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viernes, 14 de agosto de 2009

Experiencias del Ramadán en Estambul

Descubro navegando por ahí que en unos día comenzará el Ramadán, ya saben, el mes sagrado de los musulmanes; y con tal motivo he recordado lo que podríamos denominar mis “experiencias de Ramadán”, que tampoco es que sean muchas como no lo son mis visitas a países musulmanes, pero que sí son una parte interesante de lo que fue mi viaje a Estambul, hace ya algunos años.

Santa Sofia1


Resulta que, sin saberlo, llegamos a la capital turca el mismo día (o un día antes, no estoy seguro ahora) de que empezase el mes sagrado, así que toda nuestra visita transcurrió en ese tiempo de significado especial para los mahometanos (palabra, por cierto, mucho más sonora y bonita que musulmanes).

Lo primero es, creo, aclararles que, al menos por lo que a Estambul respecta, viajar en Ramadán no supone ningún problema especial para el viajero, todo lo más que en la mayoría de los bares se negarán a servirle alcohol, unos sin mucha más ceremonia, dándolo como un hecho incontrovertible: es Ramadán, ergo no se bebe; otros explicándose y disculpándose en que “está mal visto” o “podríamos tener problemas”.

La cosa no tiene mayor importancia y, si me apuran, le da un sabor especial a la cerveza que podamos encontrar en alguna esquina recóndita. Durante el viaje, por ejemplo, descubrimos un pequeño hotel en el barrio de Sultanahmed cuyo bar estaba en la última planta, con una terraza maravillosa con vistas a la Mezquita Azul, Santa Sofía, el Bósforo y el Cuerno de Oro (vamos, la repera).

Santa Sofia noche2

Al no estar al nivel de la calle y ser convenientemente discreto no tenían problemas en servirnos unas furtivas cervezas que, eso sí, nos cobraban a precio de oro: unos cinco euros por cada una, si la memoria no me engaña, cantidad por la que se podía cenar en la mayor parte de los restaurantes de la ciudad. A pesar del precio las espectaculares vistas y el placer cuasi clandestino del alcohol justificaron varias visitas.

Cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro

Curiosamente, a pesar de nuestros reiterados pecados con el alcohol en las alturas, lo más parecido a una experiencia mística que tuvimos durante nuestro viaje fue también en una terraza: la de la Torre Gálata, una de las más conocidas atracciones turísticas de la ciudad.

Se trata de una vieja torre, muy restaurada eso sí, en cuya cima se abre una terraza que ofrece unas maravillosas vistas de la parte europea de Estambul y el Cuerno de Oro. Allí subimos una tarde con la intención de pasar un buen rato hasta la puesta de sol y la noche.

Como ustedes sabrán, durante el Ramadán el buen musulmán tiene la obligación de cumplir ciertas prohibiciones desde la salida a la puesta de sol, entre ellas no comer o practicar sexo. La prohibición concreta su fin de una forma ciertamente poética, pues según la tradición acaba “cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro” y ese momento es celebrado con especial énfasis en Estambul.


atardecer_galata2

Así, a la puesta de sol y cuando una luz mágica embellecía la ciudad pero hacía ciertamente complicado distinguir entre un hilo blanco y otro negro, un petardo sonaba sobre los tejados y con él se disparaban los rezos desde los muchísimos minaretes, una increíble mezcla de salmodias que empezaban con el conocido Allahu akbar y que iban variando en distintas e incomprensibles formas y tonalidades que, escuchadas desde la altura de la torre, componían un tapiz de sorprendente musicalidad.

No soy religioso, y menos aún musulmán, pero el momento tenía una innegable espiritualidad.

La feria de Sultanahmed

Puede que durante el día se sometan a una abstinencia bastante severa, pero la noche del Ramadán es una verdadera fiesta. Y no sólo en sus casas particulares con las correspondientes reuniones familiares sino que, al menos en Estambul, había auténticas ferias por los barrios, con su música, sus casetas y, sobre todo, cantidades ingentes de comida.

Casi todas las noches pasábamos un rato por la de la Plaza de
Sultanahmed: paseábamos, probábamos alguna nueva comida o nos comprábamos unos dulces y participábamos, aunque fuese como meros espectadores que no acaban de entender todo lo que pasa, del ambiente festivo.

Y todo al pie de la Mezquita Azul, nada más y nada menos.

A la mañana siguiente todos volvíamos, los indígenas al recogimiento y la abstinencia (al menos teóricos), y nosotros al “turisteo” habitual y a buscar bares en los que, por Alá, se atreviesen a servirnos una cerveza bien fría.

FOTOS: Vean mi selección de fotos de Estambul en Flickr.
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sábado, 4 de abril de 2009

Plazas del mundo: en el corazón de la ciudad

Las calles estrechas se abren y se crea un espacio amplio, cuadrado, redondo, rectangular a veces e incluso de forma extrañamente irregular en otras ocasiones, es una plaza, centro de la vida de la ciudad en el pasado, lugares turísticos por excelencia en el presente.

Después de conocer Bruselas he reflexionado sobre como algunas ciudades se unen en nuestra memoria a su plaza o sus plazas. Y es que, además de su belleza, pareciera que por un extraño procedimiento de destilación en ellas se hubiese concentrado buena parte de lo mejor (y en ocasiones de lo peor) del carácter y el sabor de cada ciudad.

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¿Qué plazas se acumulan y dominan en mis recuerdos? Por supuesto la Grand Place, supongo que por su deslumbrante belleza y por ser la última que he conocido. Pero no es un tema solo de cercanía en el tiempo: seguro que tardaré mucho en olvidar esa imagen de los edificios iluminados reflejándose en los adoquines húmedos por la eterna lluvia, con el Ayuntamiento destacando como una inmensa catedral laica.

Roma es también ciudad de plazas, empezando por supuesto por la del Vaticano, una de las más grandes del mundo y, sin dudarlo, una de las más bellas también, pero con el aire artificial de algo que no ha sido creado precisamente para pasear o vender cosas y que hace que uno prefiera la mucho más pequeña del Campidoglio, cuya recoleta belleza es el premio justo (generoso, creo yo) que uno recibe tras el esfuerzo de subir la Cordonata.

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¿Más? Sí, mucho más: la de España que es quizá el verdadero centro de Roma, la pequeña y maravillosa plaza en la que está el Panteón, las cálidas plazoletas del Trastevere

Las de Nueva York son radicalmente diferentes y quizá sea la americana más ciudad de largas avenidas que de plazas, pero ¿qué sería de la Gran Manzana sin Times Square? Fue el primer lugar que vi de Manhattan y en ese instante saliendo del metro me di cuenta de que estaba ya irremisiblemente enamorado de esa ciudad.

La esencia de Nueva York está en Times Square, sus edificios "masivos" y sus aceras repletas, pero cuando estén allí no dejen de visitar otras dos plazas: la que forma el delicioso Bryant Park en la parte trasera de la gran Biblioteca Pública de la calle 41, con sus terrazas y las sillas en las que la gente lee, se conecta a Internet y juega al ajedrez y al backgammon; y Union Square, a la altura de la 14, donde la ciudad lanza hacia el norte su cuadrilátero de inmensas manzanas y en la que los neoyorquinos bailan, quedan y escuchan imposibles mítines políticos a favor y en contra de los más insospechados temas.

En Estambul están también las plazas, claro, pero parte de su protagonismo lo han usurpado los bazares. No obstante, la gran ciudad del Bósforo tiene la inmensa plaza que merece y de la que muy pocos lugares pueden presumir: la de Sultanahmed, con dos de las maravillas del mundo mirándose frente a frente a través de los siglos: Santa Sofía de un lado y la Mezquita Azul del otro. No creo que haya en el mundo un lugar en el que dos edificios tan bellos y tan impresionantes estén separados por una única plaza prácticamente peatonal, salir de cualquiera de ellos y caminar cinco minutos para llegar al otro será uno de los momentos mágicos que vivirán cuando visiten la antigua Constantinopla.

Santa Sofia noche1

Y por último (más que nada porque en algún momento hay que acabar) no muy lejos de Estambul está la ciudad que, en cierto sentido, es ella misma una plaza, es decir, un lugar en el que confluyen corrientes que llegan desde distintos puntos: Jerusalén. Pero, ¿tiene plazas la capital de Israel? Hay una en la parte nueva en la que palpita el corazón de la ciudad actual más que el de la eterna: la de Zion, siempre repleta de gente que se busca, o que sólo busca o que simplemente pasea.

Y hay dos a las que se mira todo el mundo, separadas por unos pocos metros en altura y no muchos más en distancia: la Explanada del Templo y, a su pie, el Muro de las Lamentaciones. Tampoco sé si son éstas plazas en el sentido que habitualmente le damos al término, pero estoy seguro de que su espíritu lo es, como es muchas más cosas.

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Pocas más tiene la Ciudad Vieja, algunas pequeñas hay sí, en la confluencia de varias callejas y con niños musulmanes jugando un tanto desarrapados; o en las terrazas de Barrio Judío por las que se puede pasear y en las los que juegan niños judíos, de diferente aspecto pero parecidas diversiones: a esas edades no hay tantas diferencias.

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jueves, 22 de enero de 2009

Hoteles baratos... ¿hasta donde puedes bajar tus exigencias?

Encuentro un par de artículos sobre hoteles baratos y pienso que, como bien dice Jorge Gobbi en su Blog de Viajes, en un momento de crisis global como en el que nos encontrarmos lo más probable es que si queremos seguir viajando tengamos que acostumbrarnos a encontrar formas más económicas de hacerlo y que, por tanto, haya que ir pensando de qué cosas podemos prescindir al elegir un hotel en particular o un alojamiento en general.

Es más, casi habría que ir pensando mejor de qué no podemos prescindir y en este sentido el Zero Star Hotel es una apuesta por esos mínimos y por un coste que se pueda ajustar al máximo, aunque viendo su web parece más un concepto artístico pijoide que realmente de lo que estamos hablando.

Por otra parte, en muchas ocasiones los precios están relacionados con ciertos costes, algunos de los cuales están en esa lista de imprescindibles que firmaríamos casi todos y en la que, probablemente, la higiene ocupa un lugar destacado: todos podemos prescindir tranquilamente del desayuno bufé, pero la mayoría de nosotros tendríamos problemas con esos hoteles británicos que no están tan limpios como esperamos (por cierto, hace muy pocos días una pareja de amigos que habían estado en Londres nos hablaban, precisamente, de la mugre en su hotel).

Personalmente, suelo tener suficiente con un mínimo razonable de limpieza y con que la cama no sea un camastro infame (no tengo demasiado buen dormir), pero cada uno de nosotros tenemos, seguro, algún pequeño o gran capricho que no siempre es tan fácil satisfacer, aunque no seamos estrellas del rock de esas que piden rosas y Veuve Clicquot.

Yo, por ejemplo, suelo intentar conseguir una segunda almohada sin la cual me cuesta mucho conciliar el sueño; y, por poner un ejemplo más escatológico, cuando estuve en Estambul asistí bastante perplejo a como un turista español abrasaba a gritos a la recepcionista porque no tenía... escobilla en el water. Hablando de wáteres, ni se les ocurra pedirme que comparta el cuarto de baño con desconocidos.

Los españoles tenemos, además, un problema añadido en este sentido: los hoteles en nuestro país suelen ser, comparativamente, de alta calidad. Y no me refiero sólo a la comparación con los países más pobres sino, prácticamente, con cualquier país que haya visitado. El hotel sin escobillas de Estambul era un cuatro estrellas que en España tendría díficil pasar de dos; en París también estuve en uno que no resistía la comparación con los de aquí de la misma categoría y en Milán me alojé hace unos años nada más y nada menos que en un Marriott de cinco estrellas... bastante peor que muchos NH de cuatro.

Otras alternativas

En muchas ocasiones lo que podemos hacer es buscar una alternativa que, de una forma u otra, nos ayude a ajustar el coste de nuestro viaje. Creo que ya he hablado en alguna ocasión de mi predilección por las casas rurales que ofrecen un grado de confort razonable y que, además, permiten que ahorremos dinero haciendo alguna de las comidas habituales en la propia casa. Y lo mismo se puede decir de los aparthoteles.

No sólo eso, en los últimos años en muchas ciudades se alquilan apartamentos para turistas y, por tanto, en periodos adaptables a un viaje normal (una semana, quince días) y que, sobre todo para un grupo de personas, suponen precios muy atractivos y, además, esas posibilidades de ahorro de las que hablábamos.

Y por supuesto, están las pensiones de toda la vida, los Bed and Breakfast o los campings para aquellos a los que Dios haya llamado por el camino de la tienda de campaña, lo que, como habrán podido imaginar, no es mi caso.

El caso es seguir viajando, ¿no?
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lunes, 3 de noviembre de 2008

Experiencias viajeras: el baño turco

Los viajes también tienen sus ritos, ceremonias de cumplimiento prácticamente obligatorio que hemos de realizar en cada destino que visitamos, como si de una peregrinación se tratase: algunos son sencillos, como tirar la moneda a la Fontana di Trevi o meter la mano en la Bocca della verita; otros solo podemos cumplirlos tras una larga cola, como la de los que en Santiago esperan para abrazar al Santo.

Y si uno va a Estambul, uno de los ritos que no debe dejar de celebrar (aunque hay otros, es ciudad de muchos ritos) es pasar por un baño turco y someterse al relajante tratamiento de mounsieur el masajista, que suele ser un señor no muy agraciado y de otomano mostacho que nos da una auténtica paliza, eso sí, muy relajante.



En mi viaje a la ciudad turca cumplí con la "obligación" del baño turco, como no, y para hacerlo elegí uno que parecía bastante serio porque, aunque quizá sea una tontería, ir a un sitio público a despelotarse y que le hagan a uno un masaje puede generar una cierta dosis de desconfianza. Así que pensando en esto y también en que según la guía de viajes era de los más bonitos de la ciudad nos fuimos al Cagaloglu, muy conocido en Estambul y que, además, se construyó en 1741, lo que hacía la visita aun más interesante.

Fue todo un acierto, ya que se trata de unos baños realmente hermosos y con un ambiente muy especial: no es lo mismo relajarse bajo una cúpula antigua y rodeado de mármoles que hacerlo en una moderna y aséptica sauna. Además, y contra lo que cabría esperar, había muy poca gente, así que durante algunos ratos toda la sala era para nosotros dos (me acompaña un amigo), lo que resultaba la mar de agradable.

La cosa empezaba en unas pequeñas habitaciones con puerta de madera en las que te desnudabas y guardabas la ropa, luego cerrabas con llave y te la llevabas junto con un enorme llavero metálico, pensado para no perderla durante el baño. Creo que también cogías en ese momento una especie de palangana metálica para ir echándote el agua por encima y, por supuesto, una minúscula toalla con la que, una vez dentro del baño, te tapabas las vergüenzas, como dirían los antiguos.

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Nos recomendaron que comenzásemos por una pequeña sala muy caliente, bastante similar a sauna a la que estamos acostumbrados pero sin ser de madera. Allí el calor era poco menos que insoportable, así que no aguantamos demasiado y pasamos a la zona central, donde resultaba algo más moderado. Al poco de estar allí llegaron los maromos bigotudos de los que hablaba antes y empezó el masaje propiamente dicho, realizado con abundancia de agua y que acababa con un enjabonamiento que le hacía a uno sentirse como un coche en pleno túnel de lavado.

No soy experto en el tema, así que quizá sea necesario que un buen masaje sea un poco brusco como el que nos propinaron, el caso es que cumplió su misión relajante y tonificante. Después, uno podía quedarse todo el tiempo que quisiera dentro de la sala, respirando los vapores y la tranquilidad del lugar. Lo hicimos durante un rato para luego salir de nuevo y seguir relajándonos con un te caliente.

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Pero lo mejor de todo, al menos para mi, fue el afeitado posterior, con un barbero de los de toda la vida que trabajaba en el mismo establecimiento y que nos hizo un apurado perfecto como solo puede hacerse a navaja. Eso sí, declinamos educadamente la oferta cuando nos preguntó si queríamos que nos recortase los pelillos de la nariz con las mismas tijeras que llevaba un buen rato haciéndoselo a todo el mundo .

Cuando salimos de nuevo a las calles de Estambul habíamos pasado un par de horas dentro del edificio de los baños, ya era hora de cenar y en nuestros cuerpos y nuestras mentes teníamos la sensación y el sabor de haber viajado no sólo a otro país, sino también y sobre todo a otra época.

Por supuesto, no dejen de cumplir con el rito si tienen la oportunidad.

PD.: Las fotos son de la propia página de los baños Cagaloglu

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jueves, 9 de octubre de 2008

Comer en las calles del mundo (I)

La comida y la gastronomía son una parte importante de la experiencia viajera y creo que no solo para aquellos que, como un servidor, somos aficionados a la buena mesa: comer es una parte importante de la cultura y las costumbres de cada lugar que visitamos y saber como se hace en cada sitio es, creo yo, tan importante como conocer sus museos o sus monumentos.

Y dentro de lo que es comer, pienso que para los viajeros ocupan un lugar muy especial los puestos callejeros que en prácticamente todo el mundo nos ofrecen comida a pie de calle, sin necesidad de pasar por la formalidad de la mesa y el mantel y pudiendo seguir paseando o sentarnos en la acera para contemplar como los otros turistas y los indígenas siguen de acá para allá cumpliendo con sus obligaciones.

En mi limitada experiencia una de las mejores ciudades del mundo para comer en la calle es Estambul, principalmente por los numerosos puestos de kebab que ofrecen ese bocadillo ya conocido en todo el mundo. No obstante, hay algunas diferencias respecto a los que tomamos por Madrid (o cualquier ciudad española): suelen ser algo más sencillos en su relleno y, normalmente, el pan que se usa no es tanto la pita habitual por estos lares como unas tortitas enrolladas.

Los había (como todo en esta vida) mejores y peores pero todos eran bastante comestibles y los de pollo tenían un precio imbatible: antes del cambio a las nuevas liras turcas de hace unos años costaban un millón, que a pesar de la magnitud de la cifra eran al cambio poco más de 0,70 euros. Además, los vendedores ofrecían su baratija comestible al inefable grito de "¡Bir million! ¡Bir million!" (¡un millón, un millón!) que acababa por formar parte de la auténtica banda sonora de Estambul.

Había algunos más caros pero que podían valer la pena: recuerdo que en la feria del Ramadán de la plaza de Sultanahmed (un paraíso de la comida callejera, por cierto) había un puesto en el que la carne, de cordero, se preparaba a la brasa, sí sí, a la brasa aunque resulte increíble; créanme si les digo que era absolutamente delicioso.

Otra posibilidad interesante en Estambul eran los bocadillos de pescado que se preparaban en el puerto, junto al puente Gálata. Ni el aspecto de los puestos ni el de los tenderos hacían pensar en los más rigurosos controles sanitarios, pero al fin y al cabo estábamos junto al Bósforo y pensamos que el pescado debía ser fresco. La experiencia fue gratificante y no tuvo efecto secundario alguno.

Otra ciudad en la que es habitual comer en las calles es Nueva York, donde a pesar de que se ofrecen cientos de comidas de cientos de lugares del mundo el rey indiscutible es el puesto callejero de perritos calientes. También era una opción económica: cuando visité la ciudad el "modelo" sencillo con ketchup y mostaza costaba un solitario dólar (me dicen que ahora han subido a dos) y ciertamente tenía un sabor completamente especial que no sé si sería por la salchicha, el panecillo, las salsas de bote o la mugre del carrito.


También se estilaba mucho en la Gran Manzana el pretzel, una cosa a mitad de camino entre el bollo y la galleta de nombre un tanto judaizante y que no logró convencerme lo más mínimo: su pasta seca poco podía hacer frente a la carnosidad jugosa del perrito

En cualquier caso, quién no se ha comido un perrito caliente caminando por Broadway o sentado en Central Park no puede decir que ha vivido la full New York experience.

PD.1: Como el artículo me estaba quedando largo he decidido partirlo en dos, así que mañana tendrán más.

PD.2: La imagen la he tomado de la wikipedia, su autor es J.Reed y se trata de un puesto de perritos en Coney Island.

PD.3: Lea la segunda parte de este artículo.
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jueves, 25 de septiembre de 2008

Edificios que impresionan... y enamoran

Nadie (excepto los estudiantes de arquitectura, supongo) piensa que viaja para ver edificios, pero las construcciones de diferentes tipos suponen una parte importante del atractivo turístico de muchos de nuestros viajes y son también buena parte de nuestros recuerdos. Y no me refiero a los edificios como contenedores (los museos, por ejemplo) sino por sí mismos, ya estemos hablando de templos del pasado o de rascacielos del futuro, desde las Pirámides hasta la Torres Petronas pasando por iglesias, mezquitas, castillos y también, por qué no, museos.

Me pongo a pensar en edificios y uno de los primeros que viene a mi memoria es la impresionante Mezquita Azul de Estambul, cuya belleza y armonía exteriores no preludian la deslumbrante magnificencia de su interior, la amplitud de la enorme sala, la luminosidad, la delicadeza de la decoración. Aun recuerdo el shock que sufrí cuando traspasé el umbral y levanté la mirada.

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Una de las razones por las que puede impresionarte un edificio es su tamaño: eso es probablemente en lo primero que piensa uno cuando entra en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la mayor iglesia del mundo y, probablemente, también uno de los mayores templos de cualquier religión. San Pedro no es especialmente bella, hay otras iglesias en Roma que me gustaron más como Il Gesu o San Juan de Letrán, por citar dos; sin embargo lo excepcional de las proporciones de la basílica vaticana hace que irremediablemente nos quedemos sin aliento, más aún si subimos a la tremenda cúpula y disfrutamos desde allí de una de las mejores panorámicas de la Ciudad Eterna.

También el tamaño es una de las claves de la admiración que sentimos por las Pirámides de Giza, pero a ella se une, al menos en mi caso, la especial percepción del tiempo que se tiene ante un monumento que tiene 4.000 años, que era antiguo cuando fue contemplado por César, Marco Antonio y Cleopatra, que era antiquísimo cuando Napoleón pasó por allí con su ejército... Recuerdo que el día que las visité aparcamos el pequeño autobús al pie de la Keops y al bajar la enorme mole de piedra (hay que tener en cuenta que no sólo es alta, sino también grande, una auténtica colina) me dejó poco menos que clavado en el sitio, eran muchas toneladas de piedra y muchos siglos, que también pesan lo suyo.

En otras ocasiones no sólo nos impresiona el edificio en sí, sino también lo que podemos ver desde él. El caso más llamativo al respecto que yo he vivido es, como no, el Empire State Building en Nueva York, que yo esperaba llamativo más que nada por su altura pero que me pareció una preciosa torre con un toque art - decó y neoyorquino maravilloso, pero que además ofrece una vista impresionante de Manhattan, uno de los lugares más especiales del mundo.

ESBview

En España hay muchos edificios que impresionan y enamoran, como ejemplo de ellos podemos hablar de la Catedral de Santiago de Compostela, que además está en una de las plazas más bellas del mundo. Recuerdo una anécdota curiosa relacionada con esta increíble iglesia: en una cumbre internacional que se celebraba en la ciudad gallega (no recuerdo ahora a santo de qué) estaban invitados mandatarios y dirigentes de todo el mundo. Uno de ellos era Mijaíl Gorbachov, un señor que algo había viajado y que vivía en una chozita como el Kremlin. Pues bien, al salir del enorme coche oficial recuerdo el gesto de sorpresa del líder soviético, que contempló la fachada del Obradoiro con un gesto similar al que habría hecho, creo yo, de ver un OVNI en mitad de la plaza con hombrecillos verdes y todo.

Pero no sólo los edificios grandes o altos nos impresionan y nos enamoran, también caemos fascinados ante la encantadora pobreza del prerrománico asturiano, frente a la delicadeza sublime de los palacios y los jardines de la Alhambra, con el maravilloso modernismo de la Casa Batlló de Gaudí o con la belleza barroca de San Carlos de las Cuatro Fuentes, la pequeña iglesia de Roma de la que se decía que cabría en uno de los pilares de San Pedro.

Y es que el tamaño no siempre importa.
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miércoles, 27 de agosto de 2008

Mis fotos: Estambul

Cuando una ciudad es durante más de 1.500 años capital de hasta tres imperios algo debe tener y algo le debe quedar. Estambul, Bizancio, Constantinopla... distintos nombres para distintas ciudades que se superponen en un prodigioso montón de historia y belleza.

La capital de Turquía es sin duda una de las ciudades más hermosas e interesantes de Europa, y visitarla es un viaje que nadie dedebría dejar de hacer al menos una vez en su vida. Espero que las fotos reflejen al menos en parte esa belleza y ese interés.



Por cierto, las imágenes son, por primera vez en esta serie, escaneadas desde mis viejas y queridas diapositivas. Y que no se me olvide darle las gracias a Pictobrowser por su útil herramienta.
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martes, 8 de julio de 2008

Actitudes para viajar

Para mi, como supongo que para la mayoría de los que pasan por esta página, viajar es una de las experiencias más interesantes, excitantes y enriquecedoras de mi vida. Mis viajes son una fuente de recuerdos, no inagotable que ya me gustaría a mí viajar tanto, pero sí de las más importantes, y disfruto al máximo de todas las etapas: la decisión del destino, la preparación anterior, el viaje en sí mismo y, por supuesto, todas las conversaciones, fotos y artículos posteriores.

Supongo que es por este disfrute que me ofrecen mis propios viajes por lo que pocas cosas me sorprenden tanto como encontrarme a una persona que viaja a disgusto o a la que lo mismo le da estar en Egipto que en la Puerta del Sol o el recibidor de su casa, pero haberlo haylos y lo que es ciertamente aun más impactante: además viajan.

Por supuesto, cada uno está en su derecho de viajar como quiera (y todo lo malhumorado que desee), pero yo que siempre ando corto de tiempo y dinero para mis viajes, me pregunto que tipo de injusticia cósmica hace que ese tipo desperdicie el tiempo y el dinero que yo destinaría con tanta felicidad a otro viaje maravilloso y, encima, se esté poniendo fatal de úlcera con ese genio.

El mejor momento para observar estas actitudes son los viajes organizados en grupo, que permiten observar a la gente que te acompaña durante días. No soy muy amigo de que me lleven de acá para allá (prefiero organizarme y gestionare yo mismo) así que la única vez que me decidí por esta opción fue cuando visité Egipto, un país que me parecía demasiado complicado para conocerlo en solitario. Fue la primera vez y, si no ocurre nada raro, será la última, otro día les contaré el porqué, pero hoy me centraré en un par de anécdotas que también son ilustrativas de estas actitudes de las que les hablaba.

Visitando el Museo Egipcio de El Cairo, que guarda en sus salas una maravillosa colección de piezas artísticas del Egipto de los faraones (sólo los tesoros de Tutankamon justificarían ir desde Madrid y hay mucho más) uno de mis compañeros de grupo, visiblemente irritado con las explicaciones de nuestro guía (ciertamente projilas), acabó exclamando desesperado: "¡Pero es que para que te guste esto te tiene que interesar su cultura!". Desde entonces llevo preguntándome a qué coño habría ido el hombre a Egipto si, efectivamente, no le interesaba su cultura.

En el mismo viaje nuestro generoso guía nos dio treinta minutos para hacer fotos de las Pirámides, no se sorprendan si les parece poco, es que luego teníamos que ir al Museo del Papiro, que a pesar de su ostentoso nombre no era sino una puta tienda de papiros en la que el hombre cobraba comisión por llevar a sus víctimas-turistas. Pues bien, tras darme toda la prisa que pude y volver al autocar en 35 minutos orgulloso de mi contención fotográfica y mi respeto por los compañeros de viaje... me encontré a todo el mundo esperando y mirándome malencarados por cinco míseros minutos de retraso. De acuerdo, hacía un calor horroroso pero ¿era yo el único que quería disfrutar de la única maravilla de la antigüedad que sigue en pié? De nuevo la pregunta: ¿A qué habían ido todos a Egipto si no era a ver las Pirámides?

Un caso menos espectacular pero también significativo: en la plaza de Sultanahmet de Estambul (una de las más bellas del mundo, pero de eso hablaremos otro día) se nos acerca una turista de unos cuarenta años de edad con pinta de alemana y nos pregunta... si "eso" es Santa Sofía. Es decir, que la tipa ha pagado un billete y un hotel, ha volado varios miles de kilómetros y no es capaz de reconocer uno de los dos o tres edificios más famosos de la ciudad y, probablemente, el que tiene un carácter más peculiar.

Personalmente, me parece que reconocer Santa Sofía es una cuestión de cultura general no muy complicada, pero ¿para qué vas a una ciudad lejana que te interesa tan poco que no has sido capaz de informarte antes de lo más básico?

Como decía unos párrafos más arriba, cada uno puede hacer con su vida y con sus viajes lo que quiera pero, puestos a viajar, mejor hacerlo como una persona y no como una maleta, ¿no?
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miércoles, 17 de noviembre de 2004

Impresiones de un viajero en Estambul 2. Las tiendas y los tenderos (y 2)

Como decíamos hace unos días, la verdadera esencia del mundo de las compras en Estambul está en los bazares, esas curiosas construcciones destinadas a amontonar pequeñas tiendecitas repletas hasta los techos de la más variada constelación de artículos. Y de entre ellos destacan por sus propios méritos el Bazar de las Especias y, por supuesto, el Gran Bazar.

El primero de ellos está situado en las callejuelas que rodean a la Mezquita Nueva, cerca del puerto. El Bazar propiamente dicho está formado por dos o tres largas galerías abovedadas y repletas de tiendas, pero en las calles que rodean la curiosa construcción se monta un mercado igualmente abundante y quizá algo menos destinado a los turistas y, por tanto, casi más interesante.

En el Bazar de las Especias se puede comprar de todo: sartenes y ollas, cerámica, pashminas, regalos de lo más variado (había unos platos luminosos con imágenes de la Kaaba que eran impresionantes), dulces, joyas y relojes, dátiles y, por supuesto, especias: a granel expuestas en grandes sacos o preparadas para el turista en regalables y transportables cajas: azafrán, clavo, canela, pimienta… todas despidiendo generosamente sus aromas a un viajero que pronto pasa de sorprendido a embotado, todas de colores casi tan fuertes como sus olores.

Capítulo aparte merece el Gran Bazar, el mercado más conocido de Estambul y quizá del mundo. Está situado en una zona muy céntrica de la ciudad, a tiro de piedra de la Plaza de Sultanahmet (una de las más impresionantes que he visto nunca, por cierto). Como en de las Especias, el Gran Bazar está formado por una serie de galerías abovedadas, sin embargo en esta ocasión no se trata de dos o tres, sino de docenas de ellas, tantas, tan irregulares y tan intrincadas que acaban por parecer centenares.

Contrariamente a lo que cabría esperar, o al menos a lo que suponía el viajero, las tiendas no están ordenadas de forma temática ni de ninguna otra forma. Si bien hay zonas del Bazar en las que abundan, por ejemplo, las joyerías, no hay ningún orden establecido que deba ser respetado, por lo que uno puede encontrarse con un escaparate repleto de camisetas falsas de equipos de fútbol de toda Europa franqueado por dos joyerías extremadamente cargadas de oro.

El viajero se interna descuidadamente por el Gran Bazar, cámara de fotos en ristre y va siguiendo las galerías que le marca su instinto, girando ahora a la derecha y ahora a la izquierda, sin darle demasiada importancia. Así, cuando viene a pararse ya le es completamente imposible desandar sus pasos y está perdido y desorientado: exactamente lo que pretendía, pues precisamente es esa desorientación, esa voluntaria pérdida del control lo que le permitirá disfrutar del Gran Bazar de verdad, no como un remedo más o menos exótico de las cortytiendas – y podría ser eso si nos limitásemos a pasear y comprar – sino como un mundo totalmente diferente aunque al final nos dediquemos a algo tan europeo como el consumismo pagado en €.

Tienda tras tienda, escaparate tras escaparate y avieso comerciante tras avieso comerciante el Gran Bazar se le va subiendo a uno a las barbas, invadiéndolo, embotellándolo hasta que llega un punto en el que el cansancio en lugar de dejarse sentir en las piernas se nos presenta en los ojos, que no pueden seguir más el agotador ritmo de observación que nos imponen las repletas galerías. Es el momento de salir, buscar una tranquila callejuela peatonal junto a la cercana mezquita (en Estambul siempre hay una cerca) sentarse y escuchar quizá la llamada del muecín. Hemos salido del Gran Bazar, pero seguimos sintiéndonos en otro lugar, no tan sólo en otra ciudad.




Una de las típicas tiendas del Bazar de las Especias.

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