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domingo, 4 de abril de 2010

Un pequeño recorrido por Palencia: románico y mucho más

Como ya sabrán quienes escuchen Estamos de fin de semana, o hayan pasado por aquí hace unas semanas, estuve hace mes y medio por tierras palentinas, en una agradable excursión familiar en la que nos dejamos bastantes cosas por ver (la verdad es que el tiempo no acompañó) pero en la que, a cambio, vimos otras muchas.

San Salvador de Cantamuda bajo la nieve


Fue un recorrido de sur a norte en el que disfrutamos tanto de la naturaleza como de la arquitectura, especialmente del renombrado románico palentino, que tiene una más que justificada fama. Lo mejor fue, de todas formas, descubrir las muchas cosas que ver que tiene una provincia que creo que es de las menos conocidas de España: estoy convencido de que, si hiciésemos la prueba, no demasiados españoles sabrían situarla en el mapa.

Para empezar está la diversidad de paisajes que nos encontramos, desde los sobrios campos castellanos de la parte sur de la provincia o de la zona del Camino de Santiago, rotos aquí y allá por la línea verde del Canal de Castilla; hasta la belleza rotunda de la montaña, abundante en bosque, nieves y verde.

Paisaje con chimenea


Y por supuesto, un impresionante legado arquitectónico, con alguna de las iglesias más hermosas del España, con el propio Canal de Castilla y sus compuertas (aunque eso sea más ingeniería que arquitectura), con los preciosos ejemplos de románico perdidos por los pueblos…

La cosa da incluso para varios viajes por zonas e intereses, porque les aseguro que un fin de semana se queda corto para conocerlo todo. Así, se pueden plantear un recorrido de un par de días por el románico del Camino de Santiago, con centro en Carrión de los Condes y parada imprescindible en Frómista; otro con más naturaleza por la montaña palentina para el que Cervera del Pisuerga sería una buena base de operaciones; y, solapándose con éste, otro más alrededor del románico en esta parte norte en el que recorreríamos la zona entre la propia Cervera y Aguilar del Campoo.

Esculturas de altar de San Martín de Tours, en Frómista


Si a esto le sumamos un paisaje maravilloso, una gastronomía más que notable y algunos alojamientos tan peculiares e interesantes como el Parador de Cervera, no podemos más que aconsejarles que vayan preparando las maletas y descubran, por fin, todo lo que hay en esa provincia que tan difícil es de encontrar en los mapas.

MÁS: FOTOGRAFÍAS TOMADAS DURANTE EL VIAJE

San Martín de Tours, en Frómista.
Otras iglesias de Palencia.
Paisajes de Palencia.
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miércoles, 13 de enero de 2010

El espectáculo del barroco de Braga y el Bom Jesus

Braga es probablemente una de las ciudades más bonitas de todo Portugal, pero si no lo fuera valdría la pena visitarla por la maravilla que tiene en su afueras, uno de esos lugares impresionantes y hermosos que el viajero recuerda mucho después de haberlo visitado: el Bom Jesus do Monte.

bomjesus08


Se trata de un santuario situado en lo alto de una colina desde la que se tienen unas espléndidas vistas de Braga, pero lo mejor es la bellísima escalera barroca por la que ascendemos hasta llegar a la explanada en la que se encuentra la iglesia en sí; una maravilla de muchos tramos con estatuas y fuentes de un granito viejo y como húmedo, en la que cada rellano es una agradable sorpresa.

bomjesus_est01

Además, a distintas alturas vamos encontrando unas pequeñas cuevas en cuyo interior unas figuras representan escenas de la pasión de Cristo, no especialmente hermosas pero que le dan un tono y un sabor más local y cercano al conjunto.

La iglesia propiamente dicha no es especialmente monumental ni bella, sí es bonita en su exterior pero no demasiado en su interior. La verdad es que después del esfuerzo físico y la delicia artísticas de la escalera quizá uno espera algo un poco más llamativo, pero es que no es fácil estar a la altura del empinado espectáculo previo.

Otro ingrediente de la visita es un elevador pensado para evitar la fantástica escalera, cuyo uso sería imperdonable de no ser porque es el típico trenecillo de cremallera que también tiene su propio encanto. Además, fue el primero de este tipo que se puso en marcha en toda la península ibérica, allá por 1882.

Recomendación importante: vayan por la tarde, con la luz del sol dorando la escalera, es toda una experiencia.

Y además, Braga

Por si esto no fuese suficiente, a los piés del Bon Jesús está Braga, con su casco antiguo muy bien conservado y sus iglesias de espléndida fachada barroca, palacios, estrechas calles y recoletas plazas.

obispos

Y es que la parte vieja de la ciudad es uno de los núcleos urbanos mejor conservados de Portugal y quizá también uno de los más amables para el turista: calles peatonales o de escasísimo tráfico por las que es un placer pasear, buenas tiendas, agradables cafeterías y restaurantes…

En definitiva, una doble visita que no pueden perderse si están por el norte de Portugal. Por cierto, no dejen de ir al norte del país vecino, es un lugar espléndido para unas vacaciones.

PD.: Un último consejo: si van a Braga en verano aprovechen para cenar en alguna de las cafeterías que hay en la Avenida Central, que en realidad es una plaza ajardinada donde está el ayuntamiento y con unos soportales en los que estará en la gloria contemplando la impresionante fachada barroca de la Basílica dos Congregados.

MÁS: Vea mís fotos del Bom Jesus y Braga.
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lunes, 12 de octubre de 2009

El afortunado y exitoso fracaso de Sigüenza

Es cierto que la historia y el presente no siempre están de acuerdo, pero en pocos lugares esa disputa es tan evidente como en Sigüenza, hoy un pueblo no demasiado grande (unos 5.000 habitantes) y ayer lugar estratégico y tan rico como para tener una catedral imponente y un castillo descomunal.

Gracias a eso, hoy por hoy esta pequeña ciudad es un lugar que merece una visita, varias visitas si me apuran, y gracias también a ese desfase cronológico, al menos en parte, ha llegado hasta nosotros con un grado importante de pureza, lo que probablemente no habría sido posible de haber tenido más éxito la ciudad en los últimos siglos, de haberse desarrollado más.

castillo_noche

En definitiva, cierto fracaso de Sigüenza, que no ha podido ser hoy en día lo que era en la Edad Media, nos la brinda ahora como un bonito regalo, tanto como que este pasado fin de semana la localidad guadalajareña fue el punto de partida de una de las rutas viajeras que recorrimos en Viajes en sillón, la parte turística del Estamos en fin de semana de esRadio.

Llegar a Sigüenza es ver desde lejos el Castillo y la Catedral, cada uno en una parte del pueblo y los dos formando un conjunto muy armónico, no solo porque a ambos los contempla una imponente y similar cantidad de siglos, sino porque parecen cumplir una función similar y se diría que lo guerrero le ha ganado la partida a lo religioso tanto en uno como en la otra.

No en vano los dos edificios fueron impulsados, la iglesia desde cero y el castillo a partir de las previas construcciones musulmanas, por los mismos obispos, que además fueron también los que arrebataron la plaza al infiel, ya que Sigüenza fue conquistada por las huestes del arzobispo de Toledo, para que luego digamos que la Iglesia de hoy en día es belicosa.

catedral1

Así, la Catedral tiene algo de fortaleza, lo que le da un aspecto imponente y recio desde el exterior, más impresionante que bello, si queremos ser sinceros. El interior, por el contrario, es más hermoso y ya su altísima bóveda gótica (en el buen sentido) nos sorprende, llegando esa sorpresa al máximo en la famosa Capilla de los Arce, donde está la todavía más famosa estatua del Doncel.

Tras visitar la catedral un buen recorrido turístico de la ciudad es iniciar la ascensión hacia el Castillo, que hoy es un imponente Parador de Turismo, a través de la Plaza del Ayuntamiento y de la Calle Mayor, pero mi consejo es que en lugar de llegar hasta arriba del todo por esta misma calle se desvíen por las travesañas, las dos callejas perpendiculares que atraviesan todo el casco viejo, y se pierdan por el pequeño pero encantador entramado de callejones y plazuelas.

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Las casas son señoriales, y las hay en todos los tramos de conservación: desde las que están recientemente restauradas o perfectamente mantenidas hasta las que anuncian con sus paredes combadas la necesidad de que llegue pronto el socorro en forma de una obra salvadora. Incluso las hay que ya no han podido resistir el peso de los años y nos ofrecen algunas fotogénicas ruinas.

No menos fotogénicas que los tramos todavía en pie de las murallas y, sobre todo, que las encantadoras puertas que todavía se mantienen en pie: del sol, del hierro, arquillo de San Juan… tan modestas como auténticas.

Un casco viejo pequeño (como todo en Sigüenza menos la catedral y el castillo) pero en el que se puede recorrer y reconocer las distintas zonas: la de las casas nobles, la de la judería, la de los artesanos mudéjares

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Especialmente recomendable para pasear (y para fotografiar, como bien dijo Ángel Martínez Bermejo en el programa) a última hora de la tarde y primera de la noche, evitando a los muchos turistas que visitan la ciudad en un único día de ida y vuelta y disfrutando de una ciudad medieval casi para nosotros y, oh maravilla, incluso con ese extraño y tan buscado silencio.

MÁS SOBRE LO MISMO
Página web con información sobre Sigüenza
Mis fotos en Flickr de la ciudad y sus alrededores
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martes, 11 de agosto de 2009

Museos de Nueva York o razones para visitar la Gran Manzana (III, el Guggenheim)

La versión neoyorquina del Guggenheim fue el primer museo de la ciudad que visité, antes de llevar 48 horas en Nueva York. Lo hice por dos razones que en aquel momento resultaban de importancia similar: ver por fin un edificio (y que edificio) de uno de mis arquitectos más admirados (el genial Frank Lloyd Wright)… y tener un sitio en el que refugiarme del frío y el viento que me estaban masacrando desde horas antes.

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Centrándonos en el museo en sí, que es de lo que he venido a hablarles, como diría el genial Paco Umbral, la neoyorquina fue la primera sede en la que la Fundación Solomon R. Guggenheim expuso su colección de arte moderno. Aunque en sus inicios en 1937 no lo hacía en su actual y maravillosa sede, que fue inaugurada en 1959, poco después de la muerte de su autor, de forma que Lloyd Wright no vio terminada la que desde entonces ha sido considerada una de sus grandes obras maestras.

El edificio original (en 1992 se amplió adosándole una torre rectangular con un resultado más que dudoso) está dominado por una enorme espiral que podemos ver desde el exterior y que, ya sólo al intuirla de fuera, nos llama poderosamente la atención.

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En el interior esa espiral es un gran rotonda, acabada en un techo de cristal y en cuyas paredes se colgaban los cuadros de la colección (ahora se dedica a exposiciones temporales). Así, la peculiar experiencia para visitar el museo no era el típico pasar de una sala a otra, sino que se entraba en la gran rotonda, se subía al último piso y desde allí se bajaba descendiendo por la suave pendiente y sin dejar de ver cuadros.

En definitiva, un museo completamente diferente.

Además de esa experiencia tan distinta a la hora de contemplar las obras de arte, el Guggenheim es en sí mismo una creación que merece ser contemplada y, sobre todo, disfrutada: a pesar de lo revolucionario de la propuesta el edificio es (y era más todavía antes de la ampliación del 92) una maravilla de equilibrio y elegancia y podríamos mirar durante hora su exterior de formas suaves y casi sin detalles, de blanco cemento que parece.

La colección

El Guggenheim es, probablemente, el más grande de los museos “pequeños” de Nueva York. Pequeños si los comparamos con mastodontes como el Metropolitan o el MOMA, pero de singular importancia si tenemos en cuenta que son, al menos en su origen, el resultado del afán coleccionista de un único individuo y, sobre todo, de su esfuerzo filantrópico para hacer de esa colección privada un espacio para que el público disfrutase del arte.

También son, y eso es algo que me encanta, la demostración clara de que no es necesario que el estado subvencione y patrocine a los artistas, sino que esa es una función que puede cumplir perfectamente el sector privado y, además, al final el gran público puede disfrutar de ese arte.

Foto:www.guggenheim.orgEn el caso del Guggenheim, aunque la fundación original era la creación de un único amante del arte, Solomon R. Guggenheim, la colección se ha ido ampliando con otras donaciones y otras colecciones (tanto que ahora se encuentra esparcida por otros cuatro museos del mundo, entre ellos el de Bilbao que ustedes conocerán).

En Nueva York la exposición permanente es un no muy extenso pero sí muy intenso paseo por lo mejor del arte de los siglos XIX y XX, comenzando por varias obras maestras del impresionismo, incluyendo un par de Van Goghs; pasando por algo de lo más granado de Picasso tanto de su etapa más figurativa (impresionante la “Mujer planchando”) como de su diferentes momentos cubistas; recreándonos en varios maravillosos Kandinskys y disfrutando, en suma, de obras de prácticamente todas las vanguardias del S XX.

El número de cuadros expuestos no es muy alto así que podemos cumplir una visita muy provechosa en una tarde o parte de una mañana que nos darán para contemplar con atención tanto las obras como el edificio.

Para el resto del día crucen la Quinta Avenida y paseen por Central Park. ¿Pueden imaginarse un programa mejor?



MÁS INFORMACIÓN

Página oficial del Guggenheim de Nueva York
Frank Lloyd Wright en la Wikipedia

En esta serie:
Museos de Nueva York: I, el Metropolitan
Museos de Nueva York: II, el MOMA
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martes, 9 de junio de 2009

Rincones (casi) secretos de Madrid: la iglesia de los PP. Dominicos

Madrid no es lugar de iglesias, la historia de la Villa y Corte, poco más que un villorrio hasta muy tarde, hace que no tengamos una hermosa catedral gótica como muchas ciudades de Castilla y, aunque hay algunas pocas iglesias curiosas por el centro, ninguna es especialmente bella. Y aún lo es menos la Almudena, un engendro catedralicio construido e inaugurado a deshora y que, desde el punto de vista estético, para lo único que sirve es para arruinar uno de los solares más valiosos de la capital y entorpecer una de sus vistas más hermosas.

No sé si todo esto lo tendría Miguel Fisac en la cabeza cuando se puso a diseñar la iglesia de los Padres Dominicos, en lo que entonces eran los alrededores de la ciudad (algo más lejos que las afueras), pero uno diría que sí y que trataba de ponerle cierto remedio. Creo que lo consiguió, al menos desde entonces Madrid tiene una iglesia excepcionalmente bella.

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Sin embargo, supongo que por su situación fuera de las zonas que habitualmente se visitan y lejísimos de las áreas turísticas, muy pocos madrileños conocen esta iglesia, quizá la más bella de Madrid, a pesar de que muy pocos habrán dejado de ver en alguna ocasión su llamativo campanario, justo al borde de una de las principales carreteras de salida de la ciudad.

Entrando en materia, se trata de una iglesia y todo un complejo con distintas dependencias que el famoso arquitecto Miguel Fisac diseñó para la congregación de los Padres Dominicos a mediados de los años 50. En todo él se puede apreciar la arquitectura racionalista y bella de Fisac, depurada al máximo en algunos detalles como una escalera que parece volar sobre el jardín.

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El templo es, sin duda, lo más espectacular del conjunto, aunque su aspecto exterior es discreto y funcional, modesto y diríase que casi escondiendo lo que encontraremos en el interior. El único detalle que destaca es el alto campanario blanco coronado por lo que en la lejanía se ve como una maraña de cables. Pero en cuanto entramos dentro de la iglesia esa impresión de modestia desaparece y nos encontramos ante un templo de un tamaño imponente, casi grandioso y, sobre todo, con una forma muy original que le da unas perspectivas llamativas y muy eficaces.

Sólo tiene una nave con forma de diávolo en cuya parte central se encuentra el altar, que divide la iglesia en dos espacios muy diferenciados: de un lado el lugar donde se sientan los fieles y del otro un gran coro. Tras éste el templo “se cierra” con una enorme vidriera en un estilo muy moderno para los 50 y que todavía hoy nos resulta actual.

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Sobre el altar se abre un lucernario que deja pasar una luz cálida que baña en primer lugar a un Cristo que cuelga desde el techo por unos cables y que parece flotar en mitad de la iglesia, el efecto es sorprendente y, personalmente, me parece bellísimo.

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Como es lógico, gracias al gran lucernario y a su situación “estratégica” según va pasando el día y según se encuentre el sol la iluminación dentro de la iglesia va cambiando sutilmente, siempre dentro de un tono cálido que se va apagando al alejarnos del altar para dejar buena parte del templo en una semipenumbra muy adecuada para la reflexión y la oración.

Otro aspecto que me parece muy llamativo y que refleja sin duda la genialidad del arquitecto es la mezcla de materiales que encontramos dentro de la iglesia: las pareces son de un espartano ladrillo visto (¡en el interior!); el techo está cubierto por unas maderas que aportan un toque de calidez; y además tenemos cemento visto, vidrio… Todo conviviendo en una prodigiosa armonía.

En definitiva, una importante obra arquitectónica, en un estilo que quizá no estemos muy acostumbrados a disfrutar pero que estoy seguro que cualquier persona mínimamente interesada por la arquitectura y el arte sabrá apreciar.

Y SI QUIEREN MÁS INFORMACIÓN

Página de la Fundación Fisac.
Miguel Fisac en la Wikipedia.
Obituario en El Mundo.
Mis fotos de la Iglesia de los Dominicos.
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jueves, 14 de mayo de 2009

La fotogenia del Atomium

No se dejen engañar, el Atomium no es demasiado bonito; espectacular quizá, pero tampoco tanto como la Torre Eiffel, por poner un ejemplo (y eso que tiene bastantes años menos, o quizá precisamente por eso, no sé). Sin embargo, no deja de ser una visita interesante que hacer en Bruselas y, sobre todo, tiene una virtud que los que siempre llevamos la cámara colgando en nuestros viajes: es tremendamente fotogénico.

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Como muchos de ustedes sabrán, el Atomium se construyó para la Exposición Universal Celebrada en la capital belga en 1958. Fue un diseño del ingeniero André Waterkeyn y sus nueve bolas de acero interconectadas representan un cristal de hierro ampliado 165 mil millones de veces, o al menos eso es lo que dice la Wikipedia pues, como comprenderán, el día de mi visita no me aprendí la cifra de memoria.

La idea al levantarlo era que durara sólo seis meses, pero el año pasado cumplió medio siglo de vida, aunque para ello tuvo que pasar por una seria restauración de dos años que terminó precisamente en el 2008.

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No es el único edificio famoso que ha nacido para una exposición de este estilo, también ese fue el motivo por el que se levantó la Torre Eiffel que mencionábamos antes, e incluso la Plaza de España en Sevilla tuvo su origen en una Exposición Iberoamericana (nosotros siempre dando una nota folclórica).

Eso sí, ahí se acaban todas las posibles comparaciones entre el monumento de Bruselas y la torre parisina, no sólo porque aquella es tres veces más grande que éste (más de 330 metros de altura frente a 105), sino porque el trabajo de Eiffel y sus subordinados supuso un reto arquitectónico inaudito para la época y requirió desarrollar soluciones de ingeniería que nunca antes se habían intentado. El Atomium, si bien es un diseño original, no significó un avance del mismo tipo.

En su interior

Hoy por hoy el Atomium se dedica a lo típico para lo que “sirven” este tipo de monumentos: peculiares salas de exposiciones y, como mucho, un restaurante. En este caso algunas de las “bolas” nos cuentan lo que supuso la Exposición Universal para la Bélgica de los años 50, con algunos detalles sobre la su organización y unos bonitos carteles de la época.

Otras “bolas” se dedican a exposiciones temporales, de las típicas sin demasiado interés y con un montaje audiovisual para que las visiten los colegios. Aunque la verdad es que tampoco las grandes esferas de 18 metros de diámetro parecen un lugar muy óptimo para el montaje de cualquier exposición.

Por último, la más alta de las plataformas es el típico mirador – restaurante, aunque en este caso las vistas tampoco son nada muy allá: el Atomium está en las afueras de la ciudad y no hay nada muy interesante que ver por allí.

interior

Si que son llamativas las escaleras que unen las diferentes esferas, los tubos que se ven desde el exterior y que me parecieron de lo más estético del conjunto, aunque no sabría explicarles la razón. Quizá fuese ese aire futurista – sesentero de película mala de ciencia ficción, lo cierto es que tienen su gracia.

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Pero lo mejor, como les decía al principio, es la fotogenia del conjunto: con gran angular, con tele, de una de las esferas a las otras, en las escaleras… Todo parece más interesante a través del visor de la cámara, así que aquellos que cuando vuelven de una ciudad han acumulado unas cuantas decenas de fotos en su cámara seguro que disfrutarán de su visita al Atomium.

Los demás también, no crean, pero por si acaso tampoco eleven mucho el listón de sus expectativas.

Y si alguien quiere más...
Página oficial del Atomium
El Atomium en la Wikipedia
Galería de mis fotos del Atomium
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sábado, 9 de mayo de 2009

La grandeza de San Pedro

Puede que San Pedro no sea la iglesia más bella de Roma, pero desde luego es la más impresionante. Y no sólo es una cuestión de tamaño, en este caso lo grande es también grandioso y, sobre todo, causa un impacto en el visitante, completamente disminuido ante las columnas, las estatuas, el Baldaquino

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Supongo que en la impresión que causa cuenta y no poco la magia del lugar, su significación religiosa, su historia. Ya he comentado en alguna ocasión anterior (hablando de Jerusalén, de dónde si no) que los lugares santos tienen un atractivo especial y en Roma, que también es ciudad santa, la mayor parte de esa fuerza se acumula en dos puntos: el Coliseo y San Pedro (bueno, y también algo en las Catacumbas).

La experiencia viajera en San Pedro empieza mucho más allá de las puertas de la basílica, si me apuran se va experimentando desde buena parte de la ciudad, en los muchos lugares en los que podemos ver a lo lejos la tremenda cúpula de Miguel Ángel, más grande que la de la catedral de Florencia si bien no más bella, según se cuenta que dijo el propio artista.

La cosa va creciendo en intensidad cuando cruzamos el Tíber y se acerca a un primer clímax al adentrarnos en la Plaza de San Pedro y vernos rodeados por la inmensa columnata de Bernini, pero incluso después entrar en la iglesia propiamente dicha sigue maravillándonos y dejándonos, literalmente, con la boca abierta.

En la nave central, orgullosamente fundidas en el suelo, unas marcas señalan la longitud que alcanzan los siguientes templos cristianos más grandes del mundo: San Pablo, en Londres; la Catedral de Sevilla… edificios enormes cuyo inicio encontraríamos unos metros en el interior de San Pedro, que los empequeñece.

La basílica romana guarda maravillosas obras de arte, barrocos sepulcros de papas cuyo nombre no recordaríamos de no ser porque están allí, bajo una inmensidad de mármol y belleza. Pero además estas obras, San Pedro tiene puntos más puramente turísticos, lugares en los que hasta el menos apasionado por el arte disfruta de las vistas o del recorrido arquitectónico.

El más espectacular de ellos es la subida a la cúpula, que se hace por el estrecho (realmente estrecho) espacio entre la techumbre exterior y la decoración interior. Por ese pequeño hueco y a través de un empinada escalera que, además, nos obliga a subir inclinados hacia un lado para adaptarnos a la curvatura de la cubierta, llegamos a la torrecilla superior desde la que observamos el impresionante panorama de la Ciudad Eterna, con la plaza de San Pedro abriéndose a nuestros pies.

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A mitad de camino habremos dejado el techo de la catedral, desde el que también podemos asomarnos a la plaza rodeados de las imponentes estatuas de antiguos santos, a menos altura (la cúpula sobrepasa los 130 metros) pero quizá en una posición que nos hace disfrutar más de los detalles.

Y en el lado contrario, bajo el nivel del suelo en lugar de sobre los techos, tumbas de santos y de papas, más mármol, más curiosidades, mucho más que ver, en suma.

Por supuesto, la visita al Vaticano (de un par de días como mínimo) debe completarse con un paseo por sus maravillosos Museos, pero de eso hablaremos otro día…
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domingo, 3 de mayo de 2009

Carlos I en la catedral de Santa Gúdula de Bruselas

Aunque rara vez nos acordamos (también es cierto que no hay muchos rastros que lo recuerden) hubo un tiempo en el que Bruselas y Madrid tenían un mismo rey. En la capital sólo he encontrado dos recuerdos de ello: una placa a los “patriotas” que fueron ajusticiados en la Grande Place por orden de Felipe II; y un retrato de Carlos I en un cuadro de Michel Coxcie en la catedral de Santa Gúdula de la capital belga.

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La conexión es un poco mayor si recordamos que en esa misma catedral Carlos V fue coronado Carlos I de España y si sabemos que, a pesar de que Coxcie no es hoy un nombre de primera fila de la historia de la pintura (sus cuadros son buenos, pero no logran maravillarnos como los de algunos de sus contemporáneos), en su momento sí era uno de los más famosos artistas de los Países Bajos y tanto Carlos I como su hijo Felipe II eran, probablemente, sus principales clientes y coleccionistas. De hecho, varios de sus cuadros pueden verse todavía en El Escorial.

Toda esta introducción me sirve para animarles a visitar la imponente catedral de Bruselas, sin duda uno de los atractivos de la ciudad, que es un excelente ejemplo de arquitectura gótica y que cuenta en su interior con algunas estimables obras de arte.

Ciertamente, cuando llegué a las puertas del gran edificio no me llamó excesivamente la atención. Su fachada es gótica y hermosa, pero un tanto impersonal, si me permiten una afirmación un tanto chocante. No es que haya en ella nada antiestético o poco armónico, pero da la impresión de poder ser la portada de cualquier catedral, diría yo que le falta algún elemento que le de cierto carácter.

No descarten que esto sea simplemente una tontería mía, y también pudiera ser que esta impresión fuese responsabilidad, al menos en parte, de un día gris de luz plana y cielos blancos que en nada favorecían a la piedra clara y limpia que eleva el edificio hasta su considerable altura.

Esta impresión, no obstante, cambia en cuanto se entra en el edificio y uno va apreciando algunos detalles que le van dando valor; los dos primeros son su pureza de líneas góticas, no demasiado fácil de encontrar en España donde las catedrales se iban reformando (y en muchos casos estropeando) a lo largo de los siglos; y la ausencia del coro en la nave central (de nuevo extraña en nuestro país) que ofrece así una muy bella perspectiva.

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Capítulo aparte merecen las vidrieras, que transforman el exterior un tanto anodino del que les hablaba en un interior lleno de personalidad, luz y belleza. Se trata de una obra renacentista realizada a partir de diseños de Van Orley que, por cierto, fue maestro del antes mencionado Coxcie.

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Otro elemento ciertamente impresionante de la catedral es el tremendo púlpito de madera labrada que se puede ver a mitad de la nave central (una posición un tanto inusual, estoy acostumbrado a verlo más cerca del crucero) y que es un fantástico ejemplo de escultura barroca, con un toque un tanto tenebroso (reproduce la expulsión de Adán y Eva del Paraíso) que debía irle de perlas al párroco para impresionar e incluso aterrorizar a una feligresía que hoy en día, con unos oficios religiosos bastante menos atemorizadores y las llamas del infierno algo más lejanas, simplemente admirará la belleza del trabajo del artista.

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Por último, hay un pequeño museo catedralicio en una preciosa capilla a la izquierda del altar con algunas obras de arte interesantes que no debe perderse, y una cripta con los restos de la anterior iglesia románica que también merece una visita.

Obvio es decirlo: si pasan por Bruselas no se lo pierdan.

MÁS INFORMACIÓN
Web de la propia catedral.
Artículo en Donde Viajar.
Mis fotos en Flickr de la catedral y de otros lugares de Bruselas.
Más artículos sobre Bruselas en este blog.
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jueves, 5 de febrero de 2009

César Manrique, un imprescindible de Lanzarote

Pocos artistas tendrán, en todo el mundo, un vínculo como el que César Manrique tuvo con Lanzarote, y en pocos lugares habrá un artista que haya dejado una impronta tan destacada y perdurable como la que Manrique dejó en su tierra, hasta el punto de que hoy por hoy sus obras son uno de los principales reclamos turísticos para los que llegamos a la isla canaria.

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Hay por lo menos media docena de lugares creados por Manrique en Lanzarote que, unos con mayor interés que otros, justifican una visita. Además, obras del artista y arquitecto también están en lugares en los que no son el principal atractivo, pero no por ello dejan de ser importantes: estoy pensando en el hermoso restaurante del Parque Nacional de Timanfaya. En conjunto, no está nada mal para una isla que, al fin y al cabo, es más bien pequeñita.

Probablemente la más famosa de todas las obras de Manrique son los Jameos del Agua, un lugar que resume muy bien el espíritu del artista no sólo desde el punto de vista estético, sino también por lo que se refiere a cómo entendía su labor: lo que ahora contemplamos como un hermoso rincón de la isla era tan sólo un vertedero cuando Manrique se fijó en él.

Como no todo el mundo lo sabrá les explicaré que un jameo es el túnel natural que la lava más caliente crea durante una erupción al atravesar zonas de lava que ya se había enfriado. Los Jameos del Agua son a pesar de su nombre plural un único y enorme jameo que el artista acondionó con la elegancia que encontramos en la mayoría de sus obras y esa mezcla de modernidad y tradición que también es un sello propio.

La visita resulta un poco cara (8 euros la entrada de adulto) pero desde mi punto de vista vale la pena conocer el lugar y recrearse en los pequeños detalles: los asientos de las barras hechos con rocas volcánicas, el diseño de las escaleras, el increíblemente transparente agua del gran jameo, la imagen caribeña de la piscina...

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Además, tiene algo de visita mágica a las profundidades de la tierra, unas profundidades sobre las que podrá aprender mucho en la Casa de los Volcanes, un espacio dentro del complejo de los Jameos dedicado a esas inmensas calderas de la naturaleza cuya fuerza es todavía muy evidente en Lanzarote a pesar de que llevan ya muchos años en silencio
y que nos ofrecen alguno de los rincones más bellos de la isla, incluso alguno de los más bellos que veremos en nuestra vida.

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viernes, 9 de enero de 2009

El Escorial y sus pinturas

Durante las pasadas vacaciones estuve de visita en el Monasterio de El Escorial por tercera o cuarta vez en mi vida (la segunda como adulto si no recuerdo mal) aprovechando que un familiar estaba por Madrid y nunca había estado en el famoso edificio. La verdad es que, pese al frío aterrador que corría por alguno de los pasillos fue la primera vez, creo, que disfruté del lugar y lo recorrí con la atención que merece.

También fue la primera vez, vaya, que interioricé aquello que se decía de "la octava maravilla del mundo" y pensé que "vaya si lo es y encima está a sólo un ratito de Madrid".

Vista del exterior del Monasterio


No voy a insistir mucho más en la belleza del edificio (una belleza recia, castellana, algo espartana pero realmente espectacular), ni su majestuosidad o su interés histórico... De lo que sí quiero hablarles, en primer lugar porque creo que es algo más desconocido y también porque fue mi descubrimiento particular en esta visita, es de la espléndida colección de pintura que el Monasterio encierra entre sus muchas paredes, sus miles de ventanas y sus centenares de pasillos y habitaciones.

Muchos sabrán que Felipe II era un formidable coleccionista de arte (como lo fueron sus sucesores) y tenía una especial inclinación por uno de los pintores más famosos de su época, Tiziano, así que no es de extrañar que el monasterio cuente con bastantes obras del italiano, una de ellas es el impresionante Martirio de San Lorenzo colocado en la llamada "Iglesia Vieja", quizá la obra de ese artista que más me ha gustado de todas la que he visto.

También estaban entre los predilectos del Rey pintores como Pieter Coecke, que yo ni conocía y que tenía algunos cuadros notables; El Bosco, con dos fantásticas obras (en un pintor del que no hay demasiados cuadros en en el mundo); o Patinir, del que hay otro par de maravillosos cuadros.

Pero la cosa no termina ahí, y para mi sorpresa hay en El Escorial obras de El Greco (algunas espléndidas, aunque hay que reconocer que todavía no he visto un Greco que no lo sea), que era un pintor que nunca logró el favor de la Corte; y también algunos de los artistas más importantes de épocas posteriores a la construcción del Monasterio como el valenciano Ribera, Juan Carreño de Miranda o incluso un espléndido Velázquez con un espacio privilegiado en una de las Salas Capitulares del edificio (en las que, por cierto, los cuadros todavía se encuentran en los sitios en los que el genio sevillano los puso).

En definitiva, un museo de pintura que sería el orgullo de muchas ciudades europeas y que se une al espléndido edificio, a los tapices, a la maravillosa Biblioteca (uno de los lugares más bellos que visitarán en su vida, se lo garantizo, y a espacios tan interesantes como el lugar en el que están enterrados los reyes de España desde Carlos I, rodeados de mármoles y con huecos todavía para Juan Carlos I, su padre (cuyos restos están en este momento en el llamado "pudridero" del Panteón) y su esposa, pero no para su hijo...

Está a menos de una hora de Madrid y la entrada es de sólo 8 euros, no dejen de aprovechar la primera oportunidad que tengan para visitarlo.

Algunos enlaces

El Monasterio del Escorial en la web de Patrimonio Nacional.

El Monasterio del Escorial en la Wikipedia
.

Las pinturas del Monasterio.
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lunes, 5 de enero de 2009

Rincones (casi) secretos de Madrid: la terraza del Círculo de Bellas Artes

El Círculo de Bellas Artes es una vieja institución cultural madrileña que ocupa uno de los bellos y monumentales edificios del tramo de la calle Alcalá entre Cibeles y la Puerta del Sol (que es, por cierto, uno de los espacios urbanos más hermosos que conozco). En sus salas se celebran exposiciones de lo más variadas, diversos tipos de encuentros culturales y empresariales, exposiciones... También dispone, en el mismo lugar, de un teatro y una tan cara como elegante cafetería.

Pero si traigo a colación el edificio del Círculo no es por las citas culturales que habitualmente tienen lugar en él, ni por el interés arquitectónico que tiene por sí mismo la bella construcción de los años veinte, sino por un rincón casi secreto que suele estar oculto a la mirada del público y que durante estas vacaciones (hasta el próximo día ocho de enero) ha estado abierto a los madrileños y foráneos que hayan querido visitarlo: su espléndida terraza.

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Espléndida por varias razones y, por supuesto, por las maravillosas vistas que nos ofrece: al este la Plaza de Cibeles, la Puerta de Alcalá más lejos y casi a nuestros pies la enorme mole del Banco de España; al norte y al sur la ciudad entera, desde los barrios populares más allá de Atocha y las Rondas hasta los nuevos rascacielos al final de la Castellana; y al oeste las cuadrigas de la vieja sede del Banco de Bilbao, tan cinematográficas ellas, e incluso el anuncio de Tío Pepe que completa la Puerta del Sol.

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Sin olvidarnos, por supuesto, de una de las perspectivas más conocidas de la ciudad: ese principio de la Gran Vía pintado tan bien por Antonio López y con la maravillosa esquina del edificio Metrópolis y su figura alada que, vista ahora de cerca, está claro que no es un ángel.

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Pero la propia terraza es interesante, con su peculiar templete (que eso sí, hace que las vistas sean menos completas) y con la estatua de la diosa Minerva, protectora de las artes y símbolo del Círculo. En cierto sentido y a pesar de la evidente diferencia de masa estando allí arriba me daba la sensación que uno y otra mantenían un diálogo y una cierta tensión que le daba al lugar un aire muy especial.

Que yo recuerde e
s la primera vez, aunque quizá me equivoque, que esta terraza está abierta, pese a lo cual pude comprobar que está perfectamente acondicionada para recibir la visita de los turistas y los madrileños curiosos. Así que espero que volvamos a tener la oportunidad de subirnos al bello edificio, contemplar una de las zonas más bellas de Madrid desde una perspectiva muy especial y, como no, mirar casi a los ojos a la férrea Minerva que habitualmente nos observa desde muchos metros más arriba, cuando pasamos a sus pies camino de Sol o Gran Vía.

PD.: He estado tomándome unas vacaciones que necesitaba un tanto radicales y he abandonado conscientemente este pequeño espacio de la blogocosa, aquellos (pocos) que estuviesen preocupados que lancen las campanas al vuelo y griten las aleluyas: he vuelto :-).
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jueves, 27 de noviembre de 2008

Mis fotos: Templos de Egipto

Los templos del antiguo Egipto son una de las grandes atracciones turísticas de aquel país y uno de sus grandes retos para el fotógrafo viajero: los grupos de turistas siempre por el medio, la luz plana y dura del sol del desierto, la inmensa cantidad de imágenes que ya hemos visto de muchos de nuestros motivos... y sobre todo el guía metiéndonos prisa!

Personalmente, disfrute mucho de aquellas fotos que hice en mi vieja cámara analógica y con mis queridas (y añoradas desde cierto punto de vista) diapos de Fuji. Aquí les dejo lo mejor de aquel esfuerzo pasado por la modernidad del escáner.

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jueves, 25 de septiembre de 2008

Edificios que impresionan... y enamoran

Nadie (excepto los estudiantes de arquitectura, supongo) piensa que viaja para ver edificios, pero las construcciones de diferentes tipos suponen una parte importante del atractivo turístico de muchos de nuestros viajes y son también buena parte de nuestros recuerdos. Y no me refiero a los edificios como contenedores (los museos, por ejemplo) sino por sí mismos, ya estemos hablando de templos del pasado o de rascacielos del futuro, desde las Pirámides hasta la Torres Petronas pasando por iglesias, mezquitas, castillos y también, por qué no, museos.

Me pongo a pensar en edificios y uno de los primeros que viene a mi memoria es la impresionante Mezquita Azul de Estambul, cuya belleza y armonía exteriores no preludian la deslumbrante magnificencia de su interior, la amplitud de la enorme sala, la luminosidad, la delicadeza de la decoración. Aun recuerdo el shock que sufrí cuando traspasé el umbral y levanté la mirada.

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Una de las razones por las que puede impresionarte un edificio es su tamaño: eso es probablemente en lo primero que piensa uno cuando entra en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la mayor iglesia del mundo y, probablemente, también uno de los mayores templos de cualquier religión. San Pedro no es especialmente bella, hay otras iglesias en Roma que me gustaron más como Il Gesu o San Juan de Letrán, por citar dos; sin embargo lo excepcional de las proporciones de la basílica vaticana hace que irremediablemente nos quedemos sin aliento, más aún si subimos a la tremenda cúpula y disfrutamos desde allí de una de las mejores panorámicas de la Ciudad Eterna.

También el tamaño es una de las claves de la admiración que sentimos por las Pirámides de Giza, pero a ella se une, al menos en mi caso, la especial percepción del tiempo que se tiene ante un monumento que tiene 4.000 años, que era antiguo cuando fue contemplado por César, Marco Antonio y Cleopatra, que era antiquísimo cuando Napoleón pasó por allí con su ejército... Recuerdo que el día que las visité aparcamos el pequeño autobús al pie de la Keops y al bajar la enorme mole de piedra (hay que tener en cuenta que no sólo es alta, sino también grande, una auténtica colina) me dejó poco menos que clavado en el sitio, eran muchas toneladas de piedra y muchos siglos, que también pesan lo suyo.

En otras ocasiones no sólo nos impresiona el edificio en sí, sino también lo que podemos ver desde él. El caso más llamativo al respecto que yo he vivido es, como no, el Empire State Building en Nueva York, que yo esperaba llamativo más que nada por su altura pero que me pareció una preciosa torre con un toque art - decó y neoyorquino maravilloso, pero que además ofrece una vista impresionante de Manhattan, uno de los lugares más especiales del mundo.

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En España hay muchos edificios que impresionan y enamoran, como ejemplo de ellos podemos hablar de la Catedral de Santiago de Compostela, que además está en una de las plazas más bellas del mundo. Recuerdo una anécdota curiosa relacionada con esta increíble iglesia: en una cumbre internacional que se celebraba en la ciudad gallega (no recuerdo ahora a santo de qué) estaban invitados mandatarios y dirigentes de todo el mundo. Uno de ellos era Mijaíl Gorbachov, un señor que algo había viajado y que vivía en una chozita como el Kremlin. Pues bien, al salir del enorme coche oficial recuerdo el gesto de sorpresa del líder soviético, que contempló la fachada del Obradoiro con un gesto similar al que habría hecho, creo yo, de ver un OVNI en mitad de la plaza con hombrecillos verdes y todo.

Pero no sólo los edificios grandes o altos nos impresionan y nos enamoran, también caemos fascinados ante la encantadora pobreza del prerrománico asturiano, frente a la delicadeza sublime de los palacios y los jardines de la Alhambra, con el maravilloso modernismo de la Casa Batlló de Gaudí o con la belleza barroca de San Carlos de las Cuatro Fuentes, la pequeña iglesia de Roma de la que se decía que cabría en uno de los pilares de San Pedro.

Y es que el tamaño no siempre importa.
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jueves, 28 de agosto de 2008

Andar por el tejado de una catedral

No sé si se puede hacer en otros lugares del mundo, aunque supongo que no es demasiado común, desde luego, la única vez que he andado por el tejado de una catedral fue en el impresionante Duomo de Milán, un día nublado de hace ya demasiados años, en lo que fue mi primer viaje a Italia.

Había ido a la ciudad lombarda por motivos laborales pero conseguí reservarme día y medio, más o menos, para hacer un poco de turismo. La verdad es que eso no daba para mucho pero tampoco Milán es una ciudad italiana al uso, de esas que no se agotan en una semana de monumentos y visitas, así que en esas pocas horas sí tuve tiempo a ver lo más importante. Con una excepción: tras varios lustros cerrada al público por un complejo proceso de restauración no pude ver la Santa Cena de Leonardo Da Vinci... por adelantarme siete tristes días a la inauguración oficial.

Sí que pude ver el Castelo Sforzesco, las Galerías de Vittorio Emmanuelle y, por supuesto, la enorme catedral. Il Duomo milanés es un edificio peculiar en muchos sentidos: tiene un tamaño absolutamente descomunal (es una de las iglesias más grandes del mundo), un estilo arquitectónico tan personal como inconfundible y tardó casi 600 años en construirse, lo que probablemente constituya un récord dentro de las grandes catedrales europeas.

De mi visita, que como les digo fue hace ya demasiados años, recuerdo un interior bastante oscuro (era un día muy nublado y las vidrieras dejaban pasar poco más que un hilo de luz) que excepto por su enormidad y su altura no me llamó demasiado la atención, pero no puedo decir lo mismo de la excursión a las alturas que disfruté por el exterior.



No sé si había ascensor pero yo elegí unas tortuosas escaleras, un esfuerzo que se vio compensado más que de sobra al llegar a la cima. La Catedral es muy alta (su aguja central supera los 100 metros) así que desde su tejado se divisaba todo Milan. Lo mejor era, no obstante, el fantástico espectáculo de las decenas de estilizadas agujas que se elevan, con estatuas en su punto más alto, como desafiando desde las alturas a toda la ciudad.

Por otra parte, al rato de contemplarlas uno comprendía que las agujas y sus estatuas en realidad no se enfrentaban a la ciudad sino que hablaban con ella, con los edificios altos y modernos como el "Pirellone", o con los no tan altos y no tan modernos que ocupan la mayor parte de la ciudad y que permiten que, desde los casi cien metros del techo de la catedral, sentir el poder que representaba (y quizá aún represente) la mole de mármol que, paradójicamente, tenemos bajo nuestros pies.

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martes, 19 de agosto de 2008

Le Corbusier y la ajetreada vida de los monumentos

Leo en El País una nota sobre la polémica que ha surgido en Francia por un nuevo proyecto arquitectónico cercano a la mítica capilla de Notre Dame du Haut de Le Corbusier, en la villa de Ronchamp. Puede que ustedes no conozcan este edificio, pero les aseguro que no sólo es uno de los más conocidos de Europa para los amantes de la arquitectura sino que, además, es una de las obras cumbres de su autor.

El redactor de El País, Octavi Martí, asegura que el franco - suizo es el arquitecto más influyente del S XX, aunque yo creo que quizás ese título debería otorgarse a Mies Van der Rohe, sí que es indudable que ha sido uno de los más importantes y, al cabo, este tipo de "clasificaciones" no dejan de ser una tontería. Con lo que deben quedarse, en suma, es con que estamos hablando de una de las obras más reconocidas de uno de los arquitectos más reconocidos:


Por esa razón cualquier cosa que pueda afectarla se verá envuelta en la polémica, en este caso se trata del proyecto de un convento que ha diseñado otro arquitecto de prestigio, Renzo Piano, cuyo edificio estará en la misma colina pero a 160 metros del edificio de Le Corbusier y sin interferir en la perspectiva más conocida del monumento actual. Aquí pueden ver una imagen de cómo es la colina en la actualidad:


Es una vieja polémica: ¿deben los monumentos preservarse completamente "vírgenes", sin cambios a su alrededor? ¿O deben integrarse en la evolución de las ciudades y los paisajes? Excepto en casos muy concretos, parece que lo primero es poco menos que imposible, quizá no en una capilla como la de Ronchamp situada en pleno campo, pero sí en las grandes ciudades o sus cercanías. Así, podemos ver como espacios como el Prado o años antes el Louvre, que podría pensarse que eran absolutamente intocables, han sido sometidos a intensas revisiones, en ambos casos con bastante acierto desde mi punto de vista.

Históricamente, los monumentos no han tenido esa condición de iconos intocables; así, el recubrimiento de las Pirámides de Gizeh se usó para edificar El Cairo y la mayor parte de lo que falta en el Coliseo de Roma está en el Vaticano.

Sin poner ejemplos tan radicales, gran cantidad de iglesias y catedrales españolas eran reformadas para irse adaptando a los gustos de las distintas épocas, el primer ejemplo de esto que se me ocurre es el de la Catedral de Valencia, que lucía un horroroso recubrimiento barroco que ha sido retirado hace no demasiado. Otra polémica sería, por cierto, si deben revertirse o no esas actuaciones históricas sobre los monumentos y si sí, hasta qué punto.

Por último, una reflexión: ¿qué parte de ese relativamente nuevo "respeto" por los monumentos se deberá a su innegable valor económico gracias al turismo? Me atrevería a decir que una muy importante: al final, la pela es la pela.

PD.: Las dos fotografías las he tomado de Wikipedia Commons, la primera es de Echani y la segunda de Nerijp.
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