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jueves, 25 de febrero de 2010

Él sí va a hacer ese viaje que los demás no nos atreveremos a soñar

Hoy he estado comiendo con mi compañero, al menos por unas horas más, Fabián Barrio, que este fin de semana dejará la empresa en la que hemos trabajado juntos durante los últimos 20 meses (más o menos) y en la que él llevaba mucho más.

Cuando supe que se iba lo lamenté por varias razones: es un tipo que trabaja bien, con el que la oficina es más divertida y estimulante y, sobre todo, que me descubría gloriosos restaurantes como el indescriptible “chino cochino”. Pero también pensé que si abandonaba LD es que tenía un proyecto muy interesante entre manos.

Me quedé corto, miren miren:



Supongo que el vídeo les llamará la atención por su personal factura y por el tremendo viaje que anuncia, nada más y nada menos que dos años para recorrer cinco continentes, unos 100.000 kilómetros en moto y muchos días para conocer aquello que le guste o que le llame la atención.

El pequeño discurso de seis minutos ya deja entrever el brutal grado de preparación que tiene la aventura, pero si tuviesen la oportunidad de hablar con él les aseguro que se quedarían poco menos que boquiabiertos con la cantidad de raciocinio que se está aplicando en esta locura: prácticamente no hay situación que no se haya pensado o eventualidad que no se haya preparado.

Pero lo mejor de todo es que nos lo va a contar, a través de su flamante página Salí a dar una vuelta (en la que escribirá y colgará fotos y vídeos de forma compulsiva) y también por Facebook, Twitter e incluso a través de móvil si alguien se anima.

Y yo, que después de 20 meses y algunas comilonas empiezo a conocerle, les puedo garantizar que va a ser muy muy divertido y muy muy interesante.

No dejen de seguirle, sobre todo si pueden soportar la envidia de ver como alguien hace esa increíble y maravillosa locura que los demás no nos atreveremos a hacer jamás.

Y por supuesto… ¡buen viaje Fabián!
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domingo, 29 de marzo de 2009

Personajes de mis viajes: el reverendo en Junior’s (y II)

(Sigo con el relato que empezamos ayer sobre uno de los personajes más peculiares que me he encontrado en mis viajes. Recuerden que la primera parte de esta historia está aquí).

Estaba acompañado de otros dos hombres, más jóvenes los dos y uno de hecho muy joven: pensé que tendría unos 16 años, mientras que el otro, quizá hermano mayor del primero, parecía tener veintimuchos.


Ambos trataban al del traje a cuadros con una especial forma de respeto, algo reverencial, propia no sólo del trato a alguien de más edad o de la familia sino destinada a una persona con una especial posición dentro del círculo social.

No podía entender toda su conversación a pesar del empeño que ponía en ello (“espiar” a los vecinos de mesa es una de las más entretenidas ocupaciones a las que uno se puede dedicar cuando viaja solo), pero el Junior’s estaba lleno y era bastante ruidoso y yo no llevaba demasiado tiempo en la ciudad y mi inglés no estaba completamente engrasado.

De los retazos que iba cogiendo entendí que, a pesar de su estrafalaria indumentaria, el hombre del traje a cuadros debía ser reverendo, predicador o el cargo que correspondiese en alguna iglesia de la zona. Por otra parte, el más joven de los acompañantes había encontrado el camino de Dios no hacía mucho, después de una vida no demasiado ordenada que “ya había quedado atrás”, como decía el propio chico ante la aprobación de su hermano (supongamos que lo era) y del reverendo (supongamos también, puestos a suponer, que ese era su título).

La conversación quedaba frecuentemente interrumpida por personas que saludaban al reverendo, le presentaban a familiares suyos con frases como “este es el sobrino de que le hablé”. Él les hablaba amablemente, les hacía un par de preguntas, les daba alguna recomendación, les emplazaba a visitarle algún otro día…

Siguiendo un código que no logré desentrañar porque a mi todo el mundo me parecía muy similar, a algunas personas las respondía sentado en su sitio mientras que en el caso de otras, las menos, se levantaba y mantenía la breve conversación de pie, junto a la mesa.

Ya fuese de pie o sentado la gente que se acercaba a él le trataba con ese respeto reverencial del que les hablaba antes y que dejaba claro que ese hombre no era un miembro más de la comunidad, sino alguien con una especial preeminencia en ella.

Terminada ya la tarta hacía bastante rato, sin ganas de comer nada más y con el puente de Brooklyn esperándome decidí levantarme y salir de Junior’s y de ese mundo “billcosbyniano” para volver a la realidad neoyorquina.

Por supuesto aproveché para echar un último vistazo al reverendo y sus acompañantes y en ese momento no pude dejar de compararle con el único personaje con una posición similar que conozco bien: el cura de mi pueblo, que es un sujeto bastante deplorable (no por cura sino por otras "virtudes" que le "adornan") al que media parroquia no puede ni ver y con el que una escena similar sería imposible: ni estaría con esa actitud en un restaurante, ni la gente le saludaría con ese respeto ni, por supuesto, se pondría jamás un traje de cuadros verdes con una pajarita a juego.

Eso sí, con o sin traje, algo me dice que puedo estar seguro de que los sermones del reverendo de Junior’s son infinitamente mejores.

PD.: Lamentablemente, no hice una foto al reverendo, estaba demasiado cerca para “robarla” y no sabía muy bien como explicarle por qué razón quería fotografiarle sin que se notase que me parecía un bicho raro. Y no olviden que la primera parte de esta historia está aquí.
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Personajes de mis viajes: el reverendo en Junior’s (I)

Una de las profesoras de inglés que tuve en Nueva York juraba y perjuraba que la mejor Strawberry Cheesecake de la ciudad era la que preparaban en Junior’s, un viejo restaurante de Brooklyn que hoy por hoy tiene fama en toda la ciudad e incluso un par de locales más, nada menos que en Time’s Square y la Grand Central Station.


Si mi memoria no me engaña, cuando yo visité la Gran Manzana sólo estaba el viejo local de Brooklyn, fundado en 1950, así que un domingo me decidí a hacerle una visita y me puse a andar, desde mi base de operaciones en la parte chic de Williamsburg con la intención de probar la famosa tarta y, quizá, cruzar el puente de Brooklyn a pie.

Aunque Williamsburg es también parte de Brooklyn la excursión era de un par de horas andando y lo que es mejor, atravesando barriadas muy distintas de la ciudad, desde el Williamsburg judío, con zonas en las que uno llegaba a pensar que se encontraba en un peculiar Israel (autobuses escolares en domingo, hombres y mujeres vestidos y peinados del modo más tradicional, restaurantes kosher, rótulos en hebreo…), hasta algunos barrios negros en los que tenía la falsa sensación de ser el primer blanco que pasaba en décadas; o la zona cerca de mi casa en la que había búlgaros y rusos e incluso una catedral ortodoxa con las tradicionales cúpulas con forma de cebolla.

Por fin llegué a la esquina entre 386 Flatbush Avenue Extension y Dekalb Avenue en la que se encuentra el restaurante y encontré una mesa en la que me dispuse a pasar un buen rato, tarta mediante. La tarta estaba rica, sí, pero tampoco era algo tan inolvidable: como la mayoría de los postres que tomé en Nueva York el exceso de azúcar era una tara casi insuperable para mí.

Sin embargo, lo que me encantó fue el restaurante en sí, decorado como si todavía estuviésemos en los años 50 (supongo que lo mantienen tal y como era cuando se inauguró) y con un ambiente muy familiar y bastante cercano, a pesar de que no es ni mucho menos un local pequeño.

El público me resultó también fascinante: además de unos pocos turistas despistados como yo mismo la inmensa mayoría de los clientes eran familias negras que se acercaban a comer algo después del oficio religioso y vestidos de domingo. Normalmente, todos los miembros de la familia participaban en la excursión y el restaurante se iba llenando de grupos que, en no pocos casos, se saludaban de una a otra mesa como educados vecinos o, quizá, miembros de la misma iglesia.

Perdonen la simpleza, pero me sentía dentro de una serie de Bill Cosby y descubrí que algunos de los personajes que aparecían en aquellas comedias televisivas eran mucho más reales de lo que podíamos pensar desde España: los jóvenes trajeados pero a lo moderno, las abuelitas con sombreros de lo más coquetos y con redecilla, los padres de familia también trajeados pero con tirantes…

Casualmente, el personaje más llamativo del local estaba sentado en la mesa junto a la mía: un hombre de color de unos 50 años vestido con un imposible traje de cuadros verdes y blancos (puede que fuesen marrones, soy algo daltónico), sombrero a juego, pajarita, las manos cargadas de anillos de oro y un bastón que parecía no tener otra utilidad que culminar el conjunto de la forma más estilosa posible.

Este es (o será), el auténtico protagonista de este artículo, pero como con la introducción ya me he alargado peligrosamente voy a dejarles con la miel en los labios y continuaremos mañana hablando de él.

PD.: La foto de la tarta es, obviamente, de la página web de Junior's.
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lunes, 16 de febrero de 2009

Grandes viajes y sorprendentes encargos: Henry Morton Stanley

Todo el mundo (al menos antes de la LOGSE) ha oído hablar del fantástico viaje de Henry Morton Stanley al corazón de África en busca del Doctor Livingstone, y quién más quién menos todos conocemos la frase culminante cuando, tras meses de dar tumbos por el Continente Negro se encontraron con un lacónico "El Dr. Livingstone, supongo", que ha quedado, creo yo, como uno de los más impresionantes ejemplos de lo que se ha dado en llamar la "flema inglesa".

Lo que no es tan conocido es que el viaje empezó en Madrid, ya que Stanley, que era periodista, estaba en España cubriendo los acontecimientos que habían dado lugar a la I República. En esta ciudad, mi ciudad, recibió un telegrama de James Gordon Bennett Jr., a la sazón director de su periódico, el New York Herald que le decía que fuese a París a reunirse con él. He oído alguna vez que recibió ese telegrama en la pensión en la que se hospedaba en la calle de la Cruz, cerca de Sol, pero no encuentro ahora el dato así que se lo cuento pero no lo den totalmente por bueno.

Llegado a París Stanley se encontró con su jefe, que le dijo que tenía que encontrar a Livingstone, misionero y explorador que se había perdido en África y del que hacía algunos meses que no se tenían noticias. Quizá hoy no nos demos cuenta de la magnitud del engargo, pero piensen bien lo que era encontrar a un único hombre perdido no se sabía muy bien donde en un continente del que no se tenían ni mapas.

El director sí que tenía claro lo que pedía y el fortunón que eso le podía costar:

"Saque mil libras ahora y cuando haya acabado con ellas saque otro millar, y cuando eso también lo haya gastado saque mil más, y cuando termine con eso saque otras mil, y así sucesivamente ¡pero encuentre a Livingstone!"

Al parecer (y no sé si como una pregunta irónica o retórica) Stanley le dijo a Bennett "¿Y quiere que haga algo más?". Esta fue la respuesta del director, tal y como la he encontrado en esta página web:

“Puesto que usted gastará en la expedición dinero de mi bolsillo, aproveche para cubrir la ceremonia de bendición del Canal de Suez, y ya que anda por allí, remonte el río Nilo, infórmenos de todo lo que sea de interés para los turistas americanos e ingleses y después dirijase a Palestina; he oído decir que en Londres se acaba de fundar una sociedad arqueológica que pretende reconstruir las ruinas de la antigua Jerusalén, mande un informe también de esto. Luego, visite usted Constantinopla e informe sobre las dificultades existentes entre el sultán y el khedive.

También, necesitaremos un informe detallado sobre los campos de batalla de Crímea. Una vez allí, puede usted dirigirse a través del Cáucaso al mar Caspio. Los rusos preparan una expedición contra China. Desde allí, ya puede usted ir pasando por Persia hacia la India, y escribirnos otro informe desde Pérsepolis. Bagdad le queda en el camino, de modo que también podría enviar otro informe sobre la construcción del ferrocarril sobre el río Eufrates…

Cuando usted llegue a la India, puede empezar a pensar en Livingstone. Es posible que entre tanto se haya oído ya algo de él y que se encuentre ya de vuelta en Zanzíbar; de ser así, se ahorraría usted la molestia y nosotros recortaríamos gastos. Esto es todo, buenas noches y que dios lo acompañe…”

Está claro, los viajes... ya no son lo que eran.

Más información
Henry Morton Stanley en la wikipedia (en inglés, la página en español no tiene mucha información).

James Gordon Bennett, Jr. en la wikipedia (en inglés, no hay página en español).

La foto la he tomado prestada de la web de la Universidad de Princeton, que tiene una página muy interesante sobre las grandes exploraciones de África.

Descarguen How I found Livingstone desde Project Gutenberg.
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viernes, 7 de noviembre de 2008

Personajes de mis viajes: el Ronaldo del Nilo

Entre otras muchas oportunidades más agradables, viajar nos da en ocasiones la posibilidad de conocer la pobreza, no sólo la miseria puntual de un barrio, sino algo mucho más complejo y lectivo como es un ver un país pobre.

A pesar de que no es de los casos más desesperados, tuve esa sensación en Egipto, que no es el país más pobre de África o el mundo pero que probablemente sí sea uno de los destinos turísticos famosos (como la India o Cuba) en los que se percibe esa pobreza con mayúsculas de la que les hablo.



En Egipto la pobreza (y supongo que también una cuestión cultural) hace que una parte del viaje resulte incómoda y casi desagradable: la gente se pasa el día pidiéndote dinero, en ocasiones con la excusa de venderte algo, a veces porque les has sacado en una foto (o creen ellos que les has sacado), por supuesto si te hacen un favor, por pequeño que sea, o incluso sin otra razón que conseguir unas monedas.

No crean que cuando les digo que el tema puede resultar desagradable es porque soy el típico occidental al que molesta ver y oler a los pobres (no soy tan tonto :-), pero es que en muchas ocasiones la situación puede llegar a convertirse en difícil: cuando la gente te rodea poco menos que exigiendo dinero en un idioma que no conoces, en un lugar que no es el tuyo y en el que no te sientes igual de protegido... qué quieren que les diga. Además, su insistencia es tal que uno termina por verse obligado a ser descortés: al menos en mi experiencia no bastaba con un "no" educado, no te dejaban en paz hasta que no te ponías francamente desagradable.

Otra cosa que no lo hace precisamente placentero es que en muchísimas ocasiones se trata de niños, lo que te pone en una situación más desairada por así decirlo. Tengo por norma (otro día puedo explicarles mejor las razones, si quieren) no dar nunca limosna a un niño o a alguien que la pida con un niño a cuestas, pero en Egipto, ante el agobio, resultaba muy difícil no hacerlo. Y también es más complicado ponerte tan borde como resulta necesario si tu "contrincante" es un niño.

Pero para casi todo hay una excepción en esta vida y también la hubo para esto en mi viaje a Egipto. Y esa excepción fue el protagonista de este artículo, cuyo nombre real no conocí pero al que se me ocurrió llamar "el Ronaldo del Nilo".

ronaldo


Les pongo en situación: una de las atracciones clásicas de un viaje a Egipto es el paseo en faluya, la típica embarcación del Nilo, por las aguas del mítico río. Suele hacerse en Asuán, aprovechando para rodear la Isla Elefantina, acercarse al Hotel Old Cataract y que nos recuerden que en él se alojaron Wiston Churchill y Agatha Christie y que esta última ambientó en él "Muerte en el Nilo".

Anécdotas aparte, el paseo es una delicia: la belleza de las propias faluyas, el tranquilo deslizarse con el leve empujón del viento, tener el agua tan cerca como para poder tocarla...

Precisamente esa cercanía era lo que servía al "Ronaldo del Nilo" para, en su curiosa embarcación (eso sí que era un cascarón de nuez), acercarse a las faluyas con la esperanza de que se le arrojasen unas monedas. Pero ojo, nuestro pequeño protagonista (calculo de que debería tener unos ocho años) no pedía limosna, aquello era un intercambio artístico - comercial en toda regla: él nos ofrecía un espectáculo y nosotros pagábamos por disfrutarlo.

El pequeño Ronaldo era, además, todo un profesional que ajustaba su show a los gustos de su clientela en cada momento y así, frente a un grupo de españoles como nosotros cantó, mientras manejaba su barquita con una pericia que más parecía bailar que navegar, todos los hits verbeneros del momento: la macarena, el que viva españa, el porompompero... bueno, quizá no eran los del momento pero bastante mérito me parece (y nos pareció a todos en el barco) que supiese chapurrear esas canciones y engarzarlas en un "medley" surrealista que aún lo era más dado el marco incomparable en el que transcurría.

No pude resistirme, tuve que romper mi norma y darle un par de euros, al fin y al cabo, no los había pedido, se los había ganado.

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domingo, 7 de septiembre de 2008

Personajes de mis viajes: el barbero de Haría

Haría es un pequeño pueblo en el norte de Lanzarote, en el interior de la isla, en un valle que es conocido como "el de las mil palmeras" por la obvia presencia de muchos de estos árboles, que lo convierten en un pequeño e insular Elche con acento canario.

Haría no es espectacular, no es uno de esos paisajes que nos impresionan y estremecen como la no tan lejana Timanfaya, pero sí tiene algo de la belleza de esos lugares en los que la naturaleza y el hombre conviven con una armonía especial.

El pueblo tiene un casco urbano algo disperso de casas bajas encaladas y con puertas y ventanas de madera pintada en verde. En el centro, su plaza es algo peculiar, ya que más que una plaza es como una ancha calle peatonal en la que han plantado una pequeña iglesia de un estilo un tanto indefinible y que parece relativamente reciente. Lo mejor de la plaza son los tremendos árboles de casi cien años que le dan una sombra tan densa como fresca en la que los jubilados pasan las horas y los días.

Justo cuando dejaba la plaza un hombre me llamaba con gestos y aspavientos varios desde la puerta de una casona vieja, una puerta que se partía por la mitad y le permitía apoyarse de forma que desde allí oteaba con total comodidad el pasar de la gente por ese punto, uno de los más concurridos del pueblo.

Atendiendo a la apremiante llamada entré en la casona descubriendo que se trataba de un edificio bastante peculiar: su interior era una única habitación rectangular, no demasiado grande pero muy alta pues llegaba al techo, sustentado por unas vigas de madera de aspecto no demasiado nuevo. Más o menos en el centro de la destartalada estancia un sillón de peluquería de los de antes, rodeado todavía de los pelos del último corte, y con un espejo viejo enfrente.

Y en el centro nuestro personaje, indicándome, de nuevo por medio de gestos, las copas que había en varios lugares de la habitación y los recortes de periódico en los que se le ve, mucho más joven, practicando la lucha canaria. Le pregunto su nombre y entonces dice, de nuevo por gestos, que es sordomudo, momento en el que lo único que puedo pensar es "vaya situación". No me siento capaz de desarrollar una conversación, pero se me ocurre pedirle permiso a mi anfitrión para sacarle una foto a lo que éste accede visiblemente encantado, se coloca junto al sillón posando como un auténtico profesional y, tratando de captar en mi encuadre lo más que pueda de la barbería, le saco esta foto:

barbero

Cuando se la enseñé le gustó bastante y a mí también me gustó, sobre todo cuando más tarde la vi en el ordenador a un tamaño mayor. Tengo pendiente mandarle una copia para que la cuelgue de la pared, como otro de sus trofeos.

Después de la foto le di las gracias con un cálido apretón de manos y me marché con la sensación de que había conocido a todo un personaje que, lamentablemente, no podía contarme su historia aunque, al menos, creo que algo de esa historia que yo tampoco sé contarles está en la foto.
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