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jueves, 17 de noviembre de 2005

La extraña y turbadora belleza de Las Médulas

Es bastante raro que el hombre y la naturaleza trabajen juntos para crear un paisaje, más extraño todavía es que la parte humana del trabajo no sea el hoy por hoy habitual esfuerzo de restauración y desintoxicación, sino un ataque absolutamente salvaje, brutal, que acabe completamente con lo anterior para dar lugar a algo nuevo, y que este paisaje renacido no sea un erial sino algo lo suficientemente bello como para ser Patrimonio de la Humanidad.

Para colmo de extrañezas, imaginen que la depredación humana se hubiese producido hace unos 2.000 años y que, desde entonces y pese a que el paisaje ha sido devuelto a la naturaleza y se mantiene prácticamente virgen, los restos de ese ataque de los hombres siguen siendo visibles.

Todas estas circunstancias se dan en Las Médulas leonesas, antiguas minas de oro romanas en las que se usó un extraordinario y feroz método de extracción que prácticamente desintegró toda una montaña. Desde entonces, hace ya tantos siglos, la naturaleza ha ido retomando el control de lo que era suyo y ahora el atónito viajero se encuentra con un paisaje en el que los restos arenosos de la antigua montaña se encuentran literalmente sumergidos en un mar de impresionantes castaños, muchos de ellos centenarios, cuyas ramas se sujetan de inverosímiles troncos, huecos y retorcidos como la misma muerte y entre los que uno se siente como en una bosque mágico, onírico desde luego, quizá de pesadilla.

En el efecto extraordinario del conjunto tiene no poca importancia otro factor bastante fuera de lo común: el rojo violento de la tierra de El Bierzo; allá por donde uno vaya en esta comarca pisa y ve campos y caminos de un llamativo y fiero color rojo como en pocos sitios lo he visto y que, en mi daltónica memoria, me recuerda a una de las pinturas de mi tío que más me llamaba la atención cuando le veía pintar entre olores a óleo y aguarrás: el “Tierra de Siena”; creo que era algo menos rojizo y algo más oscuro pero me acuerdo de él ahora y me hace pensar que bien podría haber un rojo “Tierra del Bierzo”.

Las Médulas están situadas al sur de El Bierzo, cerca ya del límite con la provincia de Orense y a unos 40 minutos de Ponferrada. Para llegar a ellas hay que ir a un pequeño pueblo con su mismo nombre al que se llega desviándose de la N 120 en dirección a Carucedo (no se preocupen, está señalizado). Desde el pueblo salen las imprescindibles rutas, a pie o en bicicleta, que permiten adentrarse en el paraje, no son paseos complicados y les recomiendo que los hagan andando: es la mejor forma de disfrutar del paisaje, del bosque y de los castaños.

Una vez hayan andado durante unas horitas entre las antiguas minas, se hayan maravillado con el tamaño de las cuevas creadas por el agua y los ingenieros romanos y se sientan transportados a otro mundo es el momento de retomar el camino a la inversa y, antes de llegar de nuevo a Carucedo, girar a la derecha y desviarse hacia Orellán, donde está el altísimo mirador que nos ofrece la fantástica perspectiva de conjunto sobre todo el paraje que se recoge en la imagen.

Es probable que no tengan la suerte que tuve yo de visitar Las Médulas en pleno otoño y disfrutar del contraste entre el rojo de la tierra y el amarillo de las hojas de los castaños, a pesar de ello les recomiendo que no dejen de visitarlas en cuanto tengan la más mínima oportunidad, puede que haya paisajes más hermosos, más grandes, más naturales, pero estoy seguro de que hay muy pocos sitios en España con la belleza mágica de Las Médulas.

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jueves, 11 de agosto de 2005

Una excursión a L'Oceanogràfic de Valencia

Estuvimos ayer por Valencia disfrutando del calor pegajoso y repugnante de la capital del Turia y aprovechamos para hacer una visita a la última atracción abierta de faraónica Ciudad de las Artes y las Ciencias: L’Oceanogràfic.


El folleto que nos reparten a la entrada nos cuenta que L’Ocenaogràfic es un “parque marino”, el más grande de Europa, por cierto. Esta definición ligeramente confusa no deja de ser bastante adecuada para una atracción que está compuesta por varios grupos de gigantescos acuarios que ofrecen al visitante una idea aproximada del diferente hábitat marino de varios lugares del mundo: los océanos ártico, antártico y el atlántico, el mediterráneo, el caribe… El conjunto se completa con un espectacular delfinario y un no menos llamativo aviario en el que se reproducen los ecosistemas de dos tipos diferentes de humedales: el manglar y el marjal.

En pleno mes de agosto y en la costa levantina no hay que ser un hacha para imaginarse que L’Oceanogràfic va estar de bote en bote, como se dice popularmente: todos los acuarios estaban repletos de gente, así como los bares y restaurantes y las diversas instalaciones que completan el parque. Me llamó poderosamente la atención la gran cantidad de visitantes extranjeros que se paseaban por el parque, supongo que, al menos en el extranjero está funcionando la Ciudad de las Artes y las Ciencias como el polo para atraer turismo que se pretendía lograr al emprender el descomunal proyecto.

Si alguien disfruta del parque son los niños, que se pasan el día de pared en pared de los acuarios gritando y empujando como posesos (esos momentos en los que uno admira la obra y la vida de Herodes, ese visionario), pero también a los mayores les gustarán los enormes acuarios, especialmente los dos que tienen túneles (el del Caribe y el de los océanos) que nos permiten una experiencia curiosa viendo como los peces nadan por encima de nuestras cabezas. Por supuesto las grandes estrellas son los tiburones, de los que hay varios ejemplares de distintas especies, pero también son espectaculares los grandes y no tan grandes bancos de peces moviéndose a nuestro alrededor como si fuéramos el comandante Cousteau.

El despiporre infantil (y de algunos adultos) llega en el delfinario, con un espectáculo en el que participan más de una docena de delfines y seis domadores. El show está muy cuidado y resulta un poco hortera, como supongo que corresponde a una cosa de estas. Personalmente, a mí esto espectáculos de doma me resultan un poco deprimentes, ver a un animal bello y salvaje (delfines o caballos, que suelen ser los más típicos) haciendo el indio y dando vueltas como una vulgar bailarina de sevillanas me disgusta más que otra cosa, pero sí disfrute de los enormes saltos y de la belleza de unos animales que, aun en el encierro de una piscina, transmiten una hermosa sensación de libertad (me acaba de saltar el alarma anti-cursilería).

En conjunto vale la pena acercarse un día a L’Oceanogràfic aun a pesar de que la entrada no es precisamente barata (21,20 € para los adultos y 16 € para niños y jubilados), aunque les recomendaría dejar pasar el mes de agosto para encontrárselo un poco más tranquilo. Un último consejo, reserven la entrada con anterioridad y se ahorrarán una buena cola en taquilla, pueden hacerlo llamando al 902 100 031.
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viernes, 8 de julio de 2005

Desde el tren, la Mancha

El paisaje manchego se extiende ante mis ojos a la otra parte de la ventanilla del tren mientras me acerco a esa ciudad en medio de la nada que es Albacete, camino de esa otra ciudad, ésta en medio de sí misma, que es Madrid.

A principios del mes de julio y con la pertinaz sequía azotándonos de forma inmisericorde la Mancha es un inmenso secarral en el que, una vez cosechado el trigo, parece que nada será capaz de crecer de nuevo, excepción hecha de las cuatro malas hierbas que se refugian en la sombra de los pocos árboles que, aquí y allá, tratan sin demasiado éxito de romper la monotonía del paisaje, de la que acaban siendo sólo una parte más.

No suele ser el paisaje quijotesco de la mancha muy del agrado de la gente, que tiende a considerar sus grandes planicies requemadas por el sol como una extensión inhóspita, un tanto inhumana si se me permite la palabra quizá excesiva. A mí, por el contrario, si que me gustan estas llanuras ocre y tierra que hoy veo desde el tren y que he atravesado tantas veces con el coche.

Me gustan porque, en su desolación, tienen algo de arte abstracto espontáneamente creado por el trabajo en común del hombre y de la naturaleza. Mi mirada se desliza suavemente por los inmensos campos como por un Rotko, siguiendo las líneas que han marcado el arado y las ruedas del tractor, posándose un instante en ese pino o en aquella carrasca de apariencia centenaria y a la que el agricultor ha sacrificado unos metros de su valiosa tierra que no siembra, supongo que siendo compensado por la refrescante sombra, de inapreciable valor en la planicie desnuda e implacablemente golpeada por los rayos del sol.

De vez en cuando el paisaje entero se sobresalta con la aparición de un elemento que rompe su monótono orden: un pequeño grupo de pinos, una carretera, un camino que parece dirigido inequívocamente a ninguna parte, un par de enormes silos para el grano o una antigua casa de labriegos. La mayoría de ellas están hoy deshabitadas y sus muros se comban en formas imposibles que sustentan como por milagro sus techos de teja que, en otro tiempo, protegían a los inquilinos menos de la escasa lluvia que del imponente sol. Hoy las tejas y las vigas han cedido a la presión de los años y el abandono y veo desde el tren enormes agujeros que parecen provocados por un obús o un meteorito, pero que en realidad son resultado de algo con un poder de destrucción infinitamente mayor: el final de un modo de vida, desbaratado y desmoronado como las propias casas por los cambios, las comodidades y, paradójicamente, la riqueza.
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martes, 5 de abril de 2005

El ferry a Staten Island

El ferry a Staten Island es gratuito, una palabra que de no ser por él creo que ni existiría en el vocabulario de los neoyorquinos, y ofrece unas espectaculares vistas de Manhattan, amén de pasar cerca de la Estatua de la Libertad. Son tres buenas razones para cogerlo, pero hay además una cuarta: hace un frío que pela en la parte sur de Manhattan y el barquito es un sitio en el que pasar un rato a cubierto de este viento imposible sentado, tranquilo y descansando.

Desde el ferry, el sur de Manhattan se nos muestra espectacular, en cierto sentido demencial y en otro sentido no menos cierto maravilloso. Nueva York parece desde aquí el proyecto perfecto de un arquitecto loco que ha querido crear la ciudad absoluta, el sueño urbano total, la sublimación del acero, el asfalto y el cristal como símbolos de una civilización hipertrofiada, autosuficiente, soberbia…

Ayer por la noche tuve junto al puente de Brooklyn una sensación similar: unos 6000 años de historia de la ciudad culminan aquí, al menos por ahora. No quiero decir con esto que Manhattan sea el lugar ideal para vivir, que quizá sí para un periodo más o menos limitado, sino que será difícil avanzar más por este camino de acero y cristal acumulándose y elevándose, y la ciudad que supere a Nueva York en su actual papel de capital del mundo, si es que eso llega a ocurrir, deberá ser otra cosa, como París o Londres son muy distintos a Roma y el propio Nueva York no lo es menos de ellos.





El sur de Manhattan desde la distancia.

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sábado, 2 de abril de 2005

Desde Little Italy

La principal sensación que tengo desde que salí del metro junto a Times Square es que Nueva York es decididamente real. Ser la ciudad más retratada por la ficción cinematográfica y televisiva podría haber creado una dura barrera de expectativas capaz de acabar con la emoción de cualquier viajero, pero muy al contrario la Gran Manzana te va mostrando lo que esperas de ella y lo hace sin reservas.

Cuando escribo estas líneas (que se publicarán mucho más tarde) me encuentro en Little Italy frente a un reconfortante capuchino ardiendo, ideal para un día lluvioso como hoy, y una “Strawberry cheesecake” que haría a Lázaro correr los cien metros lisos en menos de diez segundos. Mulberry Street, que cerca de aquí se transforma en Chinatown, es en este tramo una calle llena de restaurantes, tan turística como inequívocamente italiana. Los dueños de todos ellos probablemente ya no viven aquí, empujados por los chinos que están expandiendo su zona mucho más allá de sus límites tradicionales, pero todavía se saludan gritando ¡buon giorno! de un lado al otro de la calle.

Esto es Little Italy y no podría ser de otra forma porque, ciertamente, esta calle es tan neoyorquina o más que propiamente italiana pero, sobre todo, es ambas cosas. En cualquier caso, y ahí radica su mérito y el de toda esta alucinante ciudad, tal y como esperábamos que fuese, pero un poco mejor, o más grande, o más impresionante, palabras todas que ya me parecen sinónimo de neoyorquino.




Uno de los más famosos (y cantosos) restaurantes de la Pequeña Italia.

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viernes, 1 de abril de 2005

Desde la Séptima Avenida

Nueva York me ha recibido con día gris, plomizo, casi brumoso, con un matiz metálico que no deja de resultarme bastante apropiado. Tras dejar mis cosas y conocer a mi “casero” Conor he tomado el metro y he ido a recorrer Manhattan durante varias horas. Siguiendo el consejo de Conor he empezado por Times Square y junto a ella, en la calle 42, he salido por primera vez a las calles de la Gran Manzana.

Creo que la experiencia de recorrer un tramo de escaleras y aparecer por primera vez en una populosa calle de Nueva York sólo debe ser comparable a contemplar un gran espacio natural de esos que nos conmueven, como un gran lago de montaña rodeado de picos nevados o una cumbre lejana que se acaba de mostrar ante nuestros ojos en un pequeño claro entre las nubes. El espectáculo resulta abrumador, las riadas de personas, los enormes edificios, las siluetas de espacios o lugares que hemos visto tantas veces en el cine o en la televisión: a la izquierda Times Square, de frente el maravilloso rascacielos Chrysler…

Manhattan es una lugar con una perspectiva muy particular que nos obliga a mirarlo como no miramos ningún otro sitio en el mundo y que creo que está íntimamente relacionada con lo especial que es pasear por sus calles, siempre llevando nuestra mirada hacia delante y ofreciéndonos un espacio que parece inagotable: las largas avenidas se abren frente a nosotros como si no fuesen a acabar nunca. Por si esto fuera poco las distancias no son cosa de broma y nuestro avance parece ralentizarse ante el infinito que se despliega en nuestra contra, como si anduviésemos por uno de los pasillos mecanizados de un aeropuerto pero en la dirección equivocada; una percepción a la que también contribuye, por supuesto, el descomunal tamaño de los edificios y de las manzanas.

Mientras tanto, miles de personas caminan a nuestro lado y se cruzan con nosotros. Algunos son videntes turistas como nosotros mismos, mientras que otros se nos antojan descaradamente neoyorquinos, aunque esa denominación incluye tantas tipologías diferentes que resulta difícil usarla: los típicos negros enormes y gordísimos vestidos como raperos enormes y gordísimos; las mujeres de piel muy blanca y ojos claros, elegantes, altas y delgadas, pisando con resuelta seguridad las aceras de una ciudad que no parece que las intimide como nos intimida a nosotros; las parejas de hispanos jóvenes, no muy distintas de las que ya es tan fácil ver por Madrid: pequeños, cariñosos y de algún modo difícil de explicar ilusionados ante el futuro; los hombres y las mujeres de origen asiático: chinos, japoneses o coreanos, vaya usted a saber, avanzando con urgencia mientras hablan por su teléfono móvil con un perfecto acento o en un absolutamente desconocido idioma.

Todos recorren la ciudad con una prisa que al pausado turista (permanentemente mirando hacia arriba y parando cada dos por tres) no deja de sorprenderle, invadiendo el asfalto invariablemente unos segundos antes de que el semáforo conceda permiso para cruzar, sorteando los taxis rabiosamente amarillos y, siempre que les es posible, aprovechando los atascos para atravesar la calle sin tener que detenerse.
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viernes, 25 de febrero de 2005

Pinceladas de Egipto II: Las momias del Museo

El Museo Egipcio de El Cairo guarda en su interior, como no podía ser de otra manera, una impresionante colección de arte del país de los faraones. Estatuas, sarcófagos, y toda clase de objetos.

A pesar de su abundancia la colección sería incluso inferior a al que se puede ver en el Louvre, pero hay dos salas que evitan que uno pueda disfrutar más de Egipto en el centro de París que en el centro de El Cairo. La primera de ellas es, en efecto, la que reúne el ajuar funerario de Tutankamón. Podría explicarles ahora la riqueza y la belleza de lo que uno encuentra allí, la emoción de tener frente a frente la maravillosa máscara de oro del faraón, pero dejaremos eso para otro día porque ciertamente merece comentario aparte.

De lo que hoy quiero hablar es de la llamada Sala de las Momias Reales. Al fondo de la segunda planta uno se encuentra un mostrador con varios operarios dejando pasar el tiempo, pues es habitual en Egipto que tres cuatro personas hagan el trabajo que podría hacer uno sólo y sin sudar demasiado; tras comprar el ticket por una razonable cantidad de libras y comprobar que no llevamos ninguna bomba en la mochila se accede a la pequeña sala.

La habitación es más o menos cuadrada y tiene unos 6 ó 7 metros de lado. En ella se encuentra como una docena de momias, disculpen que no recuerde bien la cantidad, de reyes y reinas del antiguo Egipto. Algunos de ellos son faraones míticos, personajes como Seti I o su hijo, Ramsés II, el constructor de los templos de Abú Simbel.

La sala no está demasiado concurrida, si uno tiene paciencia podrá disfrutar de un rato a solas con las momias y, en cualquier caso, suele reinar un respetuoso silencio. Hablando de respeto, en Egipto sigue viva la polémica sobre si deben exhibirse los restos mortales de estos hombres y mujeres (que estuvieron durante años apartados de la exposición) y que, según algunos, también tienen derecho a la paz eterna. Personalmente, creo que es una buena forma de proporcionarles algo de esa inmortalidad por la que los antiguos faraones tanto se esforzaban.

El estado de conservación de los cuerpos es impactante. Es obvio que se trata de cadáveres con más de 3.000 años de antigüedad, así que nadie debe esperar encontrarse con una momia perfecta como la de Evita, pero a través del paso de decenas de siglos, que se dice pronto, llegan hasta nosotros la nariz aguileña de Ramsés II, los restos de pelo rojizo de Seti I y, en definitiva, los rostros de alguna manera reconocibles e individuales de cada una de las momias. Así, uno tiene la inequívoca seguridad y lo que es más importante, la escalofriante sensación, de encontrarse frente a una persona concreta, con un nombre que conoces, que ha mandado construir impresionantes monumentos que has visto y que fue uno de los seres más poderosos de la tierra unos 1.200 años antes de que naciese Jesucristo.

Créanme, es una experiencia irrepetible.
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viernes, 4 de febrero de 2005

Santa Tecla

Cuando era muy pequeño un amigo veraniego tenía una inmensa casa en el pueblo con cuatro plantas llenas de habitaciones y de gente en las que pasábamos tardes enteras buscando entretenimiento. Estábamos en el pueblo pero no por eso dejábamos de ser niños de ciudad, así que nunca fuimos demasiado callejeros y nos recorrimos todos los juegos de mesa habidos y por haber, que por cierto en aquella casa eran tan abundantes como las habitaciones.

Entre ellos había uno que se llamaba algo así como “Viajemos por España” y cuya dinámica no recuerdo bien. Me acuerdo mejor de su tablero que era un mapa de la península Ibérica con un montón de sitios y ciudades turísticas por los que debíamos transitar de acuerdo a determinadas reglas y con ciertos fines que, desde luego, soy incapaz de recordar.

Lo que sí puedo recordar claramente es uno de los sitios turísticos del tablero, quizá porque era de los que no resultaba conveniente que te tocasen (estaba a trasmano de todo), quizá porque me llamó la atención su nombre, quizá por que coincidía con el de una notaría en Gandía por cuya puerta pasaba mucho… Fuese por lo que fuese el caso es que cuando viajé a Galicia por primera vez y mi madre me comentó que le habían recomendado ir a Santa Tecla me vino a la mente el dibujo del tablero y pensé que sí, que no podía perdérmelo.

Así que por esas llamativas no-razones me vi un día en la cumbre de Santa Tecla, con el Atlántico a mis pies por un lado y la maravillosa desembocadura del Miño por el otro. Y es que Santa Tecla no es otra cosa de una pequeña montaña embutida en un escaso pedazo de tierra entre el océano y el río, junto a la localidad de La Guardia, y que nos ofrece unas vistas sin duda de las mejores de Galicia.

Para llegar allí hay que pasar por La Guardia, desde donde sólo debemos dejarnos guiar por las indicaciones, luego dejaremos el coche en un aparcamiento junto a un espectacular castro celta a mitad de subida, ya que hacer parte de la subida a pie nos permitirá disfrutar mejor de las vistas y, en la parte superior cabe la posibilidad de que no encontremos sitio para aparcar.

Después del esfuerzo (la cuesta no está nada mal) se sentirá sobradamente recompensado por el panorama que se abre ante sus ojos y por el permanente viento que le regala el atlántico, fuerte, frío, vivificante. Tras su encuentro con el viento un café calentito en un bar junto a la cumbre le permitirá subir un poco la temperatura corporal mientras sigue disfrutando del panorama desde sus amplios ventanales.

No piense que al bajar de Santa Tecla se habrá acabado el día: a unos pocos minutos en coche y en la otra parte de la cercana frontera le espera la bellísima localidad portuguesa de Valença, un entramado de intrincadas callejuelas defendidas por varios recintos amurallados y ciertamente espectacular. Desde allí podrán ver la que puede ser la última etapa de su excursión de un día: Tuy, la última española ciudad en el camino del Miño, supongo que por eso nos mentían a medias cuando nos decían que el gran río gallego desembocaba allí, cuando la verdad es que lo hace junto a Santa Tecla.




El río Miño, poco antes de llegar al mar.

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miércoles, 22 de diciembre de 2004

Viejos recuerdos de viajes navideños II

Bueno, pues como decía ayer la siguiente parada era Albacete. Por aquel entonces la Nacional atravesaba la ciudad de parte a parte, pero aunque no hubiese sido así nosotros nos metíamos por insoldables vericuetos hasta llegar a la fábrica de queso manchego Quintanilla, en la que de nuevo cargábamos al estilo ONG, en esta ocasión quesos y de nuevo para la mitad del pueblo.

Recuerdo entre brumas tres cosas de aquella vieja fábrica: la figura de su dueño, un hombre de mediana edad del que me queda un aspecto como de cansado y que llevaba gafas; la leche almacenada en las tradicionales lecheras metálicas, cremosísima, con varios dedos de nata en su superficie en los que siempre desee meter el dedo, aunque nunca lo hice; pero el recuerdo más penetrante es el olor a leche, un poquito rancio que se me hacía extremadamente apetitoso y, curiosamente, cálido.

Con los quesos distribuidos entre el maletero y los escasos espacios a nuestros pies abordábamos la última parte del viaje. Ya estábamos más allá de la mitad del trayecto y, por así decirlo, el resto debía ser cuesta abajo. Sin embargo, para salir de la capital manchega todavía debíamos superar el último pero más temible obstáculo: la avenida de los semáforos, que era a nuestro viaje lo que el Alpe d’Huez es a los esforzados ciclistas del Tour.

La avenida de los semáforos era una calle larguísima, supongo que agrandada por mis medidas todavía muy infantiles, que estaba atravesada de arriba abajo y de abajo a arriba por un ejército de cruces de calles y semáforos. La táctica, porque había que proveerse de una, era tratar de cruzar el primero en verde y, a partir de ahí, mantenerse a una velocidad más o menos estable entre 50 y 60 por hora con la que se suponía que los pasabas todos. Pero ay de aquellos que tropezasen en los primeros obstáculos porque tendrían que frenar una y otra vez y tardarían más en salir de Albacete que Floro y Sam en entrar en Mordor.

A partir de ese punto el viaje se deslizaba suavemente, sin muchas más cosas que reseñar. Ya no solían ser necesarias más paradas (si las vejigas resistían, claro) y entonces empezaba a cobrar protagonismo mi abuela, que nos advertía de que llegábamos a sus dominios al pronunciar una críptica frase que, aun hoy día, repite cada vez que pasamos por la ciudad de Almansa: “Cuando la mar llega a Almansa a todos alcanza” (rima más en la versión original).

El siguiente paso era el rosario-express que le dedicábamos a la Virgen de Agres (que tiene una curiosa historia que quizá cuente algún día) y que se caracterizaba porque era absolutamente imposible responder a tiempo. Me explico, los que conozcan el rosario sabrán que se trata de un rezo en el que se van engarzando oraciones que empieza el que lleva la voz cantante (algo así como el maestro de ceremonias) y que terminan los demás. Pues bien, mi abuela nunca te dejaba tiempo material para terminar, aunque todos nos esforzábamos tanto en hacerlo que al final parecíamos la familia maicromachín; pero en su particular forma de ver las cosas la gente que trabaja deprisa (que es lo mismo que bien) reza deprisa, así que a correr.

La última parte del viaje, después de unos 400 kilómetros y ocho horas tratábamos de entretenerla jugando a ver quien era el primero que veía la peña (la montaña rocosa que se levanta junto al pueblo) y, ya más de cerca, la propia ermita del lugar. Todo acababa con los toques de claxon que anunciaban nuestra llegada a la anhelante familia, y con mis tíos, mis primos y el perro de turno (que entonces creo que era un chucho negro muy peludo llamado “el boy”) corriendo a recibirnos.

Ahora, con los turbodieseles y las autovías sólo la peña, la ermita y la alegría de la familia son como antes. Eso sí, hemos dejado de viajar y nos limitamos a desplazarnos. Es más cómodo, pero tiene mucho menos encanto, ¿verdad?
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Viejos recuerdos de viajes navideños I

Resulta curioso que la Lotería de Navidad sea uno de los recuerdos más firmemente asentados en nuestra memoria. La repetición cíclica, año tras año de la típica cantinela de los Niños de San Ildefonso (que por cierto, cuanta musicalidad perdió con la llegada del Euro) mantiene en los recovecos de nuestra cabeza recuerdos que de no ser por ella seguro que habrían muerto ya, diluyéndose como lágrimas en la lluvia como decía el replicante de Blade Runner.

Para mí, el sorteo navideño está irremediablemente ligado a los viajes al pueblo de mi niñez, que en su versión invernal coincidían año tras año con el día de la Lotería. Pero ojo, estoy hablando de un concepto de viaje muy distinto al que manejamos hoy en día en este país de autovías (y que me perdonen los de Teruel): hace 20 años viajar desde Madrid a la provincia de Alicante suponía una expedición más cercana a Marco Polo que a la actual velocidad diesel. Les cuento:

El viaje empezaba bastante de mañana, aunque no demasiado para no pillar las carreteras heladas. Subíamos al flamante 1430 del abuelo cinco o seis personas, a saber: el propio abuelo que conducía, la abuela, mi madre, mi hermano, un servidor de ustedes y la incorporación ocasional de mi tío algunos viajes. En este estado de enlatamiento enfilábamos por la Nacional IV, la de Andalucía, que por aquel entonces atravesaba el casco urbano de Aranjuez pasando a pocos metros del Palacio Real. Por allí seguíamos hasta algo más allá de Ocaña, y después nos desviábamos por una serie de carreteruchas secundarias hasta alcanzar la Nacional III, que era la de Valencia.

Nunca estuvimos muy seguros de la idoneidad de esta ruta, pero mi abuelo era un hombre de ideas fijas y todos obedecíamos el sacrosanto mandamiento “el que conduce manda”. Una vez en la carretera de Valencia parábamos a desayunar – comer en una pequeña cafetería de Honrubia en la que nos tomábamos, invariablemente, dos bocadillos de lomo y dos de tortilla, con una ensaladita y una botella de agua.

Honrubia era la primera parada en la que nos informábamos de cómo iba el sorteo gracias a una televisión en color colgada en una de las esquinas del local. No recuerdo bien si era una Vanguard o una Telefunken, pero para que se hagan una idea del modelo eran de aquellos en los que una de las dos cadenas se identificaba como la UHF. Previamente habíamos visto el principio en casa y durante los primeros kilómetros lo habíamos oído en una pequeña radio en forma de balón recuerdo del Mundial 82. Por supuesto, el viejo 1430 no tenía radio.

Después de desayunar y ya que teníamos todo el día por delante íbamos a una carnicería en la propia Honrubia donde comprábamos una cantidad ingente de cordero y cerdo que repartíamos entre toda la familia como si fuésemos una ONG. El espectáculo de mi abuelo ajustado las bolsas con la carne en el maletero era poco menos que épico, sobre todo teniendo en cuenta que había que dejar un hueco para los quesos que íbamos a comprar en Albacete unos kilómetros después y que el maletero del 1430 (que no era precisamente un monovolumen) ya tenía el equipaje de 5 personas dentro. Llevo desde que tengo carné tratando de imitar la habilidad que tenía aquel hombre para embutir bolsas y maletas en aquel reducido espacio, vamos, el cubo de Rubik una mierrrrrrrda al lado del maletero del 1430.

Aquí les dejo por hoy ya que el artículo se me está alargando como se alargaba el propio viaje. Mañana abordaremos la segunda y última parte.
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jueves, 2 de diciembre de 2004

Las entradas del Museo del Prado

Se anuncia no sin cierta polémica que el madrileño Museo del Prado va a duplicar el precio de sus entradas, pasando de los 3 actuales a 6 euros, es decir, justamente el doble. La noticia me parece bastante interesante y, antes de emitir una opinión, creo que debe analizarse desde varios puntos de vista.

El primero de ellos es la comparación con centros similares en países de nuestro entorno. No soy un experto en la cuestión, pero en los museos que conozco de París (Louvre, Pompidu o Musée d'Orsay), Berlín (Pergamonmuseum) o Roma (Museos Vaticanos) recuerdo perfectamente que el precio de la entrada era netamente superior no a los 3 euros actuales del Prado, sino a los 6 futuros: en todos rondaba los 10 ó 12. Para quien se pregunte por ello, aun siendo todos muy diferentes y por tanto no tener sentido una comparación lineal, creo que ninguno puede situarse por encima del Prado.

Otro punto de vista de interés es el valor que debe darse a una experiencia cultural que, si se mira con un poco de detenimiento, no tiene precio. Creo que no solemos pararnos a pensar en ello, pero cuando entramos al Prado tenemos el privilegio de contemplar, por poner el ejemplo más recurrente, exactamente las mismas Meninas que pintó Velázquez, el mismo lienzo, las auténticos y genuinas pinturas que él usó. En esta época de reproducciones un museo de pintura nos permite contemplar obras que han navegado a través de los siglos para llegar a nuestros ojos, para que las miremos exactamente desde el mismo lugar que las miraron sus autores o los reyes que las habían encargado. Sí, el mismo Velázquez admiraba su obra desde ese punto en el que el turista despistado la admira ahora, ¿tiene eso precio cuantificable? En mi modesta opinión, cualquier precio sería justo, menos uno bajo.

Por último está el problema del acceso a la cultura de los ciudadanos y de la “obligación” del estado por favorecerlo. Creo bien poco en un estado que se mezcle en actividades culturales, de hecho me causa pavor cada vez que lo hace... excepto en el caso de los museos de carácter histórico. Hay que tener en cuenta además el origen del grueso de las colecciones del Prado, creadas por la monarquía en un tiempo en el que no había diferencia alguna entre el rey y el estado. Así, me parece legítimo que esas colecciones tengan titularidad pública, es decir, sean propiedad de todos los españoles, y el estado se comprometa en su conservación, pues es un legado que tenemos la obligación moral de transmitir a las generaciones venideras.

Esto no implica que se deba asumir una filosofía del gratis total y la absoluta dependencia del presupuesto, pues la gratuidad no implica una promoción mayor de la cultura sino que todos los ciudadanos pagan por lo que sólo usamos unos pocos. Además, significa que estas instituciones culturales se ven sometidas a un raquitismo presupuestario (la bolsa del estado es lógicamente finita) que les impide promocionar sus tesoros y hacer que lleguen al máximo número de personas. Y, por último, significa que el ciudadano medio no concede el verdadero valor a los tesoros de los que disfruta sin coste alguno y no es capaz, por tanto, ni de saborear su excepcionalidad ni de transmitirla a sus hijos, alumnos o amigos. Esto, por supuesto, no excluye que se deban hacer excepciones con determinados sectores de la población y me parece perfecto que se facilite la entrada a estudiantes, profesores, niños o jubilados.

En definitiva, creo que pagar seis euros por ver “Las Meninas”, “Los Fusilamientos del 3 de Mayo” o “Las Tres Gracias” es un precio más que razonable, un regalo. Yo estoy dispuesto a pagarlos y quien no quiera prescindir de una entrada de cine, tres cañas o una copa en cualquier local nocturno no merece disfrutar de las maravillas a las que esos seis míseros euros nos permiten acceder.
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jueves, 25 de noviembre de 2004

Cinco consejos básicos sobre fotografía viajera

El viajero aficionado y el fotógrafo aficionado son dos especimenes que suelen unirse en un único ser humano. Por si esto no fuera poco los viajes son una de las escasas ocasiones, junto con las celebraciones de cumpleaños por ejemplo, en las que todo el mundo saca fotografías. Sin embargo, tanto en un caso como en otro los resultado suelen ser algo decepcionantes: en la fiesta estábamos más guapos y los monumentos y los paisajes eran mucho más hermosos.

En este artículo pretendo darles algunos pocos consejos que quizá les sean de utilidad a la hora de hacer fotografías de sus viajes. Ya sé que esto puede sonarles un poco atrevido puesto que no soy fotógrafo profesional, pero voy a correr el riesgo por dos razones: a) hago exactamente el mismo tipo de viaje rápido/barato que ustedes, así que tengo una idea bastante aproximada de las condiciones en las que harán sus fotos; y b) tengo una desvergüenza notable.

El primer consejo y mandamiento del fotógrafo de viajes es que debe usted tomarse el tiempo que cada foto necesita. Una de las cosas que más suele faltarnos cuando estamos de viaje es tiempo, por lo que no es fácil hacer algo más que bajarse del autobús y soltar una ráfaga al monumento de turno. Sin embargo, hay que hacer el esfuerzo: una vez decidido el encuadre tómese unos segundos para estudiarlo bien y atender a pequeños detalles que marcarán la diferencia: que la fotografía no “caiga” hacia un lado, que ese andamio de la obra de restauración no se nos haya colado por un borde, que no se vea nuestra sombra…

Una segunda cosa que debemos intentar es aprovechar los momentos en los que la luz es mejor, y las mejores luces son las de las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde. Esto implica que, en la medida de lo posible, debe usted hacer el esfuerzo de madrugar un poquito más de lo que sería deseable, pero todo sea por el arte, ¿no?

Tercer consejo: muévase, una fotografía excelente puede estar sólo unos pasos más allá de una mediocre, búsquela, valore perspectivas un poco más imaginativas que la típica foto frontal que hacen todos, introduzca elementos que aporten interés y, sobre todo, descarte varias antes de decidirse por una imagen. No se asuste por el tiempo que necesitará, ese proceso puede ser cosa de dos minutos.

Cuarto “mandamiento”: manténgase siempre alerta y lleve siempre la cámara consigo. La ley de Murphy es implacable al respecto y si olvida su cámara en el hotel será cuando se encuentre con la estampa local más exótica y deliciosa, el atardecer más espectacular de los últimos 14 lustros o, como seguro que le ha pasado a algún turista en Nueva York esta semana, el concierto sorpresa de U2. Su cámara debe estar siempre a su alcance y usted debe tener el “gatillo preparado” permanentemente.

Por último, y aunque esto no sea estrictamente “hacer” fotos, no olvide seleccionar sólo las mejores de sus imágenes a la hora de enseñárselas a sus familiares, amigos, compañeros de trabajo y víctimas en general. En mis viajes suelo hacer bastantes fotos y luego enseño un máximo de una de cada tres, esto evita sesiones aburridas y repetitivas y mejora espectacularmente el nivel medio de calidad y, por tanto, el disfrute del espectador.






Atardecer en Kom Ombo, Egipto.

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miércoles, 17 de noviembre de 2004

Impresiones de un viajero en Estambul 2. Las tiendas y los tenderos (y 2)

Como decíamos hace unos días, la verdadera esencia del mundo de las compras en Estambul está en los bazares, esas curiosas construcciones destinadas a amontonar pequeñas tiendecitas repletas hasta los techos de la más variada constelación de artículos. Y de entre ellos destacan por sus propios méritos el Bazar de las Especias y, por supuesto, el Gran Bazar.

El primero de ellos está situado en las callejuelas que rodean a la Mezquita Nueva, cerca del puerto. El Bazar propiamente dicho está formado por dos o tres largas galerías abovedadas y repletas de tiendas, pero en las calles que rodean la curiosa construcción se monta un mercado igualmente abundante y quizá algo menos destinado a los turistas y, por tanto, casi más interesante.

En el Bazar de las Especias se puede comprar de todo: sartenes y ollas, cerámica, pashminas, regalos de lo más variado (había unos platos luminosos con imágenes de la Kaaba que eran impresionantes), dulces, joyas y relojes, dátiles y, por supuesto, especias: a granel expuestas en grandes sacos o preparadas para el turista en regalables y transportables cajas: azafrán, clavo, canela, pimienta… todas despidiendo generosamente sus aromas a un viajero que pronto pasa de sorprendido a embotado, todas de colores casi tan fuertes como sus olores.

Capítulo aparte merece el Gran Bazar, el mercado más conocido de Estambul y quizá del mundo. Está situado en una zona muy céntrica de la ciudad, a tiro de piedra de la Plaza de Sultanahmet (una de las más impresionantes que he visto nunca, por cierto). Como en de las Especias, el Gran Bazar está formado por una serie de galerías abovedadas, sin embargo en esta ocasión no se trata de dos o tres, sino de docenas de ellas, tantas, tan irregulares y tan intrincadas que acaban por parecer centenares.

Contrariamente a lo que cabría esperar, o al menos a lo que suponía el viajero, las tiendas no están ordenadas de forma temática ni de ninguna otra forma. Si bien hay zonas del Bazar en las que abundan, por ejemplo, las joyerías, no hay ningún orden establecido que deba ser respetado, por lo que uno puede encontrarse con un escaparate repleto de camisetas falsas de equipos de fútbol de toda Europa franqueado por dos joyerías extremadamente cargadas de oro.

El viajero se interna descuidadamente por el Gran Bazar, cámara de fotos en ristre y va siguiendo las galerías que le marca su instinto, girando ahora a la derecha y ahora a la izquierda, sin darle demasiada importancia. Así, cuando viene a pararse ya le es completamente imposible desandar sus pasos y está perdido y desorientado: exactamente lo que pretendía, pues precisamente es esa desorientación, esa voluntaria pérdida del control lo que le permitirá disfrutar del Gran Bazar de verdad, no como un remedo más o menos exótico de las cortytiendas – y podría ser eso si nos limitásemos a pasear y comprar – sino como un mundo totalmente diferente aunque al final nos dediquemos a algo tan europeo como el consumismo pagado en €.

Tienda tras tienda, escaparate tras escaparate y avieso comerciante tras avieso comerciante el Gran Bazar se le va subiendo a uno a las barbas, invadiéndolo, embotellándolo hasta que llega un punto en el que el cansancio en lugar de dejarse sentir en las piernas se nos presenta en los ojos, que no pueden seguir más el agotador ritmo de observación que nos imponen las repletas galerías. Es el momento de salir, buscar una tranquila callejuela peatonal junto a la cercana mezquita (en Estambul siempre hay una cerca) sentarse y escuchar quizá la llamada del muecín. Hemos salido del Gran Bazar, pero seguimos sintiéndonos en otro lugar, no tan sólo en otra ciudad.




Una de las típicas tiendas del Bazar de las Especias.

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lunes, 15 de noviembre de 2004

La Albufera de Valencia

No suele ser habitual que a muy pocos kilómetros del centro de una ciudad del tamaño de Valencia podamos encontrar un Parque Natural. La histórica laguna de la Albufera, que todos recordamos de las novelas de Blasco Ibáñez (y sobre todo de sus versiones televisivas), rompe esta norma y nos ofrece un poco de naturaleza casi salvaje a tiro de piedra del casco histórico de la ciudad. Aunque muy limitada en su extensión actual, pues se dice que en tiempos de los romanos llegaba hasta Cullera, unos 40 km. al sur, la laguna de la Albufera es todavía un gran lago interior separado del mar por una delgada línea de bosques, dunas y arena, pero que se comunica con éste a través de una serie de brazos. Está situada muy cerca de la ciudad, en dirección al sur, y para llegar hasta ella sólo hay que seguir la carretera a El Saler, muy bien indicada en toda Valencia.

Si tiene usted la suerte de hospedarse en uno de los excelentes hoteles situados en esta lengua de tierra, bien el Parador Nacional bien el Sidi Saler, sólo tendrá que trasladarse un par de minutos en coche para llegar al Centro de Interpretación del Parque, el primer paso más adecuado para una visita turística. Allí le explicarán detalladamente los diferentes ecosistemas que componen el parque e incluso hay espacios habilitados para observar las abundantes colonias de aves que viven o pasan parte del año en las aguas del Albufera.

Sin embargo, la mejor forma de hacerse una idea de lo que es esta hermosa laguna es dar un paseo en barca por ella. Hay varios lugares desde los que se pueden dar estos paseos en las típicas barcas de pescadores de fondo bajo (el lago es poco profundo) en las que, eso si, el motor de gasolina da un inoportuno toque de modernidad que, sin embargo, seguro que su barquero agradece. Desde la barca podrá disfrutar plenamente de la belleza de este parque natural, con sus islas cubiertas de cañas, sus recovecos en los que el paso se estrecha y parece que vamos a quedarnos sin salida, las redes de pesca que dividen en cercos el agua o el amplio espacio central, impresionante cuando uno se encuentra en él y puede darse cuenta del verdadero tamaño de la laguna.

Además de su belleza paisajística, La Albufera nos ofrece el atractivo de su abundante fauna, compuesta sobre todo por distintas especies de aves como grullas, patos, algún martín pescador, garzas... que harán las delicias de los amantes de la naturaleza.

Pero para ver el espectáculo más hermoso que guarda el lago hay que esperar a la tarde. Desde uno de los numerosos miradores situados junto a la carretera de El Saler disfrutamos de una de las mejores puestas de sol que, seguro, podemos ver en España, aunque vivir es probablemente un término más ajustado a la verdad. No se lo pierdan.


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