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martes, 21 de abril de 2009

En el camino, ¿un libro de viajes?

Hace un par de días he terminado de leer En el camino, la novela más conocida de Jack Kerouac y una de las más famosas de la “generación beat”. Además, y aunque no he leído demasiado a ese grupo (ésta y algo de Burroughs, tengo pendiente a Ginsberg), probablemente una de las mejores, al menos resulta más equilibrada que el visceral (en el sentido literal del término) Burroughs y bastante más legible.

Supongo que se estarán ustedes preguntado porque les hablo de un libro, un tema más propio del nuevo (y excelente) blog de mi amigo Francisco Jódar, pero si en este rincón de la blogocosa hablamos de viajes es lógico que también hablemos de la literatura de viajes e incluso, llegado el caso, de los viajes en la literatura.

Porque, si quieren que les sea sincero, no sé si En el camino es un libro de viajes, una novela de viajes, una novela sin más o ninguna de esas cosas. Es cierto que en buena parte de su páginas transcurren en varios viajes, pero no lo es menos que no responde a los estándares a los que estamos acostumbrados en los libros escritos por viajeros.

Claro que ni Kerouac ni sus acompañantes son viajeros al uso.

El libro refleja, de un modo un tanto peculiar y con un estilo muy personal que es sin duda uno de sus aciertos, los viajes del escritor a través de Estados Unidos, la mayoría en compañía de Dean Morarty, seudónimo de Neal Cassady, un personaje que fue amigo de prácticamente todos lo miembros de la generación beat y cuyo comportamiento compulsivo y alocado nos va llevando de San Francisco a Nueva York, de Nueva York a Nueva Orleans, a Denver o a México.


Lugares de los que no sabemos mucho más después de que Kerouac y sus compañeros los hayan visitado, pero de los que sin duda habremos saboreado (creo que es la palabra más adecuada) su atmósfera y su ambiente, no conocemos sus monumentos y menos aún sus museos o cosa parecida, pero sí el latido sordo que recorre las noches de las ciudades y configura buena parte de su carácter.

De todas formas, el protagonista del libro no es esta o aquella ciudad sino el hecho de viajar, de desplazarse sin otra razón que hacerlo, de estar en la carretera o en el camino no para llegar aquí o allá sino por el puro placer del viaje y de la compañía de los amigos. En ese sentido, es probablemente el libro más viajero que se pueda leer: en él (y con él) se viaja sin casi distraerse con los lugares por los que se pasa.

Personalmente, lo que mas me ha gustado son sus descripciones y como éstas se insertan en la narración casi frenética del viaje, con metáforas muy originales e imágenes de una llamativa viveza, como cuando dice (tomo uno de los primeros ejemplos que se me ocurren): “La línea blanca del centro de la autopista se desenrollaba siempre abrazada a nuestro neumático delantero izquierdo como si estuviera pegada a sus estrías”.

En definitiva, una lectura muy estimulante, agradable y que seguro que les dará muchas ganas de viajar, aunque no nos quede otro remedio que sustituir las polvorientas planicies de los Estados Unidos por las no menos polvorientas y no menos planas (pero sí mucho más domésticas) carreteras rectas de La Mancha.

No sabemos si es literatura de viajes, pero ¿a quién le importa?

PD.: La primera foto es la portada de una primera edición de En el camino y la he tomado de la web de la librería Bromer; la segunda es el inicio del manuscrito de Kerouac y es cortesía de la web de la National Public Radio.
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lunes, 16 de febrero de 2009

Grandes viajes y sorprendentes encargos: Henry Morton Stanley

Todo el mundo (al menos antes de la LOGSE) ha oído hablar del fantástico viaje de Henry Morton Stanley al corazón de África en busca del Doctor Livingstone, y quién más quién menos todos conocemos la frase culminante cuando, tras meses de dar tumbos por el Continente Negro se encontraron con un lacónico "El Dr. Livingstone, supongo", que ha quedado, creo yo, como uno de los más impresionantes ejemplos de lo que se ha dado en llamar la "flema inglesa".

Lo que no es tan conocido es que el viaje empezó en Madrid, ya que Stanley, que era periodista, estaba en España cubriendo los acontecimientos que habían dado lugar a la I República. En esta ciudad, mi ciudad, recibió un telegrama de James Gordon Bennett Jr., a la sazón director de su periódico, el New York Herald que le decía que fuese a París a reunirse con él. He oído alguna vez que recibió ese telegrama en la pensión en la que se hospedaba en la calle de la Cruz, cerca de Sol, pero no encuentro ahora el dato así que se lo cuento pero no lo den totalmente por bueno.

Llegado a París Stanley se encontró con su jefe, que le dijo que tenía que encontrar a Livingstone, misionero y explorador que se había perdido en África y del que hacía algunos meses que no se tenían noticias. Quizá hoy no nos demos cuenta de la magnitud del engargo, pero piensen bien lo que era encontrar a un único hombre perdido no se sabía muy bien donde en un continente del que no se tenían ni mapas.

El director sí que tenía claro lo que pedía y el fortunón que eso le podía costar:

"Saque mil libras ahora y cuando haya acabado con ellas saque otro millar, y cuando eso también lo haya gastado saque mil más, y cuando termine con eso saque otras mil, y así sucesivamente ¡pero encuentre a Livingstone!"

Al parecer (y no sé si como una pregunta irónica o retórica) Stanley le dijo a Bennett "¿Y quiere que haga algo más?". Esta fue la respuesta del director, tal y como la he encontrado en esta página web:

“Puesto que usted gastará en la expedición dinero de mi bolsillo, aproveche para cubrir la ceremonia de bendición del Canal de Suez, y ya que anda por allí, remonte el río Nilo, infórmenos de todo lo que sea de interés para los turistas americanos e ingleses y después dirijase a Palestina; he oído decir que en Londres se acaba de fundar una sociedad arqueológica que pretende reconstruir las ruinas de la antigua Jerusalén, mande un informe también de esto. Luego, visite usted Constantinopla e informe sobre las dificultades existentes entre el sultán y el khedive.

También, necesitaremos un informe detallado sobre los campos de batalla de Crímea. Una vez allí, puede usted dirigirse a través del Cáucaso al mar Caspio. Los rusos preparan una expedición contra China. Desde allí, ya puede usted ir pasando por Persia hacia la India, y escribirnos otro informe desde Pérsepolis. Bagdad le queda en el camino, de modo que también podría enviar otro informe sobre la construcción del ferrocarril sobre el río Eufrates…

Cuando usted llegue a la India, puede empezar a pensar en Livingstone. Es posible que entre tanto se haya oído ya algo de él y que se encuentre ya de vuelta en Zanzíbar; de ser así, se ahorraría usted la molestia y nosotros recortaríamos gastos. Esto es todo, buenas noches y que dios lo acompañe…”

Está claro, los viajes... ya no son lo que eran.

Más información
Henry Morton Stanley en la wikipedia (en inglés, la página en español no tiene mucha información).

James Gordon Bennett, Jr. en la wikipedia (en inglés, no hay página en español).

La foto la he tomado prestada de la web de la Universidad de Princeton, que tiene una página muy interesante sobre las grandes exploraciones de África.

Descarguen How I found Livingstone desde Project Gutenberg.
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jueves, 12 de febrero de 2009

Los viajes de los cronopios y las famas (homenaje a Cortázar)

Hoy hace 25 años que murió Julio Cortázar, un 12 de febrero de 1984. Casualmente, estaba yo releyendo hace unos días sus deliciosas "Historias de cronopios y de famas" (por cierto, que delicada maravilla de libro, que belleza y que placer ha supuesto volver a él después de bastantes años) y encontré que una de las pequeñas historias era sobre la forma de viajar de los cronopios y las famas.

No sé, ni quiero saber, si estos personajes salidos de imaginación de Cortázar son una alegoría de algo, el fruto de un sueño con indigestión severa de garbanzos con callos o un simple divertimento surrealista, pero en este caso sí pensé que todos somos un poco cronopios o un poco famas, incluso algunos pecan de ser bastante esperanzas, a la hora de salir de casa.

¿En qué grupo me veo yo? No sé decirles, supongo que depende de muchas cosas (del viaje en sí, del tiempo, del día...) aunque cuando estoy de viaje suelo acostarme pensando en "la hermosísima ciudad".

Reproduzco a continuación el texto como un pequeño homenaje a Cortázar y como una modesta forma de agradecerle las horas fantásticas que, con este y otros muchos libros, me ha hecho pasar.

Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras.

El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.

Terminadas estas diligencias, los viajeros se reunen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de "Alegría de los famas".

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.

Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan.

¿Y ustedes, son cronopios, famas o esperanzas cuando viajan?

PD.1: He tomado el téxto de la página de Julio Cortázar, en la que encontrarán muchas cosas interesantes sobre él.


PD.2: La imagen de la edición en húngaro del libro es del Instituto Cervantes de Budapest.
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