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domingo, 4 de abril de 2010

Un pequeño recorrido por Palencia: románico y mucho más

Como ya sabrán quienes escuchen Estamos de fin de semana, o hayan pasado por aquí hace unas semanas, estuve hace mes y medio por tierras palentinas, en una agradable excursión familiar en la que nos dejamos bastantes cosas por ver (la verdad es que el tiempo no acompañó) pero en la que, a cambio, vimos otras muchas.

San Salvador de Cantamuda bajo la nieve


Fue un recorrido de sur a norte en el que disfrutamos tanto de la naturaleza como de la arquitectura, especialmente del renombrado románico palentino, que tiene una más que justificada fama. Lo mejor fue, de todas formas, descubrir las muchas cosas que ver que tiene una provincia que creo que es de las menos conocidas de España: estoy convencido de que, si hiciésemos la prueba, no demasiados españoles sabrían situarla en el mapa.

Para empezar está la diversidad de paisajes que nos encontramos, desde los sobrios campos castellanos de la parte sur de la provincia o de la zona del Camino de Santiago, rotos aquí y allá por la línea verde del Canal de Castilla; hasta la belleza rotunda de la montaña, abundante en bosque, nieves y verde.

Paisaje con chimenea


Y por supuesto, un impresionante legado arquitectónico, con alguna de las iglesias más hermosas del España, con el propio Canal de Castilla y sus compuertas (aunque eso sea más ingeniería que arquitectura), con los preciosos ejemplos de románico perdidos por los pueblos…

La cosa da incluso para varios viajes por zonas e intereses, porque les aseguro que un fin de semana se queda corto para conocerlo todo. Así, se pueden plantear un recorrido de un par de días por el románico del Camino de Santiago, con centro en Carrión de los Condes y parada imprescindible en Frómista; otro con más naturaleza por la montaña palentina para el que Cervera del Pisuerga sería una buena base de operaciones; y, solapándose con éste, otro más alrededor del románico en esta parte norte en el que recorreríamos la zona entre la propia Cervera y Aguilar del Campoo.

Esculturas de altar de San Martín de Tours, en Frómista


Si a esto le sumamos un paisaje maravilloso, una gastronomía más que notable y algunos alojamientos tan peculiares e interesantes como el Parador de Cervera, no podemos más que aconsejarles que vayan preparando las maletas y descubran, por fin, todo lo que hay en esa provincia que tan difícil es de encontrar en los mapas.

MÁS: FOTOGRAFÍAS TOMADAS DURANTE EL VIAJE

San Martín de Tours, en Frómista.
Otras iglesias de Palencia.
Paisajes de Palencia.
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domingo, 7 de marzo de 2010

Mis fotos: Paisajes de Palencia

No he tenido tiempo de escribir nada todavía sobre el viaje a la provincia de Palencia que hicimos hace un par de semanas, del que ya hablamos, eso sí, en el Estamos de fin semana correspondiente.

Mientras escribimos algo y tratamos el resto de fotos hechas (todavía queda mucha iglesia por ahí, os dejo un set con las fotos de paisajes que hice en esos tres días.


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domingo, 14 de febrero de 2010

Las Hoces del Duratón y el peligro de estar tan cerca

Estuve hace unos días dando una pequeña vuelta por las Hoces del Duratón, el típico sitio del que le han hablado a uno miles de veces y que no visitamos de tan cerca que está: a poco más de 100 kilómetros de Madrid uno piensa que siempre habrá tiempo de acercarse.

pared5


Finalmente, “obligado” por los compromisos de Estamos de fin de semana no pude postergar más el viaje y me arrepentí… de no haber ido antes.

Y es que las Hoces del Duratón no son sólo un lugar muy bello, fácil de visitar, que nos ofrece un espectáculo natural imponente y un privilegiado observatorio de aves rapaces, sino que además están rodeadas de pueblos más que interesantes como Sepúlveda, justo al lado, o Pedraza, un poco más allá pero muy cerca.

Nuestra visita a las Hoces fue un poco menos detallada de lo que me habría gustado, pero ese es el peaje que hay que pagar por viajar con una pequeña de tres años, un peaje que se ve recompensado, eso sí, por la maravilla con que los niños disfrutan, aunque sea unos pocos segundos, de cualquier cosa.

El caso es, y esto sí me parece importante señalarlo, que las Hoces resultan un muy buen lugar al que ir con los pequeños de la casa: la Senda de los dos ríos, una de las que sale de Sepúlveda, tiene un recorrido de longitud razonable (unos cinco kilómetros), sin dificultades ni peligros muy destacables más allá de algún tramo en el que hay que ir de la mano y con cuidado; además, nos ofrece algunas panorámicas preciosas de los cañones y nos acerca a la fauna salvaje del lugar, o al menos a una impresionante colonia de buitres leonados que pueblan las paredes de la hoz y cuyo vuelo, sólo unos pocos metros por encima de nuestras cabezas, es un espectáculo capaz de mantenerte hipnotizado y con el cuello tieso incluso en un frío y ventoso día de invierno.

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Y luego, por supuesto, a reponer las fuerzas con una buena comida y muy especialmente con el cordero de la zona, no voy a decir que famoso en el mundo entero porque quizá no lo sea, pero tengan por seguro que debería serlo.

Sepúlveda tiene buenas opciones para disfrutar de esta deliciosa carne y si alguien quiere ir un poquito más lejos, sólo un poquito, puede acercarse a la Posada del Duratón, en Sebúlcor, de la que hablamos en Estamos de fin de semana (incluso sorteamos una estancia romántica para éste San Valentín) y que es una excelente opción para comer y dormir de la que hablaré más detenidamente más adelante.

En definitiva, una zona excelente para una excursión de fin de semana, muy cerca de Madrid y con muchos atractivos y muchas posibilidades, así que no sean tan tontos como yo: no dejen de ir por estar tan cerca.


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martes, 3 de noviembre de 2009

Las Salinas de Imón: sorpresa blanca en pleno campo castellano

Hace unas semanas estuve dando un paseo por tierras de Guadalajara para preparar una de mis intervenciones en Estamos de fin de semana. Ya conocía Sigüenza, que fue el principal protagonista del reportaje radiofónico, pero me llevé un par de agradabilísimas sorpresas en sus alrededores y una de ellas fueron las Salinas de Imón, un singular lugar en mitad de un paisaje muy castellano en el que la sal pone una inesperada nota blanca.

reflejo1

Se trata de un lugar muy antiguo o que, al menos, se explota desde hace muchos siglos: los romanos fueron los primeros en aprovechar las virtudes del Río Salado que, como cabría esperar por su nombre, es el que da origen a este peculiar paisaje o, más exactamente, el que ha permitido al hombre crearlo.

Además, desde entonces en Imón ha venido obteniéndose sal hasta hace bien poco y, de hecho, en los últimos dos o tres años se vuelven a explotar en parte, aunque en cantidades muchísimo más modestas que en sus mejores momentos, por ejemplo cuando gracias al diezmo de estas Salinas pudo levantarse un edificio tan notable como la catedral de Sigüenza.

El visitante atento percibirá ambas cosas: la importancia que tuvieron las salinas en su momento (sólo hay que fijarse en el imponente tamaño que tienen) y su completa decadencia que es, desde mi punto de vista, una parte de su romántico encanto: todo tiene una sensación de semi-abandono ruinoso que, junto con la soledad que suele respirarse (lo más se cruza uno con un par de curiosos aquí y otro allá) le confieren un aire muy especial.

almacen1

Un ambiente al que contribuyen y no poco los viejos almacenes, que también impactan por su tamaño, o las curiosas construcciones circulares en mitad de las salinas, unos y otros prácticamente derruidos pero dando todavía una impresión bastante certera de la importancia que debería tener el lugar y la cantidad de gente que debería trabajar allí.

Hay algo en todas estas ruinas que transmite también una indefinible sensación de abandono precipitado, no sé por qué, pero las viejas maquinarias de madera corroída por la sal me daban la sensación de haber sido abandonadas de forma súbita, como por sorpresa, como si ellas mismas esperasen ponerse de nuevo en marcha de un momento a otro… desde hace decenas de años.

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Por supuesto, todo esto enmarcado en un paisaje blanco que nos llama poderosamente la atención, probablemente porque no estamos acostumbrados a encontrarnos lugares similares en el interior y menos aún en mitad de los áridos campos castellanos, aunque la verdad es que no es algo tan infrecuente como podríamos pensar.

Un paisaje, por cierto, con grandes posibilidades fotográficas que lamentablemente no pude exprimir por falta de tiempo (siempre con la maldita prisa) pero que resultaba muy estimulante, tanto abriendo el foco y mostrando lo extraño del pequeño mar de sal en su entorno, como cerrándolo para centrarse en la propia sal y en las formas caprichosas que puede llegar a tomar.

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Todo eso, claro, con mucho cuidado para sobreponerse a la locura que tanto blanco y tanto brillo causarán en el fotómetro de nuestra cámara.

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Mis fotos de las Salinas de Imón
Otro reportaje sobre el lugar
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lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Un tren a casi 2.000 metros de altura? Sí… ¡Y al lado de Madrid!

Parece que últimamente me ha dado por los trenes turísticos, lástima que el presupuesto no me de para saltar del Orient Express al Transiberiano y de éste al Transcanadiense, así que me tengo que conformar con los modestos pero encantadores trenecitos que hacen viajes turísticos por los alrededores de Madrid.

Así, si hace algún tiempo les hablaba del Tren de la Fresa hoy lo que toca es el de la Naturaleza, que es como llaman ahora al que toda la vida ha sido el tren de Cotos, así, con la t en minúscula.

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Se trata de una vieja línea de ferrocarril (se empezó a construir en 1918), que sube por la sierra madrileña hasta una altura importante: nada más y nada menos que los 1.830 metros del Puerto de Cotos y, además, después de haber pasado todavía un poco más arriba por el Puerto de Navacerrada.

Ya por los felices 20 era un tren turístico: fue promovido por un grupo de excursionistas, cuando los madrileños estaban descubriendo la maravilla que tenían tan cerca y cuando “ir al monte” se estaba empezado a convertir en una actividad habitual y deseable para domingueros y deportistas capitalinos.

Luego, durante muchos años el tren dejaba a sus viajeros a tiro de piedra de la estación de Valdesquí, así que se llenaba de esquiadores; una vez cerradas las pistas por las exigencias ecológicas (ahora la zona es parte del Parque Natural de Peñalara) los vagones se llenan (no mucho) de excursionistas que van a este enclave natural.

El viaje es interesante desde varios puntos de vista: para los simples turistas es una excelente oportunidad de apreciar el impresionante paisaje de la sierra; los aficionados a los trenes, que no son pocos, disfrutarán de una línea muy peculiar, con algunas características técnicas que al parecer son prácticamente únicas en nuestro país y con un aire a cosa de otra época y un encanto muy difíciles de encontrar.

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El viaje se inicia, por cierto, en la estación de Cercedilla, una localidad de la sierra de Madrid bastante curiosa que, además, la estrecha vía atraviesa en algo que se inicia casi más como un viaje en tranvía que en tren. En cuanto sale de Cercedilla el tren se mete en el denso bosque de pinos de la Sierra de Guadarrama y va subiendo atándose a la ladera de la montaña con una curvas por las que los viejos vagones pasan despacito y chirriando como un auténtico poseso.

En el primer tramo la subida nos lleva hasta el Puerto de Navacerrada, dejando lo más interesante del paisaje a la derecha, según el sentido de la marcha: primero los valles por los que la sierra se va domando y acercando a Madrid, luego las montañas que van creciendo cubiertas de pinos y más tarde incluso alguno de los altos más conocidos de la zona: los Siete Picos, la Bola del Mundo…

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Una vez que superamos la coqueta estación del Puerto de Navacerrada un túnel bastante largo (aunque puede ser que lo crucemos muy despacio) nos lleva a la otra ladera de la montaña, la más fresca umbría ya en la provincia de Segovia.

Entonces haremos bien en cambiar de sitio y colocarnos a la izquierda en el sentido de la marcha, con lo que podremos disfrutar, siempre y cuando el espeso pinar nos lo permita, de las no menos impresionantes vistas y de los enormes bosques que parecen no tener fin. De todas formas, el placer no es sólo por el paisaje: la cercanía de los árboles, el aroma del bosque, la pureza del aire y lo lento de la marcha hacen que más que ir en tren parezca que estemos de paseo.

Y para los que no tengan bastante con el tren, no olviden que al llevar a Cotos pueden empezar algunas de las mejores excursiones a pie de la sierra madrileña, incluyendo algunas como la subida a Peñalara o, un poco menos dura, el ascenso a sus lagunas.

Eso sí, hay que hacerlas rápido que luego el tren de vuelta no estará esperándonos siempre.


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Vea mis fotos del Tren de Cotos en Flickr.
La página de la línea en la Wikipedia
.
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viernes, 28 de agosto de 2009

Un lugar en el que la naturaleza y el hombre se dan la mano: el puerto de Beniarrés

Descubro casi por casualidad que la próxima Vuelta a España va a pasar por el Puerto de Beniarrés, un pequeño paso de montaña que une las provincias de Alicante y Valencia y que tiene, creo yo, una belleza particular, espectacular pero al mismo tiempo algo casera, ese tipo de belleza propia de los paisajes que han construido en armonía el hombre y naturaleza.

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Se trata de un puerto que he recorrido en infinidad de ocasiones y en todas y cada una de ellas lo he contemplado y disfrutado, casi diría saboreado. La última fue hace unos días y además lo hice a pie (no completo, pero sí buena parte) teniendo la oportunidad de detenerme en los detalles y de hacer unas cuantas fotografías.

El puerto destaca por dos elementos: el primero la presencia de la Peña de Benicadell, una bellísima montaña coronada por dos enormes murallones de piedra que crean una cresta rocosa realmente impresionante cuando se llega a su pie o a su cumbre, y que nos ofrece vistas magníficas cuando la contemplamos desde la propia carretera.

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Se da la circunstancia curiosa de que Benicadell tiene un pequeño pero importante papel en la historia, o si me apuran dos: el primero por una cueva, la Cova de l’Or (Cueva del Oro) que es uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de la Comunidad Valenciana e incluso de España, ya que era uno de los primeros lugares en los que se habían encontrado pruebas de una incipiente agricultura y, por lo tanto, es considerado una de las puertas del Neolítico en la península.

Y la segunda cita con la historia la tuvo cuando en sus laderas había un castillo (del que no se conservan restos, al menos que yo sepa) que servía como una de sus bases al mismísimo Cid Campeador, e incluso aparece citada en el Cantar del Mio Cid, si bien con el nombre de Peña Cadiella:

Alegre era el Çid & todas sus compannas
que Dios le ayudara & fiziera esta arrancada.
Davan sus corredores & fazíen las trasnochadas,
legan a Gujera & legan a Xátiva,
aun más ayusso a Deyna la casa;
cabo del mar tierra de moros firme la quebranta,
ganaron Penna Cadiella las exidas & las entradas.

La zona fue tomada por el Cid en su conquista de Valencia y después por el rey Jaime I, pero todavía conserva multitud de nombres de origen y resonancia árabe: la propia Benicadell, Beniarrés, Benimarfull, Almudaina, Alcoy, Albaida…

Pero volviendo al puerto, no se crean que he olvidado el segundo de sus encantos: las laderas, divididas en pequeños bancales que las escalonan desde las cimas de las colinas hasta lo profundo de los barrancos. Es tierra de minifundio y hay bancales en los que se ha peleado con la tierra para plantar tan sólo dos o tres olivos.

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El terreno se ha aprovechado al máximo y cada ganancia se protege de la fuerza del viento y, sobre todo, de las lluvias, que pueden llegar a ser torrenciales en la zona. Así, cada bancal, con su pequeño grupo de olivos, está terminado con un margen (traduzco así del valenciano “marge”, aunque no estoy seguro de que se le dé el mismo significado en castellano) que es un muro de piedras de un color gris que se torna azulado a según qué horas y según qué días, colocadas simplemente una encima de otra sobre el borde del campo sin unión ni argamasa alguna, pero con un arte y una sabiduría que los hace capaces de retener a la tierra en su lugar antinatural.

Tan compleja y necesaria era esa labor que ser “margenero” era todo un oficio del que se podía vivir, aunque hace ya unos años que murió el último "margenero" y ahora, poco a poco, los márgenes se van quebrando aquí y allá, y la tierra se desgarra ladera abajo como por una herida.

También se va abandonando el campo, pues ya casi ni el muy sufrido olivo es lo suficientemente rentable, así que supongo que en unos años la naturaleza irá retomando su terreno y, como pasa en lo altos de las sierras que en su día también fueran tierra de labor, el paisaje escalonado del Puerto de Beniarrés se irá perdiendo.

Será una lástima pero al menos nos quedarán la Peña… y el recuerdo.

PD.: Toda la vida se le ha llamado a éste lugar Puerto de Salem (nombre que por cierto le da cierta resonancia a brujería), pero en la web de la Vuelta se le ha puesto Puerto de Beniarrés y, además, sí encuentro por internet referencias con ese nombre y no con el otro. Explicado esto, que no se me enfaden los de Salem.

Y no dejen de ver mis fotos del Puerto de Beniarrés en Flickr.
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lunes, 27 de abril de 2009

Las playas no son para el verano

Aquellos que lean con cierta asiduidad este blog sabrán que, por decirlo de alguna forma, soy un tanto “rarito” en mis preferencias viajeras; así que tampoco les extrañará tanto que les diga que me gustan las playas, sí, pero no en verano.

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Les cuento esto porque, por motivos que poco o nada han tenido que ver con el turismo, este fin de semana he estado en la playa de Gandía, y he de decir que en estos días fuera de temporada, resulta un lugar muy interesante, relajante, con un toque de agradable abandono, sin los agobios y los amontonamientos propios del verano.

Así, aun sin poder bañarse, tienes la sensación de que todo el mar está a tu disposición, y paseas por la arena prácticamente sólo, viendo corretear libremente a tu niña (caso de tenerla) sin tener que preocuparte de que llene de arena a alguna osada vieja en topless o de que pase por encima del castillo de arena de otro pequeñín.

Además, también están confortablemente vacías y desiertas las pequeñas ciudades (algunas no tan pequeñas) que se han construido alrededor de las playas, con sus edificios altos de apartamentos, sus locales de venta de bikinis, sus restaurantes de bufet libre y sus diversas atracciones para los turistas (que no es lo mismo que atracciones turísticas).

No hay muchos bares y restaurantes abiertos, pero suelen ser los mejores, aquellos que no viven sólo de la avalancha veraniega y, además, hay sitio para comer, cenar o, simplemente, tomar una cerveza o un café frente al mar.

Por supuesto reina un silencio agradable, casi mágico, que no pueden romper los pocos coches y que permite que el sonido de las olas meza nuestro sueño como si durmiésemos a diez metros del mar. No hay cuadrillas de borrachos, ni tuneros con el subhúfer a toda mecha que nos sobresalten en plena noche o en la hora sagrada de la siesta, ni hay karaokes o terrazas musicales y, por no haber, ni siquiera está la mujer que llama a gritos a Jéeeeeeesssssiiiiicaaaaaaaa.

Ya sé que por todo esto se paga un precio que para algunos es alto, casi insoportable: no puedes bañarte en el mar (o, al menos, tienes que ser un auténtico valiente para hacerlo) y tampoco suele ser el momento propicio para tostarse al sol. Ambas son actividades respetables e incluso puedo llegar a practicar la primera en determinados momentos (la segunda jamás), pero he de decirles que en la mayoría de las ocasiones eso no me compensa por los agobios, los ruidos y los calores de la playa veraniega.

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Por último, sólo en esas circunstancias es posible sacar fotos decentes del mar, sin la marea humana que impide ver otra cosa que un amontonamiento de sombrillas y cuerpos sudorosos. Y sobre los cuerpos, no se engañen, aunque nos pueda parecer lo contrario porque tendemos a autoengañarnos las garotas de Ipanema (o los garotos, ustedes ya me entienden) son una minoría en un ambiente fofo, peludo y celulítico.

Así que al final, si es sólo por eso, tampoco vale la pena.
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viernes, 10 de abril de 2009

En el corazón de la naturaleza virgen, en Muniellos

Me doy cuenta hoy de que se me ha pasado el aniversario de la segunda etapa de este blog, que renació de sus cenizas el seis de abril del 2008. También sirve el aniversario para percatarme no sin cierta sorpresa de que en estas 52 semanas y casi 130 artículos (no son tantos como me gustaría pero no está mal del todo) no he hablado ni una sola vez de Asturias, que es una de mis regiones favoritas de España.

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He estado dos veces en el Principado, una con sólo 14 años o así, en uno de mis primeros viajes turísticos de verdad; la segunda mucho más tarde ya con mi mujer. Aunque no sea demasiado lógico en ambas realicé un trayecto muy similar, un poco por recordar aquel primer viaje al que me une mucha nostalgia, un poco porque mi mujer viese todo aquello que a mí me había gustado tanto y también, supongo, por cerciorarme de que todo seguía más o menos como lo habíamos dejado casi dos décadas antes.

Hubo, eso sí, una adición al programa que fue visitar la Muniellos, un rincón de naturaleza prácticamente virgen en la montaña asturiana. Muniellos es una Reserva de la Biosfera de la ONU desde el año 2000, por lo que para visitarlo hay que pedir cita con antelación y sólo se permite el paso de 20 personas cada día.

Aunque en un principio no habíamos tenido plaza, hubo suerte y se produjo alguna cancelación que nos permitió estar en la lista. Una buena fortuna que luego se transformó en mala, ya que el día antes me puse un poco enfermo con algo de fiebre y el mismo día el viaje se convirtió en una larga tortura a través de carreteras en obras y puertos con espesa niebla.

Así que entre unas cosas y otras llegamos a Muniellos con menos tiempo del que nos habría gustado y en un estado físico mejorable. A pesar de ello nos pusimos a andar en cuanto pudimos y muy pronto nos encontramos entre el espeso bosque de robles que abarrota los valles que forman la Reserva.

Era un día gris y húmedo, aunque no llovía, y el bosque parecía respirar de esa humedad y exhalarla en forma de un vapor que nos envolvía y nos empapaba como antes había empapado todo a nuestro alrededor: troncos, musgos, rocas, hojas y plantas.

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Nunca he visto una frondosidad como la Muniellos, entre los hermosos robles crecía un sinfín de plantas, arbustos, musgos, helechos… Nosotros estamos más acostumbrados a la sequedad del pinar mediterráneo, así que aquello nos parecía más una selva que, además, se extendía montaña tras montaña y valle tras valle. Una selva que nada tiene que ver con el bosque prefabricado y un tanto artificial de las repoblaciones, esas hileras de árboles ordenados que en Muniellos habían dado paso al azar necesario del que surge la naturaleza.

Sabíamos, aunque por supuesto no los vimos, que en esas espesuras se mueven el oso pardo, el lobo, el jabalí y muchos otros animales salvajes y casi diría que míticos. Pero no se trata tanto de verlos como de tener la certeza de que eres tú el que se está adentrando en su territorio, de que, en cierta forma, las tornas han cambiado, eres el intruso.

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Nuestro paseo, acortado por el cansancio y por la posibilidad de quedarnos sin luz para la vuelta (y por la mucha carretera que teníamos por delante hasta Somiedo) sólo nos llevó hasta una plataforma rocosa que había que cruzar ayudándose por unas cuerdas allí instaladas y que nos ofrecía una vista más amplia de la inmensidad verde que nos rodeaba.

Una inmensidad que nos habría gustado seguir explorando, ir mucho más lejos en el verde en el interior de la naturaleza y sintiéndonos, en lugar de ratas de ciudad, como un explorador de Conrad que se adentra en el oscuro y húmedo corazón de la selva.

Pero, ay, teníamos que volver.
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martes, 24 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (y II)

Tras este primer contacto con la gran Herradura Canadiense que les contaba ayer, nos decidimos a cruzar la frontera para conocer el lado americano, así que allá fuimos, a pie y bajo el frío, y tras sortear a los no excesivamente amables policías americanos volvimos a los Estados Unidos (por cierto, esto me hace pensar que he entrado a pie en ese país, lo que no deja de ser curioso para un español).

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Es llamativo, por cierto, que los dos lados de la frontera responden a lo opuesto que muchos esperarían de ellos: la parte americana destaca por su entorno mucho mejor conservado, con un parque delicioso salido de los lápices expertos de Olmsted y Vaux, los creadores del Central Park de NYC y que abanderaron una cruzada para restaurar y preservar las cataratas.

La parte canadiense es la que tiene los grandes hoteles, los casinos y un pueblo que en algunas de sus calles parecía salido de uno de esos telefilmes ambientados en la américa profunda de Nebraska o Arkansas.

La catarata americana se divide en realidad en dos, ya que una de sus partes es una tercera caída de agua independiente llamada el "Velo de la novia". Sin dejar de ser impresionantes, no tienen la altura ni el caudal de la canadiense, pero a cambio se pueden ver algo mejor ya que hay miradores, especialmente la llamada Isla de la Luna, completamente en el borde y con el agua rodeándote por ambos lados.

También desde el lado americano hay unas vistas impresionanes de la catarata de Canadá y, sobre todo, la posibilidad de tomar algunas fotos en las que aparezcan las dos grandes corrientes de agua. Y los cinéfilos recordarán escenas aun más míticas que las de Superman 2: nada más y nada menos que Marilyn Monroe como una turista de luna de miel en las cataratas. Las rojas escaleras de la americana eran escenario de algunas inolvidables escenas de Niagara.

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En nuestro segundo día, y ya con algo menos de frío, nos decidimos a tomar el Maid of the Mist, el pequeño barco que lleva a los turistas casi al pie de la catarata canadiense. Salió el sol por fin (el día anterior había sido tremendamente gris y fotográficamente fustrante) pero la magnitud del espectáculo natural y la cantidad de agua que azota los pequeños barquitos impidieron que lograse un registro fotográfico muy interesante.

Además, llegados a ese punto me di cuenta de que era uno de esos pocos momentos en los que uno debe decidirse a dejar la cámara a un lado y disfrutar de lo que nos rodea sin más.

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Unas notas sobre Niagara Falls, CA

Una de las cosas que más me sorprendió del viaje fue el pequeño pueblo que está junto a las cataratas en el lado canadiense, que se llama Niagara Falls, como su vecino del otro lado de la frontera. Como ya he dicho, me pareció que este lugar era, pese a no estar en los Estados Unidos, lo más inequívocamente americano que he visto en mi vida.

Además de lo directamente relacionado con las cataratas, de los hoteles y de los grandes restaurante Niagara Falls tiene para los turistas un curioso lugar llamado Clifton Hill: una calle con todo el entretenimiento en cartón piedra que una familia americana puede desear, con salones de juegos y lugares de tanto interés como el mini golf del Parque de los Dinosaurios, el Museo de Cera de las Estrellas, el Salón de la Fama de la WWF, la Fábrica de las Pesadillas... todo con un punto un tanto cutre y muy muy yanqui.

El resto del pueblo era también llamativo: tras el decorado de los grandes hoteles, las atracciones y Clifton Hill se escondía una peculiar realidad de calles anchas y un tanto sucias, moteles pequeños que parecían pensados para el crimen o el adulterio (o quién sabe si para ambos), casas más bien pobres y, curiosamente, muchas tiendas de tabaco en las que se vendían puros cubanos, para que luego nos hablen de lo terrible que es el embargo...

Pero también ese recorrido por detrás del decorado vale la pena y es parte del interés de una visita que las cataratas justifican más que de sobra y que, si tienen la oportunidad, no deben perderse. Eso sí, vayan en la época que vayan, no olviden llevarse ropa de abrigo.

Más información

Web de Niagara Falls, Canada
Las cataratas en la wikipedia, en inglés y en español.

Y no dejen de leer la primera parte de este artículo.
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lunes, 23 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (I)

Como muchos de ustedes sabrán Niágara es una palabra de los indios iroqueses que significa "trueno de agua"; todavía más recordarán que ese es el nombre de un río americano cuya longitud, sólo 56 kilómetros, es inversamente proporcional a su fama; por último, muy pocos de los que lean este artículo se enterarán gracias él de que las Cataratas del Niágara son el salto de agua más famoso de los Estados Unidos.

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Un servidor las visitó hace unos años, cuando andaba por Nueva York, haciendo en días de diario el clásico viaje de fin de semana que hacen muchas parejas americanas, es decir, ida y vuelta en dos días con una noche en alguno de los espléndidos hoteles de la zona.

Para ello tomamos un avión desde la Gran Manzana hasta Buffalo, la ciudad al norte del estado desde la que, ya en taxi y acompañados por un sospechosísimo ciudadano que pidio parar antes de la frontera, llegamos a Niágara Falls, en el lado canadiense, que es donde están todos los grandes hoteles, entre ellos el Hilton en el que teníamos reservada una habitación con jacuzzi y vistas a los dos grandes saltos de agua (que tiempos aquellos).

Visitamos las cataratas sobrecogidos por la belleza de esa descomunal manifestación de la naturaleza, pero también ateridos por un frío indescriptible que nos pilló en el atuendo primaveral adecuado para esas fechas en España (eran los primeros días de mayo) pero que pronto se nos reveló como verdaderamente poco apropiado para el lugar, concretamente cuando desde la habitación del hotel vimos caer los primeros copos de nieve.

No es que se tratase de una nevada espectacular, sólo unos pocos copos en varias ocasiones a lo largo del día, pero eso les dará una idea de la temperatura con la que teníamos que circular por la zona. Y por si no han caído en la cuenta llamo su atención sobre un hecho de singular importancia en aquellas circunstancias: cuando uno visita unas cataratas acaba mojándose o sí o sí.

Conocer las Cataratas del Niágara implica varias excursiones imprescindibles: por supuesto acercarse al borde de la inmensa Herradura, la más grande y hermosa de las tres, que casi podemos tocar con los dedos desde el amplio paseo en la zona canadiense que muchos de ustedes recordarán de la película Superman 2: allí es donde el héroe salva a un niño que está haciendo el memo en la barandilla y al final se cae.

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También es posible ver la catarata "desde dentro" gracias a una red de túneles que nos lleva justo tras la inmensa cortina de agua donde, completamente empapados y poco menos que ensordecidos por el fragor de los millones de metros cúbicos que caen cada segundo, pasamos de la admiración a algo más parecido al miedo o, al menos, a un respeto temeroso que nos aleja prudentemente del borde.

Más abajo, al pie mismo de la catarata, salir al exterior se convierte casi en una tarea heroica (y con aquel frío más todavía) pues la violencia del agua nos empuja, literalmente, con una agresividad que no parece posible mantener durante todo el día todos los días del año.

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En este punto la visita se convierte en algo en lo que el sentido que menos interviene es la vista, superada por el oído en el que nos atrona el agua y por el tacto, con el líquido elemento empapándonos de la cabeza a los pies y, sobre todo, helándonos hasta los mismísimos huesos.

Y como este post se está alargando ya demasiado y me quedan todavía muchas cosas que contarles lo he dividido en dos partes. Ya pueden leer la segunda entrega.
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sábado, 31 de enero de 2009

Masada o la trágica historia de Israel

No todos los países del mundo pueden presumir de tener una historia tan larga y densa como Israel y en pocos lugares ésta se hace tan palpable como en Masada, la formidable fortaleza en mitad del desierto en la que los últimos rebeldes hebreos resistieron al invasor romano en un episodio muy similar (y con el mismo trágico final) a la Numancia española.

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En una nación formalmente nueva y necesitada de referentes heroicos esa historia, y también la innegable belleza del lugar, han hecho de Masada uno de los referentes turísticos actuales del país hebreo y, en definitiva, uno de esos sitios que no debe dejar de visitar si viaja a Tierra Santa. Pero no crean es es sólo una excursión a un sitio curioso: Masada fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la ONU en el año 2001, y esa es una distinción que sólo 8 lugares de Israel tienen.

Además, el visitante que tenga la suerte de conocer Masada podrá completar su día con un baño en uno de los mares más conocidos y peculiares del mundo, famoso a pesar de que su tamaño es tan pequeño que hasta podríamos poner en duda que llamarle mar se lo más adecuado; no obstante, ese es su nombre y así se le conoce: el Mar Muerto, con sus aguas salinas y sus baños de barro.

Llegar hasta Masada solo le costará un par de horas desde Jerusalén por una carretera que en su tramo final le ofrecerá unas vistas espléndidas del Mar Muerto y del impresionante desierto de Judea. También pasarán junto Qumrán, un secarral olvidado de Dios hasta que en 1947 se hizo en unas cuevas uno de los hallazgos arqueológicos más notables del pasado siglo: los rollos, o manuscritos, del Mar Muerto.

Poco después nos encontraremos a los pies de Masada y, probablemente, sentiremos parte de la desazón que debió sentir el gobernador romano Lucio Flavio Silva cuando comprobó la dificultad de la tarea que tenía pendiente. No en vano hasta el nombre de Masada viene de la palabra hebrea que significa fortaleza y la propia montaña tiene la imponente apariencia de un enorme castillo en el que la muralla es un acantilado de varios cientos de metros de altura.

La subida es tan escarpada y difícil que se optó por una solución un tanto radical para que los turistas pudiesen llegar a la cima, ya que los dos pequeños caminos que serpenteaban ladera arriba eran muy peligrosos; ahora, mucho más seguros e infinitamente más descansados se llega a la cumbre en un espectacular teléferico con grandes y confortables cabinas que ofrecen, además, espectaculares vistas durante el ascenso.

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La historia de Masada


La fortaleza en el desierto de Judea fue construida por la dinastía asmodea del reino de Israel, aproximadamente 100 años antes de Jesucristo, pero fue el rey Herodes el que la convirtió en un refugio de gran importancia, construyendo un imponente palacio en uno de sus lados. Herodes no se sentía muy seguro en Jerusalén y pensó que un lugar como la montaña junto al Mar Muerto podría ofrecerle esa seguridad en caso de tener algún problema

El capítulo más conocido de la historia de Masada comienza años después de la muerte de Herodes, cuando un grupo de rebeldes judíos de la secta de los Sicarios vio en la fortaleza el lugar ideal para resistir el empuje de la represión romana a la rebelión que había empezado un tiempo antes. Lejos de dejarles tranquilos las legiones romanas los siguieron y los sometieron a un cruel asedio de años.

Cuando las tropas de Roma estaban a punto de tomar la fortaleza, para lo que habían necesitado construir una rampa de unos cien metros de altura, los rebeldes judíos decidieron elegir una "muerte honrosa" a una vida de esclavitud y se mataron unos a otros hasta que no quedó prácticamente ni un sólo superviviente.

Los restos de esa rampa, como los de los campamentos de las legiones que cercaban la fortaleza, todavía se pueden ver hoy en día:

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Más información:

Masada en la Wikipedia.
Página del Gobierno de Israel.
Los Manuscritos del Mar Muerto en la Wikipedia.

Más fotos:
Pueden ver más imágenes de Masada como un pase de diapositivas en mi espacio en Flickr.
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lunes, 8 de diciembre de 2008

Paisajes del mundo a donde viajar







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martes, 16 de septiembre de 2008

De Nueva York al Amish County o del S XXI al XVIII en 300 kilómetros

Muchos de mis lectores ya sabrán que Nueva York fue el destino del viaje más largo de mi vida (y seguramente el más hermoso) puesto que pasé dos meses en la Gran Manzana hace ya unos años, demasiados. Les contaré más cosas de aquellas maravillosas semanas (y algo pueden leer entre los primeros artículos de este blog) pero hoy quiero hablarles de uno de los pocos días que pasé fuera de la gran ciudad, cuando fui a Pensilvania a conocer el Amish County, una de las zonas de los Estados Unidos en los que hay un número significativo de miembros de esa curiosa rama de los menonitas que saltó a la fama mundial con Único testigo.

No voy a engañarles, el recuerdo de esa película (una de mis favoritas durante mi infancia y adolescencia) era una de las razones que me impulsaron a elegir ese destino, pues la zona que pensaba visitar era, precisamente, donde se había rodado buena parte de ella. Los otros motivos eran más prosaicos, por así decirlo: se encuentra a una distancia razonable de Nueva York para una excursión de un día y, desde luego, tiene ingredientes de sobra para ser interesante.

Así que embarqué en el proyecto a un par de compañeras de la academia de inglés a la que asistía (sobre todo para que el alquiler de un coche no me resultase tan caro) y allá que fuimos un peculiar grupo compuesto por una coreana, una encantadora chica suiza y su novio de nombre Rafael (lo recuerdo por lo extraño que resultaba en un suizo y lo sorprendente que era pronunciado por su pareja) y un servidor de ustedes.

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Por supuesto, lo más peculiar del Amish County y lo que lo ha hecho un destino turístico de cierta relevancia es contemplar a los miembros de esta secta, que como ustedes sabrán tienen un modo de vida que se ha quedado anclado dos o tres siglos atrás: reniegan de inventos "modernos" como la electricidad o los motores, viven en granjas trabajando el campo, se desplazan en carros tirados por caballos...

Todo esto les ha hecho ser una pequeña atracción, en la mayor parte de las ocasiones para su disgusto, pero desde luego resulta extremadamente chocante contemplarlos, sobre todo porque los amish no viven aislados en una zona, sino que sus granjas están situadas entre pueblos en los que vive gente "normal", si me permiten el uso de esa palabra para que podamos entendernos, así que sus peculiares costumbres, su particular forma de vivir la vida, transcurre entre personas cuyo modo de vida es completamente normal, entre coches tiendas y camiones como los que todos estamos acostumbrados a ver. No es que llegados al Amih County entremos en un mundo que es como el de hace dos o trescientos años, sino que en Pensilvania conviven, con aparente naturalidad y desde luego bien mezclados, el S XVIII y el XX.

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Así, vemos como en los semáforos un enorme camión de brillantes colores espera detrás de un pequeño carruaje tirado por un caballo, o unos campos arados con un tractor preceden a otros en los que un hombre sólo labra la tierra con la fuerza de un arado tirado también por un animal; las tiendas tienen Coca Cola y Pringels y en los tenderetes que algunos amish ponen en sus granjas ofrecen una extraña Root Beer (con bastante más de root que de beer) y unas deliciosas patatas fritas absolutamente caseras.

La gente era educada y amable, muy diferente al estandar neoyorquino (no es que los de Nueva York no sean amables, pero es otro tipo de trato), recuerdo, por ejemplo, a una mujer mayor que nos sirvio una sabrosa comida en un restaurante local, con un uniforme de camarera que parecia más apropiado para alguien treinta años más joven pero con una simpatía sincera y algo pueblerina, francamente encantadora, entrañable.

Este espectáculo humano, por así decirlo, es como les digo la atracción principal, pero a mí me gustó mucho el paisaje, ese paisaje que se entreveía en Único testigo y que me pareció de una belleza muy peculiar, casi tan poco común como los propios amish. El campo era una un terreno básicamente plano pero coronado por suaves colinas de campos de labranza en cuya cima solía encontrarse la granja amish: grandes casas de madera con un granero cercano. En las vaguadas entre colinas pequeños riachuelos de aguas cristalinas y rodeados de vegetación marcaban líneas verdes que rompían la monotonía y, de alguna forma, refrescaban el conjunto.

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Era un paisaje tranquilo, humano, que transmitía una inequívoca sensación de paz (supongo que más fuerte aun por el contraste con Nueva York), y que recorríamos por estrechas carreteritas con ligera capa de asfalto, más que suficiente, supongo, para los carruajes con los que nos cruzábamos cada cierto tiempo.

PD.: Una de las normas de los amish que más problemas les causa es que no pueden hacer ni dejarse hacer fotografías, como persona educada que soy respeté ese principio y por eso no puedo ofrecerles ninguna imagen con ellos; como les decía hace un par de artículos, hay ocasiones en las que debemos sabar guardar la cámara.
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miércoles, 6 de agosto de 2008

Timanfaya (I): cuando el infierno es un paraíso para los ojos

Una pareja de amigos están pasando una semana de vacaciones en Lanzarote (casualmente, en el mismo hotel que nosotros) y, aunque en principio su plan es sobre todo relajarse y descansar, el otro día me pedían consejo sobre qué lugares de la isla visitar.

- Si sólo vais a un sitio - les dije sin pensármelo un segundo - que sea a Timanfaya.

Casi toda la isla de Lanzarote es hermosa, y las partes que no resultan interesantes, pero sin duda Timanfaya es algo especial, es un lugar único y tan excepcional y hermoso que sólo por él valdría la pena un viaje desde la península.

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Como muchos de ustedes sabrán, Timanfaya es el resultado de una serie de violentísimas erupciones volcánicas que arrasaron buena parte (aproximadamente un tercio) de Lanzarote hace casi 300 años. Concretamente, la actividad volcánica empezó el 1 de septiembre de 1730, y se prologó casi ininterrumpidamente durante la friolera de seis años. Aquellas erupciones (y las posteriores en 1824) cambiaron para siempre el paisaje de la isla y, aunque entonces significaron la ruina, el hambre y la necesidad de emigrar para muchos conejeros, pues la lava arrasó la parte más fértil de la isla, hoy suponen, paradojas de la vida, un tesoro turístico impagable.

La necesidad de conservar ese tesoro hace que la excursión al Parque Nacional sea algo peculiar: tras un primer trayecto que debe hacerse en coche todos los visitantes suben a un autobús con el que se hace un circuito de algo más de media hora por uno de los caminos del parque. Está terminantemente prohibido bajarse del autocar (algo que, además, el conductor no permitiría) y todo lo más a lo que se puede aspirar es a que el conductor se detenga unos instantes para que podamos hacer una fotografía con la cámara pegada al cristal para tratar de eliminar los reflejos.

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A pesar de ese formato tan encorsetado la visita es sobrecogedora y, además, yo tuve la fortuna de obtener un permiso especial que me permitió visitar el parque con la compañía de un guía y con la posibilidad de bajar del coche cuando lo desease. Así, madrugando bastante para adelantarnos a los autobuses de los turistas y tratando de tener una luz adecuada para las fotos (cosa no del todo lograda "gracias" a la famosa calima) recorrí parte de Timanfaya con la lentitud y la tranquilidad que merece, rodeado por un silencio espectacular y sintiendo lo excepcional del momento que tenía la suerte de vivir.

Caminando sólo por Timanfaya uno tiene la sensación de estar en otro planeta, de encontrarse en un lugar en el que uno mismo y cualquier otra presencia humana es un mero accidente transitorio. La desolación te rodea y es una desolación dura, oscura, agresiva; las formas y los colores de la lava, omnipresente, parecen asaltarte y no te sientes abandonado en la inmensidad como en un desierto, sino rodeado por una inmensidad que está en contra tuya. Y como en el desierto ocurre con la arena, parece que nada podrá nunca enfrentarse al dominio de la lava.

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Otra particularidad de Timanfaya es que, pese a que hace menos de 300 años que ese paisaje se ha creado, inmersos en él tenemos la sensación de enfrentarnos a algo de hace milenios, supongo que porque consciente o inconscientemente relacionamos la lava y lo volcánico con algo primitivo, primigenio. O quizá sea por que un paisaje así nos conecta con lo más profundo de nuestro planeta, o por que nos hace sentir la fragilidad de todo lo que nos parece seguro y que una noche, como contaba Andrés Lorenzo Curbelo, el cura de Yaiza, puede ser tragado, literalmente, por la Tierra:

El 1º de Septiembre (de 1730) entre las nueve y diez de la noche la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diez y nueve días. Pocos días después un nuevo abismo se formó y un torrente de lava se precipitó sobre Timanfaya, sobre Rodeo y sobre una parte de Mancha Blanca. La lava se extendió sobre los lugares hacia el Norte, al principio con tanta rapidez como el agua, pero bien pronto su velocidad se aminoró y no corría más que como la miel. Pero el 7 de septiembre una roca considerable se levantó del seno de la tierra con un ruido parecido al del trueno, y por su presión forzó la lava, que desde el principio se dirigía hacia el Norte a cambiar de camino y dirigirse hacia el NW y WNW. La masa de lava llegó y destruyó en un instante los lugares de Maretas y de Santa Catalina, situados en el Valle. El 11 de Septiembre la erupción se renovó con más fuerza, y la lava comenzó a correr. De Santa Catalina se precipitó sobre Mazo, incendió y cubrió toda esta aldea y siguió su camino hasta el mar, corriendo seis días seguidos con un ruido espantoso y formando verdaderas cataratas. Una gran cantidad de peces muertos sobrenadaban en la superficie del mar, viniendo a morir a la orilla. Bien pronto todo se calmó, y la erupción pareció haber cesado completamente.

Y toda esta belleza es el fruto de aquel infierno y aquella desolación; y todo aquel infierno es ahora un paraíso para nuestra atónita mirada.
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viernes, 8 de julio de 2005

Desde el tren, la Mancha

El paisaje manchego se extiende ante mis ojos a la otra parte de la ventanilla del tren mientras me acerco a esa ciudad en medio de la nada que es Albacete, camino de esa otra ciudad, ésta en medio de sí misma, que es Madrid.

A principios del mes de julio y con la pertinaz sequía azotándonos de forma inmisericorde la Mancha es un inmenso secarral en el que, una vez cosechado el trigo, parece que nada será capaz de crecer de nuevo, excepción hecha de las cuatro malas hierbas que se refugian en la sombra de los pocos árboles que, aquí y allá, tratan sin demasiado éxito de romper la monotonía del paisaje, de la que acaban siendo sólo una parte más.

No suele ser el paisaje quijotesco de la mancha muy del agrado de la gente, que tiende a considerar sus grandes planicies requemadas por el sol como una extensión inhóspita, un tanto inhumana si se me permite la palabra quizá excesiva. A mí, por el contrario, si que me gustan estas llanuras ocre y tierra que hoy veo desde el tren y que he atravesado tantas veces con el coche.

Me gustan porque, en su desolación, tienen algo de arte abstracto espontáneamente creado por el trabajo en común del hombre y de la naturaleza. Mi mirada se desliza suavemente por los inmensos campos como por un Rotko, siguiendo las líneas que han marcado el arado y las ruedas del tractor, posándose un instante en ese pino o en aquella carrasca de apariencia centenaria y a la que el agricultor ha sacrificado unos metros de su valiosa tierra que no siembra, supongo que siendo compensado por la refrescante sombra, de inapreciable valor en la planicie desnuda e implacablemente golpeada por los rayos del sol.

De vez en cuando el paisaje entero se sobresalta con la aparición de un elemento que rompe su monótono orden: un pequeño grupo de pinos, una carretera, un camino que parece dirigido inequívocamente a ninguna parte, un par de enormes silos para el grano o una antigua casa de labriegos. La mayoría de ellas están hoy deshabitadas y sus muros se comban en formas imposibles que sustentan como por milagro sus techos de teja que, en otro tiempo, protegían a los inquilinos menos de la escasa lluvia que del imponente sol. Hoy las tejas y las vigas han cedido a la presión de los años y el abandono y veo desde el tren enormes agujeros que parecen provocados por un obús o un meteorito, pero que en realidad son resultado de algo con un poder de destrucción infinitamente mayor: el final de un modo de vida, desbaratado y desmoronado como las propias casas por los cambios, las comodidades y, paradójicamente, la riqueza.
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viernes, 4 de febrero de 2005

Santa Tecla

Cuando era muy pequeño un amigo veraniego tenía una inmensa casa en el pueblo con cuatro plantas llenas de habitaciones y de gente en las que pasábamos tardes enteras buscando entretenimiento. Estábamos en el pueblo pero no por eso dejábamos de ser niños de ciudad, así que nunca fuimos demasiado callejeros y nos recorrimos todos los juegos de mesa habidos y por haber, que por cierto en aquella casa eran tan abundantes como las habitaciones.

Entre ellos había uno que se llamaba algo así como “Viajemos por España” y cuya dinámica no recuerdo bien. Me acuerdo mejor de su tablero que era un mapa de la península Ibérica con un montón de sitios y ciudades turísticas por los que debíamos transitar de acuerdo a determinadas reglas y con ciertos fines que, desde luego, soy incapaz de recordar.

Lo que sí puedo recordar claramente es uno de los sitios turísticos del tablero, quizá porque era de los que no resultaba conveniente que te tocasen (estaba a trasmano de todo), quizá porque me llamó la atención su nombre, quizá por que coincidía con el de una notaría en Gandía por cuya puerta pasaba mucho… Fuese por lo que fuese el caso es que cuando viajé a Galicia por primera vez y mi madre me comentó que le habían recomendado ir a Santa Tecla me vino a la mente el dibujo del tablero y pensé que sí, que no podía perdérmelo.

Así que por esas llamativas no-razones me vi un día en la cumbre de Santa Tecla, con el Atlántico a mis pies por un lado y la maravillosa desembocadura del Miño por el otro. Y es que Santa Tecla no es otra cosa de una pequeña montaña embutida en un escaso pedazo de tierra entre el océano y el río, junto a la localidad de La Guardia, y que nos ofrece unas vistas sin duda de las mejores de Galicia.

Para llegar allí hay que pasar por La Guardia, desde donde sólo debemos dejarnos guiar por las indicaciones, luego dejaremos el coche en un aparcamiento junto a un espectacular castro celta a mitad de subida, ya que hacer parte de la subida a pie nos permitirá disfrutar mejor de las vistas y, en la parte superior cabe la posibilidad de que no encontremos sitio para aparcar.

Después del esfuerzo (la cuesta no está nada mal) se sentirá sobradamente recompensado por el panorama que se abre ante sus ojos y por el permanente viento que le regala el atlántico, fuerte, frío, vivificante. Tras su encuentro con el viento un café calentito en un bar junto a la cumbre le permitirá subir un poco la temperatura corporal mientras sigue disfrutando del panorama desde sus amplios ventanales.

No piense que al bajar de Santa Tecla se habrá acabado el día: a unos pocos minutos en coche y en la otra parte de la cercana frontera le espera la bellísima localidad portuguesa de Valença, un entramado de intrincadas callejuelas defendidas por varios recintos amurallados y ciertamente espectacular. Desde allí podrán ver la que puede ser la última etapa de su excursión de un día: Tuy, la última española ciudad en el camino del Miño, supongo que por eso nos mentían a medias cuando nos decían que el gran río gallego desembocaba allí, cuando la verdad es que lo hace junto a Santa Tecla.




El río Miño, poco antes de llegar al mar.

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lunes, 15 de noviembre de 2004

La Albufera de Valencia

No suele ser habitual que a muy pocos kilómetros del centro de una ciudad del tamaño de Valencia podamos encontrar un Parque Natural. La histórica laguna de la Albufera, que todos recordamos de las novelas de Blasco Ibáñez (y sobre todo de sus versiones televisivas), rompe esta norma y nos ofrece un poco de naturaleza casi salvaje a tiro de piedra del casco histórico de la ciudad. Aunque muy limitada en su extensión actual, pues se dice que en tiempos de los romanos llegaba hasta Cullera, unos 40 km. al sur, la laguna de la Albufera es todavía un gran lago interior separado del mar por una delgada línea de bosques, dunas y arena, pero que se comunica con éste a través de una serie de brazos. Está situada muy cerca de la ciudad, en dirección al sur, y para llegar hasta ella sólo hay que seguir la carretera a El Saler, muy bien indicada en toda Valencia.

Si tiene usted la suerte de hospedarse en uno de los excelentes hoteles situados en esta lengua de tierra, bien el Parador Nacional bien el Sidi Saler, sólo tendrá que trasladarse un par de minutos en coche para llegar al Centro de Interpretación del Parque, el primer paso más adecuado para una visita turística. Allí le explicarán detalladamente los diferentes ecosistemas que componen el parque e incluso hay espacios habilitados para observar las abundantes colonias de aves que viven o pasan parte del año en las aguas del Albufera.

Sin embargo, la mejor forma de hacerse una idea de lo que es esta hermosa laguna es dar un paseo en barca por ella. Hay varios lugares desde los que se pueden dar estos paseos en las típicas barcas de pescadores de fondo bajo (el lago es poco profundo) en las que, eso si, el motor de gasolina da un inoportuno toque de modernidad que, sin embargo, seguro que su barquero agradece. Desde la barca podrá disfrutar plenamente de la belleza de este parque natural, con sus islas cubiertas de cañas, sus recovecos en los que el paso se estrecha y parece que vamos a quedarnos sin salida, las redes de pesca que dividen en cercos el agua o el amplio espacio central, impresionante cuando uno se encuentra en él y puede darse cuenta del verdadero tamaño de la laguna.

Además de su belleza paisajística, La Albufera nos ofrece el atractivo de su abundante fauna, compuesta sobre todo por distintas especies de aves como grullas, patos, algún martín pescador, garzas... que harán las delicias de los amantes de la naturaleza.

Pero para ver el espectáculo más hermoso que guarda el lago hay que esperar a la tarde. Desde uno de los numerosos miradores situados junto a la carretera de El Saler disfrutamos de una de las mejores puestas de sol que, seguro, podemos ver en España, aunque vivir es probablemente un término más ajustado a la verdad. No se lo pierdan.


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