hasta el nombre de Masada viene de la palabra hebrea que significa fortaleza y la propia montaña tiene la imponente apariencia de un enorme castillo en el que la muralla es un acantilado de varios cientos de metros de altura.

La subida es tan escarpada y difícil que se optó por una solución un tanto radical para que los turistas pudiesen llegar a la cima, ya que los dos pequeños caminos que serpenteaban ladera arriba eran muy peligrosos; ahora, mucho más seguros e infinitamente más descansados se llega a la cumbre en un espectacular teléferico con grandes y confortables cabinas que ofrecen, además, espectaculares vistas durante el ascenso.

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La historia de Masada


La fortaleza en el desierto de Judea fue construida por la dinastía asmodea del reino de Israel, aproximadamente 100 años antes de Jesucristo, pero fue el rey Herodes el que la convirtió en un refugio de gran importancia, construyendo un imponente palacio en uno de sus lados. Herodes no se sentía muy seguro en Jerusalén y pensó que un lugar como la montaña junto al Mar Muerto podría ofrecerle esa seguridad en caso de tener algún problema

El capítulo más conocido de la historia de Masada comienza años después de la muerte de Herodes, cuando un grupo de rebeldes judíos de la secta de los Sicarios vio en la fortaleza el lugar ideal para resistir el empuje de la represión romana a la rebelión que había empezado un tiempo antes. Lejos de dejarles tranquilos las legiones romanas los siguieron y los sometieron a un cruel asedio de años.

Cuando las tropas de Roma estaban a punto de tomar la fortaleza, para lo que habían necesitado construir una rampa de unos cien metros de altura, los rebeldes judíos decidieron elegir una "muerte honrosa" a una vida de esclavitud y se mataron unos a otros hasta que no quedó prácticamente ni un sólo superviviente.

Los restos de esa rampa, como los de los campamentos de las legiones que cercaban la fortaleza, todavía se pueden ver hoy en día:

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Más información:

Masada en la Wikipedia.
Página del Gobierno de Israel.
Los Manuscritos del Mar Muerto en la Wikipedia.

Más fotos:
Pueden ver más imágenes de Masada como un pase de diapositivas en mi espacio en Flickr.
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martes, 11 de noviembre de 2008

El Santo Sepulcro o la emoción de la fe

Aunque las imágenes que hemos visto este fin de semana más que emocionar avergüenzan, me han recordado mi visita al Santo Sepulcro de Jerusalén, uno de los centros espirituales de la muy espiritual ciudad israelí y lugar en el que, según la transición,transcurrieron algunos de los pasajes esenciales de la Biblia.

Hoy, no sólo es un lugar de peregrinación para cristianos de todo el mundo, sino también un atractivo turístico de primera, incluso para aquellos que, como yo, no sentimos entre sus muros la llamada de la fe. Sin embargo, como ya dije hablando del Muro de las Lamentaciones, los lugares relacionados con la fe suelen tener una fuerza especial que, sin duda, se percibe en grandes dosis en el Santo Sepulcro.



Más todavía si, como es el caso y como suele ser el caso, el lugar no sólo está cargado de sentido religioso sino también de historia. Al fin y al cabo, creamos que era el Hijo de Dios o no, la muerte en ese lugar de un hombre judío hace casi 2000 años ha cambiado radicalmente la historia de humanidad.

Primero, el Vía Crucis

Una buena visita al Santo Sepulcro, no obstante, empieza unas cuantas calles más allá en la ciudad vieja de Jerusalén, al inicio del Vía Crucis. Luego callejeamos por las viejas calles de piedra siguiendo las estaciones y recordando las famosas escenas bíblicas que tantas veces nos han narrado, ya fuese de palabra o en películas. Escenas como las distintas caídas de Jesucristo o aquella en la que Verónica limpiaba el rostro de Jesús con su famoso manto justo en el lugar en el que, como ven en la foto, un joven palestino se mira sus enormes zapatillas.

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Pero centrémonos en lo que nos ocupa, que es contarles mi visita. La basílica del Santo Sepulcro es, probablemente, la iglesia más peculiar que he visitado jamás, en primer lugar porque su planta se ha adaptado a una forma bastante extraña para poder integrar en su interior los distintos puntos sagrados que guarda: la tumba de Jesucristo propiamente dicha, el lugar en el que fue crucificado y la piedra sobre la que descansó Su cuerpo al ser bajado de la Cruz (y en la que fue envuelto, siempre según la tradición, en la famosa Sábana Santa).

Por otra parte, todo el recinto religioso está compartido por multitud de Iglesias diferentes (lo que provoca algunos problemas aunque habitualmente no tan llamativos como lo visto hace un par de días) y eso hace también que su estructura sea poco menos que laberíntica. Esa diversidad de los seguidores de Cristo será, probablemente, la primera sorpresa para los españoles que visiten el lugar, poco acostumbrados a recordar que hay muchas más cosas en el Cristianismo que el catolicismo romano.

Entramos a la Basílica por una puerta lateral que atravesaba la parte del complejo que pertenece a la Iglesia Copta de Etiopía, un breve tramo en el que realmente te sentías transportado a un lugar difícil de definir, pero que sin duda se encontraba muy lejos en el espacio y en el tiempo. Superado este primer tramo lo primero que visitamos de la propia Iglesia fue el mismísimo santo Sepulcro. Por supuesto, ya no es una cueva natural sin más, pero la sensación en su interior es muy similar ya que se trata de una habitación muy pequeña construida en el centro de una cúpula enorme.

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Miento, de hecho no se trata de una habitación sino de dos, a las que hay que entrar encogido por unas puertas diminutas y en las que no caben más que siete u ocho personas al mismo tiempo. En la segunda, el lugar donde fue enterrado Cristo, sólo puede haber dos o tres personas, lo que da para estar en ella poco tiempo, ya que siempre hay gente esperando su turno, pero lo hace una experiencia bastante íntima.

La segunda etapa importante de la visita es el Gólgota, la roca en la que se levantó la Cruz de Jesús. Este punto se encuentra en un segundo piso al que se accede por una angosta escalera. De nuevo hay que aguardar turno y tras ello llegamos a una pequeña sala con un altar riquísimamente decorado.

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Bajo éste se encuentra un agujero por el que, tras una nueva espera, los fieles pueden introducir la mano (tras agacharse y adoptar una postura que es en sí misma una peregrinación) y tocar la piedra por la que corrió la mismísima sangre Cristo, que manaba de su cuerpo durante la cruzifixión.

En este lugar, tampoco demasiado grande, había muchos viajeros o peregrinos. Unos rezando, otros esperando a tocar la piedra, muchos emocionados, otros algo sorprendidos... desde luego no vi a ninguno que pareciese indiferente. El que más me llamó la atención fue un fraile franciscano que paso la media hora que debí estar por allí rezando de rodillas, en silencio y solo, en un actitud y con una expresión que hizo que sintiese... envidia.

Mientras estábamos por allí se inició una peculiar ceremonia (no sé bien si llamarla misa porque no estoy seguro de que lo fuese) de un grupo de sacerdotes de la Iglesia Armenia (sí, de esos que salieron a torta limpia hace unos días) que, rompiendo la oscuridad solo con unas pequeñas velas y sus cánticos, estuvieron durante un buen rato siguiendo un incomprensible ritual, tan diferente de lo que hoy por hoy son las misas católicas que uno se preguntaba si realmente estaban adorando al mismo Dios.

Por último, salimos de la iglesia no sin antes pasar por la "piedra de la unción" y tocarla respetuosamente, no con la fe de los peregrinos que habían llegado hasta allí desde vaya usted a saber donde, pero sí con la emoción de saber que millones de personas de todo el mundo llevan siglos haciendo ese gesto, algo que nos hace sentirnos parte de esa interminable cadena y que le da a ese pequeño toque en la piedra un valor que en ningún otro sitio podría tener.

Claro, es que tampoco hay ningún otro sitio como el Santo Sepulcro ni otra ciudad como Jerusalén.

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domingo, 14 de septiembre de 2008

Recorrer un país en helicóptero

No todo el mundo tiene la posibilidad de cruzar un país prácticamente entero en un medio de transporte tan espectacular como el helicóptero y para ello hay dos razones obvias: los ciudadanos comunes no solemos utilizar los helicópteros como medio de transporte (aunque se están empezando a popularizar como vehículo para ciertas excursiones turísticas de alto nivel) y normalmente un país no es tan pequeño como para poder cruzarlo en un rato en cualquier cosa que no sea un avión.

Aunque no fue una excursión esencialmente turística, yo sí tuve la oportunidad de atravesar un país de norte a sur en la cabina de un helicóptero, sentado a la izquierda del piloto. Ese país, pequeño en tamaño pero grande en muchos otros sentidos, fue Israel, y el vuelo me llevó desde un punto al norte de Tel Aviv hasta las cercanías de Gaza, concretamente a las afueras de la ciudad israelí de Sderot, uno de los blancos habituales de los cohetes Kassam lanzados desde la franja a territorio israelí.

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El motivo principal del viaje era conocer desde el aire el trazado de la Valla de Seguridad que separa Israel de los terriotorios palestinos de Cisjordania, lo cual resulto bastante interesante de por sí, pero lo mejor fue sobrevolar Jerusalén, una experiencia con no pocas resonancias bíblicas y que, desde luego, resulta difícil de olvidar.

Al llegar a sus cercanías tras superar las alturas de Judea, la ciudad se extendía a nuestros pies cubriendo la diferentes colinas y, a lo lejos, empezaba a apreciarse el abigarramiento de la Ciudad Vieja tras las murallas; sólo un poco más allá el oro de la Cúpula de la Roca nos recordaba que estábamos cerca de uno de los lugares más deseados, fotografiados y admirados del mundo. El helicóptero no sobrevoló la explanada del templo, supongo que eso era algo que podría resultar problemático dadas las circunstancias en las que vive Jerusalén, pero sí nos permitió contemplarla bien desde una distancia relativamente cercana, mientras nuestro guía, que llevaba ya un buen rato dándonos detalles sobre la Valla y describiéndonos su curso, guardaba un respetuoso silencio.

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Como ya les he contado en alguna ocasión en este blog, hay lugares que mueven al respeto aunque no tengamos una conexión personal con ellos por nuestro nacimiento o nuestras creencias, Jerusalén es sin duda uno de ellos y la explanada del templo es, probablemente, el punto desde el que buena parte de ese respeto irradia (y su cara más reconocible desde el aire), así que verla desde unos cientos de metros arriba fue, como les decía, toda una experiencia y un privilegio de esos que tratas de valorar (y saborear) incluso en el mismo momento en el que está ocurriendo.

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Obviamente, con la contemplación de un lugar tan especial como Jerusalén habíamos alcanzado el clímax del viaje y el resto, que siguió siendo interesante, no tuvo la misma intensidad. No obstante, todavía nos aguardaba una curiosa anécdota: el lugar elegido para aterrizar era, ni más ni menos, que el helipuerto particular del que fuera primer ministro Ariel Sharon, junto a su espléndida (pero tampoco particularmente deslumbrante) villa particular en las cercanías de Sderot. Por aquel entonces, por cierto, Sharon ya estaba gravemente enfermo en un hospital.

Desde allí, y ya por medios más habituales, visitamos algunos lugares interesantes en las cercanías de Gaza y en un momento de no poca importancia, pero eso ya se lo contaré otro día...

PD.: Desgraciadamente, la luz no era la más adecuada para obtener buenas fotografías de Jerusalén, lo que unido a la falta de costumbre, los cristales de la cabina y mi propia impericia en una situación tan poco usual hicieron que las fotos que saqué desde las alturas no resultasen especialmente satisfactorias y, desde luego, no puedan ser más que un pálido reflejo de lo sentí y vi aquel día. No obstante, le he dejado algunas de ellas.
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jueves, 3 de julio de 2008

Mis fotos: Jerusalén

Segunda entrega de mis colecciones de fotografías de viajes. Para no repetirme con otra sobre Lanzarote, que es de lo que más material acumulo por varias razones, le ofrezco en esta ocasión un reducido grupo de imágenes sobre Jerusalén, ciudad de la que ya les hablé el otro día (y de la que me temo que seguiré hablando a no mucho tardar).

Creo que hay alguna foto bastante bonita, espero que ustedes piensen lo mismo.



PD.: Por cierto, gracias a Pictobrowser por su útil herramienta.
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sábado, 28 de junio de 2008

El Muro de las Lamentaciones

Casi sin darme cuenta se me ha pasado el aniversario de mi visita a Israel en junio del 2007, sin duda uno de los viajes más interesantes que he hecho en mi vida. Un año después los recuerdos van perdiendo nitidez y se amontonan en un orden algo más confuso pero que tiene su propio sentido: aquellas cosas que más nos impresionaron o nos gustaron quedan más cerca de la superficie y más frescas, mientras lo que menos nos gustó o nos llamó la atención va deslizándose hacia el fondo.

Así, una "cata geológica" en nuestra memoria nos proporciona una clara medida de los sitios, las ciudades o los monumentos que más impacto han tenido en nosotros, aunque quizá en el momento de verlos no nos pareció que fuese así. En la superficie de mi memoria de Israel hay todavía muchas cosas (diría que, al menos, toda Jerusalén, al cabo fue sólo hace un año) pero si hay un lugar que recuerdo intensamente es el Muro de las Lamentaciones.

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Pese a que no soy creyente los lugares o los momentos profundamente relacionados con alguna fe religiosa suelen transmitirme una fuerza especial, supongo que la que desprende la fe de las personas que allí están y sí creen, sea en lo que sea. Esto me sucedió en Roma, tanto en San Pedro como en las Catacumbas y, por supuesto, en el Jerusalén de los Santos Lugares y del Muro de las Lamentaciones.

Como ven, además suele tratarse de sitios que, más allá de su significación religiosa, tienen una historia que tampoco es pequeña, algo que sin duda contribuye al encantamiento. Más aún en el caso del Muro, que podríamos decir que es el centro simbólico de un estado, una nación y un pueblo que se extiende por toda la tierra, ojos de todo el mundo lo miran sintiéndolo como algo suyo, central en su ser.

Toda esa fuerza está allí, esperándonos, si en nuestra visita sabemos buscarla o, casi diría, aceptarla.

A los pies del Muro

El Muro está dividido en dos zonas, una para hombres y otra, algo más reducida, para mujeres. Cualquiera puede visitarlo, sea judío, cristiano, musulmán, hindú o ateo, lo único que se te pide es que cubras tu cabeza con una kipá. Excepto si llegas allí en Sabbat está permitido hacer fotos y la gente no planteará ningún problema (siempre que se guarden las mínimas distancias y respetos, claro) por aparecer en tus imágenes.

Hay dos "rituales del visitante" que debe usted conocer (cumplirlos o no queda, por supuesto, a su elección): uno, el más conocido, consiste en escribir un deseo en un pequeño pedazo de papel, doblarlo lo más posible y dejarlo en una de las grietas entre las enormes rocas que forman la pared, repletas ya de los cientos de deseos que los visitantes dejan día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año. Me surgió la duda, allí junto a la gran pared de piedra, de si alguien tendrá como tarea encomendada retirar de las repletas grietas los papelitos cada cierto tiempo.

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El segundo ritual nos lo recomendó nuestro guía y era colocar las palmas de nuestras manos en la piedra y, según las palabras del propio Offer, "sentir su energía". Lo hice a pesar de que no creo mucho en las "energías" y he de confesar que sí sentí algo al tocar uno de los grandes sillares, que todavía estaba caliente tras el sol de todo un día. Por supuesto, no sé decirles qué era lo que sentía, pero les invito a que lo prueben ustedes mismos si algún día tienen la oportunidad.

Las personas

El Muro es simplemente eso, un Muro; muy antiguo, sí; con un profundo significado, desde luego; pero de no ser por los fieles que rezan a sus pies sería poco más que una colección de piedras y podría llegar a ser decepcionante desde el egoísta punto de vista del viajero aficionado a la fotografía. Pero los fieles hacen de él un sitio mágico.

Lo primero que me llamó la atención del lugar fue la variedad de indumentarias, aunque la mayor parte de nosotros no lo sabemos hay montones de pequeñas sectas judías con un código de vestimenta muy estricto y que es notablemente diferente de unas a otras. En una tarde de viernes, es decir, esperando la llegada del Sabbat, todas parecían haberse dado cita junto al Muro.

Esa variedad se extiende también a la forma en la que se reza: los hay que lo hacen en grupo ya que, según algunos, cuanta más gente reza al mismo tiempo más "fuerza" tiene su oración; los hay que entonan sonoros cánticos en un incomprensible hebreo mientras que otros musitan rápidas frases en un tono apenas audible; algunos necesitan que su contacto espiritual con el Muro se traduzca en un contacto también físico, y rezan literalmente pegados a los sillares, a otros les basta con sentarse o arrodillarse a unos centímetros y, por último, también hay quienes parecen sentir que ya es suficiente con estar de allí y que la cosa no irá de unos palmos.

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Y a disposición de todos sillas, mesas, reclinatorios, infinitos ejemplares de la Torá y todo un gran Muro en el que rezar.

La llegada el Sabbat

Una de las secciones del muro discurre bajo tierra, en una peculiar galería que algunos eligen como el mejor lugar para sus oraciones y que, además, está llena de estanterías de vieja madera repletas de libros. Fue una de las partes que más me llamó la atención del lugar, no sabría explicarles muy bien la razón, quizá porque al estar a cubierto le daba a sitio tan esencialmente público una apariencia algo más íntima, algo más privada y, desde luego, algo más fresca.

Justo salía de allí cuando las sirenas empezaron a sonar por toda Jerusalén y, por supuesto, en la explanada junto al muro. No había motivo para la preocupación, a pesar de que esas o parecidas sirenas han sonado tantas veces en esa ciudad para anunciar problemas, en este caso sólo nos indicaban que, por fin, había llegado el Sabbat. A partir de ese momento guardé mi cámara de fotos y seguí contemplando como los fieles judíos rezaban aún con mayor fervor y cómo la satisfacción de recibir junto al muro el día sagrado se reflejaba en su rostro.

Poco después nos alejamos del Muro junto con la gran marea de gente que marchaba a sus hogares a preparar su cena del Sabbat. Nosotros también íbamos a tener nuestra propia cena sabática y, aunque la vivíamos de una forma más lejana, después de haber estado en un sitio tan especial también tuvo un sabor diferente, y las oraciones que se rezaron para nosotros y que, por supuesto, no entendimos, nos reconfortaron de alguna manera.
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domingo, 25 de mayo de 2008

Hoteles que me gustaron: Inbal Jerusalem

Aunque no sea tan famoso como otros grandes hoteles de Jerusalén (por ejemplo, el Rey David), el Inbal Hotel en el que me alojé cuando visité Israel sí que ha alcanzado un prestigio notable y, según nos contó el excelente guía Ofer (que además es jerosolimitano), "los que saben" lo tienen como uno de los mejores de la ciudad. Además, también según Ofer, el suyo es el mejor desayuno disponible en la Ciudad Santa; todo kosher, por supuesto.

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Una imagen del comedor de desayunos Carmel

El bar también estaba francamente bien y su amplio patio era un lugar fantástico en el que desayunar leyendo el Jerusalem Post.

Las habitaciones eran amplias y cómodas, decoradas en un estilo moderno y agradable y con un espléndido cuarto de baño.

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Una de las habitaciones del hotel

Desde muchas de ellas (no la que yo tuve, por desgracia) se disfruta una fantástica vista de la Ciudad Vieja, vista que también está a disposición de los clientes que utilicen a la piscina de la parte trasera, no demasiado grande pero absolutamente deliciosa.

El servicio, al menos por lo que a mi respecta, fue excelente y la única pega que le pondría era la conexión a internet: wifi disponible en todas las habitaciones, sí, pero el precio, que ahora no recuerdo exactamente, me pareció de escándalo.

El hotel tiene, como otras muchas cosas en Israel, algunos detalles que sorprenderán al viajero que no conozca el país: uno es el desayuno kosher que les contaba, sin bacon o embutidos; otro, mejor aún, es el "ascensor del sabbat".

El ascensor del sabbat

La cosa trata de que, como muchos de ustedes sabrán, durante su día de descanso semanal, el sabbat, los judíos religiosos tienen terminantemente prohibido trabajar, cada grupo y casi cada individuo interpreta esta prohibición de una forma más o menos estricta, pero los más religiosos se lo toman muy en serio y les están vedadas actividades que muchos ni tan siquiera consideraríamos como trabajo: andar más de lo imprescindible, cocinar, usar la luz eléctrica o aparatos que funcionen con ella...

No obstante, el pueblo judío tiene un marcado acento práctico, así que la ley divina es "sorteada" de formas ingeniosas: usar un ascensor debería estar prohibido, pero si no se pulsan los botones no se considera que se esté usando, es como si uno sólo "pasase por ahí". Ustedes pensarán que para usar un ascensor es imprescindible pulsar los botones y es cierto... siempre que el elevador no se pare en todas las plantas de forma automática, que es justamente lo que hace el ascensor del sabbat.

Obviamente, esto no es una particularidad del Inbal, sino que prácticamente todos los hoteles de Israel tienen, al menos, un ascensor similar.

Volviendo al tema de este artículo, que es el Inbal Hotel, para que ustedes vean que mis elogios no son desmedidos, he comprobado al escribir este artículo que, para los lectores de Trip Advisor, esa interesante página sobre viajes de la que ya les he hablado, es el mejor hotel de Jerusalén.

La nota media es un 4,5 sobre 5, no está nada mal, ¿no?.

PD.: Las fotografías están tomadas de la página web del hotel.
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