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martes, 13 de abril de 2010

Almendras neoyorquinas o el peculiar funcionamiento de los recuerdos

Como bien sabía Proust la memoria tiene mecanismos peculiares y el sabor de una magdalena bañada en te o un olor o incluso un tropezón al caminar pueden llevarte a encerrarte en una habitación acorchada (que no acolchada) y escribir unas 4.000 maravillosas páginas.

Sin llegar a la genial locura proustiana, nuestros viajes también acudirán a nuestra mente muchas veces sin esperarlo y por intrincados y primarios mecanismos del recuerdo: el sol reflejándose en un escaparate, el olor de unas flores o de una comida, el sabor de un helado como aquel de la Piazza di Spagna, una canción que escuchábamos en cierto lugar…

Les cuento esto porque hoy he tenido uno de esos chispazos de memoria involuntaria que, además, vengo repitiendo desde hace varias primaveras y que, a través de un intrincado periplo, me lleva desde allí donde esté a Nueva York.

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Intrincado porque empieza en el pequeño pueblo de mi madre, en la provincia de Alicante, donde de niño solía pasar unos días en Semana Santa (ventajas de ser hijo de profesora) y donde, según cayesen esas vacaciones móviles, podía deleitarme comiendo almendras tiernas, empachándome directamente de los árboles de este fruto seco que por éstas épocas tiene un aspecto muy distinto, su cáscara es todavía una cubierta verde blanda, y un delicioso sabor dulce con un punto amargo y verde que me encanta.

Enredarme en el mundo laboral, dejar de tener unas vacaciones dignas de tal nombre en primavera y, por tanto, de visitar el pueblo y no poder comer almendras tiernas fue todo uno, así que en las pocas oportunidades que tengo de hacerlo disfruto no solo de ese sabor campestre sino también de la consabida nostalgia de la niñez.

Años después, durante el tiempo que pasé en Nueva York solía dar grandes paseos y, frecuentemente, en mitad de estas caminatas entraba en los lujosos supermercados de Manhattan, en parte por huir del mal tiempo, en parte porque me parecían unos sitios curiosísimos y en parte por ver si encontraba algo apetitoso, barato y fácil de hacer para cenar, aunque casi nunca se daban estas tres circunstancias.

En uno de estos paseos y en un supermercado de productos de granja especialmente finolis que había por el sur de isla, cerca de Clinton Castle, encontré con sorpresa que entre la fruta de temporada había… ¡almendras tiernas! Jamás entendí por qué no se vendían en España (¿una peligrosa conjura del gremio de turroneros?) y en aquel extrapijo supermercado neoyorquino habían por fin oído mis ruegos.

Eso sí, los oyeron a un precio indecente. Sin embargo, cuando uno está fuera de casa y aun manteniendo una austeridad presupuestaria digna de una abadía cartuja comer algo inequívocamente de su tierra es una tentación demasiado fuerte. Además, por el mismo precio tenía las almendras y un viajecito nostálgico a casa. Así que pagando por ellas mi presupuesto para un día entero me compre algo así como medio kilito de almendras que saboreé con desmedido placer por las calles de Manhattan.

Lo curioso de todo esto es que a raíz del “incidente” neoyorquino las almendras tiernas ya no me traen recuerdos de mi niñez, los campos y los bancales primaverales, o al menos no sólo, sino que además y casi principalmente me hacen volver a una tarde de abril y a las calles frías, lluviosas y sobre todo ventosas de Nueva York.

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martes, 11 de agosto de 2009

Museos de Nueva York o razones para visitar la Gran Manzana (III, el Guggenheim)

La versión neoyorquina del Guggenheim fue el primer museo de la ciudad que visité, antes de llevar 48 horas en Nueva York. Lo hice por dos razones que en aquel momento resultaban de importancia similar: ver por fin un edificio (y que edificio) de uno de mis arquitectos más admirados (el genial Frank Lloyd Wright)… y tener un sitio en el que refugiarme del frío y el viento que me estaban masacrando desde horas antes.

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Centrándonos en el museo en sí, que es de lo que he venido a hablarles, como diría el genial Paco Umbral, la neoyorquina fue la primera sede en la que la Fundación Solomon R. Guggenheim expuso su colección de arte moderno. Aunque en sus inicios en 1937 no lo hacía en su actual y maravillosa sede, que fue inaugurada en 1959, poco después de la muerte de su autor, de forma que Lloyd Wright no vio terminada la que desde entonces ha sido considerada una de sus grandes obras maestras.

El edificio original (en 1992 se amplió adosándole una torre rectangular con un resultado más que dudoso) está dominado por una enorme espiral que podemos ver desde el exterior y que, ya sólo al intuirla de fuera, nos llama poderosamente la atención.

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En el interior esa espiral es un gran rotonda, acabada en un techo de cristal y en cuyas paredes se colgaban los cuadros de la colección (ahora se dedica a exposiciones temporales). Así, la peculiar experiencia para visitar el museo no era el típico pasar de una sala a otra, sino que se entraba en la gran rotonda, se subía al último piso y desde allí se bajaba descendiendo por la suave pendiente y sin dejar de ver cuadros.

En definitiva, un museo completamente diferente.

Además de esa experiencia tan distinta a la hora de contemplar las obras de arte, el Guggenheim es en sí mismo una creación que merece ser contemplada y, sobre todo, disfrutada: a pesar de lo revolucionario de la propuesta el edificio es (y era más todavía antes de la ampliación del 92) una maravilla de equilibrio y elegancia y podríamos mirar durante hora su exterior de formas suaves y casi sin detalles, de blanco cemento que parece.

La colección

El Guggenheim es, probablemente, el más grande de los museos “pequeños” de Nueva York. Pequeños si los comparamos con mastodontes como el Metropolitan o el MOMA, pero de singular importancia si tenemos en cuenta que son, al menos en su origen, el resultado del afán coleccionista de un único individuo y, sobre todo, de su esfuerzo filantrópico para hacer de esa colección privada un espacio para que el público disfrutase del arte.

También son, y eso es algo que me encanta, la demostración clara de que no es necesario que el estado subvencione y patrocine a los artistas, sino que esa es una función que puede cumplir perfectamente el sector privado y, además, al final el gran público puede disfrutar de ese arte.

Foto:www.guggenheim.orgEn el caso del Guggenheim, aunque la fundación original era la creación de un único amante del arte, Solomon R. Guggenheim, la colección se ha ido ampliando con otras donaciones y otras colecciones (tanto que ahora se encuentra esparcida por otros cuatro museos del mundo, entre ellos el de Bilbao que ustedes conocerán).

En Nueva York la exposición permanente es un no muy extenso pero sí muy intenso paseo por lo mejor del arte de los siglos XIX y XX, comenzando por varias obras maestras del impresionismo, incluyendo un par de Van Goghs; pasando por algo de lo más granado de Picasso tanto de su etapa más figurativa (impresionante la “Mujer planchando”) como de su diferentes momentos cubistas; recreándonos en varios maravillosos Kandinskys y disfrutando, en suma, de obras de prácticamente todas las vanguardias del S XX.

El número de cuadros expuestos no es muy alto así que podemos cumplir una visita muy provechosa en una tarde o parte de una mañana que nos darán para contemplar con atención tanto las obras como el edificio.

Para el resto del día crucen la Quinta Avenida y paseen por Central Park. ¿Pueden imaginarse un programa mejor?



MÁS INFORMACIÓN

Página oficial del Guggenheim de Nueva York
Frank Lloyd Wright en la Wikipedia

En esta serie:
Museos de Nueva York: I, el Metropolitan
Museos de Nueva York: II, el MOMA
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miércoles, 15 de julio de 2009

Tres formas diferentes de descubrir Nueva York

Me cuentan unos amigos que han tenido una experiencia con el remo absolutamente irrepetible, en el sentido literal de la expresión, así que supongo que a ellos no les interesará mucho tener la posibilidad de conocer Nueva York navegando en kayak, sin embargo a mí me ha parecido una forma muy original y llamativa de acercarse a la Gran Manzana (lo que no quiere decir que tengan que ir en barca desde España, ojo).

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Hay varias opciones, desde paseos para aprender por el río Hudson (eso sí que es un “marco incomparable”), hasta excursiones a la reserva natural de Jamaica Bay, una zona de alto valor ecológico cercana al aeropuerto JFK. Pueden encontrar más información en este artículo en Gadling.

Para los que no compartan el ánimo deportivo pero sí el placer por descubrir rutas y lugares originales, nada mejor que este tour por las ruinas de Nueva York: desde viejos sanatorios hasta partes abandonadas de los puertos o incluso parques de atracciones. Un vistazo peculiar a la ciudad y, seguro, con grandes posibilidades para la fotografía.

Otra curiosidad más para aderezar un viaje a la ciudad del Empire State: ahora si lo desea puede ser acompañado por famosos neoyorquinos durante su visita a Central Park.

Bueno, no es exactamente que le acompañen, pero será muy parecido: llamando a un número de teléfono puesto en marcha por las autoridades de la Gran Manzana podrán escuchar información sobre los puntos de interés del parque, historias personales y otras curiosidades contadas por gente como Kevin Bacon, Yoko Ono, McEnroe, Sarah Jessica Parker o Jerry Seinfeld. Lo he encontrado aquí, pero tienen toda la información en la página correspondiente del site de Central Park, donde no dice si hay que pagar un plus para que NO te toque Yoko Ono.

Por último, para que su viaje no pueda ser más cool y absolutamente in, aquí les dejo un listado con las 10 cosas que no debe hacer en la ciudad y sus correspondientes alternativas.
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miércoles, 8 de julio de 2009

Mis fotos: Nueva York

Me doy cuenta de que hace ya varios meses que no publico una de mis galerías de fotos sobre alguno de los destinos de los que les cuento cosas y, más grave todavía, que no lo había hecho sobre la ciudad que es uno de mis sitios favoritos del mundo: Nueva York.

Así que con este post vamos a solucionar los dos "problemas" de un único tiro: les dejo para su disfrute una galería con fotos de la Gran Manzana. Se hicieron en abril y mayo del 2005, cuando pasé dos meses en aquella maravillosa ciudad y están digitalizadas a partir de las diapositivas que utilizaba por aquellos carpetovetónicos tiempos.



Una aclaración: habrá quién eche de menos algunos elementos muy conocidos de la ciudad y especialmente sus parques. No se preocupen, en un plazo que espero que sea razonable hablaremos de ellos y pondremos a su disposición una pequeña galería dedicada por entero a los rincones verdes de Manhattan.

Y si alguien quiere verlas a un tamaño algo mayor puede hacerlo entrando directamente en el set de Flickr en el que es tán guardadas.
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miércoles, 24 de junio de 2009

Museos de Nueva York o razones para visitar la Gran Manzana (II, el MOMA)

El MOMA, Museum of Modern Arts, es probablemente el museo de arte moderno más famoso del mundo y es uno de los grandes reclamos culturales de Nueva York. Cuando visité la ciudad llevaba poco tiempo abierto tras una intensiva renovación su sede en la calle 53 de Manhattan. El nuevo edificio es en sí mismo una muy interesante pieza de arquitectura diseñada por Yoshio Taniguchi que les recomendaría visitar aun cuando no tuviese en su interior una colección fantástica de obras de arte.

Fruto de esta remodelación es un jardín interior que es, sin duda, uno de los lugares con más encanto de Nueva York: un espacio tranquilo y relajante en el que uno puede sentarse o pasear entre obras de Rodin, Picasso, Calder... Era un lugar ideal en el que descansar un poco tras una visita que por su extensión e interés acaba resultando agotadora.

Además de este jardín el museo tiene las salas en las que puede verse una de las mejores colecciones de arte moderno del mundo, entendiendo por moderno el creado desde finales del siglo XIX y durante el XX. La exposición no es excesivamente extensa (aunque sí lo suficiente cómo para considerar al MOMA un gran museo también por su tamaño) pero creo que todas las piezas son de una calidad o un interés incuestionable.

Tiene representación de prácticamente todos los movimientos artísticos que se han ido sucediendo desde el impresionismo de Cezanne, Monet o Van Gogh, hasta lo mejor del cubismo de Picasso, pasando por el expresionismo abstracto de Pollock y Rothko o por estilos que me gustan menos (pero que también tienen su hueco en la historia del arte) como el pop o el surrealismo sin olvidar a otros nombres clave como Duchamp o Hopper.

Tres obras, tres autores, tres periodos

Mis recuerdos de las visitas que realicé al MOMA están dominados por tres grandes obras que me impresionaron de una forma muy especial. La primera de ellas (la colección se puede visitar siguiendo un orden más o menos cronológico) fue la Noche estrellada de Van Gogh.


Creo que el holandés más que un pintor es una fuerza de la naturaleza y un artista mucho más profundo que un simple creador de bellos paisajes. Su técnica es hasta tal punto prodigiosa que llega a hacer de un fondo monocolor una maravilla de detalle, como en el hermosísimo retrato de una Arlesiana.

Tanto esa técnica como su peculiar visión de la naturaleza llegan a un punto inigualable en esta famosa Noche estrellada, sin duda uno de los cuadros más bellos que
jamás se han pintado y que, contemplado de cerca, supone un placer difícil de igualar.

La segunda gran obra que me impactó fue Las señoritas de Avignon, un viejo conocido sobre el que ya había leído bastante y que debo haber contemplado mil veces en otras tantas reproducciones diferentes.

El placer que nos proporcionan las señoritas de Picasso es menos sentimental que el del cuadro de Van Gogh, más intelectual, por así decirlo, pero estando frente a ese lienzo tiene uno la sensación de estar presenciando un salto brutal en la historia del arte, de asistir en ese mismo momento a la creación de algo nuevo, pero con la ventaja de que sabemos la vital importancia que tuvo.

Además, aunque mucha gente no encuentra un goce estético en Picasso, a mí sí que me parece que este es un cuadro singularmente bello, más allá de la revolución artística y la genialidad intelectual que encierra.

Por último, no puedo olvidar las impresionantes obras de Pollock que ocupaban una gran sala en la que estuve un buen rato.
Creo que Pollock y Rothko son la abstracción más pura y más interesante del S XX. Ante cuadros como los suyos la gente suele preguntarse por un significado que sería imposible discernir y que, desde mi modesto punto de vista, no tiene ninguna importancia, ya que son obras más pensadas para transmitir sensaciones que conceptos.

Por otra parte, también suelen ser criticados porque, aparentemente, no tienen la complejidad técnica de una obra figurativa, pero se olvida la dificultad de crear un lenguaje tan personal como el de estos pintores y explorarlo con tanto acierto.

Si alguno de ustedes quiere acercarse a ellos sin prejuicios y entrar en su mundo, los grandes cuadros de Pollock en el MOMA serán una excelente oportunidad, siéntese frente al One: Number 31, mírelo y espere a ver que pasa.



MÁS INFORMACIÓN

Página web del MOMA
.
El MOMA en la wikipedia en español y en inglés.
En este mismo blog: Museos de Nueva York o razones para visitar la Gran Manzana (I, el Metropolitan).
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sábado, 13 de junio de 2009

Museos de Nueva York: una razón para visitar la Gran Manzana (I, el Metropolitan)

Si necesitásemos una excusa fina y elegante para hacer un viaje a Nueva York, yo recomendaría exhibir como motivo los museos de la ciudad americana, los más famosos, por supuesto, como el Metropolitan, el MOMA o el Guggenheim, pero también otros más pequeños como la Frick Collection, el Whitney o The Cloisters.

Y es que a pesar de vivir en una ciudad con una oferta museística espectacular como Madrid, la Gran Manzana me dejó absolutamente fascinado, no sólo por la calidad de las colecciones, sencillamente excepcional, sino por los propios museos en sí, por sus edificios, el sentido del espectáculo con el que han sido montadas las exposiciones y, en definitiva, el placer que producen al viajero con inquietudes culturales e incluso al simple curioso.

Foto del usuario de Flickr wallyg

El más grande museo de la ciudad es el Metropolitan, al que los neoyorquinos llaman “el Met”. Está en una inmejorable ubicación: enclavado en Central Park y con sus puertas a la V Avenida que es un apasionante laberinto de pinturas, esculturas y obras de arte en un sentido muy amplio del término.

En sus interminables salas pueden encontrar obras maestras de la historia de la pintura (su colección de cuadros de Picasso es de primera y la de Van Gogh es excepcional) pero también cosas más sorprendentes como el patio de un castillo español (llevado piedra a piedra desde Andalucía hasta allí), una reja de la Catedral de Valladolid (creo que era Valladolid, pero no puedo encontrarla en base de datos así que no se lo aseguro), una habitación diseñada por Frank Lloyd Wright, un jardín chino, estancias de palacios franceses…

Egipto en Nueva York

Probablemente, la palma en cuanto a espectacularidad se la lleva la maravillosa sala en la que está el templo egipcio de Dendur. Sí, tienen un templo egipcio dentro del museo y, además, lo tienen en una inmensa sala con una gigantesca pared de cristal que da a Central Park, de forma que a pesar de estar dentro del edificio la luz es tan agradable como si estuviésemos en el exterior.

Foto de la página web del Metropolitan

Resulta que, como muchos de ustedes sabrán, en Madrid tenemos también un templo egipcio, el de Debod, que como el del Met es un regalo del estado egipcio por la colaboración que España y EEUU prestaron para salvar templos que iban a ser anegados por las aguas de la presa de Asuán. Así que ver la maravillosa forma en la que el templo del Met está instalado hace inevitable que comparemos y, todo hay que decirlo, que admiremos la maestría de los americanos a la hora de hacer de la cultura un maravilloso espectáculo.

¡Pague lo que quiera!

Una de las peculiaridades que más me llamó la atención al visitar el Met fue que el precio de la entrada es… ¡el que usted quiera pagar! Había un precio “recomendado” que era de 15 dólares, pero la entrada era considerada una donación, de forma que cada uno podía “donar” lo que estimase oportuno.

No sé si me pareció más sorprendente esa posibilidad de pasar gratis, la diferencia entre los españoles y los americanos que ese detalle revela (¿se imaginan a alguien pagando en una situación similar en España?) o el hecho de que, pagases lo que pagases, las personas de las taquillas seguían siendo extremadamente encantadoras.

Antes de que me pregunten, les diré que visité el Met tres veces (y una más The Cloisters, que es parte del museo aunque esté en la otra punta de Manhattan), así que en la primera pagué los 15 dólares recomendados, pero en las siguientes no pude resistir la tentación de ahorrar y me quedé en los cinco (tampoco andaba yo muy sobrado de dinero cuando estaba en Nueva York).

Una organización un tanto caótica

Otra diferencia significativa respecto a los grandes museos europeos es la forma en que está organizada la exposición. Las obras están, obviamente, agrupadas en grandes áreas temáticas, pero dentro de ellas no siempre responden a la ubicación lógica a la que estamos acostumbrados, dicho de otra forma: puede haber cuadros de Van Gogh en varias salas y junto con cuadros de otros pintores en lugar de estar agrupadas en una o dos.

Esta diferencia responde a la forma en la que se han ido generando las colecciones: mientras que en el Prado, por ejemplo, la inmensa mayoría de lo expuesto se agrupó en unas colecciones reales a las que luego se han ido añadiendo algunas piezas, la colección del Met es el fruto de numerosas donaciones particulares, y cuando alguien entrega uno de esos legados (algunos de ellos impresionantes) es habitual que se exponga en una sala dedicada al generoso contribuidor.

Desde el punto de vista del visitante es más lógica y cómoda la organización “lineal” de un Prado, pero a mí me gusta ver un gran museo que se ha formado gracias a la generosidad de personajes privados (que es, por otra parte, como se han formado todos los museos en Nueva York) que a través de ese tipo de legado devuelven a la sociedad parte de lo que ésta les ha proporcionado.

Lo más recomendable

La variedad de las obras en el Met y su cantidad es tal que sería muy atrevido por mi parte recomendarles un recorrido detallado, así que lo mejor es que se pasen por la excelente web del museo y la disfruten según sus gustos y preferencias.

Sí que les contaré alguna de las secciones del museo que a mí más me gustaron, por si a alguien le sirve de algo y por el placer de contarlo, claro. En pintura hay dos apartados que me parecieron sobresalientes: el impresionismo y el arte del S XX. El primero es muy completo y, como ya les he comentado, cuenta con varios cuadros definitivamente maravillosos de Van Gogh; el segundo es sencillamente espectacular y tiene, ya se lo he dicho también, una colección de obras de Picasso de lo mejor que he visto.

No dejen de pasar también por el fantástico jardín chino del museo, un remanso de paz (que frase tan tópica, pero qué cierta en este caso) que puede ser además un fantástico lugar para descansar, que los museos pueden llegar a ser un duro ejercicio.

Pasen también por la terraza del edificio, un auténtico museo de escultura al aire libre y con unas vistas incríbles de Central Park y parte de Manhattan.

Y, por supuesto, dediquen el tiempo que merece a la importante colección de arte egipcio, que además del templo del que ya les he hablado cuenta con otras maravillas como la tumba de Perneb, una auténtica mastaba con más de 4000 años de antigüedad que, como otras muchas cosas, ha sido montada allí piedra a piedra.

En definitiva, lo más recomendable es que dedique una buena porción de su visita a Nueva York a conocer el Met, no podrá visitarlo durante las dos o tres semanas que necesitaría para conocerlo bien, pero le aseguro que el tiempo que pase en él estará bien aprovechado.

MÁS INFORMACIÓN
Web del Metropolitan.
Página sobre el museo de la Wikipedia en español.
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jueves, 28 de mayo de 2009

¡Times Square se vuelve peatonal!

La que es probablemente la plaza más famosa de la más urbana de las ciudades, la neoyorquina Times Square, ha dejado de ser el lugar por el que miles de coches y más miles de taxis amarillos pasan cada día y es, desde el pasado domingo, uno de los pocos (bueno, en realidad no tan pocos) espacios peatonales de la Gran Manzana.

La idea es un programa piloto del ayuntamiento que durará hasta final de año (entonces se evaluarán sus resultados) y trata de responder a la aglomeración continua de coches y vehículos que suele ser la plaza.

Es cierto que caminar por Times Square a casi cualquier hora del día era una tortura de aglomeraciones y suponía verse sumergido en una marea humana, pero al fin y al cabo era una tortura muy divertida incluso para los propios torturados.

Además, como nostálgico profesional de Nueva York que soy, me preocupa en la distancia que las cosas cambien y no vuelvan a ser como fueron y como a mí me gustaron. No obstante, he de reconocer que en mi propia ciudad las zonas que se han hecho peatonales, sobre todo por el centro y con un interés turístico equiparable, resultan muy agradables, son polos de atracción para el viajero y también se diría que muy rentables comercialmente.

Del mismo modo, y aunque parece ser que también hay atascos importantes (quizá temporales hasta que todo el mundo se acostumbre), parece que a la gente le está gustando la idea y, como se puede ver en esta foto del usuario de Flickr nickdigital, se diría que los neoyorquinos están encantados:

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domingo, 19 de abril de 2009

¿Y qué es lo que más te ha gustado?

Seguro que a ustedes, como a mí, les han hecho esa pregunta tras alguno de sus viajes. Después de visitar un país como Egipto, por ejemplo, te preguntan qué es lo que más te ha gustado y te dejan en la solitaria e ingrata tarea de rechazar de un plumazo templos, pirámides, callejuelas cairotas o al maravilloso Nilo.

O tras conocer Estambul te ves forzado a escoger entre mil increíbles mezquitas; o si no, quizá todavía más complicado, vuelves de Nueva York, y te toca decidir si tu corazón está con Central Park, con el perfil de Manhattan sur o con un maravilloso atardecer en la cumbre del Empire State.

Además, tengan cuidado porque ésta suele ser una pregunta aparentemente inocente, pero irremediablemente con trampa. Es una cuestión con la que nosotros mismos somos los cuestionados y, en realidad, nuestro interlocutor sólo quiere comprobar si somos tan vulgares como para que nos guste lo que a todo el mundo o tan redichos como para elegir un extraño museo o un pequeño monumento del que él no ha oído ni hablar.

Cuando me hacen a mí la pregunta tras un viaje concreto me suelo quedar más con alguna sensación, con un momento que por alguna razón resultase especial, que con este o aquel monumento. De hecho, normalmente tal o cual iglesia, este o aquel monumento, o ese museo tan impactante estarán allí si volvemos a ese lugar dentro de un tiempo, así que lo que es irrepetible son las sensaciones especiales que algo nos haya provocado por algún motivo casual.

Así por ejemplo, Notre Dame seguirá al borde del Sena si vuelvo a París, pero será difícil que viva en ella un momento como el que viví hace unos años, cuando por casualidad me encontré en una misa con la música del órgano a todo volumen hasta un punto tal que los graves retumbaban dentro de mi pecho como si estuviese junto a los altavoces de una discoteca bakaladera.

Puede que sea mucho menos conocido dentro de los circuitos turísticos, pero recuerdo otro momento especial que tuvo como lugar el puerto de Hamburgo, en una terraza flotante dentro de las propias aguas del Elba, tomando un café con leche y viendo la asombrosa maniobra de atraque de un inmenso carguero de Maersk. Todo en un día primaveral (que ya es cosa rara en Alemania) y con la compañía de un gran amigo.

Nueva York es la ciudad de los momentos cinematográficos, no sólo porque es relativamente sencillo dar con un rodaje en pleno Manhattan sino porque toda la Gran Manzana es como un inmenso plató en el que nos ocurren cosas como encontrarnos con la pista de hielo del Rockefeller Center todavía en marcha a principios de abril y con dos patinadoras ensayando una coreografía con los sones del New York, New York en la voz del mismísimo Frank Sinatra. Créanme si les digo que me parecía estar soñando.

Y ya que hemos mentado Egipto al principio del post, también allí hubo un momento especial: quedarme absolutamente sólo dentro de la sala de las momias reales del Museo de El Cairo, tras compartir el reducido espacio con un ruidoso grupo de estudiantes estos se marcharon y me dejaron allí contemplando a Ramsés, Seti y algunos de sus antecesores y predecesores.

He dicho antes que estaba sólo, pero lo mágico del momento fue que, en el silencio sepulcral de la pequeña sala me sentí en compañía de personas (cuando ves el pelo rojo de Ramsés sientes sin duda su humanidad, que era un individuo real, de carne, hueso y cabellos), y de personas que habían atravesado milenios enteros para estar junto a mí.

Díganme si eso es o no especial.
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sábado, 4 de abril de 2009

Plazas del mundo: en el corazón de la ciudad

Las calles estrechas se abren y se crea un espacio amplio, cuadrado, redondo, rectangular a veces e incluso de forma extrañamente irregular en otras ocasiones, es una plaza, centro de la vida de la ciudad en el pasado, lugares turísticos por excelencia en el presente.

Después de conocer Bruselas he reflexionado sobre como algunas ciudades se unen en nuestra memoria a su plaza o sus plazas. Y es que, además de su belleza, pareciera que por un extraño procedimiento de destilación en ellas se hubiese concentrado buena parte de lo mejor (y en ocasiones de lo peor) del carácter y el sabor de cada ciudad.

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¿Qué plazas se acumulan y dominan en mis recuerdos? Por supuesto la Grand Place, supongo que por su deslumbrante belleza y por ser la última que he conocido. Pero no es un tema solo de cercanía en el tiempo: seguro que tardaré mucho en olvidar esa imagen de los edificios iluminados reflejándose en los adoquines húmedos por la eterna lluvia, con el Ayuntamiento destacando como una inmensa catedral laica.

Roma es también ciudad de plazas, empezando por supuesto por la del Vaticano, una de las más grandes del mundo y, sin dudarlo, una de las más bellas también, pero con el aire artificial de algo que no ha sido creado precisamente para pasear o vender cosas y que hace que uno prefiera la mucho más pequeña del Campidoglio, cuya recoleta belleza es el premio justo (generoso, creo yo) que uno recibe tras el esfuerzo de subir la Cordonata.

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¿Más? Sí, mucho más: la de España que es quizá el verdadero centro de Roma, la pequeña y maravillosa plaza en la que está el Panteón, las cálidas plazoletas del Trastevere

Las de Nueva York son radicalmente diferentes y quizá sea la americana más ciudad de largas avenidas que de plazas, pero ¿qué sería de la Gran Manzana sin Times Square? Fue el primer lugar que vi de Manhattan y en ese instante saliendo del metro me di cuenta de que estaba ya irremisiblemente enamorado de esa ciudad.

La esencia de Nueva York está en Times Square, sus edificios "masivos" y sus aceras repletas, pero cuando estén allí no dejen de visitar otras dos plazas: la que forma el delicioso Bryant Park en la parte trasera de la gran Biblioteca Pública de la calle 41, con sus terrazas y las sillas en las que la gente lee, se conecta a Internet y juega al ajedrez y al backgammon; y Union Square, a la altura de la 14, donde la ciudad lanza hacia el norte su cuadrilátero de inmensas manzanas y en la que los neoyorquinos bailan, quedan y escuchan imposibles mítines políticos a favor y en contra de los más insospechados temas.

En Estambul están también las plazas, claro, pero parte de su protagonismo lo han usurpado los bazares. No obstante, la gran ciudad del Bósforo tiene la inmensa plaza que merece y de la que muy pocos lugares pueden presumir: la de Sultanahmed, con dos de las maravillas del mundo mirándose frente a frente a través de los siglos: Santa Sofía de un lado y la Mezquita Azul del otro. No creo que haya en el mundo un lugar en el que dos edificios tan bellos y tan impresionantes estén separados por una única plaza prácticamente peatonal, salir de cualquiera de ellos y caminar cinco minutos para llegar al otro será uno de los momentos mágicos que vivirán cuando visiten la antigua Constantinopla.

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Y por último (más que nada porque en algún momento hay que acabar) no muy lejos de Estambul está la ciudad que, en cierto sentido, es ella misma una plaza, es decir, un lugar en el que confluyen corrientes que llegan desde distintos puntos: Jerusalén. Pero, ¿tiene plazas la capital de Israel? Hay una en la parte nueva en la que palpita el corazón de la ciudad actual más que el de la eterna: la de Zion, siempre repleta de gente que se busca, o que sólo busca o que simplemente pasea.

Y hay dos a las que se mira todo el mundo, separadas por unos pocos metros en altura y no muchos más en distancia: la Explanada del Templo y, a su pie, el Muro de las Lamentaciones. Tampoco sé si son éstas plazas en el sentido que habitualmente le damos al término, pero estoy seguro de que su espíritu lo es, como es muchas más cosas.

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Pocas más tiene la Ciudad Vieja, algunas pequeñas hay sí, en la confluencia de varias callejas y con niños musulmanes jugando un tanto desarrapados; o en las terrazas de Barrio Judío por las que se puede pasear y en las los que juegan niños judíos, de diferente aspecto pero parecidas diversiones: a esas edades no hay tantas diferencias.

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domingo, 29 de marzo de 2009

Personajes de mis viajes: el reverendo en Junior’s (y II)

(Sigo con el relato que empezamos ayer sobre uno de los personajes más peculiares que me he encontrado en mis viajes. Recuerden que la primera parte de esta historia está aquí).

Estaba acompañado de otros dos hombres, más jóvenes los dos y uno de hecho muy joven: pensé que tendría unos 16 años, mientras que el otro, quizá hermano mayor del primero, parecía tener veintimuchos.


Ambos trataban al del traje a cuadros con una especial forma de respeto, algo reverencial, propia no sólo del trato a alguien de más edad o de la familia sino destinada a una persona con una especial posición dentro del círculo social.

No podía entender toda su conversación a pesar del empeño que ponía en ello (“espiar” a los vecinos de mesa es una de las más entretenidas ocupaciones a las que uno se puede dedicar cuando viaja solo), pero el Junior’s estaba lleno y era bastante ruidoso y yo no llevaba demasiado tiempo en la ciudad y mi inglés no estaba completamente engrasado.

De los retazos que iba cogiendo entendí que, a pesar de su estrafalaria indumentaria, el hombre del traje a cuadros debía ser reverendo, predicador o el cargo que correspondiese en alguna iglesia de la zona. Por otra parte, el más joven de los acompañantes había encontrado el camino de Dios no hacía mucho, después de una vida no demasiado ordenada que “ya había quedado atrás”, como decía el propio chico ante la aprobación de su hermano (supongamos que lo era) y del reverendo (supongamos también, puestos a suponer, que ese era su título).

La conversación quedaba frecuentemente interrumpida por personas que saludaban al reverendo, le presentaban a familiares suyos con frases como “este es el sobrino de que le hablé”. Él les hablaba amablemente, les hacía un par de preguntas, les daba alguna recomendación, les emplazaba a visitarle algún otro día…

Siguiendo un código que no logré desentrañar porque a mi todo el mundo me parecía muy similar, a algunas personas las respondía sentado en su sitio mientras que en el caso de otras, las menos, se levantaba y mantenía la breve conversación de pie, junto a la mesa.

Ya fuese de pie o sentado la gente que se acercaba a él le trataba con ese respeto reverencial del que les hablaba antes y que dejaba claro que ese hombre no era un miembro más de la comunidad, sino alguien con una especial preeminencia en ella.

Terminada ya la tarta hacía bastante rato, sin ganas de comer nada más y con el puente de Brooklyn esperándome decidí levantarme y salir de Junior’s y de ese mundo “billcosbyniano” para volver a la realidad neoyorquina.

Por supuesto aproveché para echar un último vistazo al reverendo y sus acompañantes y en ese momento no pude dejar de compararle con el único personaje con una posición similar que conozco bien: el cura de mi pueblo, que es un sujeto bastante deplorable (no por cura sino por otras "virtudes" que le "adornan") al que media parroquia no puede ni ver y con el que una escena similar sería imposible: ni estaría con esa actitud en un restaurante, ni la gente le saludaría con ese respeto ni, por supuesto, se pondría jamás un traje de cuadros verdes con una pajarita a juego.

Eso sí, con o sin traje, algo me dice que puedo estar seguro de que los sermones del reverendo de Junior’s son infinitamente mejores.

PD.: Lamentablemente, no hice una foto al reverendo, estaba demasiado cerca para “robarla” y no sabía muy bien como explicarle por qué razón quería fotografiarle sin que se notase que me parecía un bicho raro. Y no olviden que la primera parte de esta historia está aquí.
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Personajes de mis viajes: el reverendo en Junior’s (I)

Una de las profesoras de inglés que tuve en Nueva York juraba y perjuraba que la mejor Strawberry Cheesecake de la ciudad era la que preparaban en Junior’s, un viejo restaurante de Brooklyn que hoy por hoy tiene fama en toda la ciudad e incluso un par de locales más, nada menos que en Time’s Square y la Grand Central Station.


Si mi memoria no me engaña, cuando yo visité la Gran Manzana sólo estaba el viejo local de Brooklyn, fundado en 1950, así que un domingo me decidí a hacerle una visita y me puse a andar, desde mi base de operaciones en la parte chic de Williamsburg con la intención de probar la famosa tarta y, quizá, cruzar el puente de Brooklyn a pie.

Aunque Williamsburg es también parte de Brooklyn la excursión era de un par de horas andando y lo que es mejor, atravesando barriadas muy distintas de la ciudad, desde el Williamsburg judío, con zonas en las que uno llegaba a pensar que se encontraba en un peculiar Israel (autobuses escolares en domingo, hombres y mujeres vestidos y peinados del modo más tradicional, restaurantes kosher, rótulos en hebreo…), hasta algunos barrios negros en los que tenía la falsa sensación de ser el primer blanco que pasaba en décadas; o la zona cerca de mi casa en la que había búlgaros y rusos e incluso una catedral ortodoxa con las tradicionales cúpulas con forma de cebolla.

Por fin llegué a la esquina entre 386 Flatbush Avenue Extension y Dekalb Avenue en la que se encuentra el restaurante y encontré una mesa en la que me dispuse a pasar un buen rato, tarta mediante. La tarta estaba rica, sí, pero tampoco era algo tan inolvidable: como la mayoría de los postres que tomé en Nueva York el exceso de azúcar era una tara casi insuperable para mí.

Sin embargo, lo que me encantó fue el restaurante en sí, decorado como si todavía estuviésemos en los años 50 (supongo que lo mantienen tal y como era cuando se inauguró) y con un ambiente muy familiar y bastante cercano, a pesar de que no es ni mucho menos un local pequeño.

El público me resultó también fascinante: además de unos pocos turistas despistados como yo mismo la inmensa mayoría de los clientes eran familias negras que se acercaban a comer algo después del oficio religioso y vestidos de domingo. Normalmente, todos los miembros de la familia participaban en la excursión y el restaurante se iba llenando de grupos que, en no pocos casos, se saludaban de una a otra mesa como educados vecinos o, quizá, miembros de la misma iglesia.

Perdonen la simpleza, pero me sentía dentro de una serie de Bill Cosby y descubrí que algunos de los personajes que aparecían en aquellas comedias televisivas eran mucho más reales de lo que podíamos pensar desde España: los jóvenes trajeados pero a lo moderno, las abuelitas con sombreros de lo más coquetos y con redecilla, los padres de familia también trajeados pero con tirantes…

Casualmente, el personaje más llamativo del local estaba sentado en la mesa junto a la mía: un hombre de color de unos 50 años vestido con un imposible traje de cuadros verdes y blancos (puede que fuesen marrones, soy algo daltónico), sombrero a juego, pajarita, las manos cargadas de anillos de oro y un bastón que parecía no tener otra utilidad que culminar el conjunto de la forma más estilosa posible.

Este es (o será), el auténtico protagonista de este artículo, pero como con la introducción ya me he alargado peligrosamente voy a dejarles con la miel en los labios y continuaremos mañana hablando de él.

PD.: La foto de la tarta es, obviamente, de la página web de Junior's.
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lunes, 2 de marzo de 2009

Trenes automáticos en la línea L del metro de Nueva York

Me entero en Diario del Viajero que a partir de mañana, martes 3 de marzo, los trenes de metro de la línea L de Nueva York no tendrán conductores humanos sino que estarán "robotizados". La noticia, bastante curiosa ya de por sí, me llama todavía más la atención porque esa línea, que conecta Brooklyn con la mayor parte de las que recorren Manhattan, era la que un servidor de ustedes usaba casi todas las mañanas cuando vivía en la Gran Manzana o, mejor dicho, los dos meses que viví allí.

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Subía en la estación de Bedford Avenue y, tras atravesar bajo tierra el East River, llegaba a Manhattan donde, una vez superadas la Primera y la Tercera Avenidas y también Union Square (uno de mis lugares preferidos de la ciudad), me bajaba en la estación de la calle 14, donde transbordaba a un tren de la 1, 2, la 3 o la 9 y bajaba, bien en la calle 28 bien en la Séptima, en Penn Station (las estaciones de metro en Manhattan están bastante cerca unas de otras, así que en muchas ocasiones uno puede elegir dos o tres distintas que te dejan a la misma distancia de tu destino final).

La L era muy práctica ya que cruzaba en horizontal prácticamente toda Manhattan y, por tanto, permitía conectar con casi todas las líneas de metro que cruzan la isla en sentido sur - norte. Ahora todavía será más práctica ya que, según las autoridades, los "trenes robotizados" permitirán que circulen más convoyes por la línea y que lo hagan más rápidos y más seguros.

A pesar de la sorpresa que la cosa puede causar, y la intranquilidad que a muchos les supondrá saber que van en un transporte sin conductor, no es el primer tren automático al que se puede subir en Nueva York, de hecho muchos de los que hayan visitado la ciudad habrán utilizado el que nos lleva de una terminal a otra en el aeropuerto JFK y que también es, desde hace años, completamente automático.

Y otro día hablaremos de las red de metro de Nueva York que es en sí misma un atractivo turístico.
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martes, 24 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (y II)

Tras este primer contacto con la gran Herradura Canadiense que les contaba ayer, nos decidimos a cruzar la frontera para conocer el lado americano, así que allá fuimos, a pie y bajo el frío, y tras sortear a los no excesivamente amables policías americanos volvimos a los Estados Unidos (por cierto, esto me hace pensar que he entrado a pie en ese país, lo que no deja de ser curioso para un español).

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Es llamativo, por cierto, que los dos lados de la frontera responden a lo opuesto que muchos esperarían de ellos: la parte americana destaca por su entorno mucho mejor conservado, con un parque delicioso salido de los lápices expertos de Olmsted y Vaux, los creadores del Central Park de NYC y que abanderaron una cruzada para restaurar y preservar las cataratas.

La parte canadiense es la que tiene los grandes hoteles, los casinos y un pueblo que en algunas de sus calles parecía salido de uno de esos telefilmes ambientados en la américa profunda de Nebraska o Arkansas.

La catarata americana se divide en realidad en dos, ya que una de sus partes es una tercera caída de agua independiente llamada el "Velo de la novia". Sin dejar de ser impresionantes, no tienen la altura ni el caudal de la canadiense, pero a cambio se pueden ver algo mejor ya que hay miradores, especialmente la llamada Isla de la Luna, completamente en el borde y con el agua rodeándote por ambos lados.

También desde el lado americano hay unas vistas impresionanes de la catarata de Canadá y, sobre todo, la posibilidad de tomar algunas fotos en las que aparezcan las dos grandes corrientes de agua. Y los cinéfilos recordarán escenas aun más míticas que las de Superman 2: nada más y nada menos que Marilyn Monroe como una turista de luna de miel en las cataratas. Las rojas escaleras de la americana eran escenario de algunas inolvidables escenas de Niagara.

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En nuestro segundo día, y ya con algo menos de frío, nos decidimos a tomar el Maid of the Mist, el pequeño barco que lleva a los turistas casi al pie de la catarata canadiense. Salió el sol por fin (el día anterior había sido tremendamente gris y fotográficamente fustrante) pero la magnitud del espectáculo natural y la cantidad de agua que azota los pequeños barquitos impidieron que lograse un registro fotográfico muy interesante.

Además, llegados a ese punto me di cuenta de que era uno de esos pocos momentos en los que uno debe decidirse a dejar la cámara a un lado y disfrutar de lo que nos rodea sin más.

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Unas notas sobre Niagara Falls, CA

Una de las cosas que más me sorprendió del viaje fue el pequeño pueblo que está junto a las cataratas en el lado canadiense, que se llama Niagara Falls, como su vecino del otro lado de la frontera. Como ya he dicho, me pareció que este lugar era, pese a no estar en los Estados Unidos, lo más inequívocamente americano que he visto en mi vida.

Además de lo directamente relacionado con las cataratas, de los hoteles y de los grandes restaurante Niagara Falls tiene para los turistas un curioso lugar llamado Clifton Hill: una calle con todo el entretenimiento en cartón piedra que una familia americana puede desear, con salones de juegos y lugares de tanto interés como el mini golf del Parque de los Dinosaurios, el Museo de Cera de las Estrellas, el Salón de la Fama de la WWF, la Fábrica de las Pesadillas... todo con un punto un tanto cutre y muy muy yanqui.

El resto del pueblo era también llamativo: tras el decorado de los grandes hoteles, las atracciones y Clifton Hill se escondía una peculiar realidad de calles anchas y un tanto sucias, moteles pequeños que parecían pensados para el crimen o el adulterio (o quién sabe si para ambos), casas más bien pobres y, curiosamente, muchas tiendas de tabaco en las que se vendían puros cubanos, para que luego nos hablen de lo terrible que es el embargo...

Pero también ese recorrido por detrás del decorado vale la pena y es parte del interés de una visita que las cataratas justifican más que de sobra y que, si tienen la oportunidad, no deben perderse. Eso sí, vayan en la época que vayan, no olviden llevarse ropa de abrigo.

Más información

Web de Niagara Falls, Canada
Las cataratas en la wikipedia, en inglés y en español.

Y no dejen de leer la primera parte de este artículo.
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lunes, 23 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (I)

Como muchos de ustedes sabrán Niágara es una palabra de los indios iroqueses que significa "trueno de agua"; todavía más recordarán que ese es el nombre de un río americano cuya longitud, sólo 56 kilómetros, es inversamente proporcional a su fama; por último, muy pocos de los que lean este artículo se enterarán gracias él de que las Cataratas del Niágara son el salto de agua más famoso de los Estados Unidos.

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Un servidor las visitó hace unos años, cuando andaba por Nueva York, haciendo en días de diario el clásico viaje de fin de semana que hacen muchas parejas americanas, es decir, ida y vuelta en dos días con una noche en alguno de los espléndidos hoteles de la zona.

Para ello tomamos un avión desde la Gran Manzana hasta Buffalo, la ciudad al norte del estado desde la que, ya en taxi y acompañados por un sospechosísimo ciudadano que pidio parar antes de la frontera, llegamos a Niágara Falls, en el lado canadiense, que es donde están todos los grandes hoteles, entre ellos el Hilton en el que teníamos reservada una habitación con jacuzzi y vistas a los dos grandes saltos de agua (que tiempos aquellos).

Visitamos las cataratas sobrecogidos por la belleza de esa descomunal manifestación de la naturaleza, pero también ateridos por un frío indescriptible que nos pilló en el atuendo primaveral adecuado para esas fechas en España (eran los primeros días de mayo) pero que pronto se nos reveló como verdaderamente poco apropiado para el lugar, concretamente cuando desde la habitación del hotel vimos caer los primeros copos de nieve.

No es que se tratase de una nevada espectacular, sólo unos pocos copos en varias ocasiones a lo largo del día, pero eso les dará una idea de la temperatura con la que teníamos que circular por la zona. Y por si no han caído en la cuenta llamo su atención sobre un hecho de singular importancia en aquellas circunstancias: cuando uno visita unas cataratas acaba mojándose o sí o sí.

Conocer las Cataratas del Niágara implica varias excursiones imprescindibles: por supuesto acercarse al borde de la inmensa Herradura, la más grande y hermosa de las tres, que casi podemos tocar con los dedos desde el amplio paseo en la zona canadiense que muchos de ustedes recordarán de la película Superman 2: allí es donde el héroe salva a un niño que está haciendo el memo en la barandilla y al final se cae.

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También es posible ver la catarata "desde dentro" gracias a una red de túneles que nos lleva justo tras la inmensa cortina de agua donde, completamente empapados y poco menos que ensordecidos por el fragor de los millones de metros cúbicos que caen cada segundo, pasamos de la admiración a algo más parecido al miedo o, al menos, a un respeto temeroso que nos aleja prudentemente del borde.

Más abajo, al pie mismo de la catarata, salir al exterior se convierte casi en una tarea heroica (y con aquel frío más todavía) pues la violencia del agua nos empuja, literalmente, con una agresividad que no parece posible mantener durante todo el día todos los días del año.

herradura1

En este punto la visita se convierte en algo en lo que el sentido que menos interviene es la vista, superada por el oído en el que nos atrona el agua y por el tacto, con el líquido elemento empapándonos de la cabeza a los pies y, sobre todo, helándonos hasta los mismísimos huesos.

Y como este post se está alargando ya demasiado y me quedan todavía muchas cosas que contarles lo he dividido en dos partes. Ya pueden leer la segunda entrega.
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lunes, 9 de febrero de 2009

Viajes e idiomas: donde ir a aprender otra lengua

Aunque Matador Network nos dan siete razones para viajar a Chile a aprender español, a mí me parece que el lugar más apropiado para ello es España, y tengo motivos obvios para ello. No obstante, la realidad es que hoy por hoy el país con más hispano - hablantes en todo el mundo es México... seguido de Estados Unidos. Eso sí, no sé si México resulta hoy un lugar idóneo como para plantearse una estancia larga y en zonas fuera de lo más habitual de los circuitos turísticos.

En cualquier caso, y al menos por ahora, España sigue siendo un referente cultural indiscutible en el plano del idioma por razones como el Instituto Cervantes o la potencia de nuestra industria editorial, así que es probable que Valladolid o Salamanca (por poner dos ejemplos de ciudades universitarias en las que se hable un castellano sin demasiado acento) resulten los lugares idóneos para aprender español para un extranjero.

Sin olvidar por supuesto Madrid, ciudad en la que quizá se pierda algo de cierta cercanía de provincias (y lo que eso implica en oportunidades para hablar) pero que a cambio ofrece la vida cosmopolita y la oferta cultural de una gran ciudad europea.

¿Y para aprender inglés?

Desde hace ya bastantes años se han generalizado los viajes para aprender inglés de españoles, habitualmente (pero no sólo) en edad de estudiar que buscan pasar un tiempo en un país de habla inglesa. Lo más normal en estos casos viene siendo elegir Inglaterra o Irlanda, supongo que por ser los más cercanos y por la influencia que eso podía tener en los precios, unos precios, por cierto, que ahora serán bastante competitivos en el Reino Unido tras la caída de la libra.

El mayor problema de esos destinos es, a mi juicio, que en las épocas estivales en las que estos viajes suelen hacerse estaban tan repletos de españoles (no sé si lo seguirán estando con la crisis) que era muy sencillo esquivar la "obligación" de hablar inglés, especialmente en el entorno académico en el que pasaremos muchas horas, pero también en las actividades de ocio que habitualmente desarrollaremos en compañía de nuestros compañeros de escuela o academia.

Por eso mi consejo es buscar un lugar en el que la densidad de estudiantes españoles sea la menor posible, y se me ocurren dos más lejanos (EEUU y Canadá) y uno algo más cercano, la pequeña isla de Malta, aunque en ésta última parece ser que cada día hay más compatriotas aprendiendo idiomas.

No conozco Malta, aunque sí me han hablado muy bien de ella, y tampoco Canadá (bueno, Canadá sí, pero sólo el pueblecito horrible junto a las Cataratas del Niagara), así que lo que les puedo recomendar con conocimiento de causa es que viajen a Nueva York para aprender inglés, porque fue lo que yo hice.

Ya saben los lectores de este blog que soy un enamorado de la Gran Manzana, pero además de mi pasión personal trataré de darles algunas razones para que vean que el consejo es bueno:

- Tal y como les vengo comentando, considero un punto muy importante a favor de Nueva York que hay muy pocos estudiantes españoles; sí hay bastantes hispanos, pero eso me parece evidentemente menos problemático.

- En su escuela o academia neoyorquina encontrará estudiantes de muchos países diferentes, yo por ejemplo tuve compañeros de Suiza, Alemania, Holanda, Corea, Brasil, Israel... Eso es un gran entrenamiento para el oído, y más práctico de lo que en realidad piensa, ya que lo más normal durante su vida (en viajes, en el mundo de la empresa) será que practique el inglés con personas que, como usted, no lo han aprendido como lengua materna.

- Nueva York es una ciudad por la que pasa gente de todo el mundo y en la que es muy difícil identificar a alguien como forastero a simple vista, así que la gente se dirigirá a usted como a un conciudadano más, sin e se ha blar pa u sa do con el que les ha bla mos a los ex tran ge ros. También eso resulta un entrenamiento excelente.

- Y, por supuesto, la ciudad tiene un interés cultural difícilmente comparable, es bellísima y, en definitiva, su estancia allí será inolvidable.
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sábado, 13 de diciembre de 2008

Manhattan

Puede que la isla de Manhattan no sea el lugar más bello del mundo, pero probablemente es el más interesante y también estoy casi seguro de que es el mejor exponente del desarrollo de la civilización occidental; además, también es bello, aunque normalmente no hablemos de su belleza sino de sus impresionantes rascacielos, de sus grandes avenidas o de sus maravillosos museos.

La vista más famosa de Manhattan es la que se contempla desde la base del Puente de Brooklyn en una perspectiva que inmortalizó Woody Allen en su maravillosa película. Llegué allí la noche de mi segundo día en Nueva York, tras haber estado desde primera hora dando tumbos por una ciudad en la que hacía un frío tremendo, llovía y gracias al viento resultaba imposible mantener el paraguas en una posición que nos ayudara a no mojarnos.

Después de todo eso estaba muerto, al ver esto me quedé maravillado.

manhattan

Sentí que tenía ante mis ojos la culminación de unos 6.000 años de historia, de algo que había empezado entre el Tigris y el Eúfrates milenios atrás y que terminaba allí, frente a mí, al otro lado del East River.

Sentí la impresión que debía sobrecoger a los que viesen Roma por primera vez, la emoción que debían sentir los siervos del Califa al entrar en Bagdad, la sorpresa de los que llegasen al París del S XIX, en definitiva, tuve claro que estaba ante la capital del mundo, en el epicentro de la mayor parte de lo que somos, en el lugar en el que hay que estar.

La vista nocturna desde Brooklyn nos muestra un Manhattan de enormes moles de cristal y acero, pero la magia no es sólo por los edificios altos y las grandes avenidas, es también por
la riqueza de sus museos, la puesta del sol sobre el Hudson, las praderas y los lagos de Central Park, la belleza art decó de algunos de sus rascacielos...

rascacielos03

Es por el metro atestado de gente diferente, negros, judíos, asiáticos, irlandeses, hispanos... cruzando sobre el Puente de Williamsburg y dejándonos ver el Empire State Building en la lejanía.

Es por los miles de restaurantes de centenares de cocinas distintas, los deliciosos perritos calientes callejeros, las tiendas chinas de cosas que jamás comeríamos (pero que quién sabe si no hemos comido en aquel sitio de Chinatown), las librerías lujosas y las de segunda mano...

Y es también los lugares de paso en los que miles de personas caminan junto a ti sin mirarte: Union Square, Penn Station, Times Square
, Grand Central...

grandcentral

Es todo eso y es mucho más.

Sí, quizá Manhattan no sea el lugar más hermoso, pero tengan por seguro que no hay otro así y que, cualquier día y a cualquier hora, es donde me gustaría volver. Aunque también es posible que sí, que final y definitivamente, en la realidad o en mi recuerdo (qué más da), esa estrecha isla sea el lugar más bello del mundo.
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lunes, 8 de diciembre de 2008

Libros electrónicos para los clientes del Algonquin de Nueva York

Una de las costumbres peculiares de casi todos los hoteles americanos es dejar en la habitación un pequeño ejemplar de la Biblia casi como parte del "equipamiento" necesario. Es algo que puede sorprendernos a los foráneos pero que tampoco es tan extraño en una sociedad profundamente religiosa como la americana.

El conocido Hotel Algonquin de Nueva York, que supongo que también dejaba una biblia a sus clientes, es uno de los más tradicionales y prestigiosos de la Gran Manzana y uno de los que más "sabor literario" tiene, ya que era el lugar elegido habitualmente por muchos escritores y actores que pasaban por la ciudad y, además, en él se celebraban las reuniones de la "mesa redonda", una tertulia literaria entre cuyos asiduos estaba, por ejemplo, Dorothy Parker, y que incluso se ha visto reflejada en el cine.

Pues bien, lo que les quería decir es que, a partir de ahora y haciendo gala de esa tradición literaria, los responsables del Algonquin han puesto en marcha un interesante servicio extra para sus clientes: el préstamo de lectores de libros electrónicos, en este caso el Kindle de Amazon, no sé si como sustituto de la biblia que mencionaba antes pero, desde luego, recuperando la costumbre de muchos hoteles de hace un tiempo que contaban con una biblioteca en la que los clientes podían consultar libros y llevárselos a su habitación.

El servicio será gratuito y los reproductores estarán cargados con una selección de títulos entre los que habrá clásicos, "clásicos modernos" y "best sellers", entre ellos, por supuesto, obras de los escritores que participaban en la famosa mesa redonda que comentaba antes. Además, también facilitarán a los clientes libros bajo demanda, es decir, títulos que no estén en la selección previa que sean requeridos por los clientes. Eso sí, no habrá kindles para todos, así se repartirán por riguroso orden de llegada hasta agotar existencias (y no sé de cuanto son esas existencias).

Como ya sabrán los lectores habituales de mi otra bitácora, el libro electrónico es un tema que me interesa mucho y que me parece que tiene un futuro brillante, de hecho, probablemente sean la próxima gran revolución cultural, así que la iniciativa del Algonquin es muy interesante y creo que alguna de las grandes cadenas hoteleras españolas haría bien en observarla muy de cerca.

PD.1: La foto es de la web del propio hotel.

PD.2: Vía Hotel Chatter.
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martes, 2 de diciembre de 2008

Hotel en oferta en Nueva York

Puede que no les parezca barato, pero les aseguro que un hotel en el centro de Manhattan, a tres calles de Central Park, entre la Sexta y la Séptima Avenidas, de categoría alta y con servicios como piscina cubierta, guardería, spa o gimnasio por sólo 170 euros la noche es poco menos que un chollo.


Pues bien, esa es la oferta para los tres primeros meses del año que viene en el Le Parker Méridien, a la que ya puede accededer a través de Travel Ticker.

No sólo eso, pagando 50 $ más podrá disfrutar de una habitación con vistas sobre el Parque; y por sólo 100 $ de suplemento llegará a la junior suite con vistas al skyline de la ciudad más interesante y maravillosa del mund.

Más sobre Nueva York en este blog.

Opiniones sobre el hotel en Trip Advisor.

Página web del hotel.

Vía Hotel Chatter.

La fotografía es de la piscina del hotel y está tomada de la propia web de Starwood Hotels.
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jueves, 9 de octubre de 2008

Comer en las calles del mundo (I)

La comida y la gastronomía son una parte importante de la experiencia viajera y creo que no solo para aquellos que, como un servidor, somos aficionados a la buena mesa: comer es una parte importante de la cultura y las costumbres de cada lugar que visitamos y saber como se hace en cada sitio es, creo yo, tan importante como conocer sus museos o sus monumentos.

Y dentro de lo que es comer, pienso que para los viajeros ocupan un lugar muy especial los puestos callejeros que en prácticamente todo el mundo nos ofrecen comida a pie de calle, sin necesidad de pasar por la formalidad de la mesa y el mantel y pudiendo seguir paseando o sentarnos en la acera para contemplar como los otros turistas y los indígenas siguen de acá para allá cumpliendo con sus obligaciones.

En mi limitada experiencia una de las mejores ciudades del mundo para comer en la calle es Estambul, principalmente por los numerosos puestos de kebab que ofrecen ese bocadillo ya conocido en todo el mundo. No obstante, hay algunas diferencias respecto a los que tomamos por Madrid (o cualquier ciudad española): suelen ser algo más sencillos en su relleno y, normalmente, el pan que se usa no es tanto la pita habitual por estos lares como unas tortitas enrolladas.

Los había (como todo en esta vida) mejores y peores pero todos eran bastante comestibles y los de pollo tenían un precio imbatible: antes del cambio a las nuevas liras turcas de hace unos años costaban un millón, que a pesar de la magnitud de la cifra eran al cambio poco más de 0,70 euros. Además, los vendedores ofrecían su baratija comestible al inefable grito de "¡Bir million! ¡Bir million!" (¡un millón, un millón!) que acababa por formar parte de la auténtica banda sonora de Estambul.

Había algunos más caros pero que podían valer la pena: recuerdo que en la feria del Ramadán de la plaza de Sultanahmed (un paraíso de la comida callejera, por cierto) había un puesto en el que la carne, de cordero, se preparaba a la brasa, sí sí, a la brasa aunque resulte increíble; créanme si les digo que era absolutamente delicioso.

Otra posibilidad interesante en Estambul eran los bocadillos de pescado que se preparaban en el puerto, junto al puente Gálata. Ni el aspecto de los puestos ni el de los tenderos hacían pensar en los más rigurosos controles sanitarios, pero al fin y al cabo estábamos junto al Bósforo y pensamos que el pescado debía ser fresco. La experiencia fue gratificante y no tuvo efecto secundario alguno.

Otra ciudad en la que es habitual comer en las calles es Nueva York, donde a pesar de que se ofrecen cientos de comidas de cientos de lugares del mundo el rey indiscutible es el puesto callejero de perritos calientes. También era una opción económica: cuando visité la ciudad el "modelo" sencillo con ketchup y mostaza costaba un solitario dólar (me dicen que ahora han subido a dos) y ciertamente tenía un sabor completamente especial que no sé si sería por la salchicha, el panecillo, las salsas de bote o la mugre del carrito.


También se estilaba mucho en la Gran Manzana el pretzel, una cosa a mitad de camino entre el bollo y la galleta de nombre un tanto judaizante y que no logró convencerme lo más mínimo: su pasta seca poco podía hacer frente a la carnosidad jugosa del perrito

En cualquier caso, quién no se ha comido un perrito caliente caminando por Broadway o sentado en Central Park no puede decir que ha vivido la full New York experience.

PD.1: Como el artículo me estaba quedando largo he decidido partirlo en dos, así que mañana tendrán más.

PD.2: La imagen la he tomado de la wikipedia, su autor es J.Reed y se trata de un puesto de perritos en Coney Island.

PD.3: Lea la segunda parte de este artículo.
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jueves, 2 de octubre de 2008

Viajes de cine, viajes en el cine

Este martes el suplemento "Viajar" de La Vanguardia publica un interesante y bien escrito artículo sobre destinos viajeros en el cine, es decir, de como en algunas películas se reflejaban determinadas ciudades o paisajes, en ocasiones "engañando" al espectador, como cuando una playa gaditana refleja una supuesta Cuba en una de las últimas de James Bond.

Lamentablemente no les puedo enlazar con el reportaje en cuestión porque ese suplemento no se refleja en la web del periódico barcelonés (o yo no he sido capaz de encontrarlo) pero el tema me ha hecho pensar en cómo el séptimo arte tiene, como en tantos otros aspectos de nuestras vidas, una importante influencia en nuestros viajes.

Ya les hablaba por aquí no hace mucho de un viaje que hice muy influenciado por una película concreta, pero creo que a todos nos ha pasado algo similar alguna vez o, al menos, todos hemos recordado esta o aquella película cuando visitábamos una ciudad, un monumento, un lugar... Incluso hay ciudades que prácticamente nos parecen un escenario cinematográfico o televisivo: Nueva York, Venecia, Roma... todos los que las visitan tienen en su mente una ciudad filmada, lo que en ocasiones puede ser un riesgo para nuestra experiencia viajera: la realidad no siempre supera a la ficción y otras veces es, simplemente, demasiado distinta de la ficción.

La ciudad más cinematográfica que yo he visitado es, sin duda, Nueva York. Además de que Manhattan es probablemente el pedazo de tierra más filmado de todo el mundo el abajo firmante en bastante fan de Woody Allen, así que la Gran Manzana era ya uno de los paisajes habituales de mi mente mucho antes de conocerla.

Afortunadamente, al menos para mí, Nueva York responde a su mito cinéfilo e incluso lo supera, porque todo es tal y como lo hemos visto en las películas: las grandes avenidas, los enormes edificios, Central Park, las aceras llenas de gente, los taxis amarillos, el puente de Brooklyn, el ferry a Staten Island que tomaba Melani Griffith en Armas de Mujer... Incluso la pista de hielo del Rockefeller Center, que yo tuve la oportunidad de ver en su último fin de semana del año y que en tantas películas navideñas hemos visto.


Y, por supuesto, la maravillosa Tiffany de la quinta avenida, que sigue tal cual la dejaron Audrey Hepburn y George Peppard para delicia de turistas, cinéfilos y mitómanos variados.

¿Qué ciudades o lugares de cine os han gustado al conocerlos? ¿Cuáles os han decepcionado? ¿En donde pensáis que una gran película merecería ser rodada? A ver si alguien se anima y comenta...

ACTUALIZACIÓN: Parece que se han puesto de acuerdo, a las pocas horas de publicar este artículo he encontrado uno excelente (bueno hasta en el título: El fantasma de Kim Novak) en El Viajero de El País sobre el San Francisco de esa maravilla hitchcotiana que se llamó Vértigo en todo el mundo y De entre los muertos en España y que, como bien cuenta el reportaje, es un ejemplo perfecto de cómo el cine crea, cambia o refuerza un destino turístico. Por cierto, los que no hayan visto la película ya están tardando, como supongo que los que no conocemos San Francisco ya estamos tardando...
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