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viernes, 14 de agosto de 2009

Experiencias del Ramadán en Estambul

Descubro navegando por ahí que en unos día comenzará el Ramadán, ya saben, el mes sagrado de los musulmanes; y con tal motivo he recordado lo que podríamos denominar mis “experiencias de Ramadán”, que tampoco es que sean muchas como no lo son mis visitas a países musulmanes, pero que sí son una parte interesante de lo que fue mi viaje a Estambul, hace ya algunos años.

Santa Sofia1


Resulta que, sin saberlo, llegamos a la capital turca el mismo día (o un día antes, no estoy seguro ahora) de que empezase el mes sagrado, así que toda nuestra visita transcurrió en ese tiempo de significado especial para los mahometanos (palabra, por cierto, mucho más sonora y bonita que musulmanes).

Lo primero es, creo, aclararles que, al menos por lo que a Estambul respecta, viajar en Ramadán no supone ningún problema especial para el viajero, todo lo más que en la mayoría de los bares se negarán a servirle alcohol, unos sin mucha más ceremonia, dándolo como un hecho incontrovertible: es Ramadán, ergo no se bebe; otros explicándose y disculpándose en que “está mal visto” o “podríamos tener problemas”.

La cosa no tiene mayor importancia y, si me apuran, le da un sabor especial a la cerveza que podamos encontrar en alguna esquina recóndita. Durante el viaje, por ejemplo, descubrimos un pequeño hotel en el barrio de Sultanahmed cuyo bar estaba en la última planta, con una terraza maravillosa con vistas a la Mezquita Azul, Santa Sofía, el Bósforo y el Cuerno de Oro (vamos, la repera).

Santa Sofia noche2

Al no estar al nivel de la calle y ser convenientemente discreto no tenían problemas en servirnos unas furtivas cervezas que, eso sí, nos cobraban a precio de oro: unos cinco euros por cada una, si la memoria no me engaña, cantidad por la que se podía cenar en la mayor parte de los restaurantes de la ciudad. A pesar del precio las espectaculares vistas y el placer cuasi clandestino del alcohol justificaron varias visitas.

Cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro

Curiosamente, a pesar de nuestros reiterados pecados con el alcohol en las alturas, lo más parecido a una experiencia mística que tuvimos durante nuestro viaje fue también en una terraza: la de la Torre Gálata, una de las más conocidas atracciones turísticas de la ciudad.

Se trata de una vieja torre, muy restaurada eso sí, en cuya cima se abre una terraza que ofrece unas maravillosas vistas de la parte europea de Estambul y el Cuerno de Oro. Allí subimos una tarde con la intención de pasar un buen rato hasta la puesta de sol y la noche.

Como ustedes sabrán, durante el Ramadán el buen musulmán tiene la obligación de cumplir ciertas prohibiciones desde la salida a la puesta de sol, entre ellas no comer o practicar sexo. La prohibición concreta su fin de una forma ciertamente poética, pues según la tradición acaba “cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro” y ese momento es celebrado con especial énfasis en Estambul.


atardecer_galata2

Así, a la puesta de sol y cuando una luz mágica embellecía la ciudad pero hacía ciertamente complicado distinguir entre un hilo blanco y otro negro, un petardo sonaba sobre los tejados y con él se disparaban los rezos desde los muchísimos minaretes, una increíble mezcla de salmodias que empezaban con el conocido Allahu akbar y que iban variando en distintas e incomprensibles formas y tonalidades que, escuchadas desde la altura de la torre, componían un tapiz de sorprendente musicalidad.

No soy religioso, y menos aún musulmán, pero el momento tenía una innegable espiritualidad.

La feria de Sultanahmed

Puede que durante el día se sometan a una abstinencia bastante severa, pero la noche del Ramadán es una verdadera fiesta. Y no sólo en sus casas particulares con las correspondientes reuniones familiares sino que, al menos en Estambul, había auténticas ferias por los barrios, con su música, sus casetas y, sobre todo, cantidades ingentes de comida.

Casi todas las noches pasábamos un rato por la de la Plaza de
Sultanahmed: paseábamos, probábamos alguna nueva comida o nos comprábamos unos dulces y participábamos, aunque fuese como meros espectadores que no acaban de entender todo lo que pasa, del ambiente festivo.

Y todo al pie de la Mezquita Azul, nada más y nada menos.

A la mañana siguiente todos volvíamos, los indígenas al recogimiento y la abstinencia (al menos teóricos), y nosotros al “turisteo” habitual y a buscar bares en los que, por Alá, se atreviesen a servirnos una cerveza bien fría.

FOTOS: Vean mi selección de fotos de Estambul en Flickr.
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lunes, 29 de junio de 2009

Jan el-Jalili: una inmersión en el verdadero Egipto

Los viajes a Egipto suelen hacerse en grupo y acompañados por un guía que tendrá dos preocupaciones principales: hacerles pasar por las tiendas en las que él cobra comisión y esconder en la medida de lo posible la realidad del país más allá del maravilloso entorno turístico de los templos, el crucero por el Nilo y las Pirámides.

Por eso, para aquellos a los que les gusta ir un poco más allá de la superficie de los lugares que visitan El Cairo será una buena oportunidad para desprenderse de la “vigilancia” del amable guía y conocer un poco más profundamente la realidad de un país que es tan diferente del nuestro. Y un lugar imprescindible para hacerlo es Jan el-Jalili, el famoso bazar del centro de la ciudad.

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Algunos dirán que difícilmente un mercado tan turístico como el bazar en el centro de El Cairo puede ser un exponente de la realidad de la ciudad. Es cierto que Jan el-Jalili es punto de atención para los turistas y que alguna de sus zonas está inequívocamente pensada para foráneos, pero no lo es menos que, si siguen caminando, si salen de las vías más frecuentadas y se adentran en el laberinto de pequeñas callejuelas, si llegan a la parte del mercado que no está pensada para el visitante ocasional, conocerán una parte de la ciudad que, seguro, les costará olvidar.

Verán cafés con hombres fumando en el exterior, pescaderías que ponen su género a la venta sobre una mesa de madera sin ni tan siquiera una fina capa de hielo, a pesar de la temperatura de más de 40 grados a la sombra; carnicerías en las que los corderos cuelgan enteros de un gancho, con su cuerpo despellejado y su cabeza intacta y que son un auténtico festín para las moscas; tiendas de ropa con túnicas imposibles y pañuelos espantosos adornando a maniquíes de los 70; calles sucias en las que la arena y diferentes formas de basura han vuelto a cubrir la fina capa de asfalto; casas de improbable estabilidad de las que salen niños malvestidos…

Verán, en resumen, la realidad de un país pobre que durante el resto del viaje se habrá estado hurtando a sus ojos.

janjalili

Pero no todo es pobreza y sordidez, incluso lo que puede llegar a parecerlo en ocasiones se torna en una agradable sorpresa. Por ejemplo, cuando buscaba un lugar en el que comprar una chilaba de auténtico algodón egipcio (sí, tengo una chilaba el algún rincón del armario) seguí a un hombre que me dijo que en su tienda estaban las mejores de El Cairo.

Yo pensaba que la tienda estaría tras una puerta a nivel de calle, pero para mi sorpresa me encontré siguiendo a un desconocido por unas escaleras y unos pasillos recónditos que me llevaban, pensé yo, a un oscuro logar en el que sin duda iba a ser atracado violentamente y quién sabe si desflorado o simplemente asesinado a golpe de alfanje o quizá usado en algún oscuro ritual faraónico en el mejor estilo de Lovecraft.

Así que, tras atravesar un último pasillo algo más sucio y decrepito que los anteriores
casi me sentí decepcionado por tener que abandonar mi pesadilla gótica y entrar en una tienda espaciosa, con el encantador estilo de los viejos almacenes de paño de los pueblos, con un género de primera y donde fui muy amablemente atendido por tres sonrientes personas que parecían a millones de kilómetros de estar pensando en rituales lovecraftonianos.

También podrá encontrar personajes peculiares, como el simpático vendedor de especias al que compramos un poco de excelente azafrán (tras el correspondiente regateo, por supuesto) y que no nos hablaba ni en inglés ni español (ni por supuesto en árabe que no habríamos entendido nada) sino… ¡en un más que digno catalán! que, según nos contaba emocionado, había aprendido trabajando en Cataluña.

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Estas sorpresas y otras muchas más son Jan el-Jalili, un rincón de El Cairo que, si lo sabe visitar, será mucho más que un escaparate para turistas y también mucho más que un recorrido turístico por la pobreza, será una ventana real a otra forma de vida que podrá ver, oler y palpar antes de volver al oasis occidental de su hotel.
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jueves, 28 de mayo de 2009

¡Times Square se vuelve peatonal!

La que es probablemente la plaza más famosa de la más urbana de las ciudades, la neoyorquina Times Square, ha dejado de ser el lugar por el que miles de coches y más miles de taxis amarillos pasan cada día y es, desde el pasado domingo, uno de los pocos (bueno, en realidad no tan pocos) espacios peatonales de la Gran Manzana.

La idea es un programa piloto del ayuntamiento que durará hasta final de año (entonces se evaluarán sus resultados) y trata de responder a la aglomeración continua de coches y vehículos que suele ser la plaza.

Es cierto que caminar por Times Square a casi cualquier hora del día era una tortura de aglomeraciones y suponía verse sumergido en una marea humana, pero al fin y al cabo era una tortura muy divertida incluso para los propios torturados.

Además, como nostálgico profesional de Nueva York que soy, me preocupa en la distancia que las cosas cambien y no vuelvan a ser como fueron y como a mí me gustaron. No obstante, he de reconocer que en mi propia ciudad las zonas que se han hecho peatonales, sobre todo por el centro y con un interés turístico equiparable, resultan muy agradables, son polos de atracción para el viajero y también se diría que muy rentables comercialmente.

Del mismo modo, y aunque parece ser que también hay atascos importantes (quizá temporales hasta que todo el mundo se acostumbre), parece que a la gente le está gustando la idea y, como se puede ver en esta foto del usuario de Flickr nickdigital, se diría que los neoyorquinos están encantados:

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domingo, 10 de mayo de 2009

¿Cuál es la ciudad más fotografiada del mundo?

Con una diferencia de un par de días encuentro dos estudios que tratan de dilucidar cuál es la ciudad más fotografiada del mundo. Curiosamente, los dos se basan en lo mismo (un análisis de fotografías subidas a Flickr) pero llegan a distintas conclusiones.

Así, según la revista Life la ganadora de la “competición” es Londres, mientras que la segunda es Nueva York y la tercera París; mientras, en un estudio realizado por unos profesores de la Cornell University, en Estados Unidos, las dos primeras intercambiarían sus posiciones, siendo la primera la Gran Manzana, la segunda la capital británica y el tercer puesto para San Francisco.

manhattan2

La verdad es que el segundo estudio, que he encontrado a través de Alt1040, parece muy serio (no se pierdan el impresionante pdf con el que se presenta) y tiendo a creer más en él (bueno, y también por mi vocación de new yorker que los lectores de este blog ya conocen) aunque tiene algunas paradojas.

Así, también se incluyen los monumentos o lugares más fotografiados de cada ciudad y una clasificación de los siete primeros de todo el mundo. Curiosamente, y a pesar de que según este estudio Nueva York es la ciudad más fotografiada, ninguna de sus grandes estrellas turísticas está entre las cinco de las que más imágenes se sacan en el mundo, y hay que esperar al séptimo lugar para encontrar al Empire State Building.

ESBview

La lista completa según Life es esta:

1. Londres
2. Nueva York
3. París
4. San Francisco
5. Chicago
6. Tokio
7. Seattle
8. Berlín
9. Barcelona
10. Toronto

Mientras que la de la universidad americana queda así:

1. Nueva York
2. Londres
3. San Francisco
4. París
5. Los Ángeles
6. Chicago
7. Washington
8. Seattle
9. Roma
10. Ámsterdam

Como verán, en las dos hay grandes ausencias y presencias un tanto sorprendentes, supongo que partir del estudio de Flickr es un método que plantea ciertas carencias y ciertos sesgos.

Barcelona y Madrid, lo más fotografiado de aquí

En cuanto a las ciudades españolas, tienen distinta suerte según a qué clasificación atendamos, así en la de Life Barcelona llega al noveno puesto y Madrid no aparece (sólo se cuentan las 10 primeras); los profesores de la Cornell University bajan a la ciudad condal a la 12º posición y colocan a la capital como la 20ª.

Además, en Barcelona los lugares más fotografiados son: la Sagrada Familia, el Parque Güell, el mercado de la Boquería, la Catedral, la Casa Milà, y la Casa Batlló. Como pueden ver el protagonismo de Gaudí es abrumador.

En Madrid, por su parte, lo que más instantáneas genera es la Plaza Mayor, seguida de la Puerta del Sol, Cibeles, la Catedral (que ya son ganas de fotografiar cosas feas), la plaza de Callao, el edificio Metrópolis (en la esquina de Alcalá y Gran Vía), y el Parque del Retiro. En este caso mis dos sorpresas han sido lo de la catedral y lo del Metrópolis, aunque desde luego es una de las esquinas más bellas de la capital:

metropolis3
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sábado, 9 de mayo de 2009

La grandeza de San Pedro

Puede que San Pedro no sea la iglesia más bella de Roma, pero desde luego es la más impresionante. Y no sólo es una cuestión de tamaño, en este caso lo grande es también grandioso y, sobre todo, causa un impacto en el visitante, completamente disminuido ante las columnas, las estatuas, el Baldaquino

sanpedro03

Supongo que en la impresión que causa cuenta y no poco la magia del lugar, su significación religiosa, su historia. Ya he comentado en alguna ocasión anterior (hablando de Jerusalén, de dónde si no) que los lugares santos tienen un atractivo especial y en Roma, que también es ciudad santa, la mayor parte de esa fuerza se acumula en dos puntos: el Coliseo y San Pedro (bueno, y también algo en las Catacumbas).

La experiencia viajera en San Pedro empieza mucho más allá de las puertas de la basílica, si me apuran se va experimentando desde buena parte de la ciudad, en los muchos lugares en los que podemos ver a lo lejos la tremenda cúpula de Miguel Ángel, más grande que la de la catedral de Florencia si bien no más bella, según se cuenta que dijo el propio artista.

La cosa va creciendo en intensidad cuando cruzamos el Tíber y se acerca a un primer clímax al adentrarnos en la Plaza de San Pedro y vernos rodeados por la inmensa columnata de Bernini, pero incluso después entrar en la iglesia propiamente dicha sigue maravillándonos y dejándonos, literalmente, con la boca abierta.

En la nave central, orgullosamente fundidas en el suelo, unas marcas señalan la longitud que alcanzan los siguientes templos cristianos más grandes del mundo: San Pablo, en Londres; la Catedral de Sevilla… edificios enormes cuyo inicio encontraríamos unos metros en el interior de San Pedro, que los empequeñece.

La basílica romana guarda maravillosas obras de arte, barrocos sepulcros de papas cuyo nombre no recordaríamos de no ser porque están allí, bajo una inmensidad de mármol y belleza. Pero además estas obras, San Pedro tiene puntos más puramente turísticos, lugares en los que hasta el menos apasionado por el arte disfruta de las vistas o del recorrido arquitectónico.

El más espectacular de ellos es la subida a la cúpula, que se hace por el estrecho (realmente estrecho) espacio entre la techumbre exterior y la decoración interior. Por ese pequeño hueco y a través de un empinada escalera que, además, nos obliga a subir inclinados hacia un lado para adaptarnos a la curvatura de la cubierta, llegamos a la torrecilla superior desde la que observamos el impresionante panorama de la Ciudad Eterna, con la plaza de San Pedro abriéndose a nuestros pies.

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A mitad de camino habremos dejado el techo de la catedral, desde el que también podemos asomarnos a la plaza rodeados de las imponentes estatuas de antiguos santos, a menos altura (la cúpula sobrepasa los 130 metros) pero quizá en una posición que nos hace disfrutar más de los detalles.

Y en el lado contrario, bajo el nivel del suelo en lugar de sobre los techos, tumbas de santos y de papas, más mármol, más curiosidades, mucho más que ver, en suma.

Por supuesto, la visita al Vaticano (de un par de días como mínimo) debe completarse con un paseo por sus maravillosos Museos, pero de eso hablaremos otro día…
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miércoles, 6 de mayo de 2009

Un suelo de cristal… ¡a más de 400 metros!

La Torre Sears es una de las atracciones turísticas más conocidas de Chicago, la ciudad que tiene entre sus ciudadanos ilustres a Barack Obama y que, tal y como están las cosas respecto al político americano, dentro de cuatro días será de peregrinación obligada.


La mayor ciudad del estado de Illinois (la capital del estado es Springfield, no sé si la de los Simpson) es conocida en todo el mundo por su arquitectura, al parecer una de las más interesantes de los Estados Unidos, y dentro de esto las Torre Sears es un hito singular con sus 443 metros de altura (sin contar las enormes antenas), que la convierten en uno de los edificios más altos del mundo.

Actualmente su mirador, el Skydeck, está situado a más de 400 metros de altura y es visitado por 1.300.000 turistas cada año, pero creo que esta cifra se incrementará a partir de julio, cuando se abra un nuevo e impresionante espacio ¡con el suelo de cristal!

Se trata de “la cornisa” (traduzco de "Ledge"), un saliente de algo más de un metro con el suelo y las paredes de cristal que ofrecerán un panorama impresionante de la ciudad desde su descomunal altura y una sensación de vértigo que difícilmente podremos encontrar en otros lugares.


Viendo las recreaciones infográficas que les dejo (cortesía de la web del Skydeck) la verdad es que habrá que ser un valiente.
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viernes, 1 de mayo de 2009

No todo es fútbol en Madrid y Barcelona

Ni siquiera en esta semana en la que el partido del siglo es más partido del siglo que nunca todo en Madrid y Barcelona es fútbol, al menos para los redactores del suplemento de viajes del New York Times, que siguen considerándolas ciudades turísticas más allá del Berbabéu y el Nou Camp.

Así, a día de hoy podemos encontrar un par de artículos sobre las dos ciudades más grandes de España, un empate que muy poco gustaría a los madridistas pero que demuestra que nuestro país sigue siendo un destino bien considerado en la Gran Manzana.

El que se refiere a Madrid está dentro de un amplio e interesante conjunto de artículos titulado “Europa para todos los bolsillos” y en el que se ofrecen ideas para viajes ahorrativos o derrochadores a lugares como París, Berlín, Londres, Dublín, Lisboa, Praga…

Se trata de proponer planes a un coste predefinido de 250 dólares para los que andamos caninos y de 1000 para los menos preocupados por la crisis. Las diferencias parten desde el alojamiento (un hostal cerca de la Plaza de Santa Ana en el primer caso y el carísimo Villamagna en el segundo) hasta las comidas y las compras.

Me ha hecho bastante gracia cómo explica el concepto de “menú del día” a los americanos que, obviamente, no lo conocen:

Most restaurants offer a set lunch menu called the menu del dia with a choice of starter and entree plus dessert or coffee — and maybe a glass of wine — often for 10 euros or less.
La mayoría de los restaurantes ofrecen un menú de almuerzo llamado “el menú del día” con una opción de entrante, un plato y postre o café - y tal vez un vaso de vino - a menudo por 10 euros o menos.

Por cierto, hace unos 18 meses los menús del día por menos de 10 euros eran una rara excepción en la mayor parte de zonas de la capital (y desde luego en las turísticas) mientras que ahora son efectivamente muy frecuentes, para que luego digan que no se nota la crisis.

Además, nos manda a cenar a Casa Labra (un muy recomendable bar y restaurante especializado en bacalao al lado de la Puerta del Sol), de compras por la calle Toledo, a los museos cuando se puede entrar gratis y de marcha por Las Vistillas.

El plan caro casi que ni se lo cuento, baste con decir que pasa por la tienda de Loewe y por bares en los que una comida te sale por 150 euros.

El reportaje sobre Barcelona se parece a uno que ya reseñamos aquí sobre Madrid que diseñaba un intenso recorrido por la ciudad en 36 horas y, como en aquel caso, se trata de un auténtico raid en el que se tocan museos, edificios, zonas, restaurantes…

Pasa por maravillas como Santa María del Mar, el Liceu o el Palau de la Música Catalana; nos invita al Macba y al Museu Picaso; y nos hace caminar por el paseo marítimo de la Barceloneta y, por supuesto, por las Ramblas. Personalmente echo de menos (y mucho) una o dos referencias a Gaudí, pero está claro que 36 horas no dan para todo, ni siquiera cuando, como es el caso, las estiramos hasta que parecen 72.
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sábado, 4 de abril de 2009

Plazas del mundo: en el corazón de la ciudad

Las calles estrechas se abren y se crea un espacio amplio, cuadrado, redondo, rectangular a veces e incluso de forma extrañamente irregular en otras ocasiones, es una plaza, centro de la vida de la ciudad en el pasado, lugares turísticos por excelencia en el presente.

Después de conocer Bruselas he reflexionado sobre como algunas ciudades se unen en nuestra memoria a su plaza o sus plazas. Y es que, además de su belleza, pareciera que por un extraño procedimiento de destilación en ellas se hubiese concentrado buena parte de lo mejor (y en ocasiones de lo peor) del carácter y el sabor de cada ciudad.

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¿Qué plazas se acumulan y dominan en mis recuerdos? Por supuesto la Grand Place, supongo que por su deslumbrante belleza y por ser la última que he conocido. Pero no es un tema solo de cercanía en el tiempo: seguro que tardaré mucho en olvidar esa imagen de los edificios iluminados reflejándose en los adoquines húmedos por la eterna lluvia, con el Ayuntamiento destacando como una inmensa catedral laica.

Roma es también ciudad de plazas, empezando por supuesto por la del Vaticano, una de las más grandes del mundo y, sin dudarlo, una de las más bellas también, pero con el aire artificial de algo que no ha sido creado precisamente para pasear o vender cosas y que hace que uno prefiera la mucho más pequeña del Campidoglio, cuya recoleta belleza es el premio justo (generoso, creo yo) que uno recibe tras el esfuerzo de subir la Cordonata.

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¿Más? Sí, mucho más: la de España que es quizá el verdadero centro de Roma, la pequeña y maravillosa plaza en la que está el Panteón, las cálidas plazoletas del Trastevere

Las de Nueva York son radicalmente diferentes y quizá sea la americana más ciudad de largas avenidas que de plazas, pero ¿qué sería de la Gran Manzana sin Times Square? Fue el primer lugar que vi de Manhattan y en ese instante saliendo del metro me di cuenta de que estaba ya irremisiblemente enamorado de esa ciudad.

La esencia de Nueva York está en Times Square, sus edificios "masivos" y sus aceras repletas, pero cuando estén allí no dejen de visitar otras dos plazas: la que forma el delicioso Bryant Park en la parte trasera de la gran Biblioteca Pública de la calle 41, con sus terrazas y las sillas en las que la gente lee, se conecta a Internet y juega al ajedrez y al backgammon; y Union Square, a la altura de la 14, donde la ciudad lanza hacia el norte su cuadrilátero de inmensas manzanas y en la que los neoyorquinos bailan, quedan y escuchan imposibles mítines políticos a favor y en contra de los más insospechados temas.

En Estambul están también las plazas, claro, pero parte de su protagonismo lo han usurpado los bazares. No obstante, la gran ciudad del Bósforo tiene la inmensa plaza que merece y de la que muy pocos lugares pueden presumir: la de Sultanahmed, con dos de las maravillas del mundo mirándose frente a frente a través de los siglos: Santa Sofía de un lado y la Mezquita Azul del otro. No creo que haya en el mundo un lugar en el que dos edificios tan bellos y tan impresionantes estén separados por una única plaza prácticamente peatonal, salir de cualquiera de ellos y caminar cinco minutos para llegar al otro será uno de los momentos mágicos que vivirán cuando visiten la antigua Constantinopla.

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Y por último (más que nada porque en algún momento hay que acabar) no muy lejos de Estambul está la ciudad que, en cierto sentido, es ella misma una plaza, es decir, un lugar en el que confluyen corrientes que llegan desde distintos puntos: Jerusalén. Pero, ¿tiene plazas la capital de Israel? Hay una en la parte nueva en la que palpita el corazón de la ciudad actual más que el de la eterna: la de Zion, siempre repleta de gente que se busca, o que sólo busca o que simplemente pasea.

Y hay dos a las que se mira todo el mundo, separadas por unos pocos metros en altura y no muchos más en distancia: la Explanada del Templo y, a su pie, el Muro de las Lamentaciones. Tampoco sé si son éstas plazas en el sentido que habitualmente le damos al término, pero estoy seguro de que su espíritu lo es, como es muchas más cosas.

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Pocas más tiene la Ciudad Vieja, algunas pequeñas hay sí, en la confluencia de varias callejas y con niños musulmanes jugando un tanto desarrapados; o en las terrazas de Barrio Judío por las que se puede pasear y en las los que juegan niños judíos, de diferente aspecto pero parecidas diversiones: a esas edades no hay tantas diferencias.

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martes, 24 de marzo de 2009

El espectáculo de las tiendas de Bruselas

Una de las cosas que más me ha llamado la atención de Bruselas, supongo que por lo inesperado, ha sido las maravillosas tiendas que jalonaban todo el centro de la ciudad, de las más “bien puestas” que he visto en mi vida.

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Por supuesto, las reinas eran las de chocolate y confitería, que por algo el chocolate belga es el chocolate belga, pero la delicadeza, el buen gusto, el orden e incluso el lujo de las bombonerías parece haberse transmitido a muchos más campos y casi cualquier tienda de casi cualquier cosa nos ofrecía interiores palaciegos, escaparates primorosos y productos colocados con un esmero que casi daba pena tocarlos para comprar uno.

Debe ser tradición que venga de antiguo porque las Galerías Saint Hubert, uno de los lugares más deliciosos de la ciudad y con algunas de las mejores tiendas, fueron inauguradas en 1847. Su elegante pasillo bajo la protección de la elevada cristalera es un refugio idóneo para los días (que no deben ser pocos) en los que el tiempo haga de pasear por la calle un ejercicio poco apacible.

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Sin mojarnos y sin frío podemos contemplar fastuosos escaparates de chocolaterías, de tiendas de moda, de zapaterías… e incluso una maravillosa librería que parece estar allí desde mediados del S XIX con un ambiente tan agradable, tranquilo y cálido que a uno le entran ganas hasta de comprar libros en flamenco.

También en la galería varias cafeterías con un aspecto excelente en las que el viajero que se atreva a desafiar a los previsiblemente nada contenidos precios podrá disfrutar incluso de una terracita a cubierto, viendo el ir y venir de los bruselenses.

Las tiendas en la iglesia

Otro ejemplo de la pasión de la ciudad por las tiendas que también me llamó poderosamente la atención es la iglesia de San Nicolás, un pequeño templo situado en el casco histórico, cerca de la Grande-Place, que pasaría bastante desapercibida de no ser porque en su exterior, y adosadas de una forma un tanto extraña para mí, un montón de tiendas ofrecen sus productos como si de un mercado se tratase.

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Y no crean que se trata de comercios de productos religiosos, imaginería o hábitos como algunos que se pueden ver en el centro de Madrid, un simple ejercicio de memoria me lleva a acordarme de un par de relojerías bastante espectaculares, algunas tiendas de ropa, una panadería con un aspecto impresionante y una tienda de quesos ante la que la gula era más una necesidad que un pecado (y eso por no hablar de la charcutería de enfrente).

Sólo un pero que poner: el primero las inclasificables tiendas de regalos para turistas, que olvidaban casi todo el glamour de sus vecinas y se diferenciaban bastante poco de sus congéneres en otras ciudades del mundo, con capítulo de sordidez aparte para las reproducciones del Manneken Pis.

Y el segundo para las tiendas de ganchillo, una tradición del antiguo Flandes que los Austrias trajeron a España en mala hora (lo siento, pero detesto el ganchillo en todas sus variantes, debe ser un trauma de la niñez) y que tenía en tres o cuatro tiendas por el centro un reducto de resistencia, eso sí, asaltado por los desaprensivos turistas que obligaban a prohibir la entrada a todo aquel que fuese armado… de un gofre.

PD.: No se pierdan la galería de las fotos de tiendas y esparates que tomé en Bruselas.
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jueves, 15 de enero de 2009

Mis fotos: nieve en el Retiro de Madrid

No sé si se han enterado pero el otro día nevó en Madrid. Sí, está claro que se han enterado, es casi imposible no hacerlo cuando algo así pasa en Madrid, colapsa el tráfico, cierra el aeropuerto más importante de España y monta un fenomenal lío político. Además, los madrileños (y muy especialmente los periodistas madrileños) vivimos erróneamente convencidos de que absolutamente todo lo que pasa en la capital interesa muchísimo a todos los españoles.

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Bueno, supongo que además de las imágenes del caos y el infierno para los automovilistas (y los viajeros) también vieron alguna fotografía de lo hermosa que está la ciudad cuando la cubre un manto blanco tan bello como poco común.

La nieve tiene un peculiar efecto estético: no sé por qué, pero es capaz de embellecer casi cualquier cosa, y si cae en algo que ya de por sí es muy bonito, el Parque del Retiro por ejemplo, el efecto es directamente espectacular. No me extraña que el sábado por la mañana y soportando una temperatura más propia de la estepa rusa que de la soleada España muchos nos aventurásemos por el jardín más conocido de Madrid buscando inmortalizar ese día especial.

Y este es el resultado del frío que pasé yo y de casi un principio de congelación, espero que al menos valiese la pena:



Y si quieren pueden ver las imágenes como un pase de diapositivas en mi espacio en Flickr.

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sábado, 13 de diciembre de 2008

Manhattan

Puede que la isla de Manhattan no sea el lugar más bello del mundo, pero probablemente es el más interesante y también estoy casi seguro de que es el mejor exponente del desarrollo de la civilización occidental; además, también es bello, aunque normalmente no hablemos de su belleza sino de sus impresionantes rascacielos, de sus grandes avenidas o de sus maravillosos museos.

La vista más famosa de Manhattan es la que se contempla desde la base del Puente de Brooklyn en una perspectiva que inmortalizó Woody Allen en su maravillosa película. Llegué allí la noche de mi segundo día en Nueva York, tras haber estado desde primera hora dando tumbos por una ciudad en la que hacía un frío tremendo, llovía y gracias al viento resultaba imposible mantener el paraguas en una posición que nos ayudara a no mojarnos.

Después de todo eso estaba muerto, al ver esto me quedé maravillado.

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Sentí que tenía ante mis ojos la culminación de unos 6.000 años de historia, de algo que había empezado entre el Tigris y el Eúfrates milenios atrás y que terminaba allí, frente a mí, al otro lado del East River.

Sentí la impresión que debía sobrecoger a los que viesen Roma por primera vez, la emoción que debían sentir los siervos del Califa al entrar en Bagdad, la sorpresa de los que llegasen al París del S XIX, en definitiva, tuve claro que estaba ante la capital del mundo, en el epicentro de la mayor parte de lo que somos, en el lugar en el que hay que estar.

La vista nocturna desde Brooklyn nos muestra un Manhattan de enormes moles de cristal y acero, pero la magia no es sólo por los edificios altos y las grandes avenidas, es también por
la riqueza de sus museos, la puesta del sol sobre el Hudson, las praderas y los lagos de Central Park, la belleza art decó de algunos de sus rascacielos...

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Es por el metro atestado de gente diferente, negros, judíos, asiáticos, irlandeses, hispanos... cruzando sobre el Puente de Williamsburg y dejándonos ver el Empire State Building en la lejanía.

Es por los miles de restaurantes de centenares de cocinas distintas, los deliciosos perritos calientes callejeros, las tiendas chinas de cosas que jamás comeríamos (pero que quién sabe si no hemos comido en aquel sitio de Chinatown), las librerías lujosas y las de segunda mano...

Y es también los lugares de paso en los que miles de personas caminan junto a ti sin mirarte: Union Square, Penn Station, Times Square
, Grand Central...

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Es todo eso y es mucho más.

Sí, quizá Manhattan no sea el lugar más hermoso, pero tengan por seguro que no hay otro así y que, cualquier día y a cualquier hora, es donde me gustaría volver. Aunque también es posible que sí, que final y definitivamente, en la realidad o en mi recuerdo (qué más da), esa estrecha isla sea el lugar más bello del mundo.
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domingo, 7 de diciembre de 2008

Navidad en Madrid, una buena excusa para visitarnos

En los últimos días he dado un par de paseos por el centro de mi ciudad, Madrid, acercándome un poco al ambiente navideño del centro, con las luces, el mercadillo de cosas para el belén y la casa de la Plaza Mayor... La verdad es que hacía mucho que no paseaba por estas zonas en estas fechas y, al visitarlas con mi pequeña hija de dos años, he redescubierto un excelente reclamo para que los turistas nos visiten: puede que nuestra navidad no tenga el glamour de la neoyorquina, pero sí es un buena ocasión para conocer un Madrid ligeramente diferente y bastante entrañable.

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Por supuesto, no soy el único que se ha dado cuenta de esto y de hecho prácticamente todo el centro está literalmente abarrotado de gente, muchos madrileños con niños como un servidor pero también se ven muchos turistas que están disfrutado de la ciudad durante este puente de la Constitución.

Varias son las razones que justifican este viaje que les propongo: en primer lugar conocer la ciudad con la iluminación navideña, polémica en los últimos años y quizá algo menos espectacular éste, pero que sigue siendo de las más llamativas de España y, desde luego, le da un toque completamente diferente a calles que conocemos también como Alcalá o el Paseo del Prado y a monumentos como la Cibeles o la Puerta de Alcalá.

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Otro motivo puede ser el viejo mercadillo de artículos navideños de la Plaza Mayor, también algo menos exuberante este año que en mis recuerdos (esto puede deberse a lo mentirosa que suele ser la memoria para estas cosas o a que este año sea efectivamente más pequeño por culpa de la prohibición de vender artículos de broma que ha hecho el Ayuntamiento de Madrid, siempre tan amigo de meterse en tonterías de estas para molestar a sus propios vecinos), pero que en cualquier caso merece una visita, sobre todo si tiene usted niños a los que les encantarán las figuritas de belén, las panderetas y las mil chorradas decorativas.

puesto

Y una tercera razón absolutamente válida es, por supuesto, la posibilidad de hacer compras de cara al consumismo navideño en el que ya estamos inmersos, y también por motivos menos habituales como conseguir un décimo de lotería de Doña Manolita, la administración más famosa y tradicional de Madrid y cuyos números se reparten (o dicen repartirse) en la Puerta del Sol por vendedores ambulantes que nos prometen a gritos "¡¡el gordo de Doña Manolitaaaaaaaa!!".

Además, este año las compras vivirán probablemente un final de diciembre interesante para el consumidor (al menos el que se lo pueda permitir) ya que el descenso de la demanda y la fuerte competencia harán que muchas tiendas adelanten la temporada de rebajas con descuentos importantes incluso antes de acabar el año.

Y, por supuesto, la navidad no cambia un ápice la habitual oferta cultural y de entretenimiento de Madrid, por ejemplo el Prado tendrá durante estas fechas dos excelentes exposiciones temporales que también justificarían por sí mismas una visita a la ciudad: una de Rembrand que acaba el 6 de enero y otra con la colección de escultura clásica del Museo Albertinum de Dresde.

No me negarán que es un menú la mar de apetecible...
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lunes, 3 de noviembre de 2008

Experiencias viajeras: el baño turco

Los viajes también tienen sus ritos, ceremonias de cumplimiento prácticamente obligatorio que hemos de realizar en cada destino que visitamos, como si de una peregrinación se tratase: algunos son sencillos, como tirar la moneda a la Fontana di Trevi o meter la mano en la Bocca della verita; otros solo podemos cumplirlos tras una larga cola, como la de los que en Santiago esperan para abrazar al Santo.

Y si uno va a Estambul, uno de los ritos que no debe dejar de celebrar (aunque hay otros, es ciudad de muchos ritos) es pasar por un baño turco y someterse al relajante tratamiento de mounsieur el masajista, que suele ser un señor no muy agraciado y de otomano mostacho que nos da una auténtica paliza, eso sí, muy relajante.



En mi viaje a la ciudad turca cumplí con la "obligación" del baño turco, como no, y para hacerlo elegí uno que parecía bastante serio porque, aunque quizá sea una tontería, ir a un sitio público a despelotarse y que le hagan a uno un masaje puede generar una cierta dosis de desconfianza. Así que pensando en esto y también en que según la guía de viajes era de los más bonitos de la ciudad nos fuimos al Cagaloglu, muy conocido en Estambul y que, además, se construyó en 1741, lo que hacía la visita aun más interesante.

Fue todo un acierto, ya que se trata de unos baños realmente hermosos y con un ambiente muy especial: no es lo mismo relajarse bajo una cúpula antigua y rodeado de mármoles que hacerlo en una moderna y aséptica sauna. Además, y contra lo que cabría esperar, había muy poca gente, así que durante algunos ratos toda la sala era para nosotros dos (me acompaña un amigo), lo que resultaba la mar de agradable.

La cosa empezaba en unas pequeñas habitaciones con puerta de madera en las que te desnudabas y guardabas la ropa, luego cerrabas con llave y te la llevabas junto con un enorme llavero metálico, pensado para no perderla durante el baño. Creo que también cogías en ese momento una especie de palangana metálica para ir echándote el agua por encima y, por supuesto, una minúscula toalla con la que, una vez dentro del baño, te tapabas las vergüenzas, como dirían los antiguos.

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Nos recomendaron que comenzásemos por una pequeña sala muy caliente, bastante similar a sauna a la que estamos acostumbrados pero sin ser de madera. Allí el calor era poco menos que insoportable, así que no aguantamos demasiado y pasamos a la zona central, donde resultaba algo más moderado. Al poco de estar allí llegaron los maromos bigotudos de los que hablaba antes y empezó el masaje propiamente dicho, realizado con abundancia de agua y que acababa con un enjabonamiento que le hacía a uno sentirse como un coche en pleno túnel de lavado.

No soy experto en el tema, así que quizá sea necesario que un buen masaje sea un poco brusco como el que nos propinaron, el caso es que cumplió su misión relajante y tonificante. Después, uno podía quedarse todo el tiempo que quisiera dentro de la sala, respirando los vapores y la tranquilidad del lugar. Lo hicimos durante un rato para luego salir de nuevo y seguir relajándonos con un te caliente.

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Pero lo mejor de todo, al menos para mi, fue el afeitado posterior, con un barbero de los de toda la vida que trabajaba en el mismo establecimiento y que nos hizo un apurado perfecto como solo puede hacerse a navaja. Eso sí, declinamos educadamente la oferta cuando nos preguntó si queríamos que nos recortase los pelillos de la nariz con las mismas tijeras que llevaba un buen rato haciéndoselo a todo el mundo .

Cuando salimos de nuevo a las calles de Estambul habíamos pasado un par de horas dentro del edificio de los baños, ya era hora de cenar y en nuestros cuerpos y nuestras mentes teníamos la sensación y el sabor de haber viajado no sólo a otro país, sino también y sobre todo a otra época.

Por supuesto, no dejen de cumplir con el rito si tienen la oportunidad.

PD.: Las fotos son de la propia página de los baños Cagaloglu

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miércoles, 29 de octubre de 2008

Los bares, las bebidas y el vino como atracción turística

Recibo en mi oficina una nota de prensa que cuenta que la atracción turística más visitada de Irlanda es la antigua fábrica de la Guiness, que desde el año 2000 está abierta al público como museo de la conocidísima marca de cerveza negra y que llevaba en servicio desde 1759, nada más y nada menos. Por si el atractivo de la fábrica y de la marca no fuesen suficientes, al parecer la fábrica (en la que no he estado) cuenta con un bar en su último piso que ofrece unas llamativas vistas panorámicas de Dublín.

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Además de despertar mi curiosidad y las ganas de conocer el museo (y eso que no me gusta mucho la cerveza negra) la nota me ha hecho pensar en que el mundo de las bebidas alcohólicas se está convirtiendo en otra excelente excusa para viajar, conocer y ampliar nuestra cultura.



Bueno, en realidad no creo que nadie viaje a Dublín sólo por conocer el lugar donde durante más de dos siglos se fabricó la Guiness, pero sin embargo los famosos pubs de la ciudad sí suelen ser uno de los motivos que la gente tiene para visitarla (aunque puede que no todos lo reconozcan). Sin embargo, alrededor del vino sí que se está generando toda una industria turística que nos puede llevar por bodegas, denominaciones de origen, rutas...

Es lo que se ha dado en llamar enoturismo, y que supone un sector tan en alza como para que aparezcan páginas como Viajeros del vino, que lleva ya un año en Internet dando cuenta de una forma de viajar que ofrece muchas posibilidades, desde el gran lujo de los hoteles - bodega como el del Marqués de Riscal hasta ideas mucho más modestas y asequibles, pasando por la última moda de la vinoterapia.

Oporto

En mi caso, he visitado alguna bodega en mis viajes, pero las que más recuerdo (y las que más "montado" tenían el tema) son las de los vinos de Oporto, en la bella ciudad portuguesa. Aunque lo justo sería decir en Vila Nova de Gaia, la localidad justo en la otra orilla del Duero donde están todas las grandes bodegas de un vino que, pese a su nombre, tampoco se cría en las cercanías sino a bastantes kilómetros aguas arriba, en el interior de Portugal.

Cuando visité Oporto en un extraordinariamente caluroso mes de agosto las bodegas no sólo eran una visita interesante por sí mismas, que lo son, sino que su fresco ambiente las hacía aun más atractivas para el acalorado turista, así que nos costó poco decidir que teníamos que visitar una. Hay un montón de ellas y todas tratan de captar visitantes, pero elegimos una de las más conocidas y con más historia, las de la firma Sandeman, cuyo logo siempre me ha parecido uno de los mejores diseños de la historia.

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Lo más curioso de la visita fue que por cuestiones de horarios la hicimos con un grupo de italianos y, por supuesto, con un guía que nos hablaba en italiano (hay visitas en un montón de idiomas y también en Español, pero nos venía fatal) a pesar de lo cual entendimos prácticamente todo, supongo que la mezcla de italiano y acento portugués es especialmente comprensible para oídos hispanos, por alguna razón que desconozco.

Nos explicaron cómo se elabora el vino, las características de las tierras en las que se cultiva, como nació la industria del vino de Oporto y su relación con Inglaterra... un montón de cosas interesantes, en suma, y como suele suceder en estos casos, al final probamos alguno de los caldos de la casa, estrategia infalible para que todos acabásemos pasando por caja para llevarnos una o dos botellitas a casa.

La Geria

El caso de la región vitivinícola de Lanzarote, La Geria, es un tanto especial, pues en pocos lugares la cultura del vino ha creado un paisaje tan especial y espectacular que merezca una visita. Además, también hay varias bodegas que conocer, yo mismo estuve en las de la marca El Grifo, la más antiguas de la isla.

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Pero eso, que también es muy interesante, se lo contaré otro día...

PD.: Olvidé decir que la foto de la fábrica Guiness la he tomado de su página web.

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sábado, 11 de octubre de 2008

Comer en las calles del mundo (y II)

(Este artículo es continuación de este otro)

En Roma la comida callejera está cuasi monopolizada por las pizzerías que vendían el famoso plato italiano al peso, pero lo que yo recuerdo con rotundas salivaciones "a la Homer" son las heladerías, que justificaban tarde tras tarde (no fallaba ninguna) la fama de los helados italianos en todo el mundo. Además, había algo más allá del sabor con lo que es muy difícil competir: el placer de tomarse un helado sentado a la entrada del Panteón, en las escaleras de la Plaza de España o en los asientos junto a la Fontana di Trevi, observando a los turistas y disfrutando de una tarde soleada de mayo. Si no lo han probado les garantizo que, solo por eso, valdría la pena viajar a la Ciudad Eterna.

Si pensamos en comer en París lo que nos viene a la mente son pequeños bistrós en el Barrio Latino o Montmartre, pero los puestos callejeros son también una opción y en ellos el rey es el muy francés crep, pero en dura batalla con la no menos gabacha baguette. Recuerdo a esta última de mi primer viaje a la Ciudad de la Luz, siendo poco más que un adolescente que recorría las calles más "rojas" de Montmartre con la sensación de estar haciendo algo malo y muy atrevido. Las baguettes se vendían como bocadillos de vaya usted el qué, pero fuese lo que fuese en abundancia y con el pan untado en toneladas de mantequilla, indigestas y casi peligrosas, pero he de reconocer que muy ricas.

Las crepes llegaron años después, primero en un café a la orilla del Sena, cerca de Notre Dame (la verdad es que en París los "escenarios naturales" son de primera) y más tarde, en un fin de semana romántico, en los Campos de Marte, junto a la Torre Eiffel, en un puesto callejero que, como todos los de la ciudad, estaba atendido por un inmigrante. Lo bueno de estos creps es que te los preparan en el momento, delante de tus ojos, con lo que están bastante buenos aunque las materias primas no sean, probablemente, de primera.

Y, por supuesto, pocos sitios mejores en el mundo para cenar que frente a la torre metálica parisina, con toda su iluminación encendida en una agradable noche de otoño.

En Alemania la primera opción son, por supuesto, las salchichas, casi un "plato nacional" en una gastronomía que tampoco destaca por su delicadeza. Además, hay miles de sitios de comida turca más o menos sofisticados (por lo general no demasiado sofisticados) que también pueden ser una buena idea. No obstante, como de lo turco ya hablamos en la entrega anterior hoy quiero recordar las espléndidas salchichas, servidas casi siempre sin el panecillo típico del perrito como, por otra parte, aconsejaba su tamaño imponente.

Solía haber muchas variedades entre las que elegir, especialmente si el puesto era de los grandes, más parecidos a una enorme caravana que al tenderete típico; además se acompañan de patatas fritas o incluso de algunas cosas algo más complejas y se ofrecían con otro montón de diferentes y sabrosísimas salsas.

En cuanto a los marcos incomparables... la mejor salchicha que probé fue en Berlín (que para algo es la capital, digo yo) en un enorme puesto callejero junto a la famosa Isla de los Museos del Spree y después de habernos quedado literalmente boquiabiertos por el Museo de Pérgamo.

Voy terminando y ahora hablaré del fracaso, de aquella ciudad en la que no me atreví a disfrutar de la comida callejera: El Cairo, la apasionante capital egipcia (nótese que no digo bella, no es exactamente bella aunque les recomiendo encarecidamente que no dejen de visitarla). Pero El Cairo es peligrosa, no tanto por la delincuencia que es escasa como en la mayor parte de los países árabes, como por lo que se ha dado en llamar "la maldición de los faraones": una terrible dolencia que, no obstante, se puede curar con las dosis adecuadas de Fortasec, pero que aun así puede atarnos, en un sentido casi literal, a la taza del WC (que fino lo he dicho) durante un día entero o más.

La maldición de los faraones es un mal casi inevitable, cual plaga bíblica nos atacará hagamos lo que hagamos, pero aún así debemos tomar precauciones y entre ellas las dos principales son usar agua embotellada casi hasta para ducharnos, y huir como alma que lleva el diario de toda comida que no ofrezca unas mínimas garantías, al menos para nuestros occidentales y pusilánimes ojos. De todas formas, no creo que eso les suponga un excesivo sentimiento de pérdida: si visitan algún mercado de comida de los que se encuentran por las calles cairotas, con la comida (¡incluso pescado!) expuesto a la ferocidad de los más de 40 grados a la sombra encima de una mesa de madera sin siquiera acompañarla de un poco de hielo... A uno no se le abre el apetito, la verdad.

Y ya como cierre, lo que nos queda por disfrutar: Japón (vea los mejores hoteles de Japón a los mejores precios) y sus miles de bares de sushi (soy un apasionado del sushi), de los que todo el mundo habla cuando vuelve de allí y que hemos visto en los documentales de viajes cuando hablan de el Tsukiji, el mercado mayorista de pescado de Tokio, junto al que hay, al parecer, decenas de lugares en los que probar tan exquisito manjar a precios casi de risa.

Espero poder contárselo algún día.
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jueves, 9 de octubre de 2008

Comer en las calles del mundo (I)

La comida y la gastronomía son una parte importante de la experiencia viajera y creo que no solo para aquellos que, como un servidor, somos aficionados a la buena mesa: comer es una parte importante de la cultura y las costumbres de cada lugar que visitamos y saber como se hace en cada sitio es, creo yo, tan importante como conocer sus museos o sus monumentos.

Y dentro de lo que es comer, pienso que para los viajeros ocupan un lugar muy especial los puestos callejeros que en prácticamente todo el mundo nos ofrecen comida a pie de calle, sin necesidad de pasar por la formalidad de la mesa y el mantel y pudiendo seguir paseando o sentarnos en la acera para contemplar como los otros turistas y los indígenas siguen de acá para allá cumpliendo con sus obligaciones.

En mi limitada experiencia una de las mejores ciudades del mundo para comer en la calle es Estambul, principalmente por los numerosos puestos de kebab que ofrecen ese bocadillo ya conocido en todo el mundo. No obstante, hay algunas diferencias respecto a los que tomamos por Madrid (o cualquier ciudad española): suelen ser algo más sencillos en su relleno y, normalmente, el pan que se usa no es tanto la pita habitual por estos lares como unas tortitas enrolladas.

Los había (como todo en esta vida) mejores y peores pero todos eran bastante comestibles y los de pollo tenían un precio imbatible: antes del cambio a las nuevas liras turcas de hace unos años costaban un millón, que a pesar de la magnitud de la cifra eran al cambio poco más de 0,70 euros. Además, los vendedores ofrecían su baratija comestible al inefable grito de "¡Bir million! ¡Bir million!" (¡un millón, un millón!) que acababa por formar parte de la auténtica banda sonora de Estambul.

Había algunos más caros pero que podían valer la pena: recuerdo que en la feria del Ramadán de la plaza de Sultanahmed (un paraíso de la comida callejera, por cierto) había un puesto en el que la carne, de cordero, se preparaba a la brasa, sí sí, a la brasa aunque resulte increíble; créanme si les digo que era absolutamente delicioso.

Otra posibilidad interesante en Estambul eran los bocadillos de pescado que se preparaban en el puerto, junto al puente Gálata. Ni el aspecto de los puestos ni el de los tenderos hacían pensar en los más rigurosos controles sanitarios, pero al fin y al cabo estábamos junto al Bósforo y pensamos que el pescado debía ser fresco. La experiencia fue gratificante y no tuvo efecto secundario alguno.

Otra ciudad en la que es habitual comer en las calles es Nueva York, donde a pesar de que se ofrecen cientos de comidas de cientos de lugares del mundo el rey indiscutible es el puesto callejero de perritos calientes. También era una opción económica: cuando visité la ciudad el "modelo" sencillo con ketchup y mostaza costaba un solitario dólar (me dicen que ahora han subido a dos) y ciertamente tenía un sabor completamente especial que no sé si sería por la salchicha, el panecillo, las salsas de bote o la mugre del carrito.


También se estilaba mucho en la Gran Manzana el pretzel, una cosa a mitad de camino entre el bollo y la galleta de nombre un tanto judaizante y que no logró convencerme lo más mínimo: su pasta seca poco podía hacer frente a la carnosidad jugosa del perrito

En cualquier caso, quién no se ha comido un perrito caliente caminando por Broadway o sentado en Central Park no puede decir que ha vivido la full New York experience.

PD.1: Como el artículo me estaba quedando largo he decidido partirlo en dos, así que mañana tendrán más.

PD.2: La imagen la he tomado de la wikipedia, su autor es J.Reed y se trata de un puesto de perritos en Coney Island.

PD.3: Lea la segunda parte de este artículo.
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jueves, 2 de octubre de 2008

Viajes de cine, viajes en el cine

Este martes el suplemento "Viajar" de La Vanguardia publica un interesante y bien escrito artículo sobre destinos viajeros en el cine, es decir, de como en algunas películas se reflejaban determinadas ciudades o paisajes, en ocasiones "engañando" al espectador, como cuando una playa gaditana refleja una supuesta Cuba en una de las últimas de James Bond.

Lamentablemente no les puedo enlazar con el reportaje en cuestión porque ese suplemento no se refleja en la web del periódico barcelonés (o yo no he sido capaz de encontrarlo) pero el tema me ha hecho pensar en cómo el séptimo arte tiene, como en tantos otros aspectos de nuestras vidas, una importante influencia en nuestros viajes.

Ya les hablaba por aquí no hace mucho de un viaje que hice muy influenciado por una película concreta, pero creo que a todos nos ha pasado algo similar alguna vez o, al menos, todos hemos recordado esta o aquella película cuando visitábamos una ciudad, un monumento, un lugar... Incluso hay ciudades que prácticamente nos parecen un escenario cinematográfico o televisivo: Nueva York, Venecia, Roma... todos los que las visitan tienen en su mente una ciudad filmada, lo que en ocasiones puede ser un riesgo para nuestra experiencia viajera: la realidad no siempre supera a la ficción y otras veces es, simplemente, demasiado distinta de la ficción.

La ciudad más cinematográfica que yo he visitado es, sin duda, Nueva York. Además de que Manhattan es probablemente el pedazo de tierra más filmado de todo el mundo el abajo firmante en bastante fan de Woody Allen, así que la Gran Manzana era ya uno de los paisajes habituales de mi mente mucho antes de conocerla.

Afortunadamente, al menos para mí, Nueva York responde a su mito cinéfilo e incluso lo supera, porque todo es tal y como lo hemos visto en las películas: las grandes avenidas, los enormes edificios, Central Park, las aceras llenas de gente, los taxis amarillos, el puente de Brooklyn, el ferry a Staten Island que tomaba Melani Griffith en Armas de Mujer... Incluso la pista de hielo del Rockefeller Center, que yo tuve la oportunidad de ver en su último fin de semana del año y que en tantas películas navideñas hemos visto.


Y, por supuesto, la maravillosa Tiffany de la quinta avenida, que sigue tal cual la dejaron Audrey Hepburn y George Peppard para delicia de turistas, cinéfilos y mitómanos variados.

¿Qué ciudades o lugares de cine os han gustado al conocerlos? ¿Cuáles os han decepcionado? ¿En donde pensáis que una gran película merecería ser rodada? A ver si alguien se anima y comenta...

ACTUALIZACIÓN: Parece que se han puesto de acuerdo, a las pocas horas de publicar este artículo he encontrado uno excelente (bueno hasta en el título: El fantasma de Kim Novak) en El Viajero de El País sobre el San Francisco de esa maravilla hitchcotiana que se llamó Vértigo en todo el mundo y De entre los muertos en España y que, como bien cuenta el reportaje, es un ejemplo perfecto de cómo el cine crea, cambia o refuerza un destino turístico. Por cierto, los que no hayan visto la película ya están tardando, como supongo que los que no conocemos San Francisco ya estamos tardando...
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jueves, 25 de septiembre de 2008

Edificios que impresionan... y enamoran

Nadie (excepto los estudiantes de arquitectura, supongo) piensa que viaja para ver edificios, pero las construcciones de diferentes tipos suponen una parte importante del atractivo turístico de muchos de nuestros viajes y son también buena parte de nuestros recuerdos. Y no me refiero a los edificios como contenedores (los museos, por ejemplo) sino por sí mismos, ya estemos hablando de templos del pasado o de rascacielos del futuro, desde las Pirámides hasta la Torres Petronas pasando por iglesias, mezquitas, castillos y también, por qué no, museos.

Me pongo a pensar en edificios y uno de los primeros que viene a mi memoria es la impresionante Mezquita Azul de Estambul, cuya belleza y armonía exteriores no preludian la deslumbrante magnificencia de su interior, la amplitud de la enorme sala, la luminosidad, la delicadeza de la decoración. Aun recuerdo el shock que sufrí cuando traspasé el umbral y levanté la mirada.

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Una de las razones por las que puede impresionarte un edificio es su tamaño: eso es probablemente en lo primero que piensa uno cuando entra en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la mayor iglesia del mundo y, probablemente, también uno de los mayores templos de cualquier religión. San Pedro no es especialmente bella, hay otras iglesias en Roma que me gustaron más como Il Gesu o San Juan de Letrán, por citar dos; sin embargo lo excepcional de las proporciones de la basílica vaticana hace que irremediablemente nos quedemos sin aliento, más aún si subimos a la tremenda cúpula y disfrutamos desde allí de una de las mejores panorámicas de la Ciudad Eterna.

También el tamaño es una de las claves de la admiración que sentimos por las Pirámides de Giza, pero a ella se une, al menos en mi caso, la especial percepción del tiempo que se tiene ante un monumento que tiene 4.000 años, que era antiguo cuando fue contemplado por César, Marco Antonio y Cleopatra, que era antiquísimo cuando Napoleón pasó por allí con su ejército... Recuerdo que el día que las visité aparcamos el pequeño autobús al pie de la Keops y al bajar la enorme mole de piedra (hay que tener en cuenta que no sólo es alta, sino también grande, una auténtica colina) me dejó poco menos que clavado en el sitio, eran muchas toneladas de piedra y muchos siglos, que también pesan lo suyo.

En otras ocasiones no sólo nos impresiona el edificio en sí, sino también lo que podemos ver desde él. El caso más llamativo al respecto que yo he vivido es, como no, el Empire State Building en Nueva York, que yo esperaba llamativo más que nada por su altura pero que me pareció una preciosa torre con un toque art - decó y neoyorquino maravilloso, pero que además ofrece una vista impresionante de Manhattan, uno de los lugares más especiales del mundo.

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En España hay muchos edificios que impresionan y enamoran, como ejemplo de ellos podemos hablar de la Catedral de Santiago de Compostela, que además está en una de las plazas más bellas del mundo. Recuerdo una anécdota curiosa relacionada con esta increíble iglesia: en una cumbre internacional que se celebraba en la ciudad gallega (no recuerdo ahora a santo de qué) estaban invitados mandatarios y dirigentes de todo el mundo. Uno de ellos era Mijaíl Gorbachov, un señor que algo había viajado y que vivía en una chozita como el Kremlin. Pues bien, al salir del enorme coche oficial recuerdo el gesto de sorpresa del líder soviético, que contempló la fachada del Obradoiro con un gesto similar al que habría hecho, creo yo, de ver un OVNI en mitad de la plaza con hombrecillos verdes y todo.

Pero no sólo los edificios grandes o altos nos impresionan y nos enamoran, también caemos fascinados ante la encantadora pobreza del prerrománico asturiano, frente a la delicadeza sublime de los palacios y los jardines de la Alhambra, con el maravilloso modernismo de la Casa Batlló de Gaudí o con la belleza barroca de San Carlos de las Cuatro Fuentes, la pequeña iglesia de Roma de la que se decía que cabría en uno de los pilares de San Pedro.

Y es que el tamaño no siempre importa.
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miércoles, 3 de septiembre de 2008

"Chocolatee" su viaje a Turín

Si hay un mercado abierto, global y con una competencia feroz ese es el turístico, así que no es extraño que los distintos destinos se agudicen su ingenio para hacer propuestas cada día más originales que llamen la atención de los turistas e influyan en la decisión final de destino.

Y, sin duda, una de las más llamativas que he visto en los últimos tiempos es la que han puesto en marcha las autoridades de Turín y de la que me he enterado a través de Noticiasdot.com: un Chocopass que le permite degustar los productos de 23 pastelerías de la ciudad en tres días.

Resulta además, que Turín es (cosa que yo tampoco sabía) la capital gastronómica de Italia y, muy especialmente, de todo lo que se refiere a lo dulce, una de las especialidades de la ciudad nada más y nada menos que desde los tiempos de Roma, como bien explica el artículo (bastante bueno, por cierto) de Noticiasdot.com:

Turín y el Piamonte son famosos por el arte dulce desde la antigüedad, tanto que, ya Plinio (s. I), escribiendo sobre los Taurini, decía que éstos, con piñas de los abetos de los Alpes y con miel, hacían un dulce (llamado aquicelus), que puede que sea el antepasado del moderno turrón. En la larga lista de dulces en Turín hasta el siglo pasado predominaba el chocolate, definido técnicamente como combinación de cacao torrefacto y azúcar muy refinado y mezclado a la temperatura adecuada.

Y casi tan arraigada es la tradición de pastelerías y cafés en los que tomarse la bebida típica de la ciudad (a base de chocolate) y toda clase de dulces:

Gianduiotti, almendras garrapiñadas, tartas, bizcochos, helados y chocolates calientes… la mejor producción chocolatera espera al viajero en los cafés históricos y en las pastelerías de Turín y su territorio. Pralinés rellenas y tartas aromáticas, originales galletas y sabrosas bebidas… los amantes de los dulces encontrarán aquí su paraíso. Ningún otro lugar cuenta con una tradición tan enraizada, artesanos tan creativos y una pasión tan difundida por el chocolate y la repostería.

Además, el precio es más que asequible: tan sólo 15 euros por persona que garantizan que su bolsillo no lo sufrirá demasiado (y se puede comprar por internet).

Otra cosa será, me temo, lo que pueda pasar con su línea...
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jueves, 28 de agosto de 2008

Andar por el tejado de una catedral

No sé si se puede hacer en otros lugares del mundo, aunque supongo que no es demasiado común, desde luego, la única vez que he andado por el tejado de una catedral fue en el impresionante Duomo de Milán, un día nublado de hace ya demasiados años, en lo que fue mi primer viaje a Italia.

Había ido a la ciudad lombarda por motivos laborales pero conseguí reservarme día y medio, más o menos, para hacer un poco de turismo. La verdad es que eso no daba para mucho pero tampoco Milán es una ciudad italiana al uso, de esas que no se agotan en una semana de monumentos y visitas, así que en esas pocas horas sí tuve tiempo a ver lo más importante. Con una excepción: tras varios lustros cerrada al público por un complejo proceso de restauración no pude ver la Santa Cena de Leonardo Da Vinci... por adelantarme siete tristes días a la inauguración oficial.

Sí que pude ver el Castelo Sforzesco, las Galerías de Vittorio Emmanuelle y, por supuesto, la enorme catedral. Il Duomo milanés es un edificio peculiar en muchos sentidos: tiene un tamaño absolutamente descomunal (es una de las iglesias más grandes del mundo), un estilo arquitectónico tan personal como inconfundible y tardó casi 600 años en construirse, lo que probablemente constituya un récord dentro de las grandes catedrales europeas.

De mi visita, que como les digo fue hace ya demasiados años, recuerdo un interior bastante oscuro (era un día muy nublado y las vidrieras dejaban pasar poco más que un hilo de luz) que excepto por su enormidad y su altura no me llamó demasiado la atención, pero no puedo decir lo mismo de la excursión a las alturas que disfruté por el exterior.



No sé si había ascensor pero yo elegí unas tortuosas escaleras, un esfuerzo que se vio compensado más que de sobra al llegar a la cima. La Catedral es muy alta (su aguja central supera los 100 metros) así que desde su tejado se divisaba todo Milan. Lo mejor era, no obstante, el fantástico espectáculo de las decenas de estilizadas agujas que se elevan, con estatuas en su punto más alto, como desafiando desde las alturas a toda la ciudad.

Por otra parte, al rato de contemplarlas uno comprendía que las agujas y sus estatuas en realidad no se enfrentaban a la ciudad sino que hablaban con ella, con los edificios altos y modernos como el "Pirellone", o con los no tan altos y no tan modernos que ocupan la mayor parte de la ciudad y que permiten que, desde los casi cien metros del techo de la catedral, sentir el poder que representaba (y quizá aún represente) la mole de mármol que, paradójicamente, tenemos bajo nuestros pies.

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