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viernes, 14 de agosto de 2009

Experiencias del Ramadán en Estambul

Descubro navegando por ahí que en unos día comenzará el Ramadán, ya saben, el mes sagrado de los musulmanes; y con tal motivo he recordado lo que podríamos denominar mis “experiencias de Ramadán”, que tampoco es que sean muchas como no lo son mis visitas a países musulmanes, pero que sí son una parte interesante de lo que fue mi viaje a Estambul, hace ya algunos años.

Santa Sofia1


Resulta que, sin saberlo, llegamos a la capital turca el mismo día (o un día antes, no estoy seguro ahora) de que empezase el mes sagrado, así que toda nuestra visita transcurrió en ese tiempo de significado especial para los mahometanos (palabra, por cierto, mucho más sonora y bonita que musulmanes).

Lo primero es, creo, aclararles que, al menos por lo que a Estambul respecta, viajar en Ramadán no supone ningún problema especial para el viajero, todo lo más que en la mayoría de los bares se negarán a servirle alcohol, unos sin mucha más ceremonia, dándolo como un hecho incontrovertible: es Ramadán, ergo no se bebe; otros explicándose y disculpándose en que “está mal visto” o “podríamos tener problemas”.

La cosa no tiene mayor importancia y, si me apuran, le da un sabor especial a la cerveza que podamos encontrar en alguna esquina recóndita. Durante el viaje, por ejemplo, descubrimos un pequeño hotel en el barrio de Sultanahmed cuyo bar estaba en la última planta, con una terraza maravillosa con vistas a la Mezquita Azul, Santa Sofía, el Bósforo y el Cuerno de Oro (vamos, la repera).

Santa Sofia noche2

Al no estar al nivel de la calle y ser convenientemente discreto no tenían problemas en servirnos unas furtivas cervezas que, eso sí, nos cobraban a precio de oro: unos cinco euros por cada una, si la memoria no me engaña, cantidad por la que se podía cenar en la mayor parte de los restaurantes de la ciudad. A pesar del precio las espectaculares vistas y el placer cuasi clandestino del alcohol justificaron varias visitas.

Cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro

Curiosamente, a pesar de nuestros reiterados pecados con el alcohol en las alturas, lo más parecido a una experiencia mística que tuvimos durante nuestro viaje fue también en una terraza: la de la Torre Gálata, una de las más conocidas atracciones turísticas de la ciudad.

Se trata de una vieja torre, muy restaurada eso sí, en cuya cima se abre una terraza que ofrece unas maravillosas vistas de la parte europea de Estambul y el Cuerno de Oro. Allí subimos una tarde con la intención de pasar un buen rato hasta la puesta de sol y la noche.

Como ustedes sabrán, durante el Ramadán el buen musulmán tiene la obligación de cumplir ciertas prohibiciones desde la salida a la puesta de sol, entre ellas no comer o practicar sexo. La prohibición concreta su fin de una forma ciertamente poética, pues según la tradición acaba “cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro” y ese momento es celebrado con especial énfasis en Estambul.


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Así, a la puesta de sol y cuando una luz mágica embellecía la ciudad pero hacía ciertamente complicado distinguir entre un hilo blanco y otro negro, un petardo sonaba sobre los tejados y con él se disparaban los rezos desde los muchísimos minaretes, una increíble mezcla de salmodias que empezaban con el conocido Allahu akbar y que iban variando en distintas e incomprensibles formas y tonalidades que, escuchadas desde la altura de la torre, componían un tapiz de sorprendente musicalidad.

No soy religioso, y menos aún musulmán, pero el momento tenía una innegable espiritualidad.

La feria de Sultanahmed

Puede que durante el día se sometan a una abstinencia bastante severa, pero la noche del Ramadán es una verdadera fiesta. Y no sólo en sus casas particulares con las correspondientes reuniones familiares sino que, al menos en Estambul, había auténticas ferias por los barrios, con su música, sus casetas y, sobre todo, cantidades ingentes de comida.

Casi todas las noches pasábamos un rato por la de la Plaza de
Sultanahmed: paseábamos, probábamos alguna nueva comida o nos comprábamos unos dulces y participábamos, aunque fuese como meros espectadores que no acaban de entender todo lo que pasa, del ambiente festivo.

Y todo al pie de la Mezquita Azul, nada más y nada menos.

A la mañana siguiente todos volvíamos, los indígenas al recogimiento y la abstinencia (al menos teóricos), y nosotros al “turisteo” habitual y a buscar bares en los que, por Alá, se atreviesen a servirnos una cerveza bien fría.

FOTOS: Vean mi selección de fotos de Estambul en Flickr.
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lunes, 3 de noviembre de 2008

Experiencias viajeras: el baño turco

Los viajes también tienen sus ritos, ceremonias de cumplimiento prácticamente obligatorio que hemos de realizar en cada destino que visitamos, como si de una peregrinación se tratase: algunos son sencillos, como tirar la moneda a la Fontana di Trevi o meter la mano en la Bocca della verita; otros solo podemos cumplirlos tras una larga cola, como la de los que en Santiago esperan para abrazar al Santo.

Y si uno va a Estambul, uno de los ritos que no debe dejar de celebrar (aunque hay otros, es ciudad de muchos ritos) es pasar por un baño turco y someterse al relajante tratamiento de mounsieur el masajista, que suele ser un señor no muy agraciado y de otomano mostacho que nos da una auténtica paliza, eso sí, muy relajante.



En mi viaje a la ciudad turca cumplí con la "obligación" del baño turco, como no, y para hacerlo elegí uno que parecía bastante serio porque, aunque quizá sea una tontería, ir a un sitio público a despelotarse y que le hagan a uno un masaje puede generar una cierta dosis de desconfianza. Así que pensando en esto y también en que según la guía de viajes era de los más bonitos de la ciudad nos fuimos al Cagaloglu, muy conocido en Estambul y que, además, se construyó en 1741, lo que hacía la visita aun más interesante.

Fue todo un acierto, ya que se trata de unos baños realmente hermosos y con un ambiente muy especial: no es lo mismo relajarse bajo una cúpula antigua y rodeado de mármoles que hacerlo en una moderna y aséptica sauna. Además, y contra lo que cabría esperar, había muy poca gente, así que durante algunos ratos toda la sala era para nosotros dos (me acompaña un amigo), lo que resultaba la mar de agradable.

La cosa empezaba en unas pequeñas habitaciones con puerta de madera en las que te desnudabas y guardabas la ropa, luego cerrabas con llave y te la llevabas junto con un enorme llavero metálico, pensado para no perderla durante el baño. Creo que también cogías en ese momento una especie de palangana metálica para ir echándote el agua por encima y, por supuesto, una minúscula toalla con la que, una vez dentro del baño, te tapabas las vergüenzas, como dirían los antiguos.

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Nos recomendaron que comenzásemos por una pequeña sala muy caliente, bastante similar a sauna a la que estamos acostumbrados pero sin ser de madera. Allí el calor era poco menos que insoportable, así que no aguantamos demasiado y pasamos a la zona central, donde resultaba algo más moderado. Al poco de estar allí llegaron los maromos bigotudos de los que hablaba antes y empezó el masaje propiamente dicho, realizado con abundancia de agua y que acababa con un enjabonamiento que le hacía a uno sentirse como un coche en pleno túnel de lavado.

No soy experto en el tema, así que quizá sea necesario que un buen masaje sea un poco brusco como el que nos propinaron, el caso es que cumplió su misión relajante y tonificante. Después, uno podía quedarse todo el tiempo que quisiera dentro de la sala, respirando los vapores y la tranquilidad del lugar. Lo hicimos durante un rato para luego salir de nuevo y seguir relajándonos con un te caliente.

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Pero lo mejor de todo, al menos para mi, fue el afeitado posterior, con un barbero de los de toda la vida que trabajaba en el mismo establecimiento y que nos hizo un apurado perfecto como solo puede hacerse a navaja. Eso sí, declinamos educadamente la oferta cuando nos preguntó si queríamos que nos recortase los pelillos de la nariz con las mismas tijeras que llevaba un buen rato haciéndoselo a todo el mundo .

Cuando salimos de nuevo a las calles de Estambul habíamos pasado un par de horas dentro del edificio de los baños, ya era hora de cenar y en nuestros cuerpos y nuestras mentes teníamos la sensación y el sabor de haber viajado no sólo a otro país, sino también y sobre todo a otra época.

Por supuesto, no dejen de cumplir con el rito si tienen la oportunidad.

PD.: Las fotos son de la propia página de los baños Cagaloglu

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