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domingo, 4 de abril de 2010

Un pequeño recorrido por Palencia: románico y mucho más

Como ya sabrán quienes escuchen Estamos de fin de semana, o hayan pasado por aquí hace unas semanas, estuve hace mes y medio por tierras palentinas, en una agradable excursión familiar en la que nos dejamos bastantes cosas por ver (la verdad es que el tiempo no acompañó) pero en la que, a cambio, vimos otras muchas.

San Salvador de Cantamuda bajo la nieve


Fue un recorrido de sur a norte en el que disfrutamos tanto de la naturaleza como de la arquitectura, especialmente del renombrado románico palentino, que tiene una más que justificada fama. Lo mejor fue, de todas formas, descubrir las muchas cosas que ver que tiene una provincia que creo que es de las menos conocidas de España: estoy convencido de que, si hiciésemos la prueba, no demasiados españoles sabrían situarla en el mapa.

Para empezar está la diversidad de paisajes que nos encontramos, desde los sobrios campos castellanos de la parte sur de la provincia o de la zona del Camino de Santiago, rotos aquí y allá por la línea verde del Canal de Castilla; hasta la belleza rotunda de la montaña, abundante en bosque, nieves y verde.

Paisaje con chimenea


Y por supuesto, un impresionante legado arquitectónico, con alguna de las iglesias más hermosas del España, con el propio Canal de Castilla y sus compuertas (aunque eso sea más ingeniería que arquitectura), con los preciosos ejemplos de románico perdidos por los pueblos…

La cosa da incluso para varios viajes por zonas e intereses, porque les aseguro que un fin de semana se queda corto para conocerlo todo. Así, se pueden plantear un recorrido de un par de días por el románico del Camino de Santiago, con centro en Carrión de los Condes y parada imprescindible en Frómista; otro con más naturaleza por la montaña palentina para el que Cervera del Pisuerga sería una buena base de operaciones; y, solapándose con éste, otro más alrededor del románico en esta parte norte en el que recorreríamos la zona entre la propia Cervera y Aguilar del Campoo.

Esculturas de altar de San Martín de Tours, en Frómista


Si a esto le sumamos un paisaje maravilloso, una gastronomía más que notable y algunos alojamientos tan peculiares e interesantes como el Parador de Cervera, no podemos más que aconsejarles que vayan preparando las maletas y descubran, por fin, todo lo que hay en esa provincia que tan difícil es de encontrar en los mapas.

MÁS: FOTOGRAFÍAS TOMADAS DURANTE EL VIAJE

San Martín de Tours, en Frómista.
Otras iglesias de Palencia.
Paisajes de Palencia.
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domingo, 7 de marzo de 2010

Mis fotos: Paisajes de Palencia

No he tenido tiempo de escribir nada todavía sobre el viaje a la provincia de Palencia que hicimos hace un par de semanas, del que ya hablamos, eso sí, en el Estamos de fin semana correspondiente.

Mientras escribimos algo y tratamos el resto de fotos hechas (todavía queda mucha iglesia por ahí, os dejo un set con las fotos de paisajes que hice en esos tres días.


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martes, 2 de febrero de 2010

De Palas de Rey a Arzúa o la muerte es un cuarto piso

Nuestra tercera etapa del Camino de Santiago fue, con mucho, la más dura de las cinco que hicimos, de hecho la paliza fue de tal calibre que al acabar el día y más muerto que vivo logré enfocarme en un único pensamiento positivo: "Si he superado el día de hoy esto está hecho".

vacas01


Y es que el “paseo” entre estas dos Palas de Rey y Arzúa es de 30 kilómetros de nada, es decir, cuando los días anteriores me sentía morir al final de los 25 que veníamos recorriendo todavía me quedaban otros 5.000 metros de “diversión a gogó”.

Hay que añadir, además, que la etapa no sólo era más dura por su longitud, sino que tenía un perfil mucho más abrupto que las anteriores, es decir, las subidas y las bajadas eran constantes y las piernas sufrían lo suyo, especialmente las rodillas, que me amargaban sobre todo a la hora de descender hasta que, en un rapto de racionalidad y por 12 euros de nada, me compré una rodillera que me alivió bastante y que se convirtió en compañera inseparable el resto del camino.

Lo peor, no obstante, no fue eso sino llegar a Arzúa y descubrir, sobrecogido de espanto y dolor, que la pensionzucha en la que dimos a parar estaba arteramente situada en un cuarto piso sin ascensor: las escenas de James Stewart subiendo el campanario de la misión en Vértigo, una auténtica nadería comparado con lo que pasé yo allí.



Además, tampoco el paisaje durante el día fue tan espectacular como en los anteriores, aunque por supuesto siguió habiendo rincones preciosos y encantadores tramos de bosque en los que, eso sí, el eucalipto empezaba a acaparar por completo el protagonismo frente a los bosques de roble y castaño por los que habíamos pasado antes.

Y aunque me está saliendo el post un tanto quejoso, hay que decir que no todo estuvo tan mal, al menos la comida fue excelente en el ruidoso y un tanto destartalado Mesón Ezequiel de Melide, con un pulpo difícil de olvidar que ingerimos en las cantidades industriales que la ocasión requería.

Además, y para mi placentera sorpresa el dolor que el día anterior me había machacado el tobillo prácticamente desapareció durante esta tercera etapa, pasando a ser sustituido, eso sí, por una tortura generalizada desde los pies hasta el pelo que se agudizaba al descansar un rato y que me hacía dar los primeros pasos tras cada parada al más puro, marcial y heroico estilo Chiquito de la Calzada. Una elegancia british de anuncio de Burberry que ya no abandoné hasta dos o tres días después de acabar.

Por otra parte, el día terminó con las primeras gotas del Camino cayendo justo cuando llegamos a Arzúa, donde nos salvamos del chaparrón por unos minutos. De alguna forma el tiempo nos quiso decir de que ya habíamos andado tres días bajo un sol primaveral y era hora de recordarnos que estábamos en Galicia… y de avisarnos de lo que se nos venía encima en lo que nos quedaba.
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domingo, 27 de diciembre de 2009

La ría de Urdaibai o de cómo la buena vida se vive despacio

Una de las cosas que más me llamó la atención en el viaje que hice semanas atrás a Urdaibai (y del que lamentablemente no he podido contarles nada por aquí hasta ahora) fue el ritmo pausado y bello que la ría imprime a todo el paisaje y, se diría, a la vida de los que la rodean.

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Por supuesto, la ría es hermosa en si misma, un cauce amplio por el que paseamos la mirada con placer, que nos transmite tranquilidad, nos envuelve y al mismo tiempo nos ofrece una perspectiva lejana, un horizonte marino e infinito.

Pero lo mejor es la posibilidad de mirarla durante horas y casi en cada momento encontrar un cambio, bien por la luz del sol, por el rápido camino que recorren las nubes sobre ella o por el incesante juego de las mareas, la cuestión es que poco a poco, de forma imperceptible pero imparable, el paisaje cambia ante nuestros ojos y lo que ahora es una larga lengua de arena bañada por el sol en un rato se convierte en un recodo cubierto de un agua gris que refleja las nubes que la cubren.

Está claro que lo mejor para conocer la ría y paladearla es pasear por ella, pero si nos pilla la marea alta o si vamos, como casi siempre, algo justos de tiempo no será mala cosa que nos acerquemos a algunos miradores privilegiados, como la pequeña isla de Txatxarramendi, una mancha verde en medio del cauce.

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Tiene Txatxarramendi un puente con una valla metálica blanca y farolas a juego, todo en un estilo como de principios del siglo pasado y con un punto decadente. El puente y ese ser isla o no dependiendo del momento de la marea me recordaron a La Toja, de la que sería un versión diminuta pero también encantadora.

Además, también tuvo su hotel lujoso años atrás, al que venían familias de Bilbao y gentes de mal vivir (pero que vivían muy bien) como toreros, futbolistas o boxeadores. Hoy el hotel ya no está (fue derruido décadas atrás) y su lugar ha sido reconquistado por el espeso encinar que es una de las peculiaridades de este y otros rincones de Urdaibai.

Desde Txatxarramendi lo mejor es mirar al norte y disfrutar de la desembocadura de la ría, coronada por la isla de Ízaro que termina de darle un toque especial al limpio y hermoso paisaje.

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Otro lugar privilegiado para disfrutar de la ría es Mundaca, desde el último rincón de su Atalaya (la peculiar "plaza mayor" del pueblo al borde del mar), con la famosa ola a nuestras espaldas y prácticamente toda la larga desembocadura frente a nosotros, con la posibilidad de contemplar, si el día es claro, hasta el límite sur de Urdaibai, marcado por los montes Goroño y Astoaga.

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Allí nace el Oca, el pequeño río que está muriendo junto a nosotros y que, junto con las mareas, el sol, el viento y las nubes, configura el paisaje con el que nuestra mirada se está deleitando.

Y no olviden mirar despacio, sin prisas, que es como se vive (y se disfruta) en Urdaibai.

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Mis fotos de la naturaleza enUrdaibai en Flickr.
Mis fotos de Mundaca, Bermeo y otros pueblos de Urdaibai en Flickr.
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lunes, 7 de diciembre de 2009

Día de niebla de Portomarín a Palas de Rei

Desde el interior del bar en el que nos tomábamos un café y los correspondientes bollos el segundo día de nuestro Camino parecía de lo más amenazante: húmedo, neblinoso y, aparentemente, con la lluvia como una posibilidad cercana.

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Así salimos de Portomarín, un tanto preocupados por lo que podría depararnos la climatología y, justo es decirlo, también con un ojo puesto en mi tobillo (lo que son las cosas, ya no recuerdo si era el derecho o el izquierdo) que venía doliéndome desde la tarde anterior y amenazaba con complicar bastante el camino.

La etapa del día debía de llevarnos desde Portomarín a Palas de Rei (unos 25 kilómetros), además había un punto intermedio de importancia: llegar a Ventas de Narón a eso de las 12 para poder hacer desde allí mi conexión con el Estamos de fin de semana de esRadio.

Íbamos, por tanto, mirando al cielo, a mi pie y con prisa, malos ingredientes todos, aunque muy pronto empezamos a disfrutar del paisaje, pues al poco de salir de Portomarín y justo tras cruzar el Miño nos internamos en uno de los tramos más bonitos de todo el Camino, de hecho, en mi recuerdo se conserva como el más hermoso.

El sendero a seguir tomaba una pronunciada pendiente y se internaba en un bosque de grandes árboles viejos, sobre todo robles y castaños. La niebla era muy espesa y lo cubría todo con una capa de irrealidad; la humedad le daba al verde de hojas, plantas y musgos una intensidad y una saturación poco menos que increíbles.

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El bosque nos envolvía, el paisaje resultaba mágico.

Así estuvimos andando, peleando con la feroz cuesta y con la prisa y parando lo justo para sacar alguna foto y empaparnos de la naturaleza que nos rodeaba.

Unos kilómetros más adelante, más o menos una hora después, fuimos dejando atrás el bosque y los prados se abrían a nuestros lados completamente cubiertos de niebla, dejándonos ver sólo la silueta, poco menos que fantasmal, de algún árbol solitario.

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Y un poco más allá dejamos también la niebla atrás, hecha una espectacular nube en el horizonte y nos dimos de bruces con un día soleado, en el que acabamos pasando casi calor.

Una vez solventado el trámite radiofónico, no sin llegar con cierto agobio al punto prefijado, nos tomamos lo que restaba de etapa con algo más de tranquilidad, comimos en un pequeño restaurante al borde del camino y llegamos a Palas de Rei con tiempo para descansar (sobre todo un servidor que tenía el tobillo como un higo) y para darnos después una estupenda cena.

cruceiro

Ya habíamos hecho dos etapas y andado unos cincuenta kilómetros, las agujetas más espantosas de mi vida habían llegado para quedarse pero seguíamos adelante.

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Mis fotos de paisajes en el camino en Flickr.
Mis fotos de los pueblos en el camino en Flickr.
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jueves, 19 de noviembre de 2009

Hoteles que me gustaron: El Molino de Alcuneza

Si habitualmente vinculamos el turismo rural con cierto ambiente y un determinado tipo de alojamientos con encanto, después de conocer el Molino de Alcuneza empezaremos a vincularlo también con otra cosa: el lujo o unos servicios propios de un hotel urbano de primera línea.

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Eso sí, por lo que se refiere a su ubicacion más rural no puede ser: el pequeño hotel está en Alcuneza, un minúsculo pueblecito muy cerca (a unos tres o cuatro kilómetros) de Sigüenza, la estupenda villa de Guadalajara de la que ya hemos hablado por aquí en alguna ocasión.

Esto lo hace estar a poco más de una hora de Madrid y ser, por tanto, un lugar ideal para un fin de semana desde la capital.

El Molino de Alcuneza tiene ya cierta solera: lleva abierto unos quince años y eso es mucho tiempo dentro de un mercado como el turismo rural que, aunque hoy por hoy se ha desarrollado mucho y bien, es más reciente de lo que en ocasiones recordamos. Desde entonces ha sido un negocio familiar llevado por padres e hijos pero con criterios muy profesionales, es decir, la gestión no es como la de la pensión de la tía Paca, pero el trato sí, en el mejor de los sentidos.

Instalaciones

El hotel está compuesto por dos edificios: el primero es el original, que data nada más y nada menos que del S XV y fue restaurado en 1994. Tiene nueve habitaciones que coinciden bastante con lo que se espera de un hotel rural de este estilo: decoración personal y cuidada, un ambiente cálido…

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Además, las zonas comunes también se encuentran en esta área: un gran salón – bar en el que relajarse con una copa y el comedor en el que destaca la presencia del antiguo molino harinero que todavía se pone en marcha cuando el río lleva la suficiente agua.

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El otro edificio es mucho más moderno, se construyó hace unos pocos años, y tiene siete suites y una gran suite, todas decoradas y concebidas con una idea más moderna, quizá un punto más fría y menos personal pero igualmente cuidada y con niveles de confort todavía más elevados.

Lo bueno de esta peculiar concepción doble es que permite al cliente elegir qué le apetece: el ambiente más personal y más “rural” del edificio original o el más moderno y “estiloso” del nuevo, todo en un entorno campestre, relajante y muy lejano al bullicio de la gran ciudad.

Algún lujo más

Lo mejor de la ampliación del hotel es que ha permitido dotarlo de algún servicio extra que los clientes realmente apreciarán (aunque yo no tuve tiempo de disfrutarlo). Me estoy refiriendo, sobre todo, a la pequeña pero deliciosa zona de spa, que incluye sauna, baño turco, un fantástico jacuzzi para dos o tres personas e incluso una zona de masaje atendida por una profesional.

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En definitiva, y como les contaba al principio, el Molino de Alcuneza es una peculiar mezcla de ideas y estilos cuyo resultado final es un hotel de bastante calidad que ofrece a sus clientes un poco más de lo que es habitual encontrar incluso en la banda alta del turismo rural.

Una opción muy interesante para escapar un fin de semana de la locura de Madrid, para un encuentro de empresa (muy habituales según me contaron) y, por supuesto, para conocer una comarca con lugares muy interesantes como la propia Sigüenza, las Salinas de Imón o Atienza.

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Web del hotel Molino del Alcuneza.
Mis fotos del hotel en Flickr.
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sábado, 14 de noviembre de 2009

De Sarria a Portomarín, caminando entre prados

Para aquellos que hacemos el Camino en su versión “mini” y empezamos a “sólo” 112 kilómetros de Santiago, la primera etapa son los 25 kilómetros, aproximadamente, que separan Sarria de Portomarín. No es el día más complicado de este tramo final del camino y, por el contrario, resultó bastante gratificante aunque, como en las demás, llegase al final hecho una auténtica piltrafilla.

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Curiosamente, empezamos a andar con algo de frío (y eso que no madrugamos), aunque el cielo estaba completamente despejado la temperatura era baja y nada nos hacía prever que pasaríamos la mayor parte del día en mangas de camisa. De hecho, creo que lo más destacado de ese día (y de buena parte de los siguientes) fue disfrutar en el mes de octubre de un tiempo casi más propio de agosto, al menos en Galicia.

El Camino salía de Sarria por la parte alta de la población (la más bonita, por cierto) y tras uno primeros tramos más dubitativos se empinaba notablemente en mitad de un bosque y, ya en una parte más alta, se adentraba en el paisaje por el que íbamos a estar andando a lo largo de todo el día: zonas de orografía suave en las que se iban alternando regularmente los prados y las zonas boscosas.

En mitad de la cuesta, por cierto, se encontraba uno de los árboles más hermosos que íbamos a ver en los cinco días de viaje y, como todavía no estaba muy desecho por el cansancio, paré a hacerle la correspondiente fotografía.

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Una de las diferencias de esta etapa del camino es que casi todos los bosques son de castaño o roble, mientras que en los días siguientes lo más habitual eran los eucaliptos que forman arboledas muy agradables pero, para mi gusto, algo menos bonitas, supongo que por ser menos frondosas o quizá porque se trata de árboles que, de puro rectos, resultan menos fotogénicos.

Momento culminantes del día fue la comida, no tanto por el menú, que la verdad es que no estuvo nada mal y por un precio más que razonable, sino por el lugar que encontramos y que es, sin duda, una de mis recomendaciones más claras de los cinco días de camino: la Bodeguilla de Mercadoiro.

Se trata de un restaurante situado junto al camino y con un bonito toque modernorural, una terraza la mar de agradable para comer y, sobre todo, una maravillosa pradera de césped en la que relajarse al sol una vez cumplido el trámite de llenar la panza.

Compartíamos espacio con un grupo de peregrinos, jóvenes extranjeros y guitarreantes (aunque hay que reconocer que bastante tranquilos y hasta simpáticos), y un par de niños más porculeros a los que perfectamente les habríamos podido cantar el famoso verso de Serrat: “Niño, deja ya de joder con la pelota”.

Pero ni los chavales gritones consiguieron romper el apacible encanto del césped, las hermosas vistas y el sol tibio que hicieron que ponerse en marcha de nuevo fuese un esfuerzo infernal para superar una pereza poco menos que inmensa.

De lo que quedaba de etapa lo más llamativo, además de descubrir que con unos cuantos kilómetros en las piernas las bajadas son casi peor que las subidas, fue la llegada a Portomarín, un pueblo desplazado por el embalse del Miño que tiene a su vera y al que se entra a través de un elevado puente en el que, cuando el agua está baja, se ven los restos de otro mucho más antiguo por el que a sabe cuántos peregrinos debieron pasar.

Como el actual Portomarín es nuevo no tiene el encanto de otros pueblos del Camino, no es que sea feo, que no lo es en absoluto, pero sí le falta algo o tiene cierta artificiosidad que quizá no percibiríamos si no conociésemos la historia pero que, sabiéndola, es inevitable sentir.

Eso sí, en el centro de la plaza está San Nicolás, la peculiar iglesia – fortaleza que afortunadamente no olvidaron en la vieja ubicación del pueblo (fue traída piedra a piedra desde allí, como un templo egipcio que huyese de la presa de Asuán) y que, además de detalles hermosos como la decoración de su puerta, tiene una particular e interesante belleza en su forma, mitad de ermita mitad de castillo.

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martes, 3 de noviembre de 2009

Las Salinas de Imón: sorpresa blanca en pleno campo castellano

Hace unas semanas estuve dando un paseo por tierras de Guadalajara para preparar una de mis intervenciones en Estamos de fin de semana. Ya conocía Sigüenza, que fue el principal protagonista del reportaje radiofónico, pero me llevé un par de agradabilísimas sorpresas en sus alrededores y una de ellas fueron las Salinas de Imón, un singular lugar en mitad de un paisaje muy castellano en el que la sal pone una inesperada nota blanca.

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Se trata de un lugar muy antiguo o que, al menos, se explota desde hace muchos siglos: los romanos fueron los primeros en aprovechar las virtudes del Río Salado que, como cabría esperar por su nombre, es el que da origen a este peculiar paisaje o, más exactamente, el que ha permitido al hombre crearlo.

Además, desde entonces en Imón ha venido obteniéndose sal hasta hace bien poco y, de hecho, en los últimos dos o tres años se vuelven a explotar en parte, aunque en cantidades muchísimo más modestas que en sus mejores momentos, por ejemplo cuando gracias al diezmo de estas Salinas pudo levantarse un edificio tan notable como la catedral de Sigüenza.

El visitante atento percibirá ambas cosas: la importancia que tuvieron las salinas en su momento (sólo hay que fijarse en el imponente tamaño que tienen) y su completa decadencia que es, desde mi punto de vista, una parte de su romántico encanto: todo tiene una sensación de semi-abandono ruinoso que, junto con la soledad que suele respirarse (lo más se cruza uno con un par de curiosos aquí y otro allá) le confieren un aire muy especial.

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Un ambiente al que contribuyen y no poco los viejos almacenes, que también impactan por su tamaño, o las curiosas construcciones circulares en mitad de las salinas, unos y otros prácticamente derruidos pero dando todavía una impresión bastante certera de la importancia que debería tener el lugar y la cantidad de gente que debería trabajar allí.

Hay algo en todas estas ruinas que transmite también una indefinible sensación de abandono precipitado, no sé por qué, pero las viejas maquinarias de madera corroída por la sal me daban la sensación de haber sido abandonadas de forma súbita, como por sorpresa, como si ellas mismas esperasen ponerse de nuevo en marcha de un momento a otro… desde hace decenas de años.

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Por supuesto, todo esto enmarcado en un paisaje blanco que nos llama poderosamente la atención, probablemente porque no estamos acostumbrados a encontrarnos lugares similares en el interior y menos aún en mitad de los áridos campos castellanos, aunque la verdad es que no es algo tan infrecuente como podríamos pensar.

Un paisaje, por cierto, con grandes posibilidades fotográficas que lamentablemente no pude exprimir por falta de tiempo (siempre con la maldita prisa) pero que resultaba muy estimulante, tanto abriendo el foco y mostrando lo extraño del pequeño mar de sal en su entorno, como cerrándolo para centrarse en la propia sal y en las formas caprichosas que puede llegar a tomar.

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Todo eso, claro, con mucho cuidado para sobreponerse a la locura que tanto blanco y tanto brillo causarán en el fotómetro de nuestra cámara.

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Mis fotos de las Salinas de Imón
Otro reportaje sobre el lugar
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domingo, 25 de octubre de 2009

De Sarria a Santiago hay 112 kilómetros

Y esa es la distancia que, acompañado de un par de buenos amigos, recorrí caminando entre sábado y el miércoles pasados, siguiendo eso que se ha dado en llamar Camino de Santiago. Una buena paliza, al menos para un ente sedentario como el que suscribe, que tiende por naturaleza a ir en moto hasta el cuarto de baño.

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Sin embargo, y a pesar de los dolores y de las agujetas que todavía me duran, tres días después de haber terminado, ha sido una experiencia gratificante, y llegar a Santiago después de haber completado el Camino (aún en su versión más corta como era el caso) es un momento que estoy seguro que recordaré por mucho tiempo.

Dicen además que es uno de los tramos más hermosos del Camino, obviamente no lo sé, es más, es probable que nunca recorra lo suficientemente como para tener formada una opinión al respecto, pero sí puedo decirles que me ha parecido muy bello, con prados, paisajes, bosques… y, por supuesto, la joya final que es Santiago.

Además, y como ya comenté un poco en la informal conexión radiofónica con Viajes en sillón (a partir del minuto 20, aproximadamente) que hicimos el pasado domingo, andar da una perspectiva completamente distinta del paisaje, que se disfruta de otra forma, desde luego más intensa, pero también con más atención al detalle, más delicada, por así decirlo.

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Por último, tengo que decir que nos ha llovido, nos ha hecho sol, nos ha rodeado la niebla, hemos pasado calor, algo de frío (poco, la verdad) y hemos comido y dormido de muy bien a bastante regular, pero todo eso se lo contaré de forma más detallada en algunos artículos que iré escribiendo más adelante, les prometo que tan pronto como pueda.
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lunes, 12 de octubre de 2009

El afortunado y exitoso fracaso de Sigüenza

Es cierto que la historia y el presente no siempre están de acuerdo, pero en pocos lugares esa disputa es tan evidente como en Sigüenza, hoy un pueblo no demasiado grande (unos 5.000 habitantes) y ayer lugar estratégico y tan rico como para tener una catedral imponente y un castillo descomunal.

Gracias a eso, hoy por hoy esta pequeña ciudad es un lugar que merece una visita, varias visitas si me apuran, y gracias también a ese desfase cronológico, al menos en parte, ha llegado hasta nosotros con un grado importante de pureza, lo que probablemente no habría sido posible de haber tenido más éxito la ciudad en los últimos siglos, de haberse desarrollado más.

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En definitiva, cierto fracaso de Sigüenza, que no ha podido ser hoy en día lo que era en la Edad Media, nos la brinda ahora como un bonito regalo, tanto como que este pasado fin de semana la localidad guadalajareña fue el punto de partida de una de las rutas viajeras que recorrimos en Viajes en sillón, la parte turística del Estamos en fin de semana de esRadio.

Llegar a Sigüenza es ver desde lejos el Castillo y la Catedral, cada uno en una parte del pueblo y los dos formando un conjunto muy armónico, no solo porque a ambos los contempla una imponente y similar cantidad de siglos, sino porque parecen cumplir una función similar y se diría que lo guerrero le ha ganado la partida a lo religioso tanto en uno como en la otra.

No en vano los dos edificios fueron impulsados, la iglesia desde cero y el castillo a partir de las previas construcciones musulmanas, por los mismos obispos, que además fueron también los que arrebataron la plaza al infiel, ya que Sigüenza fue conquistada por las huestes del arzobispo de Toledo, para que luego digamos que la Iglesia de hoy en día es belicosa.

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Así, la Catedral tiene algo de fortaleza, lo que le da un aspecto imponente y recio desde el exterior, más impresionante que bello, si queremos ser sinceros. El interior, por el contrario, es más hermoso y ya su altísima bóveda gótica (en el buen sentido) nos sorprende, llegando esa sorpresa al máximo en la famosa Capilla de los Arce, donde está la todavía más famosa estatua del Doncel.

Tras visitar la catedral un buen recorrido turístico de la ciudad es iniciar la ascensión hacia el Castillo, que hoy es un imponente Parador de Turismo, a través de la Plaza del Ayuntamiento y de la Calle Mayor, pero mi consejo es que en lugar de llegar hasta arriba del todo por esta misma calle se desvíen por las travesañas, las dos callejas perpendiculares que atraviesan todo el casco viejo, y se pierdan por el pequeño pero encantador entramado de callejones y plazuelas.

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Las casas son señoriales, y las hay en todos los tramos de conservación: desde las que están recientemente restauradas o perfectamente mantenidas hasta las que anuncian con sus paredes combadas la necesidad de que llegue pronto el socorro en forma de una obra salvadora. Incluso las hay que ya no han podido resistir el peso de los años y nos ofrecen algunas fotogénicas ruinas.

No menos fotogénicas que los tramos todavía en pie de las murallas y, sobre todo, que las encantadoras puertas que todavía se mantienen en pie: del sol, del hierro, arquillo de San Juan… tan modestas como auténticas.

Un casco viejo pequeño (como todo en Sigüenza menos la catedral y el castillo) pero en el que se puede recorrer y reconocer las distintas zonas: la de las casas nobles, la de la judería, la de los artesanos mudéjares

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Especialmente recomendable para pasear (y para fotografiar, como bien dijo Ángel Martínez Bermejo en el programa) a última hora de la tarde y primera de la noche, evitando a los muchos turistas que visitan la ciudad en un único día de ida y vuelta y disfrutando de una ciudad medieval casi para nosotros y, oh maravilla, incluso con ese extraño y tan buscado silencio.

MÁS SOBRE LO MISMO
Página web con información sobre Sigüenza
Mis fotos en Flickr de la ciudad y sus alrededores
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lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Un tren a casi 2.000 metros de altura? Sí… ¡Y al lado de Madrid!

Parece que últimamente me ha dado por los trenes turísticos, lástima que el presupuesto no me de para saltar del Orient Express al Transiberiano y de éste al Transcanadiense, así que me tengo que conformar con los modestos pero encantadores trenecitos que hacen viajes turísticos por los alrededores de Madrid.

Así, si hace algún tiempo les hablaba del Tren de la Fresa hoy lo que toca es el de la Naturaleza, que es como llaman ahora al que toda la vida ha sido el tren de Cotos, así, con la t en minúscula.

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Se trata de una vieja línea de ferrocarril (se empezó a construir en 1918), que sube por la sierra madrileña hasta una altura importante: nada más y nada menos que los 1.830 metros del Puerto de Cotos y, además, después de haber pasado todavía un poco más arriba por el Puerto de Navacerrada.

Ya por los felices 20 era un tren turístico: fue promovido por un grupo de excursionistas, cuando los madrileños estaban descubriendo la maravilla que tenían tan cerca y cuando “ir al monte” se estaba empezado a convertir en una actividad habitual y deseable para domingueros y deportistas capitalinos.

Luego, durante muchos años el tren dejaba a sus viajeros a tiro de piedra de la estación de Valdesquí, así que se llenaba de esquiadores; una vez cerradas las pistas por las exigencias ecológicas (ahora la zona es parte del Parque Natural de Peñalara) los vagones se llenan (no mucho) de excursionistas que van a este enclave natural.

El viaje es interesante desde varios puntos de vista: para los simples turistas es una excelente oportunidad de apreciar el impresionante paisaje de la sierra; los aficionados a los trenes, que no son pocos, disfrutarán de una línea muy peculiar, con algunas características técnicas que al parecer son prácticamente únicas en nuestro país y con un aire a cosa de otra época y un encanto muy difíciles de encontrar.

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El viaje se inicia, por cierto, en la estación de Cercedilla, una localidad de la sierra de Madrid bastante curiosa que, además, la estrecha vía atraviesa en algo que se inicia casi más como un viaje en tranvía que en tren. En cuanto sale de Cercedilla el tren se mete en el denso bosque de pinos de la Sierra de Guadarrama y va subiendo atándose a la ladera de la montaña con una curvas por las que los viejos vagones pasan despacito y chirriando como un auténtico poseso.

En el primer tramo la subida nos lleva hasta el Puerto de Navacerrada, dejando lo más interesante del paisaje a la derecha, según el sentido de la marcha: primero los valles por los que la sierra se va domando y acercando a Madrid, luego las montañas que van creciendo cubiertas de pinos y más tarde incluso alguno de los altos más conocidos de la zona: los Siete Picos, la Bola del Mundo…

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Una vez que superamos la coqueta estación del Puerto de Navacerrada un túnel bastante largo (aunque puede ser que lo crucemos muy despacio) nos lleva a la otra ladera de la montaña, la más fresca umbría ya en la provincia de Segovia.

Entonces haremos bien en cambiar de sitio y colocarnos a la izquierda en el sentido de la marcha, con lo que podremos disfrutar, siempre y cuando el espeso pinar nos lo permita, de las no menos impresionantes vistas y de los enormes bosques que parecen no tener fin. De todas formas, el placer no es sólo por el paisaje: la cercanía de los árboles, el aroma del bosque, la pureza del aire y lo lento de la marcha hacen que más que ir en tren parezca que estemos de paseo.

Y para los que no tengan bastante con el tren, no olviden que al llevar a Cotos pueden empezar algunas de las mejores excursiones a pie de la sierra madrileña, incluyendo algunas como la subida a Peñalara o, un poco menos dura, el ascenso a sus lagunas.

Eso sí, hay que hacerlas rápido que luego el tren de vuelta no estará esperándonos siempre.


MÁS
Vea mis fotos del Tren de Cotos en Flickr.
La página de la línea en la Wikipedia
.
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lunes, 21 de septiembre de 2009

Bocairente y la Sierra Mariola, estrellas de la radio

Este domingo en Viajes desde el sillón (el espacio de viajes dentro de Estamos de fin de semana de esRadio) hemos estado hablando de la Sierra de Mariola, de Bocairente, de Agres (un pueblo que los lectores de este blog ya conocen) y también, aunque algo menos, de Bañeres.

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Aprovechando la ocasión quiero contarles alguna cosa más sobre Bocairente, uno de los pueblos más bonitos de la Comunidad Valenciana y, sobre todo, una sorpresa que no se corresponde con lo que la mayor parte de los viajeros debe esperar de Valencia, pues es un pueblo de interior, serrano y un punto agreste, pero muy hermoso. Por cierto, casualmente escribí ya sobre él en el suplemento de viajes de La Razón hace algún tiempo.

Bocairente tiene un montón de pequeños (o no tan pequeños) atractivos para el visitante, empezando por el propio lugar en el que está ubicado, en una escarpada colina que se asoma temerariamente a varios barrancos en los que las propias casas parecen estar a punto de caer al vacío, con un parecido lejano pero evidente con las casas colgadas de Cuenca.

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Tiene su propio barrio medieval, con un encanto irresistible, alrededor de la pequeña pero deliciosa iglesia (de un estilo barroco muy valenciano) que ocupa el punto más alto del pueblo y a partir de la cual se teje un entramado inverosímil de calles, callejas y, sobre todo, cuestas por las que pasear y, si no fuera por el asfalto tan siglo veinte por el que pisaremos, sentirnos de verdad en otra época.

Bocairente y la roca, una pareja de hecho

El pueblo tiene una curiosa relación con las enormes rocas sobre las que se asienta o que lo rodean, además de destacar en la imponente vista de villa que se disfruta desde la carretera (todavía mejor y caminamos un poquito hasta los alrededores del cementerio) muchos de sus monumentos están, literalmente, excavados en la roca, destacando sobre todo la plaza de toros, bastante grande y buena parte de la cual fue arrancada, con imaginen que sudores, al suelo pétreo bajo los pies de los esforzados bocairentinos.

Del mismo modo, excavados en el suelo de roca están un llamativo monasterio rupreste en el interior del pueblo, o una espectacular cava para almacenar nieve que está justo a las afueras y que ha sido cuidadosamente restaurada para visitarla y conocer en ella algo del curioso comercio de nieve que floreció en la zona durante varios siglos hasta bien entrado el XX.

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Y, como no, también en la roca están excavadas las peculiares "covetes dels moros": unas llamativas cuevas artificiales cuyo origen se desconoce y que resultan un lugar verdaderamente curioso que visitar e incluso con cierto misterio, ya que no se han podido encontrar evidencias de cuando y para qué se usaron las cuevas que ahora conforman una "pequeña Capadocia" como la ha llamado con acierto Ángel Martínez Bermejo en el programa.

Por último, es un lugar excelente para los amantes de la naturaleza, que podrán disfrutar de un montón de interesantes rutas por la Sierra de Mariola, un "entorno natural privilegiado" como suele decirse de muchos sitios aunque en pocas ocasiones es tan cierto como en esta. Además, muchas excursiones están al alcance de prácticamente cualquier dominguero, es decir, que si usted no tiene el fondo físico de Edurne Pasabán no se preocupe que podrá disfrutar de la naturaleza.

Comer y dormir

Bocairente es también un lugar con buenos sitios en los que comer y dormir como el Hotel Ferrero, un auténtico lujo asiático - rural con un restaurante a la altura de cualquier cocina de una capital; o el Hotel de la Estación, también muy confortable y con no poco encanto.

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Además, y así les ofrezco también el enlace del tercer sitio que hemos comentado en "Viajes desde el sillón", en Agres también hay un lugar muy recomendable para comer y dormir: la Pensión Mariola, un negocio familiar (por cierto, la fundadora era lejana familia mía y tiene toda una historia detrás que quizá algún día pueda contarles) en el que la atención y la cocina rayan a un muy buen nivel.

Y la semana que viene, más en "Viajes en sillón".

ENLACES
Escuche la tertulia viajera de esRadio.
Mis fotos de Bocairente en Flickr.
Turismo de Bocairente.

Hotel Ferrero
Hotel la Estación
Pensión Mariola
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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Agres, un pueblo elegido por la mismísima Virgen

Cuenta la leyenda, o si quieren la historia, que hace siglos se incendió una iglesia en la ciudad de Alicante, con gran alarma de los fieles ya que en su interior se guardaba una imagen muy venerada de la Virgen.

Ante el fragor de la llamas y ni corta ni perezosa, la imagen decidió tomar las de Villadiego y salvarse de la quema, nunca mejor dicho, y resulta que fue a aterrizar, ante la sorpresa de un pastorcillo que por allí andaba, sobre la copa de un lidonero, especie de árbol también conocida como almez.

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El pastorcillo (estas cosas siempre les pasan a los pastorcillos, claro que por entonces tampoco habría muchas más profesiones que elegir) corrió a contarles a sus paisanos lo que había ocurrido y, por supuesto, nadie le creyó hasta que la virgen, para probar la realidad de su aparición, le dio el brazo que le faltaba (pues estamos hablando de un pastorcillo manco), evidencia ante la cual el pueblo no pudo resistirse.

Les cuento todo esto porque esta leyenda de Virgen viajera tuvo lugar en Agres, un precioso pueblo de la sierra alicantina en el que he estado (de nuevo) este verano, y que es un lugar que les recomiendo vivamente cuando deseen practicar eso que últimamente se ha llamado turismo rural y que antes era ir por el campo.

Al fin y al cabo, si la misma Virgen lo eligió como destino final de su huída por algo será, ya que desde Alicante hay casi 80 kilómetros, es decir, tuvo donde elegir. Además, las vírgenes son muy suyas para aparecerse y, si lo piensan, verán que no hay santuario mariano que no esté en un lugar hermoso: Covadonga, Montserrat, Guadalupe...

Como les digo Agres está en la montaña alicantina, al norte de la provincia y en las cercanías de Alcoy. Concretamente sus empinadísimas calles se agarran como buenamente pueden a las faldas de la Sierra de Mariola, una bellísima montaña que es Parque Natural, estando el propio pueblo dentro del perímetro del espacio protegido.

Las cuestas por las que trepan las calles y las casas de Agres terminan en el punto neurálgico espiritual del pueblo: el convento construido en el lugar en el que, según la leyenda que ya les he contado, la Virgen se apareció al pastorcillo manco. Es un lugar curioso, llamativo e interesante, no excepcionalmente bello, aunque sí tiene unas vistas hermosas. Está en parte excavado en la roca y les recomiendo que no dejen de ver la sala en la que se ofrecen a la Virgen pequeñas figuras de cera reproduciendo la parte del cuerpo por cuya sanación se ruega, pues han de saber ustedes que la Madre de Dios de Agres tiene fama de muy milagrera.

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El pueblo es hermoso además de empinado, conserva muy bien el carácter de los pequeños pueblecitos montañeros de la zona, que muchos de ellos ya han perdido. Las casas están cuidadas, varias fuentes antiguas ofrecen un agua serrana y fresca y su minúscula plaza es, en su modestia, una delicia que nos habla de lugares pequeños y pobres, como lo era Agres y como lo eran la mayor parte de los pueblos de los alrededores.

Además del encanto del propio pueblo, es una buena base para algunas excursiones muy interesantes por el Parque Natural de la Sierra de Mariola, por ejemplo: junto al camino del convento una vía forestal nos lleva hacia arriba entre bosques de pinos y, en tan sólo hora media, llegaremos a un impresionante nevero, una de las estructuras que se construían en las montañas para almacenar nieve durante el invierno y de las que todavía se conservan varias por la zona.

Desde allí, si disponen de tiempo (varias horas) es posible aventurarse hasta el punto más alto de Mariola, el pico Montcabrer de casi 1.400 metros. Obviamente es una buena caminata y hay algunas cuestas imponentes pero no necesitará un estado de forma de deportista profesional para llegar a la cima y disfrutar de las impresionantes vistas.

Más todavía: en los alrededores encontrarán otras localidades muy interesantes como Bocairente, Cocentaina o la propia Alcoy. Y también está muy cerca el Puerto de Beniarrés del que les hablé hace poco.

En resumen, vayan ya, no es necesario que esperen a que su iglesia se queme.
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viernes, 28 de agosto de 2009

Un lugar en el que la naturaleza y el hombre se dan la mano: el puerto de Beniarrés

Descubro casi por casualidad que la próxima Vuelta a España va a pasar por el Puerto de Beniarrés, un pequeño paso de montaña que une las provincias de Alicante y Valencia y que tiene, creo yo, una belleza particular, espectacular pero al mismo tiempo algo casera, ese tipo de belleza propia de los paisajes que han construido en armonía el hombre y naturaleza.

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Se trata de un puerto que he recorrido en infinidad de ocasiones y en todas y cada una de ellas lo he contemplado y disfrutado, casi diría saboreado. La última fue hace unos días y además lo hice a pie (no completo, pero sí buena parte) teniendo la oportunidad de detenerme en los detalles y de hacer unas cuantas fotografías.

El puerto destaca por dos elementos: el primero la presencia de la Peña de Benicadell, una bellísima montaña coronada por dos enormes murallones de piedra que crean una cresta rocosa realmente impresionante cuando se llega a su pie o a su cumbre, y que nos ofrece vistas magníficas cuando la contemplamos desde la propia carretera.

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Se da la circunstancia curiosa de que Benicadell tiene un pequeño pero importante papel en la historia, o si me apuran dos: el primero por una cueva, la Cova de l’Or (Cueva del Oro) que es uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de la Comunidad Valenciana e incluso de España, ya que era uno de los primeros lugares en los que se habían encontrado pruebas de una incipiente agricultura y, por lo tanto, es considerado una de las puertas del Neolítico en la península.

Y la segunda cita con la historia la tuvo cuando en sus laderas había un castillo (del que no se conservan restos, al menos que yo sepa) que servía como una de sus bases al mismísimo Cid Campeador, e incluso aparece citada en el Cantar del Mio Cid, si bien con el nombre de Peña Cadiella:

Alegre era el Çid & todas sus compannas
que Dios le ayudara & fiziera esta arrancada.
Davan sus corredores & fazíen las trasnochadas,
legan a Gujera & legan a Xátiva,
aun más ayusso a Deyna la casa;
cabo del mar tierra de moros firme la quebranta,
ganaron Penna Cadiella las exidas & las entradas.

La zona fue tomada por el Cid en su conquista de Valencia y después por el rey Jaime I, pero todavía conserva multitud de nombres de origen y resonancia árabe: la propia Benicadell, Beniarrés, Benimarfull, Almudaina, Alcoy, Albaida…

Pero volviendo al puerto, no se crean que he olvidado el segundo de sus encantos: las laderas, divididas en pequeños bancales que las escalonan desde las cimas de las colinas hasta lo profundo de los barrancos. Es tierra de minifundio y hay bancales en los que se ha peleado con la tierra para plantar tan sólo dos o tres olivos.

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El terreno se ha aprovechado al máximo y cada ganancia se protege de la fuerza del viento y, sobre todo, de las lluvias, que pueden llegar a ser torrenciales en la zona. Así, cada bancal, con su pequeño grupo de olivos, está terminado con un margen (traduzco así del valenciano “marge”, aunque no estoy seguro de que se le dé el mismo significado en castellano) que es un muro de piedras de un color gris que se torna azulado a según qué horas y según qué días, colocadas simplemente una encima de otra sobre el borde del campo sin unión ni argamasa alguna, pero con un arte y una sabiduría que los hace capaces de retener a la tierra en su lugar antinatural.

Tan compleja y necesaria era esa labor que ser “margenero” era todo un oficio del que se podía vivir, aunque hace ya unos años que murió el último "margenero" y ahora, poco a poco, los márgenes se van quebrando aquí y allá, y la tierra se desgarra ladera abajo como por una herida.

También se va abandonando el campo, pues ya casi ni el muy sufrido olivo es lo suficientemente rentable, así que supongo que en unos años la naturaleza irá retomando su terreno y, como pasa en lo altos de las sierras que en su día también fueran tierra de labor, el paisaje escalonado del Puerto de Beniarrés se irá perdiendo.

Será una lástima pero al menos nos quedarán la Peña… y el recuerdo.

PD.: Toda la vida se le ha llamado a éste lugar Puerto de Salem (nombre que por cierto le da cierta resonancia a brujería), pero en la web de la Vuelta se le ha puesto Puerto de Beniarrés y, además, sí encuentro por internet referencias con ese nombre y no con el otro. Explicado esto, que no se me enfaden los de Salem.

Y no dejen de ver mis fotos del Puerto de Beniarrés en Flickr.
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sábado, 8 de agosto de 2009

Segorbe y su sorprendente museo sobre su sorprendente fiesta

Durante este verano y gracias a la invitación de un buen amigo, pasé unas horas (lamentablemente no hubo tiempo para más) en la localidad castellonense de Segorbe, un pueblo grande que se siente a sí mismo como una ciudad pequeña y que tiene una oferta turística con el encanto de lo primero y la calidad de lo segundo.

Me llevé además dos buenas sorpresas: la primera, una fiesta llamada "Entrada de toros y caballos” totalmente inesperada porque nunca había oído hablar de ella; la segunda, un museo sobre ese festejo cuyo tamaño, calidad y buen gusto me habrían llamado la atención en una capital de provincia de 100.000 habitantes, así que imaginen ustedes en una localidad de 10.000.

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Yendo por partes, lo primero que tengo que explicarles un poco es la fiesta en sí, a pesar de que yo todavía no he tenido la oportunidad de conocerla en directo. Se trata de una versión más antigua de los encierros que podemos ver en Pamplona y otras muchas localidades españolas.

Pero, a diferencia de la fiesta pamplonica, lo que ocurre en Segorbe está basado en la historia y en las fiestas taurinas tal y como se celebraban hace muchos muchos años. Entonces no había sitios en el pueblo en los que guardar a los toros hasta las corridas, así que cuando llegaban al pueblo desde las dehesas en Andalucía y Extremadura los tenían en el río y, el día de la lidia, los llevaban hasta la plaza guiando la manada con caballos, en un estilo de lo más cowboy.

Y así es la espectacular fiesta hoy en día: un grupo de hombres a caballo recogen a los toros en el río y atraviesan a galope el pueblo, un pueblo en el que no hay barreras protectoras de ningún tipo y que está lleno de gente. Milagrosamente, o al menos eso nos parece a los que no entendemos mucho del tema, es rarísimo que se produzcan heridos, aunque cualquiera que vea las imágenes apostaría a que en cualquier momento se va a desatar la masacre:



Meter toros, caballos y fiesta en un museo

Toda esta fiesta está sorprendentemente bien explicada en lo que han dado en llamar Centro de Interpretación de la fiesta de Toros y Caballos, aunque todo el mundo por allí lo llame museo.

Lo primero que vemos en él es una elegante reproducción, casa por casa y calle por calle, del recorrido que sigue el encierro desde el río hasta el corazón del pueblo. A lo largo de él se ofrecen varios vídeos con las explicaciones pertinentes. También podemos ver alguno de los elementos típicos de la fiesta con los datos que nos ayudan a entender su papel en la fiesta: el traje que llevan los caballistas, el propio caballo, incluso los garrotes típicos de Segorbe.

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La segunda planta del museo tienen una zona expositiva con carteles e imágenes y, sobre todo, una sala circular en la que se ofrece un interesantísimo y peculiar vídeo con cinco películas que se proyectan simultáneamente y que, pese a ser diferentes, forman un estético conjunto.

No quiero que me interpreten mal, pero es muy difícil encontrar en un museo de una localidad ten pequeña como Segorbe este tipo de montajes hechos con el buen gusto y la elegancia que tiene éste. Baste como ejemplo que no sólo me gustó a mí, sino que mi hija de sólo dos años y medio se quedó también fascinada por las imágenes, en arrobado silencio durante los cinco minutos, aproximadamente, que dura la proyección múltiple.

En definitiva, una razón más, y creo que habrá otras muchas, para acercarse a Segorbe.
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jueves, 18 de junio de 2009

Valle de Lago o el esplendor de Somiedo

El Concejo de Somiedo fue lo primero que conocí de Asturias, hace ya muchos años (¿tantos?) en el que era uno de mis primeros viajes turísticos de verdad. Para alguien acostumbrado a un paisaje muy austero como el castellano o más mediterráneo y “domesticado” como el de la tierra de mis ancestros por Alcoy, el verde intenso de Asturias y su exhuberancia fueron todo un shock, y ese primer contacto resultó inolvidable.

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Tanto que, años después, cuando decidí volver a Asturias, Somiedo era un paso obligado de mi viaje, en parte como una concesión a la nostalgia, pero también seguro de que la belleza de ese rincón del Principado era una apuesta segura.

Y dentro de Somiedo recordaba con especial cariño al pequeño pueblecito de Valle de Lago, el más alto de Asturias pues está situado a unos 1.200 metros, y uno de los que cuenta, creo yo, con un entorno más espectacular, con una naturaleza que parece (y en algunos puntos me atrevería a decir que es) absolutamente virgen.

Está enclavado a unos siete kilómetros montaña arriba de Pola de Somiedo, en la entrada de un precioso valle de origen glaciar que termina en un lago rodeado de picos de más de 2.000 metros (sí, como pueden ver el nombre no ganará el concurso de originalidad).

Desde Valle de Lago parten varias rutas por las que caminar montaña arriba, la más famosa de las cuales es la que les llevará al lago al final del valle, uno de los más grandes de Asturias y, sobre todo, enclavado en un perfecto círculo glaciar que se refleja en sus quitas y oscuras aguas.

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La senda no es excesivamente dura, aunque aquellos que no estén acostumbrados a caminar podrán encontrarla un tanto larga: son unos siete kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, con la posibilidad de extenderla un poco más si se dan algunos pequeños rodeos subiendo por las laderas o si, como hicimos el día que estuvimos allí, paseamos también alrededor de la amplia circunferencia del lago.

Por el camino, además de la propia espectacularidad del valle y su perfecta y llamativa forma de U nos iremos encontrando con todo aquello que compone una perfecta estampa turística asturiana: les vaques pastando en aparente libertad por los campos, los teitos con su tejado de ramas, y los espesos bosques de robles y hayas en los que todavía se esconde el oso pardo (y lo hace tan bien que no esperen verlo)…

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En definitiva, un hermoso lugar en el que podemos conocer de cerca la naturaleza asturiana, sin necesidad de ser unos expertos en trekking pero al mismo tiempo con un trayecto cuyo premio final, la llegada al precioso lago desde el que se ve buena parte del valle, nos hará sentirnos orgullosos de nuestro paseo.
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jueves, 16 de abril de 2009

Los diez mejores destinos para mezclar turismo y vino

Aunque es de suponer que debe ser un mercado al que la crisis esté golpeando con cierta dureza (como casi todos lo demás, por otra parte) el turismo relacionado con el vino es una de las tendencias que ha crecido en los últimos años, así que no es mala idea echar un vistazo a la lista de los diez mejores destinos para viajes “vinateros” que ha publicado Forbes.

La buena noticia es que en este top ten mundial hay un lugar de España, las Bodegas Ysios, en La Rioja, que ocupan un meritorio séptimo puesto. Ysios es una de las varias firmas de la zona que han inaugurado en los últimos años espectaculares sedes muy orientadas al turismo y firmadas por grandes arquitectos, en este caso Santiago Calatrava, pero también el famosísimo Frank Gehry, uno de cuyos espectaculares edificios es la flamante sede de la “Ciudad del Vino” de las bodegas Marques de Riscal.

En el resto de la lista me llama la atención que ningún país repite presencia y también resulta llamativa (aunque no tanto como al articulista que Gadlin donde encontré este tema) que no haya ningún lugar en Estados Unidos, especialmente después de lo mucho que se ha dado a conocer el turismo del vino en ese país tras la exitosa película “Entre copas”.

Como dice el escritor de Gadling, (Tom Johansmeyer): "¿Nada de Sonoma? ¿Nada de Napa? ¿Ni siquiera romper la norma con Oregón?". Y antes de ser muy duros con él y con su “nacionalismo vitivinícola” sepan que de nuestro representante español dice que debería estar más alto en la lista, así que no es mal chico del todo.

Para aquellos que, en el mejor sentido del término, sean buenos aficionados a las botellas, aquí tienen la lista completa:

1. Castello Banfi, Toscana, Italia.
La verdad es que viendo su página web la cosa no puede tener mejor pinta, eso sí, la “oferta” para las vacaciones de primavera es de 1.000 euros por tres noches, me temo que la mayoría de nosotros tendrá que esperar al Euromillón.
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2. Viña Montes, Valle Colchagua, Chile.
Una de las bodegas más famosas de Chile, según parece. Diríase al ver su web que algo menos enfocada a los turistas que la italiana. En cualquier caso, no rechazaríamos una amable invitación.

3. Ken Forrester, Stellenbosch, Sudáfrica.
Sí, el país más rico y avanzado del continente negro además de a Charlize Theron nos ofrece algunos grandes vinos y, consecuentemente, grandes bodegas. Y con la naturaleza salvaje de África a un paso, no suena mal, ¿verdad?
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4. O. Fournier, Mendoza, Argentina
Otra tentación en tierras suramericanas, además tienen también una bodega en la Ribera del Duero española en la que están construyendo (o al menos tienen en proyecto) un hotel y un restaurante de lujo. Eso sí, nos tendremos que conformar aunque no tengamos tener los Andes como telón de fondo.
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5. Leeuwin Estate, Margaret River, Australia
Una bodega australiana que tiene la peculiaridad de que no sólo recibe visitantes sino que incluso organiza grandes conciertos. Ya han tocado allí artistas de la talla de Roberta Flack, Sting o… Julio Iglesias, así que anden con cuidado.

6. Felton Road, Central Otago, Nueva Zelanda

7. Bodegas Ysios, Rioja, España

8. Quinta do Portal, Valle del Duero, Portugal.

9. Chateau Lynch-Bages, Burdeos, Francia.

10. Peter Jakob Kuhn Oestrich, Rin/Mosela, Alemania.

PD.: Las imágenes han sido tomadas de las respectivas páginas web de las bodegas.
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