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jueves, 20 de agosto de 2009

La irresistible atracción por el desierto

Pese a su naturaleza agreste y hostil, o quizá precisamente por ella, los desiertos me han resultado siempre un atractivo lugar al que viajar, aunque en realidad los he conocido muy poco y no he hecho, todavía, ningún viaje “al desierto”.

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Pienso en ellos porque he encontrando en Odee, un peculiar blog de listas del que creo que ya les he hablado, un post sobre los 10 desiertos más fascinantes del mundo que me hace desear una vez más viajar y fotografiar a alguno de ellos, especialmente a ese cercano y al mismo tiempo tan lejano Sahara.

Y eso que el Sahara ha sido de lo poco que he visto del desierto, obviamente en mi viaje a Egipto en el que la presencia del desolado mar de piedra y arena es una constante, aunque sea como fondo del decorado, aunque los templos y el propio Nilo le hurten el protagonismo.

Sin embargo el desierto siempre está ahí, unos metros más allá de las Pirámides, si levantamos la vista por encima del vergel de las orillas cuando navegamos por el río, incluso nos adentramos literalmente en él (un desierto lleno de turistas, que no es lo mismo, claro) al visitar lugares como el Valle de los Reyes o el impresionante templo de Hapshetshut.

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Incluso en algunas partes del viaje el Sahara se yergue en protagonista, aunque la mayor parte de los turistas no se preocupen en apreciarlo: es el caso del trayecto entre Asuán y Abú Simbel, sobre el que ya publiqué un artículo y en el que, para los que sepan apreciarlo, contemplar la inmensa desolación del desierto, su aparente y demoledor vacío, resulta un auténtico placer.

Desiertos que están (o estuvieron) llenos

Aunque casi ninguno lo esté realmente, hay desiertos que traicionan a su denominación con una rica historia, épocas en las que estaban llenos de gente cuyos vestigios todavía podemos encontrar y que hace que nos preguntemos cómo podían vivir allí y, sobre todo, qué comían y bebían.

Es el caso de uno de los puntos más famosos del desierto de Judea, Masada, de la que también he escrito por aquí y que está en uno de los lugares más desolados y bellos que he conocido en mi vida. Un desierto que tiene además la ironía de tener un lago con abundante agua… pero que ésta esté más que salada: desde la propia Masada la vista alcanza a contemplar ese otro peculiar desierto acuático que es el Mar Muerto.

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¿Hay que viajar tan lejos para conocerlos? No, desde luego, en España tenemos zonas como Los Monegros (al menos hasta que construyan allí Las Vegas baturras, si es que al final lo hacen), la hollywoodiense Almería y una zona que no sé si es propiamente un desierto pero cuyo paisaje, con esa desolación oscura y bella, transmite sensaciones muy similares: Timanfaya y su rocosa soledad, un lugar absolutamente mágico, minúsculo comparado con el Sahara, pero que se nos presenta con la misma grandiosidad, con esa inmensidad que quizá sólo los desiertos pueden hacernos sentir.

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FOTOS
Vean mis fotografías de Timanfaya en Flickr.
Y también las de Masada.
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lunes, 29 de junio de 2009

Jan el-Jalili: una inmersión en el verdadero Egipto

Los viajes a Egipto suelen hacerse en grupo y acompañados por un guía que tendrá dos preocupaciones principales: hacerles pasar por las tiendas en las que él cobra comisión y esconder en la medida de lo posible la realidad del país más allá del maravilloso entorno turístico de los templos, el crucero por el Nilo y las Pirámides.

Por eso, para aquellos a los que les gusta ir un poco más allá de la superficie de los lugares que visitan El Cairo será una buena oportunidad para desprenderse de la “vigilancia” del amable guía y conocer un poco más profundamente la realidad de un país que es tan diferente del nuestro. Y un lugar imprescindible para hacerlo es Jan el-Jalili, el famoso bazar del centro de la ciudad.

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Algunos dirán que difícilmente un mercado tan turístico como el bazar en el centro de El Cairo puede ser un exponente de la realidad de la ciudad. Es cierto que Jan el-Jalili es punto de atención para los turistas y que alguna de sus zonas está inequívocamente pensada para foráneos, pero no lo es menos que, si siguen caminando, si salen de las vías más frecuentadas y se adentran en el laberinto de pequeñas callejuelas, si llegan a la parte del mercado que no está pensada para el visitante ocasional, conocerán una parte de la ciudad que, seguro, les costará olvidar.

Verán cafés con hombres fumando en el exterior, pescaderías que ponen su género a la venta sobre una mesa de madera sin ni tan siquiera una fina capa de hielo, a pesar de la temperatura de más de 40 grados a la sombra; carnicerías en las que los corderos cuelgan enteros de un gancho, con su cuerpo despellejado y su cabeza intacta y que son un auténtico festín para las moscas; tiendas de ropa con túnicas imposibles y pañuelos espantosos adornando a maniquíes de los 70; calles sucias en las que la arena y diferentes formas de basura han vuelto a cubrir la fina capa de asfalto; casas de improbable estabilidad de las que salen niños malvestidos…

Verán, en resumen, la realidad de un país pobre que durante el resto del viaje se habrá estado hurtando a sus ojos.

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Pero no todo es pobreza y sordidez, incluso lo que puede llegar a parecerlo en ocasiones se torna en una agradable sorpresa. Por ejemplo, cuando buscaba un lugar en el que comprar una chilaba de auténtico algodón egipcio (sí, tengo una chilaba el algún rincón del armario) seguí a un hombre que me dijo que en su tienda estaban las mejores de El Cairo.

Yo pensaba que la tienda estaría tras una puerta a nivel de calle, pero para mi sorpresa me encontré siguiendo a un desconocido por unas escaleras y unos pasillos recónditos que me llevaban, pensé yo, a un oscuro logar en el que sin duda iba a ser atracado violentamente y quién sabe si desflorado o simplemente asesinado a golpe de alfanje o quizá usado en algún oscuro ritual faraónico en el mejor estilo de Lovecraft.

Así que, tras atravesar un último pasillo algo más sucio y decrepito que los anteriores
casi me sentí decepcionado por tener que abandonar mi pesadilla gótica y entrar en una tienda espaciosa, con el encantador estilo de los viejos almacenes de paño de los pueblos, con un género de primera y donde fui muy amablemente atendido por tres sonrientes personas que parecían a millones de kilómetros de estar pensando en rituales lovecraftonianos.

También podrá encontrar personajes peculiares, como el simpático vendedor de especias al que compramos un poco de excelente azafrán (tras el correspondiente regateo, por supuesto) y que no nos hablaba ni en inglés ni español (ni por supuesto en árabe que no habríamos entendido nada) sino… ¡en un más que digno catalán! que, según nos contaba emocionado, había aprendido trabajando en Cataluña.

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Estas sorpresas y otras muchas más son Jan el-Jalili, un rincón de El Cairo que, si lo sabe visitar, será mucho más que un escaparate para turistas y también mucho más que un recorrido turístico por la pobreza, será una ventana real a otra forma de vida que podrá ver, oler y palpar antes de volver al oasis occidental de su hotel.
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jueves, 27 de noviembre de 2008

Mis fotos: Templos de Egipto

Los templos del antiguo Egipto son una de las grandes atracciones turísticas de aquel país y uno de sus grandes retos para el fotógrafo viajero: los grupos de turistas siempre por el medio, la luz plana y dura del sol del desierto, la inmensa cantidad de imágenes que ya hemos visto de muchos de nuestros motivos... y sobre todo el guía metiéndonos prisa!

Personalmente, disfrute mucho de aquellas fotos que hice en mi vieja cámara analógica y con mis queridas (y añoradas desde cierto punto de vista) diapos de Fuji. Aquí les dejo lo mejor de aquel esfuerzo pasado por la modernidad del escáner.

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viernes, 7 de noviembre de 2008

Personajes de mis viajes: el Ronaldo del Nilo

Entre otras muchas oportunidades más agradables, viajar nos da en ocasiones la posibilidad de conocer la pobreza, no sólo la miseria puntual de un barrio, sino algo mucho más complejo y lectivo como es un ver un país pobre.

A pesar de que no es de los casos más desesperados, tuve esa sensación en Egipto, que no es el país más pobre de África o el mundo pero que probablemente sí sea uno de los destinos turísticos famosos (como la India o Cuba) en los que se percibe esa pobreza con mayúsculas de la que les hablo.



En Egipto la pobreza (y supongo que también una cuestión cultural) hace que una parte del viaje resulte incómoda y casi desagradable: la gente se pasa el día pidiéndote dinero, en ocasiones con la excusa de venderte algo, a veces porque les has sacado en una foto (o creen ellos que les has sacado), por supuesto si te hacen un favor, por pequeño que sea, o incluso sin otra razón que conseguir unas monedas.

No crean que cuando les digo que el tema puede resultar desagradable es porque soy el típico occidental al que molesta ver y oler a los pobres (no soy tan tonto :-), pero es que en muchas ocasiones la situación puede llegar a convertirse en difícil: cuando la gente te rodea poco menos que exigiendo dinero en un idioma que no conoces, en un lugar que no es el tuyo y en el que no te sientes igual de protegido... qué quieren que les diga. Además, su insistencia es tal que uno termina por verse obligado a ser descortés: al menos en mi experiencia no bastaba con un "no" educado, no te dejaban en paz hasta que no te ponías francamente desagradable.

Otra cosa que no lo hace precisamente placentero es que en muchísimas ocasiones se trata de niños, lo que te pone en una situación más desairada por así decirlo. Tengo por norma (otro día puedo explicarles mejor las razones, si quieren) no dar nunca limosna a un niño o a alguien que la pida con un niño a cuestas, pero en Egipto, ante el agobio, resultaba muy difícil no hacerlo. Y también es más complicado ponerte tan borde como resulta necesario si tu "contrincante" es un niño.

Pero para casi todo hay una excepción en esta vida y también la hubo para esto en mi viaje a Egipto. Y esa excepción fue el protagonista de este artículo, cuyo nombre real no conocí pero al que se me ocurrió llamar "el Ronaldo del Nilo".

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Les pongo en situación: una de las atracciones clásicas de un viaje a Egipto es el paseo en faluya, la típica embarcación del Nilo, por las aguas del mítico río. Suele hacerse en Asuán, aprovechando para rodear la Isla Elefantina, acercarse al Hotel Old Cataract y que nos recuerden que en él se alojaron Wiston Churchill y Agatha Christie y que esta última ambientó en él "Muerte en el Nilo".

Anécdotas aparte, el paseo es una delicia: la belleza de las propias faluyas, el tranquilo deslizarse con el leve empujón del viento, tener el agua tan cerca como para poder tocarla...

Precisamente esa cercanía era lo que servía al "Ronaldo del Nilo" para, en su curiosa embarcación (eso sí que era un cascarón de nuez), acercarse a las faluyas con la esperanza de que se le arrojasen unas monedas. Pero ojo, nuestro pequeño protagonista (calculo de que debería tener unos ocho años) no pedía limosna, aquello era un intercambio artístico - comercial en toda regla: él nos ofrecía un espectáculo y nosotros pagábamos por disfrutarlo.

El pequeño Ronaldo era, además, todo un profesional que ajustaba su show a los gustos de su clientela en cada momento y así, frente a un grupo de españoles como nosotros cantó, mientras manejaba su barquita con una pericia que más parecía bailar que navegar, todos los hits verbeneros del momento: la macarena, el que viva españa, el porompompero... bueno, quizá no eran los del momento pero bastante mérito me parece (y nos pareció a todos en el barco) que supiese chapurrear esas canciones y engarzarlas en un "medley" surrealista que aún lo era más dado el marco incomparable en el que transcurría.

No pude resistirme, tuve que romper mi norma y darle un par de euros, al fin y al cabo, no los había pedido, se los había ganado.

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miércoles, 22 de octubre de 2008

Aprender a comportarse: normas etiqueta en los viajes

Todos nos hemos enfrentado a situaciones en nuestros viajes en las que no sabíamos que hacer o en las que no sabíamos reaccionar a lo que se hacía a nuestro alrededor. Recuerdo, por ejemplo, una noche en Nueva York en la que me presentaron a una mujer filipino-americana que casi se mea de risa cuando le estampé un par de besos en sus mejillas, afortunadamente conocía España y reconoció mi "exceso" como algo habitual por aquí.



Pero en algunas ocasiones saltarnos el protocolo local puede ser engorroso, vergonzoso o incluso peligroso, y no me refiero a obviedades como no hacer cochinadas en un sitio público sino a muchos otros detalles que podrían arruinarnos un viaje. Y, claro, las diferencias entre los países occidentales no dejan de ser más o menos anecdóticas (aunque eso no quita que sea mejor conocerlas), pero en otros casos pueden ser realmente importantes, por ejemplo si viajamos a un país musulmán.

Para ayudarnos en estos menesteres ha nacido una página, Travel Etiquette, que en una serie de artículos bastante breves y no demasiado difíciles de leer (a pesar de que están en inglés) nos transmite algunas normas básicas de comportamiento, vestuario, notas sobre la conveniencia o no de dar propinas y en qué cantidades...

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Tomemos como ejemplo el artículo sobre Egipto, un destino bastante habitual para los turistas españoles pero del que nos separa un abismo cultural. ¿Qué nos aconseja Travel Etiquette? Pues algunas cosas muy razonables: moderación en el vestir, especialmente las mujeres; reducir las muestras de cariño y eliminar las muy efusivas (y más entre personas del mismo sexo); y algunas curiosidades como que mostrar las suelas de nuestros zapatos resulta allí de muy mala educación.

Por cierto, el artículo sobre España demuestra un conocimiento un tanto superficial en algunos campos (y creo que puede lograr cabrear a mucha gente), pero trato de mirarlo desde un punto de vista "neutral" y, pese a sus carencias, creo que sería de ayuda para alguien que viniese de fuera y no conociese en absoluto nuestra sociedad.

Vía Gadling.

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sábado, 11 de octubre de 2008

Comer en las calles del mundo (y II)

(Este artículo es continuación de este otro)

En Roma la comida callejera está cuasi monopolizada por las pizzerías que vendían el famoso plato italiano al peso, pero lo que yo recuerdo con rotundas salivaciones "a la Homer" son las heladerías, que justificaban tarde tras tarde (no fallaba ninguna) la fama de los helados italianos en todo el mundo. Además, había algo más allá del sabor con lo que es muy difícil competir: el placer de tomarse un helado sentado a la entrada del Panteón, en las escaleras de la Plaza de España o en los asientos junto a la Fontana di Trevi, observando a los turistas y disfrutando de una tarde soleada de mayo. Si no lo han probado les garantizo que, solo por eso, valdría la pena viajar a la Ciudad Eterna.

Si pensamos en comer en París lo que nos viene a la mente son pequeños bistrós en el Barrio Latino o Montmartre, pero los puestos callejeros son también una opción y en ellos el rey es el muy francés crep, pero en dura batalla con la no menos gabacha baguette. Recuerdo a esta última de mi primer viaje a la Ciudad de la Luz, siendo poco más que un adolescente que recorría las calles más "rojas" de Montmartre con la sensación de estar haciendo algo malo y muy atrevido. Las baguettes se vendían como bocadillos de vaya usted el qué, pero fuese lo que fuese en abundancia y con el pan untado en toneladas de mantequilla, indigestas y casi peligrosas, pero he de reconocer que muy ricas.

Las crepes llegaron años después, primero en un café a la orilla del Sena, cerca de Notre Dame (la verdad es que en París los "escenarios naturales" son de primera) y más tarde, en un fin de semana romántico, en los Campos de Marte, junto a la Torre Eiffel, en un puesto callejero que, como todos los de la ciudad, estaba atendido por un inmigrante. Lo bueno de estos creps es que te los preparan en el momento, delante de tus ojos, con lo que están bastante buenos aunque las materias primas no sean, probablemente, de primera.

Y, por supuesto, pocos sitios mejores en el mundo para cenar que frente a la torre metálica parisina, con toda su iluminación encendida en una agradable noche de otoño.

En Alemania la primera opción son, por supuesto, las salchichas, casi un "plato nacional" en una gastronomía que tampoco destaca por su delicadeza. Además, hay miles de sitios de comida turca más o menos sofisticados (por lo general no demasiado sofisticados) que también pueden ser una buena idea. No obstante, como de lo turco ya hablamos en la entrega anterior hoy quiero recordar las espléndidas salchichas, servidas casi siempre sin el panecillo típico del perrito como, por otra parte, aconsejaba su tamaño imponente.

Solía haber muchas variedades entre las que elegir, especialmente si el puesto era de los grandes, más parecidos a una enorme caravana que al tenderete típico; además se acompañan de patatas fritas o incluso de algunas cosas algo más complejas y se ofrecían con otro montón de diferentes y sabrosísimas salsas.

En cuanto a los marcos incomparables... la mejor salchicha que probé fue en Berlín (que para algo es la capital, digo yo) en un enorme puesto callejero junto a la famosa Isla de los Museos del Spree y después de habernos quedado literalmente boquiabiertos por el Museo de Pérgamo.

Voy terminando y ahora hablaré del fracaso, de aquella ciudad en la que no me atreví a disfrutar de la comida callejera: El Cairo, la apasionante capital egipcia (nótese que no digo bella, no es exactamente bella aunque les recomiendo encarecidamente que no dejen de visitarla). Pero El Cairo es peligrosa, no tanto por la delincuencia que es escasa como en la mayor parte de los países árabes, como por lo que se ha dado en llamar "la maldición de los faraones": una terrible dolencia que, no obstante, se puede curar con las dosis adecuadas de Fortasec, pero que aun así puede atarnos, en un sentido casi literal, a la taza del WC (que fino lo he dicho) durante un día entero o más.

La maldición de los faraones es un mal casi inevitable, cual plaga bíblica nos atacará hagamos lo que hagamos, pero aún así debemos tomar precauciones y entre ellas las dos principales son usar agua embotellada casi hasta para ducharnos, y huir como alma que lleva el diario de toda comida que no ofrezca unas mínimas garantías, al menos para nuestros occidentales y pusilánimes ojos. De todas formas, no creo que eso les suponga un excesivo sentimiento de pérdida: si visitan algún mercado de comida de los que se encuentran por las calles cairotas, con la comida (¡incluso pescado!) expuesto a la ferocidad de los más de 40 grados a la sombra encima de una mesa de madera sin siquiera acompañarla de un poco de hielo... A uno no se le abre el apetito, la verdad.

Y ya como cierre, lo que nos queda por disfrutar: Japón (vea los mejores hoteles de Japón a los mejores precios) y sus miles de bares de sushi (soy un apasionado del sushi), de los que todo el mundo habla cuando vuelve de allí y que hemos visto en los documentales de viajes cuando hablan de el Tsukiji, el mercado mayorista de pescado de Tokio, junto al que hay, al parecer, decenas de lugares en los que probar tan exquisito manjar a precios casi de risa.

Espero poder contárselo algún día.
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jueves, 25 de septiembre de 2008

Edificios que impresionan... y enamoran

Nadie (excepto los estudiantes de arquitectura, supongo) piensa que viaja para ver edificios, pero las construcciones de diferentes tipos suponen una parte importante del atractivo turístico de muchos de nuestros viajes y son también buena parte de nuestros recuerdos. Y no me refiero a los edificios como contenedores (los museos, por ejemplo) sino por sí mismos, ya estemos hablando de templos del pasado o de rascacielos del futuro, desde las Pirámides hasta la Torres Petronas pasando por iglesias, mezquitas, castillos y también, por qué no, museos.

Me pongo a pensar en edificios y uno de los primeros que viene a mi memoria es la impresionante Mezquita Azul de Estambul, cuya belleza y armonía exteriores no preludian la deslumbrante magnificencia de su interior, la amplitud de la enorme sala, la luminosidad, la delicadeza de la decoración. Aun recuerdo el shock que sufrí cuando traspasé el umbral y levanté la mirada.

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Una de las razones por las que puede impresionarte un edificio es su tamaño: eso es probablemente en lo primero que piensa uno cuando entra en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la mayor iglesia del mundo y, probablemente, también uno de los mayores templos de cualquier religión. San Pedro no es especialmente bella, hay otras iglesias en Roma que me gustaron más como Il Gesu o San Juan de Letrán, por citar dos; sin embargo lo excepcional de las proporciones de la basílica vaticana hace que irremediablemente nos quedemos sin aliento, más aún si subimos a la tremenda cúpula y disfrutamos desde allí de una de las mejores panorámicas de la Ciudad Eterna.

También el tamaño es una de las claves de la admiración que sentimos por las Pirámides de Giza, pero a ella se une, al menos en mi caso, la especial percepción del tiempo que se tiene ante un monumento que tiene 4.000 años, que era antiguo cuando fue contemplado por César, Marco Antonio y Cleopatra, que era antiquísimo cuando Napoleón pasó por allí con su ejército... Recuerdo que el día que las visité aparcamos el pequeño autobús al pie de la Keops y al bajar la enorme mole de piedra (hay que tener en cuenta que no sólo es alta, sino también grande, una auténtica colina) me dejó poco menos que clavado en el sitio, eran muchas toneladas de piedra y muchos siglos, que también pesan lo suyo.

En otras ocasiones no sólo nos impresiona el edificio en sí, sino también lo que podemos ver desde él. El caso más llamativo al respecto que yo he vivido es, como no, el Empire State Building en Nueva York, que yo esperaba llamativo más que nada por su altura pero que me pareció una preciosa torre con un toque art - decó y neoyorquino maravilloso, pero que además ofrece una vista impresionante de Manhattan, uno de los lugares más especiales del mundo.

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En España hay muchos edificios que impresionan y enamoran, como ejemplo de ellos podemos hablar de la Catedral de Santiago de Compostela, que además está en una de las plazas más bellas del mundo. Recuerdo una anécdota curiosa relacionada con esta increíble iglesia: en una cumbre internacional que se celebraba en la ciudad gallega (no recuerdo ahora a santo de qué) estaban invitados mandatarios y dirigentes de todo el mundo. Uno de ellos era Mijaíl Gorbachov, un señor que algo había viajado y que vivía en una chozita como el Kremlin. Pues bien, al salir del enorme coche oficial recuerdo el gesto de sorpresa del líder soviético, que contempló la fachada del Obradoiro con un gesto similar al que habría hecho, creo yo, de ver un OVNI en mitad de la plaza con hombrecillos verdes y todo.

Pero no sólo los edificios grandes o altos nos impresionan y nos enamoran, también caemos fascinados ante la encantadora pobreza del prerrománico asturiano, frente a la delicadeza sublime de los palacios y los jardines de la Alhambra, con el maravilloso modernismo de la Casa Batlló de Gaudí o con la belleza barroca de San Carlos de las Cuatro Fuentes, la pequeña iglesia de Roma de la que se decía que cabría en uno de los pilares de San Pedro.

Y es que el tamaño no siempre importa.
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jueves, 11 de septiembre de 2008

Cuando hay que saber guardar nuestra cámara

El consejo fotográfico que quiero darles hoy es un tanto paradójico, porque lo que quiero pedirles o recomendarles es, precisamente, que no hagan fotografías.

Me explico: si hay un denominador común de todos los destinos turísticos que he visitado es que hay algunos lugares o algunas cosas de las que no es posible hacer fotos. Y no se puede en primer y obvio lugar porque está prohibido, y eso debería bastarnos como turistas educados y respetuosos que somos, pero sobre todo porque las fotografías, y muy especialmente los flashes que son necesarios para obtenerlas, pueden perjudicar a aquello que estamos intentando retratar como obras de arte, algunos monumentos, cuadros, estatuas...

Pero a pesar de las prohibiciones y de los guardias de seguridad o vigilantes que en muchas ocasiones intentan evitarlo, seguro que todos han visto, como yo, las miriadas de flashes en los más variados e inapropiados lugares.

Recuerdo que en Egipto esto era especialmente sangrante: ante la pasivididad de los muchísimos vigilantes, tan abundantes como poco inclinados a cualquier cosa que requiriese un esfuerzo y que no reportase un beneficio económico inmediato, lo turistas martilleaban con sus flashes cualquier cosa que se pusiese en su camino, desde las pinturas de un templo de 3.000 años hasta cualquier pieza de museo; incluso fui testigo, aunque les parezca increíble de como un tipo le hacía un retrato a la máscara de Tutankamon con el flash a toda pastilla y a menos de medio metro de distancia. Mientras, un cansino vigilante repetía unos poco metros más allá "no photo, no photo", más como si fuera una salmodia budista que realmente preocupado de lo que decíao de hacerse obedecer.

Lo más llamativo del tema, desde mi modesto punto de vista, es que de todos estos lugares, objetos o piezas de arte podemos obtener postales o imágenes por precios ridículos en el lugar en el que están expuestas, o encontrarlas por internet, normalmente con una calidad muy superior a la que nosotros vamos a alcanzar con nuestro horroroso flash directo.

Así que les animo a ser respetuosos, en primer lugar con las propias obras de arte, en segundo con los propietarios legítimos de cada una de ellas cuyo patrimonio no tenemos derecho a destruir, y en tercero pero no menos importante, con las generaciones futuras que tienen derecho a disfrutar de ese monumento, esa estatua o ese cuadro en, al menos, el mismo estado de conservación que le ha permitido a usted disfrutar de esa belleza.

PD.: La foto la he tomado de esta página web, gracias a su autor.
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lunes, 28 de julio de 2008

Turismo, Egipto

Tecnología Maravillosa
Surgido en medio del desierto, Egipto es una de las civilizaciones más esplendidas de la historia, cuyo legado aun hoy nos asombra, como su escritura, el calendario, la medicina y sus maravillosas obras arquitectónicas, que hasta hoy continúan desafiando los rigores del tiempo, testimonios artísticos de gran belleza, sus momias, sus reyes dioses y muchas maravillas más.Egipto es un pueblo que floreció intelectualmente adelantándose a su tiempo como en el arte, la agricultura y la astronomía, dejando un gran legado a la humanidad.La República Árabe de Egipto, está situado al extremo nordeste del continente africano y la mayor parte está conformada por el desierto del Sahara, su capital es la ciudad del Cairo. Es uno de los países más poblados de África, cuyas ciudades se desarrollan a orilla del río Nilo y en las fértiles tierras del delta, conocido mundialmente por su civilización, sus pirámides y la gran esfinge. Limita al oeste con Libia, al sur con Sudán, al norte con el Mediterráneo y al este con el mar Rojo e Israel.
El Río Nilo atraviesa todo el territorio de Egipto, regando las sedientas tierras del país y es la principal fuente de riqueza y desarrollo de los pueblos asentados en su orilla. De clima desértico, las noches son muy frías y el día muy caluroso, en la mayoría del territorio son escasa las lluvias.La influencia del Nilo es de gran importancia en la historia de Egipto, sin el cual sería un desierto sin vida, es la principal vía de comunicación y la única fuente de agua, que desde el lago Victoria en el corazón de África, donde nace el Nilo, se convierte en un largo y estrecho valle.
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sábado, 12 de julio de 2008

El turismo del subsuelo, algo más habitual de lo creemos

Un post en Alt1040 sobre un impresionante lugar de Japón que recibe visitas de turistas (y que, desde luego, yo visitaría de tener la oportunidad) me ha hecho pensar en lo que podríamos llamar "turismo del subsuelo" y, pensando pensando, resulta que es algo bastante más habitual de lo que pensamos.

Obviamente, cosas como los inmensos colectores anti-tifones de Saitama no son muy habituales, pero sí hay muchas atracciones turísticas que, por completo o en parte, se encuentran bajo tierra.

Probablemente en lo primero que pensamos alrededor de este tema es en cuevas, sobre todo en aquellas con estalactitas y estalagmitas que adoptan formas sorprendentes y con parecidos más sospechosos que otra cosa, al menos para mí, que jamás he conseguido ver al perro en la "roca del perro" ni a la sagrada familia en la "roca de sagrada familia". De éstas visité hace unos años la espectacular Cueva de Nerja, que es, desde luego, una imponente maravilla de la naturaleza.

Otro tipo de cuevas son aquellas en las que nuestros ancestros dejaron muestras de su arte, algunas de bastante actualidad como las del norte de España que han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La más conocida de ellas, Altamira (que ya fue reconocida por la UNESCO hace años) se puede visitar en el subsuelo de Madrid en una reproducción junto al Museo Arqueológico de la capital.

También bajo tierra están las tumbas de los faraones egipcios, las de las Pirámides (aunque aquí sería más correcto decir "bajo piedra"), y sobre todo las del Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas, lugares especiales donde los haya y de lo más impactante de Egipto, a pesar de que nos toque compartirlo con centenares de turistas, algo que es inevitable que le reste parte del encanto. No obstante, con o sin cientos de turistas a su alrededor, la belleza de las pinturas y la sensación de estar en un lugar de cerca de 3.000 años de antigüedad hacen del Valle de los Reyes uno de los imprescindibles del "turismo subterráneo" y una de esas visitas que usted no olvidará en su vida.

El metro de Moscú es otro de los lugares que vienen a nuestra mente si pensamos en turismo subterráneo, ya que tiene fama de ser el más bello y ornamentado del mundo. En Nueva York el metro es sin duda mucho menos hermoso pero creo que tampoco se entendería la Gran Manzana sin conocer su medio de transporte más práctico y popular (que no en todo su recorrido es subterráneo, por cierto) y que ya tiene algo de fetiche turístico.

Roma ofrece también una importante cantidad de atracciones turísticas lejos de la luz del sol, por supuesto sus famosas Catacumbas, un lugar muy especial aunque no destaque precisamente por su belleza; pero también hay otras cosas en la ciudad que merecen que abandonemos la superficie: los sótanos de San Pedro nos esperan con sus tumbas de papas y santos, por ejemplo, y una de las visitas más interesantes que se pueden hacer en Roma (y, ojo, que estamos hablando de la Ciudad Eterna), es la de la Basílica de San Clemente, una iglesia en cuyo subsuelo se pueden ver los restos de los templos anteriores hasta edificios fechados en el siglo I.

En París también hay catacumbas y son enormes, aunque sólo están abiertas al público en una pequeña parte. Ninguna de las ocasiones que he estado allí he tenido la oportunidad de visitarlas pero parecen una excursión de lo más tentadora y espero tener ocasión la próxima vez, sobre todo después de leer el inquietante artículo sobre ellas en la wikipedia.

Seguro que me dejo muchas cosas: minas abandonadas que ahora son como museos, bunkers de viejas guerras, lugares extraños... pero creo que con los ejemplos que hemos visto queda ya de sobra demostrado que allá donde no llega el sol sí pueden llegar los turistas.

Y si a alguien se le ocurren más sitios que no deje de recomendárnoslos en los comentarios.

PD.: Las fotos las he tomado de la Wikipedia, la de la cueva de Nerja es de Luzzyacentillo, la del metro moscovita de Worldtraveller. Gracias a ambos.
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martes, 8 de julio de 2008

Actitudes para viajar

Para mi, como supongo que para la mayoría de los que pasan por esta página, viajar es una de las experiencias más interesantes, excitantes y enriquecedoras de mi vida. Mis viajes son una fuente de recuerdos, no inagotable que ya me gustaría a mí viajar tanto, pero sí de las más importantes, y disfruto al máximo de todas las etapas: la decisión del destino, la preparación anterior, el viaje en sí mismo y, por supuesto, todas las conversaciones, fotos y artículos posteriores.

Supongo que es por este disfrute que me ofrecen mis propios viajes por lo que pocas cosas me sorprenden tanto como encontrarme a una persona que viaja a disgusto o a la que lo mismo le da estar en Egipto que en la Puerta del Sol o el recibidor de su casa, pero haberlo haylos y lo que es ciertamente aun más impactante: además viajan.

Por supuesto, cada uno está en su derecho de viajar como quiera (y todo lo malhumorado que desee), pero yo que siempre ando corto de tiempo y dinero para mis viajes, me pregunto que tipo de injusticia cósmica hace que ese tipo desperdicie el tiempo y el dinero que yo destinaría con tanta felicidad a otro viaje maravilloso y, encima, se esté poniendo fatal de úlcera con ese genio.

El mejor momento para observar estas actitudes son los viajes organizados en grupo, que permiten observar a la gente que te acompaña durante días. No soy muy amigo de que me lleven de acá para allá (prefiero organizarme y gestionare yo mismo) así que la única vez que me decidí por esta opción fue cuando visité Egipto, un país que me parecía demasiado complicado para conocerlo en solitario. Fue la primera vez y, si no ocurre nada raro, será la última, otro día les contaré el porqué, pero hoy me centraré en un par de anécdotas que también son ilustrativas de estas actitudes de las que les hablaba.

Visitando el Museo Egipcio de El Cairo, que guarda en sus salas una maravillosa colección de piezas artísticas del Egipto de los faraones (sólo los tesoros de Tutankamon justificarían ir desde Madrid y hay mucho más) uno de mis compañeros de grupo, visiblemente irritado con las explicaciones de nuestro guía (ciertamente projilas), acabó exclamando desesperado: "¡Pero es que para que te guste esto te tiene que interesar su cultura!". Desde entonces llevo preguntándome a qué coño habría ido el hombre a Egipto si, efectivamente, no le interesaba su cultura.

En el mismo viaje nuestro generoso guía nos dio treinta minutos para hacer fotos de las Pirámides, no se sorprendan si les parece poco, es que luego teníamos que ir al Museo del Papiro, que a pesar de su ostentoso nombre no era sino una puta tienda de papiros en la que el hombre cobraba comisión por llevar a sus víctimas-turistas. Pues bien, tras darme toda la prisa que pude y volver al autocar en 35 minutos orgulloso de mi contención fotográfica y mi respeto por los compañeros de viaje... me encontré a todo el mundo esperando y mirándome malencarados por cinco míseros minutos de retraso. De acuerdo, hacía un calor horroroso pero ¿era yo el único que quería disfrutar de la única maravilla de la antigüedad que sigue en pié? De nuevo la pregunta: ¿A qué habían ido todos a Egipto si no era a ver las Pirámides?

Un caso menos espectacular pero también significativo: en la plaza de Sultanahmet de Estambul (una de las más bellas del mundo, pero de eso hablaremos otro día) se nos acerca una turista de unos cuarenta años de edad con pinta de alemana y nos pregunta... si "eso" es Santa Sofía. Es decir, que la tipa ha pagado un billete y un hotel, ha volado varios miles de kilómetros y no es capaz de reconocer uno de los dos o tres edificios más famosos de la ciudad y, probablemente, el que tiene un carácter más peculiar.

Personalmente, me parece que reconocer Santa Sofía es una cuestión de cultura general no muy complicada, pero ¿para qué vas a una ciudad lejana que te interesa tan poco que no has sido capaz de informarte antes de lo más básico?

Como decía unos párrafos más arriba, cada uno puede hacer con su vida y con sus viajes lo que quiera pero, puestos a viajar, mejor hacerlo como una persona y no como una maleta, ¿no?
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viernes, 2 de mayo de 2008

Autobuses en Egipto: de Asuán a Abu Simbel

Una triste noticia encontrada ayer en el periódico me ha hecho recordar una parte bastante curiosa de mi viaje a Egipto: el traslado en autobús entre Asuán y el templo de Abu Simbel. El accidente al que hace referencia la noticia no ha sido en esa ruta pero, como les digo, no he podido dejar de recordar aquel peculiar día.

El traslado en autocar entre Asuán y Abu Simbel es la forma más habitual de visitar el impresionante templo situado al sur de Egipto y al borde del lago Nasser, el tremendo lago artificial creado por la presa de Asuán. El viaje dura varias horas, en primer lugar porque la distancia que separa ambos puntos es de unos 300 kilómetros y en segundo porque, al menos cuando yo lo hice allá por el año 2004, a pesar de que te despertaban a las tres de la mañana para abandonar el barco no se salía de verdad hasta un par de horas después porque, por razones de seguridad, todos los autocares que iban a hacer la ruta esa mañana debían unirse antes para hacerlo en una larguísima caravana.

Las mismas razones de seguridad obligaban a que en cada uno de los autocares viajase un soldado convenientemente armado, aunque el de nuestro autobús no aportó mucha seguridad y sí un cierto cachondeo: rápidamente fue bautizado como "el hombre del increíble cuello de goma" por las mil imposibles posiciones en las que llegó a colocar su cabeza mientras dormía durante toda la ruta.

No obstante, la preocupación por la seguridad parecía olvidarse en cuanto las ruedas empezaban a dar vueltas: los expertos conductores llevaban a sus autobuses a velocidades endiabladas a lo largo de la carretera de doble dirección que atraviesa esa pequeña porción de desierto. Y cuando les digo endiabladas pueden creer que no exagero: en el viaje de vuelta puede comprobar que recorrimos 280 kilómetros en dos horas justas.

Como les digo, al ver la noticia de un accidente de autocar en Egipto he recordado automáticamente este trayecto, no obstante, he de reconocerles que, a pesar de llevar los pelos de punta al ver el cuentakilómetros llegando cerca de su tope, en ningún momento sentí que la cosa fuese peligrosa. Además, si bien la carretera era de doble sentido prácticamente todo el recorrido eran largas rectas con una perfecta visibilidad.

Una vez que les he contado toda la "parte chusca" del viaje tenemos que prestar un poco de atención a lo mucho de bueno que tuvo: en primer lugar el propio trayecto a través del desierto, ciertamente impresionante, especialmente durante la salida del sol. Desde entonces tengo una deuda pendiente con los desiertos que todavía no he podido saldar pero ese inmenso paisaje aparentemente vacío me impactó profundamente.

En segundo lugar, obviamente, el propio templo, uno de los lugares más impresionantes y especiales que he conocido. Sólo por Abu Simbel vale la pena viajar a Egipto, aunque está claro que luego el país africano nos dará mucho más.



Como la mayor parte de ustedes sabrán el templo de Abu Simbel fue desplazado piedra a piedra desde su emplazamiento original, a sólo unos metros pero ahora bajo las aguas del lago Nasser. La reconstrucción fue muy cuidadosa: se ha ubicado el templo en una colina artificial en la que se reproducen casi a la perfección cualidades que tenía el templo cuando el faraón Ramsés II lo mandó construir más de 1.200 años antes del nacimiento de Jesucristo, como que (copio del artículo correspondiente en la wikipedia):

El templo está construido de forma que durante los días 20 de febrero y 20 de octubre, los rayos solares penetran hasta el santuario, situado al fondo del templo, e iluminan las caras de Amón, Ra, y Ramsés, quedando sólo la cara del dios Ptah en penumbra, pues era considerado el dios de la oscuridad. Se cree que estas fechas corresponden respectivamente a los días del cumpleaños del rey y al de su coronación, aunque no existen datos que lo corroboren.

El casi es porque actualmente el fenómeno ocurre de la misma forma pero dos días más tarde, lo que dadas las circunstancias me parece una aproximación más que suficiente. Curiosidades aparte, el templo es tan bello como impresionante y visitar un lugar de más de 3.000 años de antigüedad es una sensación difícil de igualar.

Por cierto, aquellos que lo deseen también pueden hacer el trayecto en avioneta (creo recordar que costaba como unos 200 euros extra por aquel entonces), seguro que también es muy hermoso, pero he de confesarles que no estoy seguro de que sea mucho más seguro.
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viernes, 25 de febrero de 2005

Pinceladas de Egipto II: Las momias del Museo

El Museo Egipcio de El Cairo guarda en su interior, como no podía ser de otra manera, una impresionante colección de arte del país de los faraones. Estatuas, sarcófagos, y toda clase de objetos.

A pesar de su abundancia la colección sería incluso inferior a al que se puede ver en el Louvre, pero hay dos salas que evitan que uno pueda disfrutar más de Egipto en el centro de París que en el centro de El Cairo. La primera de ellas es, en efecto, la que reúne el ajuar funerario de Tutankamón. Podría explicarles ahora la riqueza y la belleza de lo que uno encuentra allí, la emoción de tener frente a frente la maravillosa máscara de oro del faraón, pero dejaremos eso para otro día porque ciertamente merece comentario aparte.

De lo que hoy quiero hablar es de la llamada Sala de las Momias Reales. Al fondo de la segunda planta uno se encuentra un mostrador con varios operarios dejando pasar el tiempo, pues es habitual en Egipto que tres cuatro personas hagan el trabajo que podría hacer uno sólo y sin sudar demasiado; tras comprar el ticket por una razonable cantidad de libras y comprobar que no llevamos ninguna bomba en la mochila se accede a la pequeña sala.

La habitación es más o menos cuadrada y tiene unos 6 ó 7 metros de lado. En ella se encuentra como una docena de momias, disculpen que no recuerde bien la cantidad, de reyes y reinas del antiguo Egipto. Algunos de ellos son faraones míticos, personajes como Seti I o su hijo, Ramsés II, el constructor de los templos de Abú Simbel.

La sala no está demasiado concurrida, si uno tiene paciencia podrá disfrutar de un rato a solas con las momias y, en cualquier caso, suele reinar un respetuoso silencio. Hablando de respeto, en Egipto sigue viva la polémica sobre si deben exhibirse los restos mortales de estos hombres y mujeres (que estuvieron durante años apartados de la exposición) y que, según algunos, también tienen derecho a la paz eterna. Personalmente, creo que es una buena forma de proporcionarles algo de esa inmortalidad por la que los antiguos faraones tanto se esforzaban.

El estado de conservación de los cuerpos es impactante. Es obvio que se trata de cadáveres con más de 3.000 años de antigüedad, así que nadie debe esperar encontrarse con una momia perfecta como la de Evita, pero a través del paso de decenas de siglos, que se dice pronto, llegan hasta nosotros la nariz aguileña de Ramsés II, los restos de pelo rojizo de Seti I y, en definitiva, los rostros de alguna manera reconocibles e individuales de cada una de las momias. Así, uno tiene la inequívoca seguridad y lo que es más importante, la escalofriante sensación, de encontrarse frente a una persona concreta, con un nombre que conoces, que ha mandado construir impresionantes monumentos que has visto y que fue uno de los seres más poderosos de la tierra unos 1.200 años antes de que naciese Jesucristo.

Créanme, es una experiencia irrepetible.
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