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domingo, 14 de febrero de 2010

Las Hoces del Duratón y el peligro de estar tan cerca

Estuve hace unos días dando una pequeña vuelta por las Hoces del Duratón, el típico sitio del que le han hablado a uno miles de veces y que no visitamos de tan cerca que está: a poco más de 100 kilómetros de Madrid uno piensa que siempre habrá tiempo de acercarse.

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Finalmente, “obligado” por los compromisos de Estamos de fin de semana no pude postergar más el viaje y me arrepentí… de no haber ido antes.

Y es que las Hoces del Duratón no son sólo un lugar muy bello, fácil de visitar, que nos ofrece un espectáculo natural imponente y un privilegiado observatorio de aves rapaces, sino que además están rodeadas de pueblos más que interesantes como Sepúlveda, justo al lado, o Pedraza, un poco más allá pero muy cerca.

Nuestra visita a las Hoces fue un poco menos detallada de lo que me habría gustado, pero ese es el peaje que hay que pagar por viajar con una pequeña de tres años, un peaje que se ve recompensado, eso sí, por la maravilla con que los niños disfrutan, aunque sea unos pocos segundos, de cualquier cosa.

El caso es, y esto sí me parece importante señalarlo, que las Hoces resultan un muy buen lugar al que ir con los pequeños de la casa: la Senda de los dos ríos, una de las que sale de Sepúlveda, tiene un recorrido de longitud razonable (unos cinco kilómetros), sin dificultades ni peligros muy destacables más allá de algún tramo en el que hay que ir de la mano y con cuidado; además, nos ofrece algunas panorámicas preciosas de los cañones y nos acerca a la fauna salvaje del lugar, o al menos a una impresionante colonia de buitres leonados que pueblan las paredes de la hoz y cuyo vuelo, sólo unos pocos metros por encima de nuestras cabezas, es un espectáculo capaz de mantenerte hipnotizado y con el cuello tieso incluso en un frío y ventoso día de invierno.

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Y luego, por supuesto, a reponer las fuerzas con una buena comida y muy especialmente con el cordero de la zona, no voy a decir que famoso en el mundo entero porque quizá no lo sea, pero tengan por seguro que debería serlo.

Sepúlveda tiene buenas opciones para disfrutar de esta deliciosa carne y si alguien quiere ir un poquito más lejos, sólo un poquito, puede acercarse a la Posada del Duratón, en Sebúlcor, de la que hablamos en Estamos de fin de semana (incluso sorteamos una estancia romántica para éste San Valentín) y que es una excelente opción para comer y dormir de la que hablaré más detenidamente más adelante.

En definitiva, una zona excelente para una excursión de fin de semana, muy cerca de Madrid y con muchos atractivos y muchas posibilidades, así que no sean tan tontos como yo: no dejen de ir por estar tan cerca.


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domingo, 27 de diciembre de 2009

La ría de Urdaibai o de cómo la buena vida se vive despacio

Una de las cosas que más me llamó la atención en el viaje que hice semanas atrás a Urdaibai (y del que lamentablemente no he podido contarles nada por aquí hasta ahora) fue el ritmo pausado y bello que la ría imprime a todo el paisaje y, se diría, a la vida de los que la rodean.

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Por supuesto, la ría es hermosa en si misma, un cauce amplio por el que paseamos la mirada con placer, que nos transmite tranquilidad, nos envuelve y al mismo tiempo nos ofrece una perspectiva lejana, un horizonte marino e infinito.

Pero lo mejor es la posibilidad de mirarla durante horas y casi en cada momento encontrar un cambio, bien por la luz del sol, por el rápido camino que recorren las nubes sobre ella o por el incesante juego de las mareas, la cuestión es que poco a poco, de forma imperceptible pero imparable, el paisaje cambia ante nuestros ojos y lo que ahora es una larga lengua de arena bañada por el sol en un rato se convierte en un recodo cubierto de un agua gris que refleja las nubes que la cubren.

Está claro que lo mejor para conocer la ría y paladearla es pasear por ella, pero si nos pilla la marea alta o si vamos, como casi siempre, algo justos de tiempo no será mala cosa que nos acerquemos a algunos miradores privilegiados, como la pequeña isla de Txatxarramendi, una mancha verde en medio del cauce.

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Tiene Txatxarramendi un puente con una valla metálica blanca y farolas a juego, todo en un estilo como de principios del siglo pasado y con un punto decadente. El puente y ese ser isla o no dependiendo del momento de la marea me recordaron a La Toja, de la que sería un versión diminuta pero también encantadora.

Además, también tuvo su hotel lujoso años atrás, al que venían familias de Bilbao y gentes de mal vivir (pero que vivían muy bien) como toreros, futbolistas o boxeadores. Hoy el hotel ya no está (fue derruido décadas atrás) y su lugar ha sido reconquistado por el espeso encinar que es una de las peculiaridades de este y otros rincones de Urdaibai.

Desde Txatxarramendi lo mejor es mirar al norte y disfrutar de la desembocadura de la ría, coronada por la isla de Ízaro que termina de darle un toque especial al limpio y hermoso paisaje.

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Otro lugar privilegiado para disfrutar de la ría es Mundaca, desde el último rincón de su Atalaya (la peculiar "plaza mayor" del pueblo al borde del mar), con la famosa ola a nuestras espaldas y prácticamente toda la larga desembocadura frente a nosotros, con la posibilidad de contemplar, si el día es claro, hasta el límite sur de Urdaibai, marcado por los montes Goroño y Astoaga.

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Allí nace el Oca, el pequeño río que está muriendo junto a nosotros y que, junto con las mareas, el sol, el viento y las nubes, configura el paisaje con el que nuestra mirada se está deleitando.

Y no olviden mirar despacio, sin prisas, que es como se vive (y se disfruta) en Urdaibai.

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Mis fotos de la naturaleza enUrdaibai en Flickr.
Mis fotos de Mundaca, Bermeo y otros pueblos de Urdaibai en Flickr.
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lunes, 7 de diciembre de 2009

Día de niebla de Portomarín a Palas de Rei

Desde el interior del bar en el que nos tomábamos un café y los correspondientes bollos el segundo día de nuestro Camino parecía de lo más amenazante: húmedo, neblinoso y, aparentemente, con la lluvia como una posibilidad cercana.

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Así salimos de Portomarín, un tanto preocupados por lo que podría depararnos la climatología y, justo es decirlo, también con un ojo puesto en mi tobillo (lo que son las cosas, ya no recuerdo si era el derecho o el izquierdo) que venía doliéndome desde la tarde anterior y amenazaba con complicar bastante el camino.

La etapa del día debía de llevarnos desde Portomarín a Palas de Rei (unos 25 kilómetros), además había un punto intermedio de importancia: llegar a Ventas de Narón a eso de las 12 para poder hacer desde allí mi conexión con el Estamos de fin de semana de esRadio.

Íbamos, por tanto, mirando al cielo, a mi pie y con prisa, malos ingredientes todos, aunque muy pronto empezamos a disfrutar del paisaje, pues al poco de salir de Portomarín y justo tras cruzar el Miño nos internamos en uno de los tramos más bonitos de todo el Camino, de hecho, en mi recuerdo se conserva como el más hermoso.

El sendero a seguir tomaba una pronunciada pendiente y se internaba en un bosque de grandes árboles viejos, sobre todo robles y castaños. La niebla era muy espesa y lo cubría todo con una capa de irrealidad; la humedad le daba al verde de hojas, plantas y musgos una intensidad y una saturación poco menos que increíbles.

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El bosque nos envolvía, el paisaje resultaba mágico.

Así estuvimos andando, peleando con la feroz cuesta y con la prisa y parando lo justo para sacar alguna foto y empaparnos de la naturaleza que nos rodeaba.

Unos kilómetros más adelante, más o menos una hora después, fuimos dejando atrás el bosque y los prados se abrían a nuestros lados completamente cubiertos de niebla, dejándonos ver sólo la silueta, poco menos que fantasmal, de algún árbol solitario.

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Y un poco más allá dejamos también la niebla atrás, hecha una espectacular nube en el horizonte y nos dimos de bruces con un día soleado, en el que acabamos pasando casi calor.

Una vez solventado el trámite radiofónico, no sin llegar con cierto agobio al punto prefijado, nos tomamos lo que restaba de etapa con algo más de tranquilidad, comimos en un pequeño restaurante al borde del camino y llegamos a Palas de Rei con tiempo para descansar (sobre todo un servidor que tenía el tobillo como un higo) y para darnos después una estupenda cena.

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Ya habíamos hecho dos etapas y andado unos cincuenta kilómetros, las agujetas más espantosas de mi vida habían llegado para quedarse pero seguíamos adelante.

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Mis fotos de paisajes en el camino en Flickr.
Mis fotos de los pueblos en el camino en Flickr.
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martes, 3 de noviembre de 2009

Las Salinas de Imón: sorpresa blanca en pleno campo castellano

Hace unas semanas estuve dando un paseo por tierras de Guadalajara para preparar una de mis intervenciones en Estamos de fin de semana. Ya conocía Sigüenza, que fue el principal protagonista del reportaje radiofónico, pero me llevé un par de agradabilísimas sorpresas en sus alrededores y una de ellas fueron las Salinas de Imón, un singular lugar en mitad de un paisaje muy castellano en el que la sal pone una inesperada nota blanca.

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Se trata de un lugar muy antiguo o que, al menos, se explota desde hace muchos siglos: los romanos fueron los primeros en aprovechar las virtudes del Río Salado que, como cabría esperar por su nombre, es el que da origen a este peculiar paisaje o, más exactamente, el que ha permitido al hombre crearlo.

Además, desde entonces en Imón ha venido obteniéndose sal hasta hace bien poco y, de hecho, en los últimos dos o tres años se vuelven a explotar en parte, aunque en cantidades muchísimo más modestas que en sus mejores momentos, por ejemplo cuando gracias al diezmo de estas Salinas pudo levantarse un edificio tan notable como la catedral de Sigüenza.

El visitante atento percibirá ambas cosas: la importancia que tuvieron las salinas en su momento (sólo hay que fijarse en el imponente tamaño que tienen) y su completa decadencia que es, desde mi punto de vista, una parte de su romántico encanto: todo tiene una sensación de semi-abandono ruinoso que, junto con la soledad que suele respirarse (lo más se cruza uno con un par de curiosos aquí y otro allá) le confieren un aire muy especial.

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Un ambiente al que contribuyen y no poco los viejos almacenes, que también impactan por su tamaño, o las curiosas construcciones circulares en mitad de las salinas, unos y otros prácticamente derruidos pero dando todavía una impresión bastante certera de la importancia que debería tener el lugar y la cantidad de gente que debería trabajar allí.

Hay algo en todas estas ruinas que transmite también una indefinible sensación de abandono precipitado, no sé por qué, pero las viejas maquinarias de madera corroída por la sal me daban la sensación de haber sido abandonadas de forma súbita, como por sorpresa, como si ellas mismas esperasen ponerse de nuevo en marcha de un momento a otro… desde hace decenas de años.

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Por supuesto, todo esto enmarcado en un paisaje blanco que nos llama poderosamente la atención, probablemente porque no estamos acostumbrados a encontrarnos lugares similares en el interior y menos aún en mitad de los áridos campos castellanos, aunque la verdad es que no es algo tan infrecuente como podríamos pensar.

Un paisaje, por cierto, con grandes posibilidades fotográficas que lamentablemente no pude exprimir por falta de tiempo (siempre con la maldita prisa) pero que resultaba muy estimulante, tanto abriendo el foco y mostrando lo extraño del pequeño mar de sal en su entorno, como cerrándolo para centrarse en la propia sal y en las formas caprichosas que puede llegar a tomar.

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Todo eso, claro, con mucho cuidado para sobreponerse a la locura que tanto blanco y tanto brillo causarán en el fotómetro de nuestra cámara.

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Mis fotos de las Salinas de Imón
Otro reportaje sobre el lugar
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miércoles, 28 de octubre de 2009

Ver las auroras boreales (y a ser posible verlas así)

Uno de mis sueños viajeros que aun no he podido cumplir es contemplar una aurora boreal, no sé si me atrae el frío paisaje del norte por la posibilidad de ver ese fenómeno o mi deseo de contemplarlo es una parte más de mi atracción por los parajes llenos de nieve al norte de Europa o América.

Imagen del usuario de Flickr svelo

El caso es que me ha llegado una nota de prensa al trabajo y, aunque por motivos que ahora no vienen al caso no suelo prestar mucha atención a las cosas sobre turismo que llegan allí, ésta ha captado casi instantáneamente mi mirada. Se trata de la llamativa propuesta que Visit Finland nos hace, precisamente, para contemplar las auroras boreales: nada más y nada menos que un hotel especializado en el tema: el Aurora Chalet.

¿Cómo puede un hotel especializarse en auroras boreales? Pues en primer lugar ha de encontrarse muy al norte, más allá de donde Cristo perdió el gorro en dirección al círculo polar Ártico; en segundo lugar, no viene nada mal que todas las habitaciones del hotel estén orientadas al norte; y, por último, unas grandes ventanas harán la cosa de lo más agradable y confortable.


Por supuesto, son virtudes que atesora el Aurora Chalet, que además se preocupa de alertar por teléfono a sus clientes cuando aparece el imprevisible y caprichoso fenómeno. Un par de detalles extra para que la envidia nos salga por los poros: todas las habitaciones tienen su propia sauna en el baño y la mitad chimenea, para que la experiencia romántica ya sea completamente de película.

Además, y por si no tenemos suerte con las auroras o en caso de que deseemos hacer algo por el día el hotel ofrece una serie de actividades propias de la zona: rutas en trineo de huskies, pesca en hielo, visitas a granjas de reno o paseos con raquetas de nieve.

Y para colmo de comodidad no es necesario llevar mucho equipaje puesto que allí nos prestan todo el equipo que podamos necesitar. (chaquetas de nieve, botas, monos térmicos.

Teniendo en cuenta que la mejor época para ver las auroras es durante el invierno… ¿alguien se apunta?

MÁS
Visit Finland – Turismo de Finlandia
Ahora Chalet Hotel
Las auroras en la Wikipedia
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domingo, 25 de octubre de 2009

De Sarria a Santiago hay 112 kilómetros

Y esa es la distancia que, acompañado de un par de buenos amigos, recorrí caminando entre sábado y el miércoles pasados, siguiendo eso que se ha dado en llamar Camino de Santiago. Una buena paliza, al menos para un ente sedentario como el que suscribe, que tiende por naturaleza a ir en moto hasta el cuarto de baño.

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Sin embargo, y a pesar de los dolores y de las agujetas que todavía me duran, tres días después de haber terminado, ha sido una experiencia gratificante, y llegar a Santiago después de haber completado el Camino (aún en su versión más corta como era el caso) es un momento que estoy seguro que recordaré por mucho tiempo.

Dicen además que es uno de los tramos más hermosos del Camino, obviamente no lo sé, es más, es probable que nunca recorra lo suficientemente como para tener formada una opinión al respecto, pero sí puedo decirles que me ha parecido muy bello, con prados, paisajes, bosques… y, por supuesto, la joya final que es Santiago.

Además, y como ya comenté un poco en la informal conexión radiofónica con Viajes en sillón (a partir del minuto 20, aproximadamente) que hicimos el pasado domingo, andar da una perspectiva completamente distinta del paisaje, que se disfruta de otra forma, desde luego más intensa, pero también con más atención al detalle, más delicada, por así decirlo.

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Por último, tengo que decir que nos ha llovido, nos ha hecho sol, nos ha rodeado la niebla, hemos pasado calor, algo de frío (poco, la verdad) y hemos comido y dormido de muy bien a bastante regular, pero todo eso se lo contaré de forma más detallada en algunos artículos que iré escribiendo más adelante, les prometo que tan pronto como pueda.
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martes, 6 de octubre de 2009

Media docena de consejos para mejorar sus fotografías otoñales

Ya estamos en otoño, como diría El Corte Inglés, así que se abre ante nuestros ojos y nuestras cámaras una época excelente para hacer fotografías en nuestros viajes, sobre todo si nos acercamos a una naturaleza que, a poco que tengamos suerte o sepamos elegir el destino, nos ofrece una variedad de colores y tonos que prácticamente no se repite en ninguna otra época del año.

Foto del usuario de Flickr Lutz-R. Frank

Y todavía será mejor si tienen en cuenta algunas pequeñas ideas que, como suele ocurrir con el tema este de la fotografía, pueden ayudarles a pulir detalles en sus imágenes y lograr, con un pequeño esfuerzo, una mejora significativa de la calidad final de sus imágenes.

Echando un vistazo por internet he encontrado bastantes artículos al respecto escritos por gente con más conocimiento que su humilde servidor, que suelen coincidir en una serie de consejos o ideas que también me han sido de provecho en mi experiencia personal, así que paso a contarles una selección de los más interesantes:

1. Procure fotografiar en las “horas de oro”
Este es el típico consejo que prácticamente puede aplicarse a cualquier modalidad fotográfica, pero en otoño, cuando el protagonista de la foto es y debe ser el color es todavía más importante ya que la cálida luz de amaneceres y atardeceres es la mejor para obtener todo el partido los intensos tonos de las hojas en otoño.

Foto del usuario de Flickr James Jordan

2. Dispare subexponiendo ligeramente la imagen
No sólo será lo mejor para evitar sorpresas negativas provocadas por ese rayo de sol que se le cuela entre las hojas y le estropea la medición de su cámara, además, normalmente mejorarán los colores que será algo más profundos y saturados.

3. Aproveche los días nublados
Aunque tendemos a despreciarlos porque nos gustan más los días soleados, un día de otoño con nubes puede ser idóneo para sacar fotografías con colores muy intensos y con un ambiente que será muy difícil darle bajo el sol.

4. Busque contrastes
Combinar diferentes tonos de color hará que sus fotos sean más interesantes y se aprecie le dará también motivos que quizá valga más la pena fotografiar que simplemente masas de hojas informes, que también pueden estar bien, pero que no pueden ser lo único.

Estos contrastes no tienen que ser sólo de colores, también se pueden conseguir entre distintos materiales y texturas: las hojas, agua, el azul del cielo, un tronco…

Foto del usuario de Flickr Brian Hathcock

5. Aumente la saturación
Al procesar la imagen con un programa como PhotoShop (o incluso con otros más sencillos) es muy sencillo aumentar la saturación de la imagen y obtener esos colores profundos e intensos que tantas veces ha envidiado en las imágenes de los profesionales.

6. Evite disparar con el sol de frente
Hacer una fotografía frente a la luz directa del sol, sobre todo fuera de las “horas de oro” de las que hemos hablado más arriba, significa que obtendremos colores muy planos y, probablemente, un efecto de lensflare que todavía los apagará más, dispare con el sol siempre a su espalda y, si no puede, procure proteger el objetivo de su cámara de su influencia directa.

FUENTES
Las principales fuentes para este post han sido:
Autumn (Fall) Photography - Capturing Colours
12 Fantastic Fall Photo Tips — Our Extra-Crunchy Guide to Leaf Peeping
13 Estupendos Consejos para Hacer Fotografías en Otoño
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lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Un tren a casi 2.000 metros de altura? Sí… ¡Y al lado de Madrid!

Parece que últimamente me ha dado por los trenes turísticos, lástima que el presupuesto no me de para saltar del Orient Express al Transiberiano y de éste al Transcanadiense, así que me tengo que conformar con los modestos pero encantadores trenecitos que hacen viajes turísticos por los alrededores de Madrid.

Así, si hace algún tiempo les hablaba del Tren de la Fresa hoy lo que toca es el de la Naturaleza, que es como llaman ahora al que toda la vida ha sido el tren de Cotos, así, con la t en minúscula.

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Se trata de una vieja línea de ferrocarril (se empezó a construir en 1918), que sube por la sierra madrileña hasta una altura importante: nada más y nada menos que los 1.830 metros del Puerto de Cotos y, además, después de haber pasado todavía un poco más arriba por el Puerto de Navacerrada.

Ya por los felices 20 era un tren turístico: fue promovido por un grupo de excursionistas, cuando los madrileños estaban descubriendo la maravilla que tenían tan cerca y cuando “ir al monte” se estaba empezado a convertir en una actividad habitual y deseable para domingueros y deportistas capitalinos.

Luego, durante muchos años el tren dejaba a sus viajeros a tiro de piedra de la estación de Valdesquí, así que se llenaba de esquiadores; una vez cerradas las pistas por las exigencias ecológicas (ahora la zona es parte del Parque Natural de Peñalara) los vagones se llenan (no mucho) de excursionistas que van a este enclave natural.

El viaje es interesante desde varios puntos de vista: para los simples turistas es una excelente oportunidad de apreciar el impresionante paisaje de la sierra; los aficionados a los trenes, que no son pocos, disfrutarán de una línea muy peculiar, con algunas características técnicas que al parecer son prácticamente únicas en nuestro país y con un aire a cosa de otra época y un encanto muy difíciles de encontrar.

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El viaje se inicia, por cierto, en la estación de Cercedilla, una localidad de la sierra de Madrid bastante curiosa que, además, la estrecha vía atraviesa en algo que se inicia casi más como un viaje en tranvía que en tren. En cuanto sale de Cercedilla el tren se mete en el denso bosque de pinos de la Sierra de Guadarrama y va subiendo atándose a la ladera de la montaña con una curvas por las que los viejos vagones pasan despacito y chirriando como un auténtico poseso.

En el primer tramo la subida nos lleva hasta el Puerto de Navacerrada, dejando lo más interesante del paisaje a la derecha, según el sentido de la marcha: primero los valles por los que la sierra se va domando y acercando a Madrid, luego las montañas que van creciendo cubiertas de pinos y más tarde incluso alguno de los altos más conocidos de la zona: los Siete Picos, la Bola del Mundo…

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Una vez que superamos la coqueta estación del Puerto de Navacerrada un túnel bastante largo (aunque puede ser que lo crucemos muy despacio) nos lleva a la otra ladera de la montaña, la más fresca umbría ya en la provincia de Segovia.

Entonces haremos bien en cambiar de sitio y colocarnos a la izquierda en el sentido de la marcha, con lo que podremos disfrutar, siempre y cuando el espeso pinar nos lo permita, de las no menos impresionantes vistas y de los enormes bosques que parecen no tener fin. De todas formas, el placer no es sólo por el paisaje: la cercanía de los árboles, el aroma del bosque, la pureza del aire y lo lento de la marcha hacen que más que ir en tren parezca que estemos de paseo.

Y para los que no tengan bastante con el tren, no olviden que al llevar a Cotos pueden empezar algunas de las mejores excursiones a pie de la sierra madrileña, incluyendo algunas como la subida a Peñalara o, un poco menos dura, el ascenso a sus lagunas.

Eso sí, hay que hacerlas rápido que luego el tren de vuelta no estará esperándonos siempre.


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Vea mis fotos del Tren de Cotos en Flickr.
La página de la línea en la Wikipedia
.
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viernes, 28 de agosto de 2009

Un lugar en el que la naturaleza y el hombre se dan la mano: el puerto de Beniarrés

Descubro casi por casualidad que la próxima Vuelta a España va a pasar por el Puerto de Beniarrés, un pequeño paso de montaña que une las provincias de Alicante y Valencia y que tiene, creo yo, una belleza particular, espectacular pero al mismo tiempo algo casera, ese tipo de belleza propia de los paisajes que han construido en armonía el hombre y naturaleza.

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Se trata de un puerto que he recorrido en infinidad de ocasiones y en todas y cada una de ellas lo he contemplado y disfrutado, casi diría saboreado. La última fue hace unos días y además lo hice a pie (no completo, pero sí buena parte) teniendo la oportunidad de detenerme en los detalles y de hacer unas cuantas fotografías.

El puerto destaca por dos elementos: el primero la presencia de la Peña de Benicadell, una bellísima montaña coronada por dos enormes murallones de piedra que crean una cresta rocosa realmente impresionante cuando se llega a su pie o a su cumbre, y que nos ofrece vistas magníficas cuando la contemplamos desde la propia carretera.

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Se da la circunstancia curiosa de que Benicadell tiene un pequeño pero importante papel en la historia, o si me apuran dos: el primero por una cueva, la Cova de l’Or (Cueva del Oro) que es uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de la Comunidad Valenciana e incluso de España, ya que era uno de los primeros lugares en los que se habían encontrado pruebas de una incipiente agricultura y, por lo tanto, es considerado una de las puertas del Neolítico en la península.

Y la segunda cita con la historia la tuvo cuando en sus laderas había un castillo (del que no se conservan restos, al menos que yo sepa) que servía como una de sus bases al mismísimo Cid Campeador, e incluso aparece citada en el Cantar del Mio Cid, si bien con el nombre de Peña Cadiella:

Alegre era el Çid & todas sus compannas
que Dios le ayudara & fiziera esta arrancada.
Davan sus corredores & fazíen las trasnochadas,
legan a Gujera & legan a Xátiva,
aun más ayusso a Deyna la casa;
cabo del mar tierra de moros firme la quebranta,
ganaron Penna Cadiella las exidas & las entradas.

La zona fue tomada por el Cid en su conquista de Valencia y después por el rey Jaime I, pero todavía conserva multitud de nombres de origen y resonancia árabe: la propia Benicadell, Beniarrés, Benimarfull, Almudaina, Alcoy, Albaida…

Pero volviendo al puerto, no se crean que he olvidado el segundo de sus encantos: las laderas, divididas en pequeños bancales que las escalonan desde las cimas de las colinas hasta lo profundo de los barrancos. Es tierra de minifundio y hay bancales en los que se ha peleado con la tierra para plantar tan sólo dos o tres olivos.

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El terreno se ha aprovechado al máximo y cada ganancia se protege de la fuerza del viento y, sobre todo, de las lluvias, que pueden llegar a ser torrenciales en la zona. Así, cada bancal, con su pequeño grupo de olivos, está terminado con un margen (traduzco así del valenciano “marge”, aunque no estoy seguro de que se le dé el mismo significado en castellano) que es un muro de piedras de un color gris que se torna azulado a según qué horas y según qué días, colocadas simplemente una encima de otra sobre el borde del campo sin unión ni argamasa alguna, pero con un arte y una sabiduría que los hace capaces de retener a la tierra en su lugar antinatural.

Tan compleja y necesaria era esa labor que ser “margenero” era todo un oficio del que se podía vivir, aunque hace ya unos años que murió el último "margenero" y ahora, poco a poco, los márgenes se van quebrando aquí y allá, y la tierra se desgarra ladera abajo como por una herida.

También se va abandonando el campo, pues ya casi ni el muy sufrido olivo es lo suficientemente rentable, así que supongo que en unos años la naturaleza irá retomando su terreno y, como pasa en lo altos de las sierras que en su día también fueran tierra de labor, el paisaje escalonado del Puerto de Beniarrés se irá perdiendo.

Será una lástima pero al menos nos quedarán la Peña… y el recuerdo.

PD.: Toda la vida se le ha llamado a éste lugar Puerto de Salem (nombre que por cierto le da cierta resonancia a brujería), pero en la web de la Vuelta se le ha puesto Puerto de Beniarrés y, además, sí encuentro por internet referencias con ese nombre y no con el otro. Explicado esto, que no se me enfaden los de Salem.

Y no dejen de ver mis fotos del Puerto de Beniarrés en Flickr.
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jueves, 20 de agosto de 2009

La irresistible atracción por el desierto

Pese a su naturaleza agreste y hostil, o quizá precisamente por ella, los desiertos me han resultado siempre un atractivo lugar al que viajar, aunque en realidad los he conocido muy poco y no he hecho, todavía, ningún viaje “al desierto”.

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Pienso en ellos porque he encontrando en Odee, un peculiar blog de listas del que creo que ya les he hablado, un post sobre los 10 desiertos más fascinantes del mundo que me hace desear una vez más viajar y fotografiar a alguno de ellos, especialmente a ese cercano y al mismo tiempo tan lejano Sahara.

Y eso que el Sahara ha sido de lo poco que he visto del desierto, obviamente en mi viaje a Egipto en el que la presencia del desolado mar de piedra y arena es una constante, aunque sea como fondo del decorado, aunque los templos y el propio Nilo le hurten el protagonismo.

Sin embargo el desierto siempre está ahí, unos metros más allá de las Pirámides, si levantamos la vista por encima del vergel de las orillas cuando navegamos por el río, incluso nos adentramos literalmente en él (un desierto lleno de turistas, que no es lo mismo, claro) al visitar lugares como el Valle de los Reyes o el impresionante templo de Hapshetshut.

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Incluso en algunas partes del viaje el Sahara se yergue en protagonista, aunque la mayor parte de los turistas no se preocupen en apreciarlo: es el caso del trayecto entre Asuán y Abú Simbel, sobre el que ya publiqué un artículo y en el que, para los que sepan apreciarlo, contemplar la inmensa desolación del desierto, su aparente y demoledor vacío, resulta un auténtico placer.

Desiertos que están (o estuvieron) llenos

Aunque casi ninguno lo esté realmente, hay desiertos que traicionan a su denominación con una rica historia, épocas en las que estaban llenos de gente cuyos vestigios todavía podemos encontrar y que hace que nos preguntemos cómo podían vivir allí y, sobre todo, qué comían y bebían.

Es el caso de uno de los puntos más famosos del desierto de Judea, Masada, de la que también he escrito por aquí y que está en uno de los lugares más desolados y bellos que he conocido en mi vida. Un desierto que tiene además la ironía de tener un lago con abundante agua… pero que ésta esté más que salada: desde la propia Masada la vista alcanza a contemplar ese otro peculiar desierto acuático que es el Mar Muerto.

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¿Hay que viajar tan lejos para conocerlos? No, desde luego, en España tenemos zonas como Los Monegros (al menos hasta que construyan allí Las Vegas baturras, si es que al final lo hacen), la hollywoodiense Almería y una zona que no sé si es propiamente un desierto pero cuyo paisaje, con esa desolación oscura y bella, transmite sensaciones muy similares: Timanfaya y su rocosa soledad, un lugar absolutamente mágico, minúsculo comparado con el Sahara, pero que se nos presenta con la misma grandiosidad, con esa inmensidad que quizá sólo los desiertos pueden hacernos sentir.

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FOTOS
Vean mis fotografías de Timanfaya en Flickr.
Y también las de Masada.
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jueves, 18 de junio de 2009

Valle de Lago o el esplendor de Somiedo

El Concejo de Somiedo fue lo primero que conocí de Asturias, hace ya muchos años (¿tantos?) en el que era uno de mis primeros viajes turísticos de verdad. Para alguien acostumbrado a un paisaje muy austero como el castellano o más mediterráneo y “domesticado” como el de la tierra de mis ancestros por Alcoy, el verde intenso de Asturias y su exhuberancia fueron todo un shock, y ese primer contacto resultó inolvidable.

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Tanto que, años después, cuando decidí volver a Asturias, Somiedo era un paso obligado de mi viaje, en parte como una concesión a la nostalgia, pero también seguro de que la belleza de ese rincón del Principado era una apuesta segura.

Y dentro de Somiedo recordaba con especial cariño al pequeño pueblecito de Valle de Lago, el más alto de Asturias pues está situado a unos 1.200 metros, y uno de los que cuenta, creo yo, con un entorno más espectacular, con una naturaleza que parece (y en algunos puntos me atrevería a decir que es) absolutamente virgen.

Está enclavado a unos siete kilómetros montaña arriba de Pola de Somiedo, en la entrada de un precioso valle de origen glaciar que termina en un lago rodeado de picos de más de 2.000 metros (sí, como pueden ver el nombre no ganará el concurso de originalidad).

Desde Valle de Lago parten varias rutas por las que caminar montaña arriba, la más famosa de las cuales es la que les llevará al lago al final del valle, uno de los más grandes de Asturias y, sobre todo, enclavado en un perfecto círculo glaciar que se refleja en sus quitas y oscuras aguas.

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La senda no es excesivamente dura, aunque aquellos que no estén acostumbrados a caminar podrán encontrarla un tanto larga: son unos siete kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, con la posibilidad de extenderla un poco más si se dan algunos pequeños rodeos subiendo por las laderas o si, como hicimos el día que estuvimos allí, paseamos también alrededor de la amplia circunferencia del lago.

Por el camino, además de la propia espectacularidad del valle y su perfecta y llamativa forma de U nos iremos encontrando con todo aquello que compone una perfecta estampa turística asturiana: les vaques pastando en aparente libertad por los campos, los teitos con su tejado de ramas, y los espesos bosques de robles y hayas en los que todavía se esconde el oso pardo (y lo hace tan bien que no esperen verlo)…

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En definitiva, un hermoso lugar en el que podemos conocer de cerca la naturaleza asturiana, sin necesidad de ser unos expertos en trekking pero al mismo tiempo con un trayecto cuyo premio final, la llegada al precioso lago desde el que se ve buena parte del valle, nos hará sentirnos orgullosos de nuestro paseo.
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viernes, 10 de abril de 2009

En el corazón de la naturaleza virgen, en Muniellos

Me doy cuenta hoy de que se me ha pasado el aniversario de la segunda etapa de este blog, que renació de sus cenizas el seis de abril del 2008. También sirve el aniversario para percatarme no sin cierta sorpresa de que en estas 52 semanas y casi 130 artículos (no son tantos como me gustaría pero no está mal del todo) no he hablado ni una sola vez de Asturias, que es una de mis regiones favoritas de España.

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He estado dos veces en el Principado, una con sólo 14 años o así, en uno de mis primeros viajes turísticos de verdad; la segunda mucho más tarde ya con mi mujer. Aunque no sea demasiado lógico en ambas realicé un trayecto muy similar, un poco por recordar aquel primer viaje al que me une mucha nostalgia, un poco porque mi mujer viese todo aquello que a mí me había gustado tanto y también, supongo, por cerciorarme de que todo seguía más o menos como lo habíamos dejado casi dos décadas antes.

Hubo, eso sí, una adición al programa que fue visitar la Muniellos, un rincón de naturaleza prácticamente virgen en la montaña asturiana. Muniellos es una Reserva de la Biosfera de la ONU desde el año 2000, por lo que para visitarlo hay que pedir cita con antelación y sólo se permite el paso de 20 personas cada día.

Aunque en un principio no habíamos tenido plaza, hubo suerte y se produjo alguna cancelación que nos permitió estar en la lista. Una buena fortuna que luego se transformó en mala, ya que el día antes me puse un poco enfermo con algo de fiebre y el mismo día el viaje se convirtió en una larga tortura a través de carreteras en obras y puertos con espesa niebla.

Así que entre unas cosas y otras llegamos a Muniellos con menos tiempo del que nos habría gustado y en un estado físico mejorable. A pesar de ello nos pusimos a andar en cuanto pudimos y muy pronto nos encontramos entre el espeso bosque de robles que abarrota los valles que forman la Reserva.

Era un día gris y húmedo, aunque no llovía, y el bosque parecía respirar de esa humedad y exhalarla en forma de un vapor que nos envolvía y nos empapaba como antes había empapado todo a nuestro alrededor: troncos, musgos, rocas, hojas y plantas.

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Nunca he visto una frondosidad como la Muniellos, entre los hermosos robles crecía un sinfín de plantas, arbustos, musgos, helechos… Nosotros estamos más acostumbrados a la sequedad del pinar mediterráneo, así que aquello nos parecía más una selva que, además, se extendía montaña tras montaña y valle tras valle. Una selva que nada tiene que ver con el bosque prefabricado y un tanto artificial de las repoblaciones, esas hileras de árboles ordenados que en Muniellos habían dado paso al azar necesario del que surge la naturaleza.

Sabíamos, aunque por supuesto no los vimos, que en esas espesuras se mueven el oso pardo, el lobo, el jabalí y muchos otros animales salvajes y casi diría que míticos. Pero no se trata tanto de verlos como de tener la certeza de que eres tú el que se está adentrando en su territorio, de que, en cierta forma, las tornas han cambiado, eres el intruso.

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Nuestro paseo, acortado por el cansancio y por la posibilidad de quedarnos sin luz para la vuelta (y por la mucha carretera que teníamos por delante hasta Somiedo) sólo nos llevó hasta una plataforma rocosa que había que cruzar ayudándose por unas cuerdas allí instaladas y que nos ofrecía una vista más amplia de la inmensidad verde que nos rodeaba.

Una inmensidad que nos habría gustado seguir explorando, ir mucho más lejos en el verde en el interior de la naturaleza y sintiéndonos, en lugar de ratas de ciudad, como un explorador de Conrad que se adentra en el oscuro y húmedo corazón de la selva.

Pero, ay, teníamos que volver.
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martes, 24 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (y II)

Tras este primer contacto con la gran Herradura Canadiense que les contaba ayer, nos decidimos a cruzar la frontera para conocer el lado americano, así que allá fuimos, a pie y bajo el frío, y tras sortear a los no excesivamente amables policías americanos volvimos a los Estados Unidos (por cierto, esto me hace pensar que he entrado a pie en ese país, lo que no deja de ser curioso para un español).

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Es llamativo, por cierto, que los dos lados de la frontera responden a lo opuesto que muchos esperarían de ellos: la parte americana destaca por su entorno mucho mejor conservado, con un parque delicioso salido de los lápices expertos de Olmsted y Vaux, los creadores del Central Park de NYC y que abanderaron una cruzada para restaurar y preservar las cataratas.

La parte canadiense es la que tiene los grandes hoteles, los casinos y un pueblo que en algunas de sus calles parecía salido de uno de esos telefilmes ambientados en la américa profunda de Nebraska o Arkansas.

La catarata americana se divide en realidad en dos, ya que una de sus partes es una tercera caída de agua independiente llamada el "Velo de la novia". Sin dejar de ser impresionantes, no tienen la altura ni el caudal de la canadiense, pero a cambio se pueden ver algo mejor ya que hay miradores, especialmente la llamada Isla de la Luna, completamente en el borde y con el agua rodeándote por ambos lados.

También desde el lado americano hay unas vistas impresionanes de la catarata de Canadá y, sobre todo, la posibilidad de tomar algunas fotos en las que aparezcan las dos grandes corrientes de agua. Y los cinéfilos recordarán escenas aun más míticas que las de Superman 2: nada más y nada menos que Marilyn Monroe como una turista de luna de miel en las cataratas. Las rojas escaleras de la americana eran escenario de algunas inolvidables escenas de Niagara.

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En nuestro segundo día, y ya con algo menos de frío, nos decidimos a tomar el Maid of the Mist, el pequeño barco que lleva a los turistas casi al pie de la catarata canadiense. Salió el sol por fin (el día anterior había sido tremendamente gris y fotográficamente fustrante) pero la magnitud del espectáculo natural y la cantidad de agua que azota los pequeños barquitos impidieron que lograse un registro fotográfico muy interesante.

Además, llegados a ese punto me di cuenta de que era uno de esos pocos momentos en los que uno debe decidirse a dejar la cámara a un lado y disfrutar de lo que nos rodea sin más.

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Unas notas sobre Niagara Falls, CA

Una de las cosas que más me sorprendió del viaje fue el pequeño pueblo que está junto a las cataratas en el lado canadiense, que se llama Niagara Falls, como su vecino del otro lado de la frontera. Como ya he dicho, me pareció que este lugar era, pese a no estar en los Estados Unidos, lo más inequívocamente americano que he visto en mi vida.

Además de lo directamente relacionado con las cataratas, de los hoteles y de los grandes restaurante Niagara Falls tiene para los turistas un curioso lugar llamado Clifton Hill: una calle con todo el entretenimiento en cartón piedra que una familia americana puede desear, con salones de juegos y lugares de tanto interés como el mini golf del Parque de los Dinosaurios, el Museo de Cera de las Estrellas, el Salón de la Fama de la WWF, la Fábrica de las Pesadillas... todo con un punto un tanto cutre y muy muy yanqui.

El resto del pueblo era también llamativo: tras el decorado de los grandes hoteles, las atracciones y Clifton Hill se escondía una peculiar realidad de calles anchas y un tanto sucias, moteles pequeños que parecían pensados para el crimen o el adulterio (o quién sabe si para ambos), casas más bien pobres y, curiosamente, muchas tiendas de tabaco en las que se vendían puros cubanos, para que luego nos hablen de lo terrible que es el embargo...

Pero también ese recorrido por detrás del decorado vale la pena y es parte del interés de una visita que las cataratas justifican más que de sobra y que, si tienen la oportunidad, no deben perderse. Eso sí, vayan en la época que vayan, no olviden llevarse ropa de abrigo.

Más información

Web de Niagara Falls, Canada
Las cataratas en la wikipedia, en inglés y en español.

Y no dejen de leer la primera parte de este artículo.
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lunes, 23 de febrero de 2009

El "Trueno de agua", un lugar especial y peculiar (I)

Como muchos de ustedes sabrán Niágara es una palabra de los indios iroqueses que significa "trueno de agua"; todavía más recordarán que ese es el nombre de un río americano cuya longitud, sólo 56 kilómetros, es inversamente proporcional a su fama; por último, muy pocos de los que lean este artículo se enterarán gracias él de que las Cataratas del Niágara son el salto de agua más famoso de los Estados Unidos.

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Un servidor las visitó hace unos años, cuando andaba por Nueva York, haciendo en días de diario el clásico viaje de fin de semana que hacen muchas parejas americanas, es decir, ida y vuelta en dos días con una noche en alguno de los espléndidos hoteles de la zona.

Para ello tomamos un avión desde la Gran Manzana hasta Buffalo, la ciudad al norte del estado desde la que, ya en taxi y acompañados por un sospechosísimo ciudadano que pidio parar antes de la frontera, llegamos a Niágara Falls, en el lado canadiense, que es donde están todos los grandes hoteles, entre ellos el Hilton en el que teníamos reservada una habitación con jacuzzi y vistas a los dos grandes saltos de agua (que tiempos aquellos).

Visitamos las cataratas sobrecogidos por la belleza de esa descomunal manifestación de la naturaleza, pero también ateridos por un frío indescriptible que nos pilló en el atuendo primaveral adecuado para esas fechas en España (eran los primeros días de mayo) pero que pronto se nos reveló como verdaderamente poco apropiado para el lugar, concretamente cuando desde la habitación del hotel vimos caer los primeros copos de nieve.

No es que se tratase de una nevada espectacular, sólo unos pocos copos en varias ocasiones a lo largo del día, pero eso les dará una idea de la temperatura con la que teníamos que circular por la zona. Y por si no han caído en la cuenta llamo su atención sobre un hecho de singular importancia en aquellas circunstancias: cuando uno visita unas cataratas acaba mojándose o sí o sí.

Conocer las Cataratas del Niágara implica varias excursiones imprescindibles: por supuesto acercarse al borde de la inmensa Herradura, la más grande y hermosa de las tres, que casi podemos tocar con los dedos desde el amplio paseo en la zona canadiense que muchos de ustedes recordarán de la película Superman 2: allí es donde el héroe salva a un niño que está haciendo el memo en la barandilla y al final se cae.

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También es posible ver la catarata "desde dentro" gracias a una red de túneles que nos lleva justo tras la inmensa cortina de agua donde, completamente empapados y poco menos que ensordecidos por el fragor de los millones de metros cúbicos que caen cada segundo, pasamos de la admiración a algo más parecido al miedo o, al menos, a un respeto temeroso que nos aleja prudentemente del borde.

Más abajo, al pie mismo de la catarata, salir al exterior se convierte casi en una tarea heroica (y con aquel frío más todavía) pues la violencia del agua nos empuja, literalmente, con una agresividad que no parece posible mantener durante todo el día todos los días del año.

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En este punto la visita se convierte en algo en lo que el sentido que menos interviene es la vista, superada por el oído en el que nos atrona el agua y por el tacto, con el líquido elemento empapándonos de la cabeza a los pies y, sobre todo, helándonos hasta los mismísimos huesos.

Y como este post se está alargando ya demasiado y me quedan todavía muchas cosas que contarles lo he dividido en dos partes. Ya pueden leer la segunda entrega.
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domingo, 16 de noviembre de 2008

Ocho grandes montañas a las que usted puede subir

Hay que reconocer que incluso para espíritus no demasiado dados a la aventura y el esfuerzo físico coronar una montaña es un notable placer: la satisfacción del final del camino (aunque en realidad sólo estemos a la mitad), el orgullo de la meta alcanzada, el panorama que se abre ante nuestros ojos...

Y esto hablando de las típicas "montañitas de pueblo" a las que todos hemos subido, así que no quiero imaginar lo que puede ser esa sensación en el pico de alguno de los montes míticos que hay por el mundo y, cuyas cumbres nevadas se nos antojan inalcanzables. Bueno, en la mayor parte de los casos lo son para "simples mortales" como nosotros, pero resulta que hay al menos ocho grandes montañas del mundo a las que cualquier persona con un estado físico razonable (es decir, que no hace falta ser un atleta con grandes conocimientos técnicos) puede subir.



Algunos no son demasiado altos pero son muy famosos y bellos, como el Monte Fuji, otros son los puntos más altos de continentes enteros como el Kilimanjaro o el Elbrus. La lista completa es:

1. Monte Fuji, el pico más alto de Japón con sus 3.776 metros. Una de las montañas más fotografiadas del mundo y quizá una de las más bellas.



2. Monte Whitney, la montaña más alta de los Estados Unidos continentales (excluyendo Alaska), que llega a los 4.421 metros. Parece un objetivo muy difícil pero con una cierta aclimatación no es tan complicado llegar a la cima. Está en California, una tierra que habitualmente no asociamos a la alta montaña.

3. Monte Temple
, en Canadá, que a pesar de no ser de los más altos de la lista ("sólo" 3.543 metros) parece ser que sí requiere un importante esfuerzo físico para llegar a la cima, aunque no hace falta tener conocimientos técnicos de escalada, así que basta con ponerse en forma.

4. El Kilimanjaro, un pedazo de montaña de casi 6.000 metros de alto (5.895) pero con una ascensión relativamente sencilla y que se puede hacer en muchas etapas para ir aclimatándose a la altura, que es el principal problema. Es uno de los grandes atractivos turísticos de Kenia.

5. El Polkade
es para los más atrevidos y los que estén en mejor forma, que así podrán presumir de haber alcanzado la cumbre de una montaña de 5.800 metros en el mismísimo Himalaya (está sólo a 12 kilómetros del Everest). Eso sí, el viaje a Nepal, complicadito.

6. El Citlaltépētl o Pico de Orizaba, de 5.636 metros y en el que tendremos que aprender a usar crampones y a atravesar un glaciar, pero dentro de un rango de dificultad moderada.



7. El Monte Elbrus, que con sus 5.642 metros es el punto más alto de Europa y de Rusia, pero en cuya ascensión nos será de no poca ayuda un teleférico que nos llevará hasta los 3.800 metros de altitud. El resto de la ruta es tan sencilla (aunque a gran altitud) que en 1997 llegaron a la cima en un Land Rover.

8. El Nevado Ojos del Salado es la montaña más alta de esta lista, con nada más y nada menos que 6.891 metros de altura, pero al encontrarse junto al desierto de Atacama, entre Chile y Argentina, la nieve y el hielo no suponen ninguna dificultad ya que sus cumbres sólo están nevadas en invierno. La última parte de la ascensión resulta algo más complicada, pero una vez que hubiésemos llega allí no nos íbamos a rendir, ¿no?

PD.1: No se admiten quejas ni reclamaciones si alguien se parte la crisma intentando subir a alguna de estas montañas :-).

PD.2: La fotografía del Monte Fuji es de la página Mount Fuji Guide; la del Pico de Orizaba es de Wikipedia Commons y la subió el usuario pacomexico.

Vía Matador Trips.

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martes, 16 de septiembre de 2008

De Nueva York al Amish County o del S XXI al XVIII en 300 kilómetros

Muchos de mis lectores ya sabrán que Nueva York fue el destino del viaje más largo de mi vida (y seguramente el más hermoso) puesto que pasé dos meses en la Gran Manzana hace ya unos años, demasiados. Les contaré más cosas de aquellas maravillosas semanas (y algo pueden leer entre los primeros artículos de este blog) pero hoy quiero hablarles de uno de los pocos días que pasé fuera de la gran ciudad, cuando fui a Pensilvania a conocer el Amish County, una de las zonas de los Estados Unidos en los que hay un número significativo de miembros de esa curiosa rama de los menonitas que saltó a la fama mundial con Único testigo.

No voy a engañarles, el recuerdo de esa película (una de mis favoritas durante mi infancia y adolescencia) era una de las razones que me impulsaron a elegir ese destino, pues la zona que pensaba visitar era, precisamente, donde se había rodado buena parte de ella. Los otros motivos eran más prosaicos, por así decirlo: se encuentra a una distancia razonable de Nueva York para una excursión de un día y, desde luego, tiene ingredientes de sobra para ser interesante.

Así que embarqué en el proyecto a un par de compañeras de la academia de inglés a la que asistía (sobre todo para que el alquiler de un coche no me resultase tan caro) y allá que fuimos un peculiar grupo compuesto por una coreana, una encantadora chica suiza y su novio de nombre Rafael (lo recuerdo por lo extraño que resultaba en un suizo y lo sorprendente que era pronunciado por su pareja) y un servidor de ustedes.

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Por supuesto, lo más peculiar del Amish County y lo que lo ha hecho un destino turístico de cierta relevancia es contemplar a los miembros de esta secta, que como ustedes sabrán tienen un modo de vida que se ha quedado anclado dos o tres siglos atrás: reniegan de inventos "modernos" como la electricidad o los motores, viven en granjas trabajando el campo, se desplazan en carros tirados por caballos...

Todo esto les ha hecho ser una pequeña atracción, en la mayor parte de las ocasiones para su disgusto, pero desde luego resulta extremadamente chocante contemplarlos, sobre todo porque los amish no viven aislados en una zona, sino que sus granjas están situadas entre pueblos en los que vive gente "normal", si me permiten el uso de esa palabra para que podamos entendernos, así que sus peculiares costumbres, su particular forma de vivir la vida, transcurre entre personas cuyo modo de vida es completamente normal, entre coches tiendas y camiones como los que todos estamos acostumbrados a ver. No es que llegados al Amih County entremos en un mundo que es como el de hace dos o trescientos años, sino que en Pensilvania conviven, con aparente naturalidad y desde luego bien mezclados, el S XVIII y el XX.

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Así, vemos como en los semáforos un enorme camión de brillantes colores espera detrás de un pequeño carruaje tirado por un caballo, o unos campos arados con un tractor preceden a otros en los que un hombre sólo labra la tierra con la fuerza de un arado tirado también por un animal; las tiendas tienen Coca Cola y Pringels y en los tenderetes que algunos amish ponen en sus granjas ofrecen una extraña Root Beer (con bastante más de root que de beer) y unas deliciosas patatas fritas absolutamente caseras.

La gente era educada y amable, muy diferente al estandar neoyorquino (no es que los de Nueva York no sean amables, pero es otro tipo de trato), recuerdo, por ejemplo, a una mujer mayor que nos sirvio una sabrosa comida en un restaurante local, con un uniforme de camarera que parecia más apropiado para alguien treinta años más joven pero con una simpatía sincera y algo pueblerina, francamente encantadora, entrañable.

Este espectáculo humano, por así decirlo, es como les digo la atracción principal, pero a mí me gustó mucho el paisaje, ese paisaje que se entreveía en Único testigo y que me pareció de una belleza muy peculiar, casi tan poco común como los propios amish. El campo era una un terreno básicamente plano pero coronado por suaves colinas de campos de labranza en cuya cima solía encontrarse la granja amish: grandes casas de madera con un granero cercano. En las vaguadas entre colinas pequeños riachuelos de aguas cristalinas y rodeados de vegetación marcaban líneas verdes que rompían la monotonía y, de alguna forma, refrescaban el conjunto.

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Era un paisaje tranquilo, humano, que transmitía una inequívoca sensación de paz (supongo que más fuerte aun por el contraste con Nueva York), y que recorríamos por estrechas carreteritas con ligera capa de asfalto, más que suficiente, supongo, para los carruajes con los que nos cruzábamos cada cierto tiempo.

PD.: Una de las normas de los amish que más problemas les causa es que no pueden hacer ni dejarse hacer fotografías, como persona educada que soy respeté ese principio y por eso no puedo ofrecerles ninguna imagen con ellos; como les decía hace un par de artículos, hay ocasiones en las que debemos sabar guardar la cámara.
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miércoles, 6 de agosto de 2008

Timanfaya (I): cuando el infierno es un paraíso para los ojos

Una pareja de amigos están pasando una semana de vacaciones en Lanzarote (casualmente, en el mismo hotel que nosotros) y, aunque en principio su plan es sobre todo relajarse y descansar, el otro día me pedían consejo sobre qué lugares de la isla visitar.

- Si sólo vais a un sitio - les dije sin pensármelo un segundo - que sea a Timanfaya.

Casi toda la isla de Lanzarote es hermosa, y las partes que no resultan interesantes, pero sin duda Timanfaya es algo especial, es un lugar único y tan excepcional y hermoso que sólo por él valdría la pena un viaje desde la península.

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Como muchos de ustedes sabrán, Timanfaya es el resultado de una serie de violentísimas erupciones volcánicas que arrasaron buena parte (aproximadamente un tercio) de Lanzarote hace casi 300 años. Concretamente, la actividad volcánica empezó el 1 de septiembre de 1730, y se prologó casi ininterrumpidamente durante la friolera de seis años. Aquellas erupciones (y las posteriores en 1824) cambiaron para siempre el paisaje de la isla y, aunque entonces significaron la ruina, el hambre y la necesidad de emigrar para muchos conejeros, pues la lava arrasó la parte más fértil de la isla, hoy suponen, paradojas de la vida, un tesoro turístico impagable.

La necesidad de conservar ese tesoro hace que la excursión al Parque Nacional sea algo peculiar: tras un primer trayecto que debe hacerse en coche todos los visitantes suben a un autobús con el que se hace un circuito de algo más de media hora por uno de los caminos del parque. Está terminantemente prohibido bajarse del autocar (algo que, además, el conductor no permitiría) y todo lo más a lo que se puede aspirar es a que el conductor se detenga unos instantes para que podamos hacer una fotografía con la cámara pegada al cristal para tratar de eliminar los reflejos.

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A pesar de ese formato tan encorsetado la visita es sobrecogedora y, además, yo tuve la fortuna de obtener un permiso especial que me permitió visitar el parque con la compañía de un guía y con la posibilidad de bajar del coche cuando lo desease. Así, madrugando bastante para adelantarnos a los autobuses de los turistas y tratando de tener una luz adecuada para las fotos (cosa no del todo lograda "gracias" a la famosa calima) recorrí parte de Timanfaya con la lentitud y la tranquilidad que merece, rodeado por un silencio espectacular y sintiendo lo excepcional del momento que tenía la suerte de vivir.

Caminando sólo por Timanfaya uno tiene la sensación de estar en otro planeta, de encontrarse en un lugar en el que uno mismo y cualquier otra presencia humana es un mero accidente transitorio. La desolación te rodea y es una desolación dura, oscura, agresiva; las formas y los colores de la lava, omnipresente, parecen asaltarte y no te sientes abandonado en la inmensidad como en un desierto, sino rodeado por una inmensidad que está en contra tuya. Y como en el desierto ocurre con la arena, parece que nada podrá nunca enfrentarse al dominio de la lava.

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Otra particularidad de Timanfaya es que, pese a que hace menos de 300 años que ese paisaje se ha creado, inmersos en él tenemos la sensación de enfrentarnos a algo de hace milenios, supongo que porque consciente o inconscientemente relacionamos la lava y lo volcánico con algo primitivo, primigenio. O quizá sea por que un paisaje así nos conecta con lo más profundo de nuestro planeta, o por que nos hace sentir la fragilidad de todo lo que nos parece seguro y que una noche, como contaba Andrés Lorenzo Curbelo, el cura de Yaiza, puede ser tragado, literalmente, por la Tierra:

El 1º de Septiembre (de 1730) entre las nueve y diez de la noche la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diez y nueve días. Pocos días después un nuevo abismo se formó y un torrente de lava se precipitó sobre Timanfaya, sobre Rodeo y sobre una parte de Mancha Blanca. La lava se extendió sobre los lugares hacia el Norte, al principio con tanta rapidez como el agua, pero bien pronto su velocidad se aminoró y no corría más que como la miel. Pero el 7 de septiembre una roca considerable se levantó del seno de la tierra con un ruido parecido al del trueno, y por su presión forzó la lava, que desde el principio se dirigía hacia el Norte a cambiar de camino y dirigirse hacia el NW y WNW. La masa de lava llegó y destruyó en un instante los lugares de Maretas y de Santa Catalina, situados en el Valle. El 11 de Septiembre la erupción se renovó con más fuerza, y la lava comenzó a correr. De Santa Catalina se precipitó sobre Mazo, incendió y cubrió toda esta aldea y siguió su camino hasta el mar, corriendo seis días seguidos con un ruido espantoso y formando verdaderas cataratas. Una gran cantidad de peces muertos sobrenadaban en la superficie del mar, viniendo a morir a la orilla. Bien pronto todo se calmó, y la erupción pareció haber cesado completamente.

Y toda esta belleza es el fruto de aquel infierno y aquella desolación; y todo aquel infierno es ahora un paraíso para nuestra atónita mirada.
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