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martes, 13 de abril de 2010

Almendras neoyorquinas o el peculiar funcionamiento de los recuerdos

Como bien sabía Proust la memoria tiene mecanismos peculiares y el sabor de una magdalena bañada en te o un olor o incluso un tropezón al caminar pueden llevarte a encerrarte en una habitación acorchada (que no acolchada) y escribir unas 4.000 maravillosas páginas.

Sin llegar a la genial locura proustiana, nuestros viajes también acudirán a nuestra mente muchas veces sin esperarlo y por intrincados y primarios mecanismos del recuerdo: el sol reflejándose en un escaparate, el olor de unas flores o de una comida, el sabor de un helado como aquel de la Piazza di Spagna, una canción que escuchábamos en cierto lugar…

Les cuento esto porque hoy he tenido uno de esos chispazos de memoria involuntaria que, además, vengo repitiendo desde hace varias primaveras y que, a través de un intrincado periplo, me lleva desde allí donde esté a Nueva York.

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Intrincado porque empieza en el pequeño pueblo de mi madre, en la provincia de Alicante, donde de niño solía pasar unos días en Semana Santa (ventajas de ser hijo de profesora) y donde, según cayesen esas vacaciones móviles, podía deleitarme comiendo almendras tiernas, empachándome directamente de los árboles de este fruto seco que por éstas épocas tiene un aspecto muy distinto, su cáscara es todavía una cubierta verde blanda, y un delicioso sabor dulce con un punto amargo y verde que me encanta.

Enredarme en el mundo laboral, dejar de tener unas vacaciones dignas de tal nombre en primavera y, por tanto, de visitar el pueblo y no poder comer almendras tiernas fue todo uno, así que en las pocas oportunidades que tengo de hacerlo disfruto no solo de ese sabor campestre sino también de la consabida nostalgia de la niñez.

Años después, durante el tiempo que pasé en Nueva York solía dar grandes paseos y, frecuentemente, en mitad de estas caminatas entraba en los lujosos supermercados de Manhattan, en parte por huir del mal tiempo, en parte porque me parecían unos sitios curiosísimos y en parte por ver si encontraba algo apetitoso, barato y fácil de hacer para cenar, aunque casi nunca se daban estas tres circunstancias.

En uno de estos paseos y en un supermercado de productos de granja especialmente finolis que había por el sur de isla, cerca de Clinton Castle, encontré con sorpresa que entre la fruta de temporada había… ¡almendras tiernas! Jamás entendí por qué no se vendían en España (¿una peligrosa conjura del gremio de turroneros?) y en aquel extrapijo supermercado neoyorquino habían por fin oído mis ruegos.

Eso sí, los oyeron a un precio indecente. Sin embargo, cuando uno está fuera de casa y aun manteniendo una austeridad presupuestaria digna de una abadía cartuja comer algo inequívocamente de su tierra es una tentación demasiado fuerte. Además, por el mismo precio tenía las almendras y un viajecito nostálgico a casa. Así que pagando por ellas mi presupuesto para un día entero me compre algo así como medio kilito de almendras que saboreé con desmedido placer por las calles de Manhattan.

Lo curioso de todo esto es que a raíz del “incidente” neoyorquino las almendras tiernas ya no me traen recuerdos de mi niñez, los campos y los bancales primaverales, o al menos no sólo, sino que además y casi principalmente me hacen volver a una tarde de abril y a las calles frías, lluviosas y sobre todo ventosas de Nueva York.

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domingo, 21 de junio de 2009

¿Qué nos hace elegir un destino para viajar?

Veo en la televisión un anuncio particularmente ridículo de un destino de vacaciones y me pregunto si alguien lo elegirá por esa publicidad de calidad cuestionable, pero la pregunta crece y pronto se transforma en algo más complejo: si esa publicidad no lo consigue... ¿qué es lo que nos hace elegir uno u otro destino a la hora de viajar?

Bueno, quizá soy injusto con el mundo de la publicidad si lo juzgo por único anuncio (que además es muy malo), puede que sí influya más en nosotros de lo que nos gusta aceptar pero si miro hacia atrás mis motivaciones para viajar han sido muy diferentes y en ellas no parece haber tenido mucho que ver la publicidad, al menos en sus formas más directas, aunque sí otras cosas como reportajes, artículos, libros... y por supuesto las fotografías que nos permiten ver algo antes de verlo "de verdad".

Esta influencia de textos e imágenes puede extenderse a lo largo de los años, incluso llegar a la madurez desde nuestra más tierna infancia. Les cuento, por ejemplo, que siendo un niño quedé totalmente fascinado por el primer fascículo de una de esas enciclopedias por entregas titulada “Maravillas del Mundo”. Estaba dedicado a Abu Simbel y creo que hay una línea directa entre aquel fascículo en cuya portada se veía el pétreo rostro de Ramses y mi decisión de viajar a Egipto más de 20 años después, donde me encontré con un viejo amigo en forma de increíble templo a la orilla del lago Nasser.

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En otras ocasiones las motivaciones son más prácticas: qué mejor excusa para conocer una ciudad o una zona que tener allí un amigo al que visitar y que, además, nos facilita un alojamiento gratuito. Gracias a este “método” yo conocí Hamburgo y el norte de Alemania y creo que es, sin duda, una de las razones más habituales que nos hace viajar a un lugar concreto.

Siguiendo por lo que se refiere a los amigos, sus consejos y recomendaciones suelen ser otra buena fuente de información que valoramos mucho a la hora de viajar: conocemos una ciudad después de que alguien nos confirme lo bella que es, seleccionamos un hotel porque una persona de confianza nos dice que es bueno y que está limpio, o en ocasiones vencemos nuestros miedos cuando un amigo lo visita y afirma que tal o cual lugar son tan seguros como nuestro propio país.

Por esta razón (además de por la obvia de la profesionalidad) es tan importante que el trato que reciben los visitantes de un lugar sea todo lo exquisito posible: nuestra experiencia tenderá a expandirse por nuestro círculo de amistades que a su vez la referirán a sus propios amigos que, en los mejores y sobre todo en los peores casos, no perderán la oportunidad contar que en tal sitio o en tal hotel ocurrió algo que hace irresistible o impensable viajar allí. Al final, cientos de personas pueden llegar a recibir esta información.

Muchos viajes responden a razones concretas irrepetibles en el tiempo que los hacen adelantarse o atrasarse o incluso sin las cuales no se darían. Los conciertos suelen ser una de esas motivaciones que generan sobre todo viajes cortos de poco más que la imprescindible ida y vuelta, pero en ocasiones también viajes más largos y complejos: por ejemplo yo viajé hace algún tiempo a Roma para asistir a un concierto (Peter Gabriel, para más señas) que tenía lugar en Florencia. Es obvio que habría viajado a Roma de todas formas antes o después, pero aquello precipitó la ocasión de un espléndido viaje.

El clima es otra de las razones principales por las que elegimos un lugar para visitar en detrimento de otros en los que no habrá sol, no nos podremos bañar o se está en plena temporada de huracanes, por poner un ejemplo más extremo.

Esta fue la motivación que me hizo viajar a las canarias hace un año: era el único lugar más o menos cercano que
en el mes de abril me “garantizaba” un clima lo suficientemente veraniego como para que mi pequeña hija disfrutase del sol, la piscina y la playa. Además, Lanzarote fue el destino natural después de una conversación con un compañero de trabajo que, tras explicarle lo que buscaba, señaló sin ninguna duda la isla de Timanfaya.

Por último, en otras ocasiones las razones son más azarosas: una decisión de último momento, un billete de avión muy barato… Y sobre todo suele deberse a una combinación de varios de los factores que hemos venido contándoles y, sí, hasta algún anuncio malo o un modesto blog como este pueden tener su influencia.
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jueves, 21 de mayo de 2009

Hoteles de pesadilla

Una de las mayores utilidades de Tripadvisor, la interesante página de viajes de la que ya les he hablado alguna vez, no es tanto saber a qué hotel vamos a ir como descubrir aquellos que no debemos visitar bajo ningún concepto.

Y es que hay establecimientos hoteleros que en vez del prometido descanso, del relax y el placer playero que buscamos en unas vacaciones nos ofrecen noches de auténtica pesadilla en las que puede que no nos encontremos a Anthony Perkins con un cuchillo jamonero en la ducha, pero sí otras cosas casi tan desagradables en los baños.

Así, en el último boletín de Tripadvisor nos cuentas unas cuantas películas de miedo que tienen como “escenarios naturales” hoteles de todo el mundo. Además, son historias que reúnen prácticamente todo, es decir, cuando la higiene deja bastante que desear eso no suele compensarse con el desayuno y el trato personal ni puede definirse con términos como “profesionalidad” o “amabilidad”.

Hay horrores de lo más variado: unos turistas en Bali se encontraron un ratón nadando tranquilamente en el váter, además se quejan de que el desayuno era un desastre y “el bacon no sabía a bacon”. Afortunadamente para ellos, no han llegado a establecer una posible relación entre ambos hechos.

Otro turista, de forma un tanto injusta creo yo, critica a un hotel de Nueva York porque en mitad de la noche el techo del establecimiento voló literalmente y el hotel se inundó por completo, incluida su habitación. Hombre, yo creo que culpar al hotel de las catástrofes naturales no es justo…

Los pubs irlandeses son algo encantador y uno de los reclamos turísticos de la verde Eire, pero la cosa pierde guasa cuando tienes uno justo debajo de tu habitación y el ruido es insoportable hasta las dos de la madrugada, hora en la que toman el relevo los vecinos con un extraño ataque de locura. El colofón perfecto: que la mujer de la limpieza te eche de la habitación a las 11 de la mañana después de dormir cuatro horas escasas.

Hay historias menos espectaculares pero que no dejaron de fastidiarle las vacaciones a alguien, como al crédulo turista que reservó una habitación “con vistas al océano” y resultó que tenía unas espléndidas vistas… a una autovía.

Personalmente, no recuerdo grandes traumas en mis experiencias hoteleras, con la excepción de una noche que pasé en un hostal de mala muerte en la costa catalana por motivos que no vienen al caso. La cama era de una calidad tal que no habría podido descansar ni la momia de Ramsés II, pero lo peor no fue eso sino que mi compañero de habitación, un familiar por el que guardo un fuerte aprecio, no se mostró muy de acuerdo con mi apreciación sobre la comodidad de los colchones y decidió llevar el ronquido a una nueva frontera, convertirlo en deporte olímpico o vaya usted a saber qué (pero aquello tenía que tener un propósito).

Para más INRI, ese mismo día había hecho un viaje bastante largo, había asistido a un acontecimiento social agotador y la temperatura rondaba los 40 grados con una bonita humedad, es decir, estaba roto.

No dormí absolutamente nada y ya cansado de dar vueltas decidí que me levantaría a las siete de la mañana y me iría a desayunar. Ya fuese por la ley de Murphy o porque ya no quedaban más plusmarcas de ronquidos que atacar, mi compañero de habitación decidió entrar en un profundo silencio justo a las 6:55.

Creo que nunca me he sentido tan desgraciado. Por supuesto, ya fui incapaz de dormir.

Pero ustedes no se preocupen, la última vez que pasé por allí aquel infecto local ya había cerrado, supongo que no pudieron resistir los ronquidos.
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domingo, 19 de abril de 2009

¿Y qué es lo que más te ha gustado?

Seguro que a ustedes, como a mí, les han hecho esa pregunta tras alguno de sus viajes. Después de visitar un país como Egipto, por ejemplo, te preguntan qué es lo que más te ha gustado y te dejan en la solitaria e ingrata tarea de rechazar de un plumazo templos, pirámides, callejuelas cairotas o al maravilloso Nilo.

O tras conocer Estambul te ves forzado a escoger entre mil increíbles mezquitas; o si no, quizá todavía más complicado, vuelves de Nueva York, y te toca decidir si tu corazón está con Central Park, con el perfil de Manhattan sur o con un maravilloso atardecer en la cumbre del Empire State.

Además, tengan cuidado porque ésta suele ser una pregunta aparentemente inocente, pero irremediablemente con trampa. Es una cuestión con la que nosotros mismos somos los cuestionados y, en realidad, nuestro interlocutor sólo quiere comprobar si somos tan vulgares como para que nos guste lo que a todo el mundo o tan redichos como para elegir un extraño museo o un pequeño monumento del que él no ha oído ni hablar.

Cuando me hacen a mí la pregunta tras un viaje concreto me suelo quedar más con alguna sensación, con un momento que por alguna razón resultase especial, que con este o aquel monumento. De hecho, normalmente tal o cual iglesia, este o aquel monumento, o ese museo tan impactante estarán allí si volvemos a ese lugar dentro de un tiempo, así que lo que es irrepetible son las sensaciones especiales que algo nos haya provocado por algún motivo casual.

Así por ejemplo, Notre Dame seguirá al borde del Sena si vuelvo a París, pero será difícil que viva en ella un momento como el que viví hace unos años, cuando por casualidad me encontré en una misa con la música del órgano a todo volumen hasta un punto tal que los graves retumbaban dentro de mi pecho como si estuviese junto a los altavoces de una discoteca bakaladera.

Puede que sea mucho menos conocido dentro de los circuitos turísticos, pero recuerdo otro momento especial que tuvo como lugar el puerto de Hamburgo, en una terraza flotante dentro de las propias aguas del Elba, tomando un café con leche y viendo la asombrosa maniobra de atraque de un inmenso carguero de Maersk. Todo en un día primaveral (que ya es cosa rara en Alemania) y con la compañía de un gran amigo.

Nueva York es la ciudad de los momentos cinematográficos, no sólo porque es relativamente sencillo dar con un rodaje en pleno Manhattan sino porque toda la Gran Manzana es como un inmenso plató en el que nos ocurren cosas como encontrarnos con la pista de hielo del Rockefeller Center todavía en marcha a principios de abril y con dos patinadoras ensayando una coreografía con los sones del New York, New York en la voz del mismísimo Frank Sinatra. Créanme si les digo que me parecía estar soñando.

Y ya que hemos mentado Egipto al principio del post, también allí hubo un momento especial: quedarme absolutamente sólo dentro de la sala de las momias reales del Museo de El Cairo, tras compartir el reducido espacio con un ruidoso grupo de estudiantes estos se marcharon y me dejaron allí contemplando a Ramsés, Seti y algunos de sus antecesores y predecesores.

He dicho antes que estaba sólo, pero lo mágico del momento fue que, en el silencio sepulcral de la pequeña sala me sentí en compañía de personas (cuando ves el pelo rojo de Ramsés sientes sin duda su humanidad, que era un individuo real, de carne, hueso y cabellos), y de personas que habían atravesado milenios enteros para estar junto a mí.

Díganme si eso es o no especial.
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domingo, 29 de marzo de 2009

Personajes de mis viajes: el reverendo en Junior’s (y II)

(Sigo con el relato que empezamos ayer sobre uno de los personajes más peculiares que me he encontrado en mis viajes. Recuerden que la primera parte de esta historia está aquí).

Estaba acompañado de otros dos hombres, más jóvenes los dos y uno de hecho muy joven: pensé que tendría unos 16 años, mientras que el otro, quizá hermano mayor del primero, parecía tener veintimuchos.


Ambos trataban al del traje a cuadros con una especial forma de respeto, algo reverencial, propia no sólo del trato a alguien de más edad o de la familia sino destinada a una persona con una especial posición dentro del círculo social.

No podía entender toda su conversación a pesar del empeño que ponía en ello (“espiar” a los vecinos de mesa es una de las más entretenidas ocupaciones a las que uno se puede dedicar cuando viaja solo), pero el Junior’s estaba lleno y era bastante ruidoso y yo no llevaba demasiado tiempo en la ciudad y mi inglés no estaba completamente engrasado.

De los retazos que iba cogiendo entendí que, a pesar de su estrafalaria indumentaria, el hombre del traje a cuadros debía ser reverendo, predicador o el cargo que correspondiese en alguna iglesia de la zona. Por otra parte, el más joven de los acompañantes había encontrado el camino de Dios no hacía mucho, después de una vida no demasiado ordenada que “ya había quedado atrás”, como decía el propio chico ante la aprobación de su hermano (supongamos que lo era) y del reverendo (supongamos también, puestos a suponer, que ese era su título).

La conversación quedaba frecuentemente interrumpida por personas que saludaban al reverendo, le presentaban a familiares suyos con frases como “este es el sobrino de que le hablé”. Él les hablaba amablemente, les hacía un par de preguntas, les daba alguna recomendación, les emplazaba a visitarle algún otro día…

Siguiendo un código que no logré desentrañar porque a mi todo el mundo me parecía muy similar, a algunas personas las respondía sentado en su sitio mientras que en el caso de otras, las menos, se levantaba y mantenía la breve conversación de pie, junto a la mesa.

Ya fuese de pie o sentado la gente que se acercaba a él le trataba con ese respeto reverencial del que les hablaba antes y que dejaba claro que ese hombre no era un miembro más de la comunidad, sino alguien con una especial preeminencia en ella.

Terminada ya la tarta hacía bastante rato, sin ganas de comer nada más y con el puente de Brooklyn esperándome decidí levantarme y salir de Junior’s y de ese mundo “billcosbyniano” para volver a la realidad neoyorquina.

Por supuesto aproveché para echar un último vistazo al reverendo y sus acompañantes y en ese momento no pude dejar de compararle con el único personaje con una posición similar que conozco bien: el cura de mi pueblo, que es un sujeto bastante deplorable (no por cura sino por otras "virtudes" que le "adornan") al que media parroquia no puede ni ver y con el que una escena similar sería imposible: ni estaría con esa actitud en un restaurante, ni la gente le saludaría con ese respeto ni, por supuesto, se pondría jamás un traje de cuadros verdes con una pajarita a juego.

Eso sí, con o sin traje, algo me dice que puedo estar seguro de que los sermones del reverendo de Junior’s son infinitamente mejores.

PD.: Lamentablemente, no hice una foto al reverendo, estaba demasiado cerca para “robarla” y no sabía muy bien como explicarle por qué razón quería fotografiarle sin que se notase que me parecía un bicho raro. Y no olviden que la primera parte de esta historia está aquí.
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Personajes de mis viajes: el reverendo en Junior’s (I)

Una de las profesoras de inglés que tuve en Nueva York juraba y perjuraba que la mejor Strawberry Cheesecake de la ciudad era la que preparaban en Junior’s, un viejo restaurante de Brooklyn que hoy por hoy tiene fama en toda la ciudad e incluso un par de locales más, nada menos que en Time’s Square y la Grand Central Station.


Si mi memoria no me engaña, cuando yo visité la Gran Manzana sólo estaba el viejo local de Brooklyn, fundado en 1950, así que un domingo me decidí a hacerle una visita y me puse a andar, desde mi base de operaciones en la parte chic de Williamsburg con la intención de probar la famosa tarta y, quizá, cruzar el puente de Brooklyn a pie.

Aunque Williamsburg es también parte de Brooklyn la excursión era de un par de horas andando y lo que es mejor, atravesando barriadas muy distintas de la ciudad, desde el Williamsburg judío, con zonas en las que uno llegaba a pensar que se encontraba en un peculiar Israel (autobuses escolares en domingo, hombres y mujeres vestidos y peinados del modo más tradicional, restaurantes kosher, rótulos en hebreo…), hasta algunos barrios negros en los que tenía la falsa sensación de ser el primer blanco que pasaba en décadas; o la zona cerca de mi casa en la que había búlgaros y rusos e incluso una catedral ortodoxa con las tradicionales cúpulas con forma de cebolla.

Por fin llegué a la esquina entre 386 Flatbush Avenue Extension y Dekalb Avenue en la que se encuentra el restaurante y encontré una mesa en la que me dispuse a pasar un buen rato, tarta mediante. La tarta estaba rica, sí, pero tampoco era algo tan inolvidable: como la mayoría de los postres que tomé en Nueva York el exceso de azúcar era una tara casi insuperable para mí.

Sin embargo, lo que me encantó fue el restaurante en sí, decorado como si todavía estuviésemos en los años 50 (supongo que lo mantienen tal y como era cuando se inauguró) y con un ambiente muy familiar y bastante cercano, a pesar de que no es ni mucho menos un local pequeño.

El público me resultó también fascinante: además de unos pocos turistas despistados como yo mismo la inmensa mayoría de los clientes eran familias negras que se acercaban a comer algo después del oficio religioso y vestidos de domingo. Normalmente, todos los miembros de la familia participaban en la excursión y el restaurante se iba llenando de grupos que, en no pocos casos, se saludaban de una a otra mesa como educados vecinos o, quizá, miembros de la misma iglesia.

Perdonen la simpleza, pero me sentía dentro de una serie de Bill Cosby y descubrí que algunos de los personajes que aparecían en aquellas comedias televisivas eran mucho más reales de lo que podíamos pensar desde España: los jóvenes trajeados pero a lo moderno, las abuelitas con sombreros de lo más coquetos y con redecilla, los padres de familia también trajeados pero con tirantes…

Casualmente, el personaje más llamativo del local estaba sentado en la mesa junto a la mía: un hombre de color de unos 50 años vestido con un imposible traje de cuadros verdes y blancos (puede que fuesen marrones, soy algo daltónico), sombrero a juego, pajarita, las manos cargadas de anillos de oro y un bastón que parecía no tener otra utilidad que culminar el conjunto de la forma más estilosa posible.

Este es (o será), el auténtico protagonista de este artículo, pero como con la introducción ya me he alargado peligrosamente voy a dejarles con la miel en los labios y continuaremos mañana hablando de él.

PD.: La foto de la tarta es, obviamente, de la página web de Junior's.
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martes, 24 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (y II)

Tras este primer contacto con la gran Herradura Canadiense que les contaba ayer, nos decidimos a cruzar la frontera para conocer el lado americano, así que allá fuimos, a pie y bajo el frío, y tras sortear a los no excesivamente amables policías americanos volvimos a los Estados Unidos (por cierto, esto me hace pensar que he entrado a pie en ese país, lo que no deja de ser curioso para un español).

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Es llamativo, por cierto, que los dos lados de la frontera responden a lo opuesto que muchos esperarían de ellos: la parte americana destaca por su entorno mucho mejor conservado, con un parque delicioso salido de los lápices expertos de Olmsted y Vaux, los creadores del Central Park de NYC y que abanderaron una cruzada para restaurar y preservar las cataratas.

La parte canadiense es la que tiene los grandes hoteles, los casinos y un pueblo que en algunas de sus calles parecía salido de uno de esos telefilmes ambientados en la américa profunda de Nebraska o Arkansas.

La catarata americana se divide en realidad en dos, ya que una de sus partes es una tercera caída de agua independiente llamada el "Velo de la novia". Sin dejar de ser impresionantes, no tienen la altura ni el caudal de la canadiense, pero a cambio se pueden ver algo mejor ya que hay miradores, especialmente la llamada Isla de la Luna, completamente en el borde y con el agua rodeándote por ambos lados.

También desde el lado americano hay unas vistas impresionanes de la catarata de Canadá y, sobre todo, la posibilidad de tomar algunas fotos en las que aparezcan las dos grandes corrientes de agua. Y los cinéfilos recordarán escenas aun más míticas que las de Superman 2: nada más y nada menos que Marilyn Monroe como una turista de luna de miel en las cataratas. Las rojas escaleras de la americana eran escenario de algunas inolvidables escenas de Niagara.

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En nuestro segundo día, y ya con algo menos de frío, nos decidimos a tomar el Maid of the Mist, el pequeño barco que lleva a los turistas casi al pie de la catarata canadiense. Salió el sol por fin (el día anterior había sido tremendamente gris y fotográficamente fustrante) pero la magnitud del espectáculo natural y la cantidad de agua que azota los pequeños barquitos impidieron que lograse un registro fotográfico muy interesante.

Además, llegados a ese punto me di cuenta de que era uno de esos pocos momentos en los que uno debe decidirse a dejar la cámara a un lado y disfrutar de lo que nos rodea sin más.

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Unas notas sobre Niagara Falls, CA

Una de las cosas que más me sorprendió del viaje fue el pequeño pueblo que está junto a las cataratas en el lado canadiense, que se llama Niagara Falls, como su vecino del otro lado de la frontera. Como ya he dicho, me pareció que este lugar era, pese a no estar en los Estados Unidos, lo más inequívocamente americano que he visto en mi vida.

Además de lo directamente relacionado con las cataratas, de los hoteles y de los grandes restaurante Niagara Falls tiene para los turistas un curioso lugar llamado Clifton Hill: una calle con todo el entretenimiento en cartón piedra que una familia americana puede desear, con salones de juegos y lugares de tanto interés como el mini golf del Parque de los Dinosaurios, el Museo de Cera de las Estrellas, el Salón de la Fama de la WWF, la Fábrica de las Pesadillas... todo con un punto un tanto cutre y muy muy yanqui.

El resto del pueblo era también llamativo: tras el decorado de los grandes hoteles, las atracciones y Clifton Hill se escondía una peculiar realidad de calles anchas y un tanto sucias, moteles pequeños que parecían pensados para el crimen o el adulterio (o quién sabe si para ambos), casas más bien pobres y, curiosamente, muchas tiendas de tabaco en las que se vendían puros cubanos, para que luego nos hablen de lo terrible que es el embargo...

Pero también ese recorrido por detrás del decorado vale la pena y es parte del interés de una visita que las cataratas justifican más que de sobra y que, si tienen la oportunidad, no deben perderse. Eso sí, vayan en la época que vayan, no olviden llevarse ropa de abrigo.

Más información

Web de Niagara Falls, Canada
Las cataratas en la wikipedia, en inglés y en español.

Y no dejen de leer la primera parte de este artículo.
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lunes, 23 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (I)

Como muchos de ustedes sabrán Niágara es una palabra de los indios iroqueses que significa "trueno de agua"; todavía más recordarán que ese es el nombre de un río americano cuya longitud, sólo 56 kilómetros, es inversamente proporcional a su fama; por último, muy pocos de los que lean este artículo se enterarán gracias él de que las Cataratas del Niágara son el salto de agua más famoso de los Estados Unidos.

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Un servidor las visitó hace unos años, cuando andaba por Nueva York, haciendo en días de diario el clásico viaje de fin de semana que hacen muchas parejas americanas, es decir, ida y vuelta en dos días con una noche en alguno de los espléndidos hoteles de la zona.

Para ello tomamos un avión desde la Gran Manzana hasta Buffalo, la ciudad al norte del estado desde la que, ya en taxi y acompañados por un sospechosísimo ciudadano que pidio parar antes de la frontera, llegamos a Niágara Falls, en el lado canadiense, que es donde están todos los grandes hoteles, entre ellos el Hilton en el que teníamos reservada una habitación con jacuzzi y vistas a los dos grandes saltos de agua (que tiempos aquellos).

Visitamos las cataratas sobrecogidos por la belleza de esa descomunal manifestación de la naturaleza, pero también ateridos por un frío indescriptible que nos pilló en el atuendo primaveral adecuado para esas fechas en España (eran los primeros días de mayo) pero que pronto se nos reveló como verdaderamente poco apropiado para el lugar, concretamente cuando desde la habitación del hotel vimos caer los primeros copos de nieve.

No es que se tratase de una nevada espectacular, sólo unos pocos copos en varias ocasiones a lo largo del día, pero eso les dará una idea de la temperatura con la que teníamos que circular por la zona. Y por si no han caído en la cuenta llamo su atención sobre un hecho de singular importancia en aquellas circunstancias: cuando uno visita unas cataratas acaba mojándose o sí o sí.

Conocer las Cataratas del Niágara implica varias excursiones imprescindibles: por supuesto acercarse al borde de la inmensa Herradura, la más grande y hermosa de las tres, que casi podemos tocar con los dedos desde el amplio paseo en la zona canadiense que muchos de ustedes recordarán de la película Superman 2: allí es donde el héroe salva a un niño que está haciendo el memo en la barandilla y al final se cae.

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También es posible ver la catarata "desde dentro" gracias a una red de túneles que nos lleva justo tras la inmensa cortina de agua donde, completamente empapados y poco menos que ensordecidos por el fragor de los millones de metros cúbicos que caen cada segundo, pasamos de la admiración a algo más parecido al miedo o, al menos, a un respeto temeroso que nos aleja prudentemente del borde.

Más abajo, al pie mismo de la catarata, salir al exterior se convierte casi en una tarea heroica (y con aquel frío más todavía) pues la violencia del agua nos empuja, literalmente, con una agresividad que no parece posible mantener durante todo el día todos los días del año.

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En este punto la visita se convierte en algo en lo que el sentido que menos interviene es la vista, superada por el oído en el que nos atrona el agua y por el tacto, con el líquido elemento empapándonos de la cabeza a los pies y, sobre todo, helándonos hasta los mismísimos huesos.

Y como este post se está alargando ya demasiado y me quedan todavía muchas cosas que contarles lo he dividido en dos partes. Ya pueden leer la segunda entrega.
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jueves, 15 de enero de 2009

Mis fotos: nieve en el Retiro de Madrid

No sé si se han enterado pero el otro día nevó en Madrid. Sí, está claro que se han enterado, es casi imposible no hacerlo cuando algo así pasa en Madrid, colapsa el tráfico, cierra el aeropuerto más importante de España y monta un fenomenal lío político. Además, los madrileños (y muy especialmente los periodistas madrileños) vivimos erróneamente convencidos de que absolutamente todo lo que pasa en la capital interesa muchísimo a todos los españoles.

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Bueno, supongo que además de las imágenes del caos y el infierno para los automovilistas (y los viajeros) también vieron alguna fotografía de lo hermosa que está la ciudad cuando la cubre un manto blanco tan bello como poco común.

La nieve tiene un peculiar efecto estético: no sé por qué, pero es capaz de embellecer casi cualquier cosa, y si cae en algo que ya de por sí es muy bonito, el Parque del Retiro por ejemplo, el efecto es directamente espectacular. No me extraña que el sábado por la mañana y soportando una temperatura más propia de la estepa rusa que de la soleada España muchos nos aventurásemos por el jardín más conocido de Madrid buscando inmortalizar ese día especial.

Y este es el resultado del frío que pasé yo y de casi un principio de congelación, espero que al menos valiese la pena:



Y si quieren pueden ver las imágenes como un pase de diapositivas en mi espacio en Flickr.

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sábado, 13 de diciembre de 2008

Manhattan

Puede que la isla de Manhattan no sea el lugar más bello del mundo, pero probablemente es el más interesante y también estoy casi seguro de que es el mejor exponente del desarrollo de la civilización occidental; además, también es bello, aunque normalmente no hablemos de su belleza sino de sus impresionantes rascacielos, de sus grandes avenidas o de sus maravillosos museos.

La vista más famosa de Manhattan es la que se contempla desde la base del Puente de Brooklyn en una perspectiva que inmortalizó Woody Allen en su maravillosa película. Llegué allí la noche de mi segundo día en Nueva York, tras haber estado desde primera hora dando tumbos por una ciudad en la que hacía un frío tremendo, llovía y gracias al viento resultaba imposible mantener el paraguas en una posición que nos ayudara a no mojarnos.

Después de todo eso estaba muerto, al ver esto me quedé maravillado.

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Sentí que tenía ante mis ojos la culminación de unos 6.000 años de historia, de algo que había empezado entre el Tigris y el Eúfrates milenios atrás y que terminaba allí, frente a mí, al otro lado del East River.

Sentí la impresión que debía sobrecoger a los que viesen Roma por primera vez, la emoción que debían sentir los siervos del Califa al entrar en Bagdad, la sorpresa de los que llegasen al París del S XIX, en definitiva, tuve claro que estaba ante la capital del mundo, en el epicentro de la mayor parte de lo que somos, en el lugar en el que hay que estar.

La vista nocturna desde Brooklyn nos muestra un Manhattan de enormes moles de cristal y acero, pero la magia no es sólo por los edificios altos y las grandes avenidas, es también por
la riqueza de sus museos, la puesta del sol sobre el Hudson, las praderas y los lagos de Central Park, la belleza art decó de algunos de sus rascacielos...

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Es por el metro atestado de gente diferente, negros, judíos, asiáticos, irlandeses, hispanos... cruzando sobre el Puente de Williamsburg y dejándonos ver el Empire State Building en la lejanía.

Es por los miles de restaurantes de centenares de cocinas distintas, los deliciosos perritos calientes callejeros, las tiendas chinas de cosas que jamás comeríamos (pero que quién sabe si no hemos comido en aquel sitio de Chinatown), las librerías lujosas y las de segunda mano...

Y es también los lugares de paso en los que miles de personas caminan junto a ti sin mirarte: Union Square, Penn Station, Times Square
, Grand Central...

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Es todo eso y es mucho más.

Sí, quizá Manhattan no sea el lugar más hermoso, pero tengan por seguro que no hay otro así y que, cualquier día y a cualquier hora, es donde me gustaría volver. Aunque también es posible que sí, que final y definitivamente, en la realidad o en mi recuerdo (qué más da), esa estrecha isla sea el lugar más bello del mundo.
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martes, 11 de noviembre de 2008

El Santo Sepulcro o la emoción de la fe

Aunque las imágenes que hemos visto este fin de semana más que emocionar avergüenzan, me han recordado mi visita al Santo Sepulcro de Jerusalén, uno de los centros espirituales de la muy espiritual ciudad israelí y lugar en el que, según la transición,transcurrieron algunos de los pasajes esenciales de la Biblia.

Hoy, no sólo es un lugar de peregrinación para cristianos de todo el mundo, sino también un atractivo turístico de primera, incluso para aquellos que, como yo, no sentimos entre sus muros la llamada de la fe. Sin embargo, como ya dije hablando del Muro de las Lamentaciones, los lugares relacionados con la fe suelen tener una fuerza especial que, sin duda, se percibe en grandes dosis en el Santo Sepulcro.



Más todavía si, como es el caso y como suele ser el caso, el lugar no sólo está cargado de sentido religioso sino también de historia. Al fin y al cabo, creamos que era el Hijo de Dios o no, la muerte en ese lugar de un hombre judío hace casi 2000 años ha cambiado radicalmente la historia de humanidad.

Primero, el Vía Crucis

Una buena visita al Santo Sepulcro, no obstante, empieza unas cuantas calles más allá en la ciudad vieja de Jerusalén, al inicio del Vía Crucis. Luego callejeamos por las viejas calles de piedra siguiendo las estaciones y recordando las famosas escenas bíblicas que tantas veces nos han narrado, ya fuese de palabra o en películas. Escenas como las distintas caídas de Jesucristo o aquella en la que Verónica limpiaba el rostro de Jesús con su famoso manto justo en el lugar en el que, como ven en la foto, un joven palestino se mira sus enormes zapatillas.

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Pero centrémonos en lo que nos ocupa, que es contarles mi visita. La basílica del Santo Sepulcro es, probablemente, la iglesia más peculiar que he visitado jamás, en primer lugar porque su planta se ha adaptado a una forma bastante extraña para poder integrar en su interior los distintos puntos sagrados que guarda: la tumba de Jesucristo propiamente dicha, el lugar en el que fue crucificado y la piedra sobre la que descansó Su cuerpo al ser bajado de la Cruz (y en la que fue envuelto, siempre según la tradición, en la famosa Sábana Santa).

Por otra parte, todo el recinto religioso está compartido por multitud de Iglesias diferentes (lo que provoca algunos problemas aunque habitualmente no tan llamativos como lo visto hace un par de días) y eso hace también que su estructura sea poco menos que laberíntica. Esa diversidad de los seguidores de Cristo será, probablemente, la primera sorpresa para los españoles que visiten el lugar, poco acostumbrados a recordar que hay muchas más cosas en el Cristianismo que el catolicismo romano.

Entramos a la Basílica por una puerta lateral que atravesaba la parte del complejo que pertenece a la Iglesia Copta de Etiopía, un breve tramo en el que realmente te sentías transportado a un lugar difícil de definir, pero que sin duda se encontraba muy lejos en el espacio y en el tiempo. Superado este primer tramo lo primero que visitamos de la propia Iglesia fue el mismísimo santo Sepulcro. Por supuesto, ya no es una cueva natural sin más, pero la sensación en su interior es muy similar ya que se trata de una habitación muy pequeña construida en el centro de una cúpula enorme.

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Miento, de hecho no se trata de una habitación sino de dos, a las que hay que entrar encogido por unas puertas diminutas y en las que no caben más que siete u ocho personas al mismo tiempo. En la segunda, el lugar donde fue enterrado Cristo, sólo puede haber dos o tres personas, lo que da para estar en ella poco tiempo, ya que siempre hay gente esperando su turno, pero lo hace una experiencia bastante íntima.

La segunda etapa importante de la visita es el Gólgota, la roca en la que se levantó la Cruz de Jesús. Este punto se encuentra en un segundo piso al que se accede por una angosta escalera. De nuevo hay que aguardar turno y tras ello llegamos a una pequeña sala con un altar riquísimamente decorado.

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Bajo éste se encuentra un agujero por el que, tras una nueva espera, los fieles pueden introducir la mano (tras agacharse y adoptar una postura que es en sí misma una peregrinación) y tocar la piedra por la que corrió la mismísima sangre Cristo, que manaba de su cuerpo durante la cruzifixión.

En este lugar, tampoco demasiado grande, había muchos viajeros o peregrinos. Unos rezando, otros esperando a tocar la piedra, muchos emocionados, otros algo sorprendidos... desde luego no vi a ninguno que pareciese indiferente. El que más me llamó la atención fue un fraile franciscano que paso la media hora que debí estar por allí rezando de rodillas, en silencio y solo, en un actitud y con una expresión que hizo que sintiese... envidia.

Mientras estábamos por allí se inició una peculiar ceremonia (no sé bien si llamarla misa porque no estoy seguro de que lo fuese) de un grupo de sacerdotes de la Iglesia Armenia (sí, de esos que salieron a torta limpia hace unos días) que, rompiendo la oscuridad solo con unas pequeñas velas y sus cánticos, estuvieron durante un buen rato siguiendo un incomprensible ritual, tan diferente de lo que hoy por hoy son las misas católicas que uno se preguntaba si realmente estaban adorando al mismo Dios.

Por último, salimos de la iglesia no sin antes pasar por la "piedra de la unción" y tocarla respetuosamente, no con la fe de los peregrinos que habían llegado hasta allí desde vaya usted a saber donde, pero sí con la emoción de saber que millones de personas de todo el mundo llevan siglos haciendo ese gesto, algo que nos hace sentirnos parte de esa interminable cadena y que le da a ese pequeño toque en la piedra un valor que en ningún otro sitio podría tener.

Claro, es que tampoco hay ningún otro sitio como el Santo Sepulcro ni otra ciudad como Jerusalén.

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viernes, 7 de noviembre de 2008

Personajes de mis viajes: el Ronaldo del Nilo

Entre otras muchas oportunidades más agradables, viajar nos da en ocasiones la posibilidad de conocer la pobreza, no sólo la miseria puntual de un barrio, sino algo mucho más complejo y lectivo como es un ver un país pobre.

A pesar de que no es de los casos más desesperados, tuve esa sensación en Egipto, que no es el país más pobre de África o el mundo pero que probablemente sí sea uno de los destinos turísticos famosos (como la India o Cuba) en los que se percibe esa pobreza con mayúsculas de la que les hablo.



En Egipto la pobreza (y supongo que también una cuestión cultural) hace que una parte del viaje resulte incómoda y casi desagradable: la gente se pasa el día pidiéndote dinero, en ocasiones con la excusa de venderte algo, a veces porque les has sacado en una foto (o creen ellos que les has sacado), por supuesto si te hacen un favor, por pequeño que sea, o incluso sin otra razón que conseguir unas monedas.

No crean que cuando les digo que el tema puede resultar desagradable es porque soy el típico occidental al que molesta ver y oler a los pobres (no soy tan tonto :-), pero es que en muchas ocasiones la situación puede llegar a convertirse en difícil: cuando la gente te rodea poco menos que exigiendo dinero en un idioma que no conoces, en un lugar que no es el tuyo y en el que no te sientes igual de protegido... qué quieren que les diga. Además, su insistencia es tal que uno termina por verse obligado a ser descortés: al menos en mi experiencia no bastaba con un "no" educado, no te dejaban en paz hasta que no te ponías francamente desagradable.

Otra cosa que no lo hace precisamente placentero es que en muchísimas ocasiones se trata de niños, lo que te pone en una situación más desairada por así decirlo. Tengo por norma (otro día puedo explicarles mejor las razones, si quieren) no dar nunca limosna a un niño o a alguien que la pida con un niño a cuestas, pero en Egipto, ante el agobio, resultaba muy difícil no hacerlo. Y también es más complicado ponerte tan borde como resulta necesario si tu "contrincante" es un niño.

Pero para casi todo hay una excepción en esta vida y también la hubo para esto en mi viaje a Egipto. Y esa excepción fue el protagonista de este artículo, cuyo nombre real no conocí pero al que se me ocurrió llamar "el Ronaldo del Nilo".

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Les pongo en situación: una de las atracciones clásicas de un viaje a Egipto es el paseo en faluya, la típica embarcación del Nilo, por las aguas del mítico río. Suele hacerse en Asuán, aprovechando para rodear la Isla Elefantina, acercarse al Hotel Old Cataract y que nos recuerden que en él se alojaron Wiston Churchill y Agatha Christie y que esta última ambientó en él "Muerte en el Nilo".

Anécdotas aparte, el paseo es una delicia: la belleza de las propias faluyas, el tranquilo deslizarse con el leve empujón del viento, tener el agua tan cerca como para poder tocarla...

Precisamente esa cercanía era lo que servía al "Ronaldo del Nilo" para, en su curiosa embarcación (eso sí que era un cascarón de nuez), acercarse a las faluyas con la esperanza de que se le arrojasen unas monedas. Pero ojo, nuestro pequeño protagonista (calculo de que debería tener unos ocho años) no pedía limosna, aquello era un intercambio artístico - comercial en toda regla: él nos ofrecía un espectáculo y nosotros pagábamos por disfrutarlo.

El pequeño Ronaldo era, además, todo un profesional que ajustaba su show a los gustos de su clientela en cada momento y así, frente a un grupo de españoles como nosotros cantó, mientras manejaba su barquita con una pericia que más parecía bailar que navegar, todos los hits verbeneros del momento: la macarena, el que viva españa, el porompompero... bueno, quizá no eran los del momento pero bastante mérito me parece (y nos pareció a todos en el barco) que supiese chapurrear esas canciones y engarzarlas en un "medley" surrealista que aún lo era más dado el marco incomparable en el que transcurría.

No pude resistirme, tuve que romper mi norma y darle un par de euros, al fin y al cabo, no los había pedido, se los había ganado.

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sábado, 11 de octubre de 2008

Comer en las calles del mundo (y II)

(Este artículo es continuación de este otro)

En Roma la comida callejera está cuasi monopolizada por las pizzerías que vendían el famoso plato italiano al peso, pero lo que yo recuerdo con rotundas salivaciones "a la Homer" son las heladerías, que justificaban tarde tras tarde (no fallaba ninguna) la fama de los helados italianos en todo el mundo. Además, había algo más allá del sabor con lo que es muy difícil competir: el placer de tomarse un helado sentado a la entrada del Panteón, en las escaleras de la Plaza de España o en los asientos junto a la Fontana di Trevi, observando a los turistas y disfrutando de una tarde soleada de mayo. Si no lo han probado les garantizo que, solo por eso, valdría la pena viajar a la Ciudad Eterna.

Si pensamos en comer en París lo que nos viene a la mente son pequeños bistrós en el Barrio Latino o Montmartre, pero los puestos callejeros son también una opción y en ellos el rey es el muy francés crep, pero en dura batalla con la no menos gabacha baguette. Recuerdo a esta última de mi primer viaje a la Ciudad de la Luz, siendo poco más que un adolescente que recorría las calles más "rojas" de Montmartre con la sensación de estar haciendo algo malo y muy atrevido. Las baguettes se vendían como bocadillos de vaya usted el qué, pero fuese lo que fuese en abundancia y con el pan untado en toneladas de mantequilla, indigestas y casi peligrosas, pero he de reconocer que muy ricas.

Las crepes llegaron años después, primero en un café a la orilla del Sena, cerca de Notre Dame (la verdad es que en París los "escenarios naturales" son de primera) y más tarde, en un fin de semana romántico, en los Campos de Marte, junto a la Torre Eiffel, en un puesto callejero que, como todos los de la ciudad, estaba atendido por un inmigrante. Lo bueno de estos creps es que te los preparan en el momento, delante de tus ojos, con lo que están bastante buenos aunque las materias primas no sean, probablemente, de primera.

Y, por supuesto, pocos sitios mejores en el mundo para cenar que frente a la torre metálica parisina, con toda su iluminación encendida en una agradable noche de otoño.

En Alemania la primera opción son, por supuesto, las salchichas, casi un "plato nacional" en una gastronomía que tampoco destaca por su delicadeza. Además, hay miles de sitios de comida turca más o menos sofisticados (por lo general no demasiado sofisticados) que también pueden ser una buena idea. No obstante, como de lo turco ya hablamos en la entrega anterior hoy quiero recordar las espléndidas salchichas, servidas casi siempre sin el panecillo típico del perrito como, por otra parte, aconsejaba su tamaño imponente.

Solía haber muchas variedades entre las que elegir, especialmente si el puesto era de los grandes, más parecidos a una enorme caravana que al tenderete típico; además se acompañan de patatas fritas o incluso de algunas cosas algo más complejas y se ofrecían con otro montón de diferentes y sabrosísimas salsas.

En cuanto a los marcos incomparables... la mejor salchicha que probé fue en Berlín (que para algo es la capital, digo yo) en un enorme puesto callejero junto a la famosa Isla de los Museos del Spree y después de habernos quedado literalmente boquiabiertos por el Museo de Pérgamo.

Voy terminando y ahora hablaré del fracaso, de aquella ciudad en la que no me atreví a disfrutar de la comida callejera: El Cairo, la apasionante capital egipcia (nótese que no digo bella, no es exactamente bella aunque les recomiendo encarecidamente que no dejen de visitarla). Pero El Cairo es peligrosa, no tanto por la delincuencia que es escasa como en la mayor parte de los países árabes, como por lo que se ha dado en llamar "la maldición de los faraones": una terrible dolencia que, no obstante, se puede curar con las dosis adecuadas de Fortasec, pero que aun así puede atarnos, en un sentido casi literal, a la taza del WC (que fino lo he dicho) durante un día entero o más.

La maldición de los faraones es un mal casi inevitable, cual plaga bíblica nos atacará hagamos lo que hagamos, pero aún así debemos tomar precauciones y entre ellas las dos principales son usar agua embotellada casi hasta para ducharnos, y huir como alma que lleva el diario de toda comida que no ofrezca unas mínimas garantías, al menos para nuestros occidentales y pusilánimes ojos. De todas formas, no creo que eso les suponga un excesivo sentimiento de pérdida: si visitan algún mercado de comida de los que se encuentran por las calles cairotas, con la comida (¡incluso pescado!) expuesto a la ferocidad de los más de 40 grados a la sombra encima de una mesa de madera sin siquiera acompañarla de un poco de hielo... A uno no se le abre el apetito, la verdad.

Y ya como cierre, lo que nos queda por disfrutar: Japón (vea los mejores hoteles de Japón a los mejores precios) y sus miles de bares de sushi (soy un apasionado del sushi), de los que todo el mundo habla cuando vuelve de allí y que hemos visto en los documentales de viajes cuando hablan de el Tsukiji, el mercado mayorista de pescado de Tokio, junto al que hay, al parecer, decenas de lugares en los que probar tan exquisito manjar a precios casi de risa.

Espero poder contárselo algún día.
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jueves, 2 de octubre de 2008

Viajes de cine, viajes en el cine

Este martes el suplemento "Viajar" de La Vanguardia publica un interesante y bien escrito artículo sobre destinos viajeros en el cine, es decir, de como en algunas películas se reflejaban determinadas ciudades o paisajes, en ocasiones "engañando" al espectador, como cuando una playa gaditana refleja una supuesta Cuba en una de las últimas de James Bond.

Lamentablemente no les puedo enlazar con el reportaje en cuestión porque ese suplemento no se refleja en la web del periódico barcelonés (o yo no he sido capaz de encontrarlo) pero el tema me ha hecho pensar en cómo el séptimo arte tiene, como en tantos otros aspectos de nuestras vidas, una importante influencia en nuestros viajes.

Ya les hablaba por aquí no hace mucho de un viaje que hice muy influenciado por una película concreta, pero creo que a todos nos ha pasado algo similar alguna vez o, al menos, todos hemos recordado esta o aquella película cuando visitábamos una ciudad, un monumento, un lugar... Incluso hay ciudades que prácticamente nos parecen un escenario cinematográfico o televisivo: Nueva York, Venecia, Roma... todos los que las visitan tienen en su mente una ciudad filmada, lo que en ocasiones puede ser un riesgo para nuestra experiencia viajera: la realidad no siempre supera a la ficción y otras veces es, simplemente, demasiado distinta de la ficción.

La ciudad más cinematográfica que yo he visitado es, sin duda, Nueva York. Además de que Manhattan es probablemente el pedazo de tierra más filmado de todo el mundo el abajo firmante en bastante fan de Woody Allen, así que la Gran Manzana era ya uno de los paisajes habituales de mi mente mucho antes de conocerla.

Afortunadamente, al menos para mí, Nueva York responde a su mito cinéfilo e incluso lo supera, porque todo es tal y como lo hemos visto en las películas: las grandes avenidas, los enormes edificios, Central Park, las aceras llenas de gente, los taxis amarillos, el puente de Brooklyn, el ferry a Staten Island que tomaba Melani Griffith en Armas de Mujer... Incluso la pista de hielo del Rockefeller Center, que yo tuve la oportunidad de ver en su último fin de semana del año y que en tantas películas navideñas hemos visto.


Y, por supuesto, la maravillosa Tiffany de la quinta avenida, que sigue tal cual la dejaron Audrey Hepburn y George Peppard para delicia de turistas, cinéfilos y mitómanos variados.

¿Qué ciudades o lugares de cine os han gustado al conocerlos? ¿Cuáles os han decepcionado? ¿En donde pensáis que una gran película merecería ser rodada? A ver si alguien se anima y comenta...

ACTUALIZACIÓN: Parece que se han puesto de acuerdo, a las pocas horas de publicar este artículo he encontrado uno excelente (bueno hasta en el título: El fantasma de Kim Novak) en El Viajero de El País sobre el San Francisco de esa maravilla hitchcotiana que se llamó Vértigo en todo el mundo y De entre los muertos en España y que, como bien cuenta el reportaje, es un ejemplo perfecto de cómo el cine crea, cambia o refuerza un destino turístico. Por cierto, los que no hayan visto la película ya están tardando, como supongo que los que no conocemos San Francisco ya estamos tardando...
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sábado, 27 de septiembre de 2008

Adiós al Yankee Stadium

Esta semana se ha cerrado definitivamente el viejo Yankee Stadium de Nueva York, uno de los lugares con más tradición de la ciudad y, probablemente, uno de los que más está en la memoria sentimental, si me permiten la cursilada, de miles de neoyorquinos.

Era, además, una de las visitas turísticas típicas de la Gran Manzana: muchos de los que visitaban la ciudad pasaban por el viejo campo del Bronx para ver al menos un partido del equipo de béisbol más famoso del mundo, los New York Yankees. Así que el cambio de sede del equipo y la demolición del viejo campo es algo así como si en Madrid se demoliese el Bernabeu o la Plaza de las Ventas (casi más el primero que la segunda).

Por supuesto, yo también visité el viejo Yankee Stadium cuando estuve en Nueva York: en una "excursión" organizada por la academia en la que estudiaba fuimos a ver un partido de la temporada regular, contra no recuerdo qué equipo. El encuentro en sí me pareció una de las cosas más aburridas que he visto en mi vida, la verdad es que el béisbol no es lo mío, pero sí que me resultó muy interesante todo lo que había a su alrededor, es decir, observar lo que se entiende por un espectáculo deportivo en Estados Unidos y lo diferente que resulta a cómo lo entendemos en Europa o, al menos, en España.

La cosa empezaba ya antes de entrar al recinto y el ritual pasaba por tomarse una cerveza y comer algo de deliciosa comida basura en uno de los muchos y abarrotados chiringuitos (llamarlos restaurantes sería un exceso de generosidad) decorados con una abundante y variada parafernalia de béisbol y en los que los aficionados comentaban como iba la temporada y lo que esperaban para el choque que empezaba en un ratito.

Tras esto se cruzaba la calle y se entraba al estadio, para lo que había que sortear no pocos vendedores que ofrecían poco menos que de todo: comida, gorras, globos, banderas... entre ellos me encontré a un hombre de aspecto bastante peculiar que vendía pins de la bandera americana, según él, para los veteranos. Desde luego él tenía toda la pinta que tienen los veteranos en las películas, así que pensé que en el peor de los casos (si se quedaba él la pasta) no me mentía del todo y me gasté un dólar en un pin que todavía conservo.

Un vez dentro del campo lo primero que me llamó la atención fue el tema del himno: antes de empezar el partido se canta el himno nacional con todo (y cuando digo todo es TODO) el público puesto en pie y los jugadores poco menos que firmes en sus lugares en el campo. Y es que los estadounidenses tienen una relación muy diferente con sus símbolos nacionales: la bandera, el himno, el ejército...

Pero lo más sorprendente para mi fue comprobar como al estadio se iba (y supongo que al nuevo se irá), sobre todo, a comer: bolsas enormes de palomitas, bandejas descomunales de perritos, patatas fritas y cualquier cosa que puedan ustedes imaginarse que sea susceptible de ser consumida en ese entorno. Y no crean que la gente se compraba una cosa o varias de una tacada y punto: los viajes a los puestos bajo la grada o las llamadas a los vendedores eran continuos, una vez que empezaban no dejaban de comer hasta la última carrera.

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Otra cosa que me resultó curiosa fue el juego entre los espectadores y el marcador: como el béisbol es un deporte con más tiempos muertos que momentos de juego la gente se tenía que entretener con algo, así que bailaba, cantaba y hacía el mono para aparecer en la enorme pantalla, en algo que era así como un concurso de popularidad.

El partido se hizo muy largo, tremendamente largo, pero por lo menos acabó bien: los Yankees ganaron por dos carreras a una y volví para casa un poco harto de béisbol y pensando que esa sería la última vez que visitaría ese estadio.

Efectivamente, así ha sido.
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jueves, 25 de septiembre de 2008

Edificios que impresionan... y enamoran

Nadie (excepto los estudiantes de arquitectura, supongo) piensa que viaja para ver edificios, pero las construcciones de diferentes tipos suponen una parte importante del atractivo turístico de muchos de nuestros viajes y son también buena parte de nuestros recuerdos. Y no me refiero a los edificios como contenedores (los museos, por ejemplo) sino por sí mismos, ya estemos hablando de templos del pasado o de rascacielos del futuro, desde las Pirámides hasta la Torres Petronas pasando por iglesias, mezquitas, castillos y también, por qué no, museos.

Me pongo a pensar en edificios y uno de los primeros que viene a mi memoria es la impresionante Mezquita Azul de Estambul, cuya belleza y armonía exteriores no preludian la deslumbrante magnificencia de su interior, la amplitud de la enorme sala, la luminosidad, la delicadeza de la decoración. Aun recuerdo el shock que sufrí cuando traspasé el umbral y levanté la mirada.

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Una de las razones por las que puede impresionarte un edificio es su tamaño: eso es probablemente en lo primero que piensa uno cuando entra en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la mayor iglesia del mundo y, probablemente, también uno de los mayores templos de cualquier religión. San Pedro no es especialmente bella, hay otras iglesias en Roma que me gustaron más como Il Gesu o San Juan de Letrán, por citar dos; sin embargo lo excepcional de las proporciones de la basílica vaticana hace que irremediablemente nos quedemos sin aliento, más aún si subimos a la tremenda cúpula y disfrutamos desde allí de una de las mejores panorámicas de la Ciudad Eterna.

También el tamaño es una de las claves de la admiración que sentimos por las Pirámides de Giza, pero a ella se une, al menos en mi caso, la especial percepción del tiempo que se tiene ante un monumento que tiene 4.000 años, que era antiguo cuando fue contemplado por César, Marco Antonio y Cleopatra, que era antiquísimo cuando Napoleón pasó por allí con su ejército... Recuerdo que el día que las visité aparcamos el pequeño autobús al pie de la Keops y al bajar la enorme mole de piedra (hay que tener en cuenta que no sólo es alta, sino también grande, una auténtica colina) me dejó poco menos que clavado en el sitio, eran muchas toneladas de piedra y muchos siglos, que también pesan lo suyo.

En otras ocasiones no sólo nos impresiona el edificio en sí, sino también lo que podemos ver desde él. El caso más llamativo al respecto que yo he vivido es, como no, el Empire State Building en Nueva York, que yo esperaba llamativo más que nada por su altura pero que me pareció una preciosa torre con un toque art - decó y neoyorquino maravilloso, pero que además ofrece una vista impresionante de Manhattan, uno de los lugares más especiales del mundo.

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En España hay muchos edificios que impresionan y enamoran, como ejemplo de ellos podemos hablar de la Catedral de Santiago de Compostela, que además está en una de las plazas más bellas del mundo. Recuerdo una anécdota curiosa relacionada con esta increíble iglesia: en una cumbre internacional que se celebraba en la ciudad gallega (no recuerdo ahora a santo de qué) estaban invitados mandatarios y dirigentes de todo el mundo. Uno de ellos era Mijaíl Gorbachov, un señor que algo había viajado y que vivía en una chozita como el Kremlin. Pues bien, al salir del enorme coche oficial recuerdo el gesto de sorpresa del líder soviético, que contempló la fachada del Obradoiro con un gesto similar al que habría hecho, creo yo, de ver un OVNI en mitad de la plaza con hombrecillos verdes y todo.

Pero no sólo los edificios grandes o altos nos impresionan y nos enamoran, también caemos fascinados ante la encantadora pobreza del prerrománico asturiano, frente a la delicadeza sublime de los palacios y los jardines de la Alhambra, con el maravilloso modernismo de la Casa Batlló de Gaudí o con la belleza barroca de San Carlos de las Cuatro Fuentes, la pequeña iglesia de Roma de la que se decía que cabría en uno de los pilares de San Pedro.

Y es que el tamaño no siempre importa.
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domingo, 14 de septiembre de 2008

Recorrer un país en helicóptero

No todo el mundo tiene la posibilidad de cruzar un país prácticamente entero en un medio de transporte tan espectacular como el helicóptero y para ello hay dos razones obvias: los ciudadanos comunes no solemos utilizar los helicópteros como medio de transporte (aunque se están empezando a popularizar como vehículo para ciertas excursiones turísticas de alto nivel) y normalmente un país no es tan pequeño como para poder cruzarlo en un rato en cualquier cosa que no sea un avión.

Aunque no fue una excursión esencialmente turística, yo sí tuve la oportunidad de atravesar un país de norte a sur en la cabina de un helicóptero, sentado a la izquierda del piloto. Ese país, pequeño en tamaño pero grande en muchos otros sentidos, fue Israel, y el vuelo me llevó desde un punto al norte de Tel Aviv hasta las cercanías de Gaza, concretamente a las afueras de la ciudad israelí de Sderot, uno de los blancos habituales de los cohetes Kassam lanzados desde la franja a territorio israelí.

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El motivo principal del viaje era conocer desde el aire el trazado de la Valla de Seguridad que separa Israel de los terriotorios palestinos de Cisjordania, lo cual resulto bastante interesante de por sí, pero lo mejor fue sobrevolar Jerusalén, una experiencia con no pocas resonancias bíblicas y que, desde luego, resulta difícil de olvidar.

Al llegar a sus cercanías tras superar las alturas de Judea, la ciudad se extendía a nuestros pies cubriendo la diferentes colinas y, a lo lejos, empezaba a apreciarse el abigarramiento de la Ciudad Vieja tras las murallas; sólo un poco más allá el oro de la Cúpula de la Roca nos recordaba que estábamos cerca de uno de los lugares más deseados, fotografiados y admirados del mundo. El helicóptero no sobrevoló la explanada del templo, supongo que eso era algo que podría resultar problemático dadas las circunstancias en las que vive Jerusalén, pero sí nos permitió contemplarla bien desde una distancia relativamente cercana, mientras nuestro guía, que llevaba ya un buen rato dándonos detalles sobre la Valla y describiéndonos su curso, guardaba un respetuoso silencio.

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Como ya les he contado en alguna ocasión en este blog, hay lugares que mueven al respeto aunque no tengamos una conexión personal con ellos por nuestro nacimiento o nuestras creencias, Jerusalén es sin duda uno de ellos y la explanada del templo es, probablemente, el punto desde el que buena parte de ese respeto irradia (y su cara más reconocible desde el aire), así que verla desde unos cientos de metros arriba fue, como les decía, toda una experiencia y un privilegio de esos que tratas de valorar (y saborear) incluso en el mismo momento en el que está ocurriendo.

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Obviamente, con la contemplación de un lugar tan especial como Jerusalén habíamos alcanzado el clímax del viaje y el resto, que siguió siendo interesante, no tuvo la misma intensidad. No obstante, todavía nos aguardaba una curiosa anécdota: el lugar elegido para aterrizar era, ni más ni menos, que el helipuerto particular del que fuera primer ministro Ariel Sharon, junto a su espléndida (pero tampoco particularmente deslumbrante) villa particular en las cercanías de Sderot. Por aquel entonces, por cierto, Sharon ya estaba gravemente enfermo en un hospital.

Desde allí, y ya por medios más habituales, visitamos algunos lugares interesantes en las cercanías de Gaza y en un momento de no poca importancia, pero eso ya se lo contaré otro día...

PD.: Desgraciadamente, la luz no era la más adecuada para obtener buenas fotografías de Jerusalén, lo que unido a la falta de costumbre, los cristales de la cabina y mi propia impericia en una situación tan poco usual hicieron que las fotos que saqué desde las alturas no resultasen especialmente satisfactorias y, desde luego, no puedan ser más que un pálido reflejo de lo sentí y vi aquel día. No obstante, le he dejado algunas de ellas.
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domingo, 7 de septiembre de 2008

Personajes de mis viajes: el barbero de Haría

Haría es un pequeño pueblo en el norte de Lanzarote, en el interior de la isla, en un valle que es conocido como "el de las mil palmeras" por la obvia presencia de muchos de estos árboles, que lo convierten en un pequeño e insular Elche con acento canario.

Haría no es espectacular, no es uno de esos paisajes que nos impresionan y estremecen como la no tan lejana Timanfaya, pero sí tiene algo de la belleza de esos lugares en los que la naturaleza y el hombre conviven con una armonía especial.

El pueblo tiene un casco urbano algo disperso de casas bajas encaladas y con puertas y ventanas de madera pintada en verde. En el centro, su plaza es algo peculiar, ya que más que una plaza es como una ancha calle peatonal en la que han plantado una pequeña iglesia de un estilo un tanto indefinible y que parece relativamente reciente. Lo mejor de la plaza son los tremendos árboles de casi cien años que le dan una sombra tan densa como fresca en la que los jubilados pasan las horas y los días.

Justo cuando dejaba la plaza un hombre me llamaba con gestos y aspavientos varios desde la puerta de una casona vieja, una puerta que se partía por la mitad y le permitía apoyarse de forma que desde allí oteaba con total comodidad el pasar de la gente por ese punto, uno de los más concurridos del pueblo.

Atendiendo a la apremiante llamada entré en la casona descubriendo que se trataba de un edificio bastante peculiar: su interior era una única habitación rectangular, no demasiado grande pero muy alta pues llegaba al techo, sustentado por unas vigas de madera de aspecto no demasiado nuevo. Más o menos en el centro de la destartalada estancia un sillón de peluquería de los de antes, rodeado todavía de los pelos del último corte, y con un espejo viejo enfrente.

Y en el centro nuestro personaje, indicándome, de nuevo por medio de gestos, las copas que había en varios lugares de la habitación y los recortes de periódico en los que se le ve, mucho más joven, practicando la lucha canaria. Le pregunto su nombre y entonces dice, de nuevo por gestos, que es sordomudo, momento en el que lo único que puedo pensar es "vaya situación". No me siento capaz de desarrollar una conversación, pero se me ocurre pedirle permiso a mi anfitrión para sacarle una foto a lo que éste accede visiblemente encantado, se coloca junto al sillón posando como un auténtico profesional y, tratando de captar en mi encuadre lo más que pueda de la barbería, le saco esta foto:

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Cuando se la enseñé le gustó bastante y a mí también me gustó, sobre todo cuando más tarde la vi en el ordenador a un tamaño mayor. Tengo pendiente mandarle una copia para que la cuelgue de la pared, como otro de sus trofeos.

Después de la foto le di las gracias con un cálido apretón de manos y me marché con la sensación de que había conocido a todo un personaje que, lamentablemente, no podía contarme su historia aunque, al menos, creo que algo de esa historia que yo tampoco sé contarles está en la foto.
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jueves, 28 de agosto de 2008

Andar por el tejado de una catedral

No sé si se puede hacer en otros lugares del mundo, aunque supongo que no es demasiado común, desde luego, la única vez que he andado por el tejado de una catedral fue en el impresionante Duomo de Milán, un día nublado de hace ya demasiados años, en lo que fue mi primer viaje a Italia.

Había ido a la ciudad lombarda por motivos laborales pero conseguí reservarme día y medio, más o menos, para hacer un poco de turismo. La verdad es que eso no daba para mucho pero tampoco Milán es una ciudad italiana al uso, de esas que no se agotan en una semana de monumentos y visitas, así que en esas pocas horas sí tuve tiempo a ver lo más importante. Con una excepción: tras varios lustros cerrada al público por un complejo proceso de restauración no pude ver la Santa Cena de Leonardo Da Vinci... por adelantarme siete tristes días a la inauguración oficial.

Sí que pude ver el Castelo Sforzesco, las Galerías de Vittorio Emmanuelle y, por supuesto, la enorme catedral. Il Duomo milanés es un edificio peculiar en muchos sentidos: tiene un tamaño absolutamente descomunal (es una de las iglesias más grandes del mundo), un estilo arquitectónico tan personal como inconfundible y tardó casi 600 años en construirse, lo que probablemente constituya un récord dentro de las grandes catedrales europeas.

De mi visita, que como les digo fue hace ya demasiados años, recuerdo un interior bastante oscuro (era un día muy nublado y las vidrieras dejaban pasar poco más que un hilo de luz) que excepto por su enormidad y su altura no me llamó demasiado la atención, pero no puedo decir lo mismo de la excursión a las alturas que disfruté por el exterior.



No sé si había ascensor pero yo elegí unas tortuosas escaleras, un esfuerzo que se vio compensado más que de sobra al llegar a la cima. La Catedral es muy alta (su aguja central supera los 100 metros) así que desde su tejado se divisaba todo Milan. Lo mejor era, no obstante, el fantástico espectáculo de las decenas de estilizadas agujas que se elevan, con estatuas en su punto más alto, como desafiando desde las alturas a toda la ciudad.

Por otra parte, al rato de contemplarlas uno comprendía que las agujas y sus estatuas en realidad no se enfrentaban a la ciudad sino que hablaban con ella, con los edificios altos y modernos como el "Pirellone", o con los no tan altos y no tan modernos que ocupan la mayor parte de la ciudad y que permiten que, desde los casi cien metros del techo de la catedral, sentir el poder que representaba (y quizá aún represente) la mole de mármol que, paradójicamente, tenemos bajo nuestros pies.

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sábado, 28 de junio de 2008

El Muro de las Lamentaciones

Casi sin darme cuenta se me ha pasado el aniversario de mi visita a Israel en junio del 2007, sin duda uno de los viajes más interesantes que he hecho en mi vida. Un año después los recuerdos van perdiendo nitidez y se amontonan en un orden algo más confuso pero que tiene su propio sentido: aquellas cosas que más nos impresionaron o nos gustaron quedan más cerca de la superficie y más frescas, mientras lo que menos nos gustó o nos llamó la atención va deslizándose hacia el fondo.

Así, una "cata geológica" en nuestra memoria nos proporciona una clara medida de los sitios, las ciudades o los monumentos que más impacto han tenido en nosotros, aunque quizá en el momento de verlos no nos pareció que fuese así. En la superficie de mi memoria de Israel hay todavía muchas cosas (diría que, al menos, toda Jerusalén, al cabo fue sólo hace un año) pero si hay un lugar que recuerdo intensamente es el Muro de las Lamentaciones.

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Pese a que no soy creyente los lugares o los momentos profundamente relacionados con alguna fe religiosa suelen transmitirme una fuerza especial, supongo que la que desprende la fe de las personas que allí están y sí creen, sea en lo que sea. Esto me sucedió en Roma, tanto en San Pedro como en las Catacumbas y, por supuesto, en el Jerusalén de los Santos Lugares y del Muro de las Lamentaciones.

Como ven, además suele tratarse de sitios que, más allá de su significación religiosa, tienen una historia que tampoco es pequeña, algo que sin duda contribuye al encantamiento. Más aún en el caso del Muro, que podríamos decir que es el centro simbólico de un estado, una nación y un pueblo que se extiende por toda la tierra, ojos de todo el mundo lo miran sintiéndolo como algo suyo, central en su ser.

Toda esa fuerza está allí, esperándonos, si en nuestra visita sabemos buscarla o, casi diría, aceptarla.

A los pies del Muro

El Muro está dividido en dos zonas, una para hombres y otra, algo más reducida, para mujeres. Cualquiera puede visitarlo, sea judío, cristiano, musulmán, hindú o ateo, lo único que se te pide es que cubras tu cabeza con una kipá. Excepto si llegas allí en Sabbat está permitido hacer fotos y la gente no planteará ningún problema (siempre que se guarden las mínimas distancias y respetos, claro) por aparecer en tus imágenes.

Hay dos "rituales del visitante" que debe usted conocer (cumplirlos o no queda, por supuesto, a su elección): uno, el más conocido, consiste en escribir un deseo en un pequeño pedazo de papel, doblarlo lo más posible y dejarlo en una de las grietas entre las enormes rocas que forman la pared, repletas ya de los cientos de deseos que los visitantes dejan día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año. Me surgió la duda, allí junto a la gran pared de piedra, de si alguien tendrá como tarea encomendada retirar de las repletas grietas los papelitos cada cierto tiempo.

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El segundo ritual nos lo recomendó nuestro guía y era colocar las palmas de nuestras manos en la piedra y, según las palabras del propio Offer, "sentir su energía". Lo hice a pesar de que no creo mucho en las "energías" y he de confesar que sí sentí algo al tocar uno de los grandes sillares, que todavía estaba caliente tras el sol de todo un día. Por supuesto, no sé decirles qué era lo que sentía, pero les invito a que lo prueben ustedes mismos si algún día tienen la oportunidad.

Las personas

El Muro es simplemente eso, un Muro; muy antiguo, sí; con un profundo significado, desde luego; pero de no ser por los fieles que rezan a sus pies sería poco más que una colección de piedras y podría llegar a ser decepcionante desde el egoísta punto de vista del viajero aficionado a la fotografía. Pero los fieles hacen de él un sitio mágico.

Lo primero que me llamó la atención del lugar fue la variedad de indumentarias, aunque la mayor parte de nosotros no lo sabemos hay montones de pequeñas sectas judías con un código de vestimenta muy estricto y que es notablemente diferente de unas a otras. En una tarde de viernes, es decir, esperando la llegada del Sabbat, todas parecían haberse dado cita junto al Muro.

Esa variedad se extiende también a la forma en la que se reza: los hay que lo hacen en grupo ya que, según algunos, cuanta más gente reza al mismo tiempo más "fuerza" tiene su oración; los hay que entonan sonoros cánticos en un incomprensible hebreo mientras que otros musitan rápidas frases en un tono apenas audible; algunos necesitan que su contacto espiritual con el Muro se traduzca en un contacto también físico, y rezan literalmente pegados a los sillares, a otros les basta con sentarse o arrodillarse a unos centímetros y, por último, también hay quienes parecen sentir que ya es suficiente con estar de allí y que la cosa no irá de unos palmos.

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Y a disposición de todos sillas, mesas, reclinatorios, infinitos ejemplares de la Torá y todo un gran Muro en el que rezar.

La llegada el Sabbat

Una de las secciones del muro discurre bajo tierra, en una peculiar galería que algunos eligen como el mejor lugar para sus oraciones y que, además, está llena de estanterías de vieja madera repletas de libros. Fue una de las partes que más me llamó la atención del lugar, no sabría explicarles muy bien la razón, quizá porque al estar a cubierto le daba a sitio tan esencialmente público una apariencia algo más íntima, algo más privada y, desde luego, algo más fresca.

Justo salía de allí cuando las sirenas empezaron a sonar por toda Jerusalén y, por supuesto, en la explanada junto al muro. No había motivo para la preocupación, a pesar de que esas o parecidas sirenas han sonado tantas veces en esa ciudad para anunciar problemas, en este caso sólo nos indicaban que, por fin, había llegado el Sabbat. A partir de ese momento guardé mi cámara de fotos y seguí contemplando como los fieles judíos rezaban aún con mayor fervor y cómo la satisfacción de recibir junto al muro el día sagrado se reflejaba en su rostro.

Poco después nos alejamos del Muro junto con la gran marea de gente que marchaba a sus hogares a preparar su cena del Sabbat. Nosotros también íbamos a tener nuestra propia cena sabática y, aunque la vivíamos de una forma más lejana, después de haber estado en un sitio tan especial también tuvo un sabor diferente, y las oraciones que se rezaron para nosotros y que, por supuesto, no entendimos, nos reconfortaron de alguna manera.
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