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jueves, 14 de mayo de 2009

La fotogenia del Atomium

No se dejen engañar, el Atomium no es demasiado bonito; espectacular quizá, pero tampoco tanto como la Torre Eiffel, por poner un ejemplo (y eso que tiene bastantes años menos, o quizá precisamente por eso, no sé). Sin embargo, no deja de ser una visita interesante que hacer en Bruselas y, sobre todo, tiene una virtud que los que siempre llevamos la cámara colgando en nuestros viajes: es tremendamente fotogénico.

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Como muchos de ustedes sabrán, el Atomium se construyó para la Exposición Universal Celebrada en la capital belga en 1958. Fue un diseño del ingeniero André Waterkeyn y sus nueve bolas de acero interconectadas representan un cristal de hierro ampliado 165 mil millones de veces, o al menos eso es lo que dice la Wikipedia pues, como comprenderán, el día de mi visita no me aprendí la cifra de memoria.

La idea al levantarlo era que durara sólo seis meses, pero el año pasado cumplió medio siglo de vida, aunque para ello tuvo que pasar por una seria restauración de dos años que terminó precisamente en el 2008.

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No es el único edificio famoso que ha nacido para una exposición de este estilo, también ese fue el motivo por el que se levantó la Torre Eiffel que mencionábamos antes, e incluso la Plaza de España en Sevilla tuvo su origen en una Exposición Iberoamericana (nosotros siempre dando una nota folclórica).

Eso sí, ahí se acaban todas las posibles comparaciones entre el monumento de Bruselas y la torre parisina, no sólo porque aquella es tres veces más grande que éste (más de 330 metros de altura frente a 105), sino porque el trabajo de Eiffel y sus subordinados supuso un reto arquitectónico inaudito para la época y requirió desarrollar soluciones de ingeniería que nunca antes se habían intentado. El Atomium, si bien es un diseño original, no significó un avance del mismo tipo.

En su interior

Hoy por hoy el Atomium se dedica a lo típico para lo que “sirven” este tipo de monumentos: peculiares salas de exposiciones y, como mucho, un restaurante. En este caso algunas de las “bolas” nos cuentan lo que supuso la Exposición Universal para la Bélgica de los años 50, con algunos detalles sobre la su organización y unos bonitos carteles de la época.

Otras “bolas” se dedican a exposiciones temporales, de las típicas sin demasiado interés y con un montaje audiovisual para que las visiten los colegios. Aunque la verdad es que tampoco las grandes esferas de 18 metros de diámetro parecen un lugar muy óptimo para el montaje de cualquier exposición.

Por último, la más alta de las plataformas es el típico mirador – restaurante, aunque en este caso las vistas tampoco son nada muy allá: el Atomium está en las afueras de la ciudad y no hay nada muy interesante que ver por allí.

interior

Si que son llamativas las escaleras que unen las diferentes esferas, los tubos que se ven desde el exterior y que me parecieron de lo más estético del conjunto, aunque no sabría explicarles la razón. Quizá fuese ese aire futurista – sesentero de película mala de ciencia ficción, lo cierto es que tienen su gracia.

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Pero lo mejor, como les decía al principio, es la fotogenia del conjunto: con gran angular, con tele, de una de las esferas a las otras, en las escaleras… Todo parece más interesante a través del visor de la cámara, así que aquellos que cuando vuelven de una ciudad han acumulado unas cuantas decenas de fotos en su cámara seguro que disfrutarán de su visita al Atomium.

Los demás también, no crean, pero por si acaso tampoco eleven mucho el listón de sus expectativas.

Y si alguien quiere más...
Página oficial del Atomium
El Atomium en la Wikipedia
Galería de mis fotos del Atomium
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domingo, 3 de mayo de 2009

Carlos I en la catedral de Santa Gúdula de Bruselas

Aunque rara vez nos acordamos (también es cierto que no hay muchos rastros que lo recuerden) hubo un tiempo en el que Bruselas y Madrid tenían un mismo rey. En la capital sólo he encontrado dos recuerdos de ello: una placa a los “patriotas” que fueron ajusticiados en la Grande Place por orden de Felipe II; y un retrato de Carlos I en un cuadro de Michel Coxcie en la catedral de Santa Gúdula de la capital belga.

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La conexión es un poco mayor si recordamos que en esa misma catedral Carlos V fue coronado Carlos I de España y si sabemos que, a pesar de que Coxcie no es hoy un nombre de primera fila de la historia de la pintura (sus cuadros son buenos, pero no logran maravillarnos como los de algunos de sus contemporáneos), en su momento sí era uno de los más famosos artistas de los Países Bajos y tanto Carlos I como su hijo Felipe II eran, probablemente, sus principales clientes y coleccionistas. De hecho, varios de sus cuadros pueden verse todavía en El Escorial.

Toda esta introducción me sirve para animarles a visitar la imponente catedral de Bruselas, sin duda uno de los atractivos de la ciudad, que es un excelente ejemplo de arquitectura gótica y que cuenta en su interior con algunas estimables obras de arte.

Ciertamente, cuando llegué a las puertas del gran edificio no me llamó excesivamente la atención. Su fachada es gótica y hermosa, pero un tanto impersonal, si me permiten una afirmación un tanto chocante. No es que haya en ella nada antiestético o poco armónico, pero da la impresión de poder ser la portada de cualquier catedral, diría yo que le falta algún elemento que le de cierto carácter.

No descarten que esto sea simplemente una tontería mía, y también pudiera ser que esta impresión fuese responsabilidad, al menos en parte, de un día gris de luz plana y cielos blancos que en nada favorecían a la piedra clara y limpia que eleva el edificio hasta su considerable altura.

Esta impresión, no obstante, cambia en cuanto se entra en el edificio y uno va apreciando algunos detalles que le van dando valor; los dos primeros son su pureza de líneas góticas, no demasiado fácil de encontrar en España donde las catedrales se iban reformando (y en muchos casos estropeando) a lo largo de los siglos; y la ausencia del coro en la nave central (de nuevo extraña en nuestro país) que ofrece así una muy bella perspectiva.

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Capítulo aparte merecen las vidrieras, que transforman el exterior un tanto anodino del que les hablaba en un interior lleno de personalidad, luz y belleza. Se trata de una obra renacentista realizada a partir de diseños de Van Orley que, por cierto, fue maestro del antes mencionado Coxcie.

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Otro elemento ciertamente impresionante de la catedral es el tremendo púlpito de madera labrada que se puede ver a mitad de la nave central (una posición un tanto inusual, estoy acostumbrado a verlo más cerca del crucero) y que es un fantástico ejemplo de escultura barroca, con un toque un tanto tenebroso (reproduce la expulsión de Adán y Eva del Paraíso) que debía irle de perlas al párroco para impresionar e incluso aterrorizar a una feligresía que hoy en día, con unos oficios religiosos bastante menos atemorizadores y las llamas del infierno algo más lejanas, simplemente admirará la belleza del trabajo del artista.

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Por último, hay un pequeño museo catedralicio en una preciosa capilla a la izquierda del altar con algunas obras de arte interesantes que no debe perderse, y una cripta con los restos de la anterior iglesia románica que también merece una visita.

Obvio es decirlo: si pasan por Bruselas no se lo pierdan.

MÁS INFORMACIÓN
Web de la propia catedral.
Artículo en Donde Viajar.
Mis fotos en Flickr de la catedral y de otros lugares de Bruselas.
Más artículos sobre Bruselas en este blog.
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domingo, 12 de abril de 2009

Hoteles que me gustaron: Alma Hotel en Bruselas

Funcionalidad, confort, una excelente situación y un precio muy competitivo, de acuerdo que no es uno de los establecimientos más glamorosos que he visitado, pero si lo que usted quiere es un buen alojamiento en Bruselas sin gastarse mucho dinero el Alma Hotel es una opción que debe considerar.

Se trata de un hotel de tres estrellas situado muy cerca de la Grand Place y que es nueva construcción a pesar de estar en pleno centro histórico de la ciudad. Por fuera tiene un aire de edificio industrial del S XIX curioso, no es llamativamente hermoso pero tampoco nos resultará desagradable.

Por dentro es un hotel moderno, eminentemente funcional y con una decoración más bien espartana e impersonal, diríase que pensada simplemente para no molestar. Las camas son cómodas con el pequeño defecto de una almohadas muy pequeñas y blandas para mi gusto, pero eso es sólo mi gusto personal y, además, se pueden pedir más en recepción.

El cuarto de baño es espacioso, pero sin bañera, algo que para mi tampoco supone ningún problema . Por lo demás, es bastante confortable e incluso con un cierto toque de diseño agradable.

La limpieza es impecable, tanto en la habitación como en el cuarto de baño o en las zonas comunes.

Pero lo mejor del hotel es su situación: esta a unos 50 metros de la Grand Place de Bruselas, y no me refiero a los 50 metros o 5 minutos de tantos folletos turísticos que luego se convierten en unos cuantos centenares que sólo Usain Bolt recorrería en menos de un cuarto de hora.

Esta situación inmejorable, su limpieza, su confort y su precio (un habitación doble me costó 70 €) lo convierten en una opción muy interesante para aquel que desee conocer la capital de Bélgica y pasar allí unos días.
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sábado, 4 de abril de 2009

Plazas del mundo: en el corazón de la ciudad

Las calles estrechas se abren y se crea un espacio amplio, cuadrado, redondo, rectangular a veces e incluso de forma extrañamente irregular en otras ocasiones, es una plaza, centro de la vida de la ciudad en el pasado, lugares turísticos por excelencia en el presente.

Después de conocer Bruselas he reflexionado sobre como algunas ciudades se unen en nuestra memoria a su plaza o sus plazas. Y es que, además de su belleza, pareciera que por un extraño procedimiento de destilación en ellas se hubiese concentrado buena parte de lo mejor (y en ocasiones de lo peor) del carácter y el sabor de cada ciudad.

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¿Qué plazas se acumulan y dominan en mis recuerdos? Por supuesto la Grand Place, supongo que por su deslumbrante belleza y por ser la última que he conocido. Pero no es un tema solo de cercanía en el tiempo: seguro que tardaré mucho en olvidar esa imagen de los edificios iluminados reflejándose en los adoquines húmedos por la eterna lluvia, con el Ayuntamiento destacando como una inmensa catedral laica.

Roma es también ciudad de plazas, empezando por supuesto por la del Vaticano, una de las más grandes del mundo y, sin dudarlo, una de las más bellas también, pero con el aire artificial de algo que no ha sido creado precisamente para pasear o vender cosas y que hace que uno prefiera la mucho más pequeña del Campidoglio, cuya recoleta belleza es el premio justo (generoso, creo yo) que uno recibe tras el esfuerzo de subir la Cordonata.

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¿Más? Sí, mucho más: la de España que es quizá el verdadero centro de Roma, la pequeña y maravillosa plaza en la que está el Panteón, las cálidas plazoletas del Trastevere

Las de Nueva York son radicalmente diferentes y quizá sea la americana más ciudad de largas avenidas que de plazas, pero ¿qué sería de la Gran Manzana sin Times Square? Fue el primer lugar que vi de Manhattan y en ese instante saliendo del metro me di cuenta de que estaba ya irremisiblemente enamorado de esa ciudad.

La esencia de Nueva York está en Times Square, sus edificios "masivos" y sus aceras repletas, pero cuando estén allí no dejen de visitar otras dos plazas: la que forma el delicioso Bryant Park en la parte trasera de la gran Biblioteca Pública de la calle 41, con sus terrazas y las sillas en las que la gente lee, se conecta a Internet y juega al ajedrez y al backgammon; y Union Square, a la altura de la 14, donde la ciudad lanza hacia el norte su cuadrilátero de inmensas manzanas y en la que los neoyorquinos bailan, quedan y escuchan imposibles mítines políticos a favor y en contra de los más insospechados temas.

En Estambul están también las plazas, claro, pero parte de su protagonismo lo han usurpado los bazares. No obstante, la gran ciudad del Bósforo tiene la inmensa plaza que merece y de la que muy pocos lugares pueden presumir: la de Sultanahmed, con dos de las maravillas del mundo mirándose frente a frente a través de los siglos: Santa Sofía de un lado y la Mezquita Azul del otro. No creo que haya en el mundo un lugar en el que dos edificios tan bellos y tan impresionantes estén separados por una única plaza prácticamente peatonal, salir de cualquiera de ellos y caminar cinco minutos para llegar al otro será uno de los momentos mágicos que vivirán cuando visiten la antigua Constantinopla.

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Y por último (más que nada porque en algún momento hay que acabar) no muy lejos de Estambul está la ciudad que, en cierto sentido, es ella misma una plaza, es decir, un lugar en el que confluyen corrientes que llegan desde distintos puntos: Jerusalén. Pero, ¿tiene plazas la capital de Israel? Hay una en la parte nueva en la que palpita el corazón de la ciudad actual más que el de la eterna: la de Zion, siempre repleta de gente que se busca, o que sólo busca o que simplemente pasea.

Y hay dos a las que se mira todo el mundo, separadas por unos pocos metros en altura y no muchos más en distancia: la Explanada del Templo y, a su pie, el Muro de las Lamentaciones. Tampoco sé si son éstas plazas en el sentido que habitualmente le damos al término, pero estoy seguro de que su espíritu lo es, como es muchas más cosas.

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Pocas más tiene la Ciudad Vieja, algunas pequeñas hay sí, en la confluencia de varias callejas y con niños musulmanes jugando un tanto desarrapados; o en las terrazas de Barrio Judío por las que se puede pasear y en las los que juegan niños judíos, de diferente aspecto pero parecidas diversiones: a esas edades no hay tantas diferencias.

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martes, 24 de marzo de 2009

El espectáculo de las tiendas de Bruselas

Una de las cosas que más me ha llamado la atención de Bruselas, supongo que por lo inesperado, ha sido las maravillosas tiendas que jalonaban todo el centro de la ciudad, de las más “bien puestas” que he visto en mi vida.

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Por supuesto, las reinas eran las de chocolate y confitería, que por algo el chocolate belga es el chocolate belga, pero la delicadeza, el buen gusto, el orden e incluso el lujo de las bombonerías parece haberse transmitido a muchos más campos y casi cualquier tienda de casi cualquier cosa nos ofrecía interiores palaciegos, escaparates primorosos y productos colocados con un esmero que casi daba pena tocarlos para comprar uno.

Debe ser tradición que venga de antiguo porque las Galerías Saint Hubert, uno de los lugares más deliciosos de la ciudad y con algunas de las mejores tiendas, fueron inauguradas en 1847. Su elegante pasillo bajo la protección de la elevada cristalera es un refugio idóneo para los días (que no deben ser pocos) en los que el tiempo haga de pasear por la calle un ejercicio poco apacible.

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Sin mojarnos y sin frío podemos contemplar fastuosos escaparates de chocolaterías, de tiendas de moda, de zapaterías… e incluso una maravillosa librería que parece estar allí desde mediados del S XIX con un ambiente tan agradable, tranquilo y cálido que a uno le entran ganas hasta de comprar libros en flamenco.

También en la galería varias cafeterías con un aspecto excelente en las que el viajero que se atreva a desafiar a los previsiblemente nada contenidos precios podrá disfrutar incluso de una terracita a cubierto, viendo el ir y venir de los bruselenses.

Las tiendas en la iglesia

Otro ejemplo de la pasión de la ciudad por las tiendas que también me llamó poderosamente la atención es la iglesia de San Nicolás, un pequeño templo situado en el casco histórico, cerca de la Grande-Place, que pasaría bastante desapercibida de no ser porque en su exterior, y adosadas de una forma un tanto extraña para mí, un montón de tiendas ofrecen sus productos como si de un mercado se tratase.

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Y no crean que se trata de comercios de productos religiosos, imaginería o hábitos como algunos que se pueden ver en el centro de Madrid, un simple ejercicio de memoria me lleva a acordarme de un par de relojerías bastante espectaculares, algunas tiendas de ropa, una panadería con un aspecto impresionante y una tienda de quesos ante la que la gula era más una necesidad que un pecado (y eso por no hablar de la charcutería de enfrente).

Sólo un pero que poner: el primero las inclasificables tiendas de regalos para turistas, que olvidaban casi todo el glamour de sus vecinas y se diferenciaban bastante poco de sus congéneres en otras ciudades del mundo, con capítulo de sordidez aparte para las reproducciones del Manneken Pis.

Y el segundo para las tiendas de ganchillo, una tradición del antiguo Flandes que los Austrias trajeron a España en mala hora (lo siento, pero detesto el ganchillo en todas sus variantes, debe ser un trauma de la niñez) y que tenía en tres o cuatro tiendas por el centro un reducto de resistencia, eso sí, asaltado por los desaprensivos turistas que obligaban a prohibir la entrada a todo aquel que fuese armado… de un gofre.

PD.: No se pierdan la galería de las fotos de tiendas y esparates que tomé en Bruselas.
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sábado, 21 de marzo de 2009

¿La atracción turística más sobrevalorada del mundo?

Normalmente los lugares turísticos conocidos en todo el mundo tienen interés, no todos son bellos, hay bastantes incluso desagradables, algunos decepcionan las altas expectativas que habíamos puesto en ellos, pero es muy raro que al llegar a uno de esos sitios que todos conocemos incluso antes de visitarlo resulte que no logremos entender las razones de su fama.

Y eso es exactamente lo que ocurre con el famoso Manneken Pis de Bruselas, que al llegar a él uno se pregunta… ¿y esto es todo?

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Pese a que no tiene demasiada buena fama a mí me ha gustado Bruselas, obviamente no es una ciudad comparable a otras capitales europeas como París, Berlín, Roma o el propio Madrid, pero sí que merece una visita y tiene, como muchos ya sabrán, una de las plazas más hermosas del mundo.

Sin embargo, el famosísimo Manneken Pis no es ni más ni menos que lo que parece: una estatua de medio metro de un niño meando, sin particular belleza y colocada en una esquina como otra cualquiera de la ciudad, vamos, lo que popularmente se denomina “una full”.

De acuerdo, es cierto que tiene toda una historia detrás: hay documentos de finales del S XIV en los que se le cita y la actual estatua original (que está en el Museo de la Ciudad, la que se ve es una réplica puesta allí por seguridad tras un robo en los sesenta) es de 1618.

Pero estoy seguro de que el 90% de los turistas que se paran frente al meoncete y se hacen toneladas de fotografías con la pequeña figura de bronce como fondo, o los que se compran las figurillas de dudoso gusto en las que le sale al niño un sacacorchos de salva sea la parte, no conocen ni esa historia ni las leyendas que existen alrededor del origen de la figura.

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También estoy convencido de que para los ciudadanos de Bruselas será un icono la mar de entrañable y un símbolo de independencia, fiereza o de lo que sea, algo que seguramente al turista también le pasará completamente desapercibido.

Así que, poniendo en la balanza todo esto creo que no somos injustos si concedemos al pequeño meón el título honorífico de la atracción turística más sobrevalorada del mundo. Eso sí, si van a Bruselas no dejen de verlo, no querrán luego contar su experiencia de la ciudad y que les falte el Manneken Pis por el que todos les preguntarán :-).
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domingo, 15 de marzo de 2009

Pues resulta que volar en Ryanair no está tan mal

Como ya les anuncié hace unos días he estado de viaje jueves y viernes. El destino elegido ha sido Bruselas y, aunque el motivo central de la visita no era el turismo, sí ha habido, por supuesto, bastante turismo.

Pero de todo lo que he visto ya les hablaré en las próximas semanas (o meses, ya saben ustedes lo pesado que puedo llegar a ser :-), hoy de lo que quiero escribir es del viajé en sí, es decir, de los vuelos que me han llevado (y traído) a la oficiosa capital de Europa y que han sido operados por la polémica compañía Ryanair.

En parte por la propia personalidad de su CEO, Michael O'Leary, en parte por algunas polémicas decisiones empresariales y en parte por su agresiva forma de entender el low cost, Ryanair es una compañía que genera mucha polémica y una cierta desconfianza y de la que imagino que pocos esperarán un servicio de calidad.

Pero, ¿qué es un servicio de calidad en una aerolínea? Por supuesto el concepto depende del cada cliente en cuestión y también del vuelo elegido (no se requiere los mismos servicios en un Madrid - Bruselas que en un Madrid - Tokio), pero para un servidor un buen vuelo es uno que me ofrezca puntualidad, que no me pierda la maleta y que se haga un avión limpio en aparente buen estado de conservación.

En esta ocasión sólo llevaba equipaje de mano así que de las maletas no les puedo dar una opinión basada en la propia experiencia, pero de lo demás sólo puedo hablar bien: dos vuelos puntuales en sendos Boeing 737 prácticamente nuevos, limpios y sin mayores incidencias reseñables. Además, buscando por ahí resulta que, pese a su no muy buena prensa, Ryanair es una de las compañías más puntuales de Europa y de las que menos maletas pierde.

El precio de los billetes fue de unos 50 € por trayecto (lo más barato que encontré), a los que hay que añadir un par de euros extra para para poder tener prioridad en el embarque, algo realmente recomendable que nos permitió elegir y disfrutar asientos
mucho más cómodos en las salidas de emergencia, ya que tienen espacio para que uno pueda alargar las piernas.

Por supuesto, la compañía está muy enfocada a obtener ingresos suplementarios por otros métodos más allá del precio del pasaje. Así, además de ese extra por el embarque prioritario cobran 30 € por maleta que se facture; un suplemento según la tarjeta de crédito con la que se efectúe el pago (en mi caso ya está incluído en los 50 euros por trayecto de los que les he hablado) y que se pueden evitar si se dispone de una Visa Electron o de la propia tarjeta de Ryanair; lo habituales precios abusivos de refrescos, bebidas y comidas; el no menos común carrito de los perfumes y demás chorradas; publicidad en las portezuelas de los portamaletas...

Sin embargo, lo que se lleva la palma es el rasca y gana que ofrecen a mitad de vuelo, unas tarjetas con premios varios que el viajero puede descubrir a mitad del vuelo y que, según nos explican insistentemente en inglés y español, incluyen una donación (cuya cuantía no se especifica) a una ONG llamada Orbis y que trabaja, al parecer, para prevenir la ceguera en los niños del tercer mundo.

Una última muestra del espíritu ahorrativo de la compañía: la revista oficial que se reparte entre los pasajeros... se recoge poco antes de terminar el vuelo, no te la puedes llevar.

A mí, la verdad, me parece muy bien que Ryanair saque dinero de debajo de las piedras si eso le sirve para mantener mis billetes a un precio competitivo, es un modelo de negocio que resulta razonable, especialmente en determinado tipo de trayecto no demasiado largos (que son los que, sobre todo, cubre la compañía). Al final, la decisión de pagar más y tener otros servicios siempre estará en manos del usuario.

Por cierto, no fui al baño pero porque no tuve la necesidad, no porque quisieran cobrarme y, sí, me compré una de las tarjetas rasca y gana y no me tocó nada.

PD.: La foto de la tarjeta de es de la propia web de Ryanair y la imagen del avión es de Free Digital Photos y su autor es Matt Banks.
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