miércoles, 20 de agosto de 2008

Dani el Viajero - Ultima Parte

Playa Ancón

“Yo soy un hombre sincero,

Sincero y sin infinito

Y antes de morirme quiero

Vivir la vida un poquito”



Como dije en la etapa anterior, fuimos a la Playa Ancón uno y cada uno de los cuatro días que estuvimos en Trinidad.

Hay tres maneras de llegar a la Playa Ancón desde Trinidad:

La primera, tomar un taxi. Cobran 8 CUC y llevan hasta cuatro personas.

La segunda, tomar un cocotaxi. Cobran 2 CUC por persona y pueden viajar hasta dos personas.

La tercera, el autobús turístico, de esos de dos pisos sin techo, como los que circulan por las principales ciudades europeas. Eso sí, su frecuencia no existe: circula cuando le viene en gana. Incluso nos dijeron que muchas veces hacía trámites particulares con el vehículo y como luego tenía que rendir el combustible utilizado, cancelaba algún viaje.

Lo que no me explico es cómo hacía para pasar desapercibido con semejante armatoste fuera de su ruta. En fin, si algún viajero consigue encontrarlo cobra 1 CUC por persona. Nosotros lo logramos una vez, para regresar desde la Playa Ancón. Eso sí, si van en el piso superior, agáchense porque los cables de electricidad pasarán a la altura de sus cabezas y no sería una muerte muy glamorosa ni muy heroica.

Nosotros siempre, las cuatro veces, fuimos en cocotaxi. Para regresar, es más difícil encontrar uno, así que volvimos siempre en taxi común, pero juntándonos con otras dos personas para abaratar costos, excepto una vez que, como dije, volvimos en el autobús turístico.

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La Playa Ancón es una extensa franja de arena blanca y mar turquesa, un verdadero paraíso, sólo afeado por el horripilante edificio multicolor de estilo indescifrable que alberga al Hotel Ancón, sede mayoritariamente de golfos sexagenarios a la búsqueda de mulatas pulposas.

Obviando ese detalle, la Playa Ancón se deja disfrutar, con su ambiente relajado, que integra cubanos y turistas, completamente distinto a lo que sucede en los cayos.

El agua es tibia, no hay absolutamente nada de oleaje pero a pesar del color turquesa, una vez dentro del agua, ésta no es tan cristalina como en la Playa Maguana, pero esto poniéndonos muy exigentes.

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Sin embargo, lo mejor que tiene la Playa Ancón son sus atardeceres: increíbles, con el sol poniéndose en el mar, en una verdadera bacanal de colores, un espectáculo voluptuoso y silencioso, mágico, colosal.

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Eso sí, apenas el sol se pone hay que huir: llegó la hora de los jejenes, pequeños y temibles insectos que tiran a matar. Durante el día no molestan, pero en cuanto se va el sol, se arremangan y ¡a comer!

En la playa hay un chiringuito que vende algunos bocadillos. Uno de los que atendía, un moreno muy simpático, bautizado “Nairobi” por Mariana, era el que habitualmente nos atendía. Sus tareas incluían además recoger las tumbonas de la playa, luego del atardecer.

“Nairobi” cumplió siempre su labor con la máxima eficacia, hasta que llegó el día: se celebraba el cumpleaños de alguien vinculado al chiringuito. Los empleados decidieron, obviamente dejar de trabajar, y festejarlo como es debido: a puro trago.

No es posible describir con palabras el estado calamitoso en el que acabó el pobre “Nairobi”, frente apoyada en la mesa, piernas erráticas y brazos abrazando el vacío. Ese día las tumbonas quedaron dispersas por la playa, tristes por el abandono de su fiel amigo “Nairobi”.

Otra cosa sobre las tumbonas: son las más cómodas que he visto en cuanta playa he visitado. Increíbles: dan ganas de quedarse a vivir en ellas, y lo mejor es que son gratis. Pertenecen al chiringuito de la playa, pero nadie controla nada.

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En ese mismo chiringuito siguió mi particular y desigual intento de saborear un helado en Cuba. Ya llevábamos más de diez días en ese país y no había podido tomar un solo helado, por las más variadas e insólitas causas. Pero faltaba la mejor: en el chiringuito no había helado, obviamente, hasta que un día llegó el camión de helados. Ante el júbilo de la multitud, que rápidamente se agolpó frente al mostrador, el responsable del chiringuito, muy suelto de cuerpo, guardó los helados en el freezer, los cubrió con una lona negra y anunció: “helados hasta mañana no hay, tengo que hacer el inventario”.

No hubo forma. Con gran desazón me retiré derrotado, pero con la enorme ilusión de volver al día siguiente.

Pues bien, me apersono 24 horas después y me dice: “helado hay, pero no tengo cuchara”, dándome a entender que no me podía vender el helado. Replico entonces: “pero me puede prestar un tenedor”. El tipo puso cara de estar asistiendo al descubrimiento de la vacuna contra la estupidez crónica, pero lo cierto es que me dio el tenedor y al fin ¡pude tomar un helado en Cuba!



Viaje de Trinidad a La Habana

“De mi ventana huye el barco

venido ayer de La Habana

saltemos del lecho al barco

¡Lucero de la mañana!”



Abordamos el Viazul, que parte muy temprano en la mañana, a esa hora en la que coinciden madrugadores con quienes vuelven de la juerga.

El autobús partió puntual como siempre. Luego de una hora de viaje llegamos a Cienfuegos. Desde la ventanilla del autobús vimos una ciudad cuidada y prolija. Alguna vez iremos a Cienfuegos.

Luego ocurrió algo increíble: el autobús se detuvo bruscamente frente a una vía de ferrocarril que tenía el aspecto de no haber visto pasar un tren durante décadas. Sin embargo, nadie en el autobús salió de su asombro cuando vimos pasar una zorra, de esas que son la “estrella” en la película “La vida es un milagro”, de Emir Kusturica. Pero lo increíble es que la zorra iba abarrotada de personas vestidas como para ir a trabajar. Así son los transportes en Cuba, donde el ingenio puede más que todo.

Luego el autobús llegó a la Autopista Nacional, una ambiciosa autovía de tres carriles por mano, digna del primer mundo. Sin embargo, el proyecto quedó a mitad de camino cuando la Unión Soviética colapsó y no se contaron con fondos para proseguir con las obras. Hoy la Autopista Nacional es una fantasmal autovía que acaba bruscamente en algún lugar de la provincia de Sancti Spiritus.

Cuando llegamos a la terminal de Viazul en La Habana, una camioneta de la misma empresa Viazul, ofrece a los turistas llevarlos al centro por 1 CUC, mucho más económico que el taxi.



Vedado

“Y en este hotel tocó Beny Moré

La noche que Al Capone

Perdió los pantalones

A la ruleta rusa con Fidel”



A diferencia de nuestro paso anterior por La Habana, esta vez decidimos alojarnos en el Vedado.

Para eso, en Trinidad, habíamos reservado por teléfono una casa particular: la de Pilar Palma, recomendada por la Guía Lonely Planet.

Al llegar, advertimos con preocupación que se trataba de un edificio en ruinas, con el ascensor averiado, bastante suciedad en el hall de entrada y sin ningún encanto.

Nos pareció extraño. Sabíamos que en Cuba y más todavía en La Habana, no se puede dudar: en cuanto alguien se detiene unos segundos en la calle, y más aún con el equipaje a cuestas, se acercarán “ganchos” con sus consabidas ofertas.

Decidimos que Mariana se quede en un bar; mientras, yo ingresaría al edificio. Subí por la escalera hasta el tercer piso, llamé al timbre y me atendió la misma Pilar Palma. El edificio es espantoso pero la casa está bastante bien y la habitación en buen estado. Volví al bar a buscar a Mariana y nos instalamos en la habitación. Igualmente, sólo teníamos sitio allí por un día, ya que luego la casa estaba reservada. Debíamos buscar casa para el día siguiente.

Salimos y en pocos minutos lo habíamos logrado. Es algo fácil, ya que en Vedado casi todas las casas rentan habitaciones. Nos decidimos por la casa de Mary y Juanito.

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Logrado esto nos dirigimos a la Plaza de la Revolución. El camino fue: Calle G, pasando por el monumento a José Miguel Gómez, la arbolada Av. Universidad hasta la Avenida Salvador Allende y luego Av. Independencia hasta la Plaza.

La Plaza de la Revolución es imponente, con la mirada penetrante e hipnótica del Che, desde la pared del Ministerio del Interior, con esos ya icónicos, gruesos y negros trazos. Frente a él, se halla el monumento a José Martí, con forma de estrella y de 142 metros de altura.

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En el medio, más de un millón de personas asistieron numerosas veces a escuchar los discursos de Fidel o del Che.

Posteriormente, tomamos la calle Paseo, y recorrimos la parte más elegante del barrio de Vedado, con sus casas residenciales venidas un poco a menos, pero que se resisten a perder su señorial belleza.

Cuando llegamos a la calle 17 giramos a la izquierda. Tres cuadras más adelante está el Parque Lennon. Se trata de una plaza normal, pero con una curiosidad: en un banco está sentada una estatua de John Lennon. Lo notable es que hay un tipo que le coloca los anteojos a John cuando alguien quiere la foto a cambio de una propina. Nosotros llegamos y no había nadie. Sacamos la foto y segundos después vimos al tipo de los anteojos, que se acercaba presuroso. Igual, no nos dijo nada, ya que la foto había sido tomada, imagino.

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Eran ya las tres o cuatro de la tarde y no habíamos almorzado. A una cuadra del Parque Lennon está pan.com. Se trata de un sitio sencillo, que vende bocadillos. Muy barato y muy sabroso todo. Recomendable para quien quiera comer algo rápido y seguir el recorrido por La Habana, sin tener que perder mucho tiempo.

Además de la comida, saboreé un helado gigante, como venganza de todo lo que me costó conseguirlo los días previos.

Con la panza llena y el corazón contento seguimos el recorrido.

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Tomamos la calle 10 hasta el Malecón, ya casi sobre el túnel que lleva a Miramar.

Caminamos por el Malecón hacia la derecha. Pasamos por el Hotel Riviera y por el Meliá Cohiba, y cuando llegamos a la esquina de Malecón y Paseo, ingresamos a las Galerías de Paseo, lo más parecido a un centro comercial que existe en La Habana.

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Obviamente todo se vende allí en convertibles, a precios internacionales. Volvimos al Malecón y continuamos hacia la derecha. Pasamos el Monumento a Calixto García y nos dirigimos hacia la Tribuna Antiimperialista.

El paseo por el Malecón cuando cae el sol es un deleite para los sentidos: la vista capta el imponente paisaje, la yuxtaposición de épocas que representa el mítico malecón habanero; el oído siente el sonido del mar golpeando contra las rocas y salpicando una gotas de oasis que mitigan efímeramente el calor; el olfato incorpora ese aroma a humedad y a mar; a sal y a pasado glorioso; a presente esperanzando y a sol; a roca y a algas; a futuro; en definitiva, ese olor a Cuba que atrapa. Que no se olvida. Que hace que quien conozca La Habana ya no sea el mismo. Que se lleva en las vísceras.

Seguimos caminando y llegamos por fin a la oficina donde funciona la Sección de Intereses de Estados Unidos, lo más parecido a una embajada, ya que no existen relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba.

Cuba ha acusado y probado repetidamente la injerencia de esa oficina en los asuntos internos del país. Lo último que han hecho los estadounidenses es colocar un cartel luminoso con grandes letras rojas en la pared del edificio, donde publican noticias de Estados Unidos y del mundo, mechados con llamadas a la población a revelarse contra la revolución.

Yo no puedo imaginarme la reacción que podría tener, por ejemplo, Francia, si por ejemplo España, pusiera en su Embajada de París un cartel luminoso llamando a la población francesa a derrocar a Sarkozy.

En fin. La respuesta de Cuba fue colocar frente a la Sección de Intereses de Estados Unidos, unas banderas negras que recuerdan a los cubanos que murieron en atentados terroristas prohijados o alentados por Estados Unidos. Detrás de las banderas, se levanta la Tribuna Antiimperialista, donde se realizan los actos oficiales cubanos en los últimos tiempos, justo delante de la Sección de Intereses.

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Estábamos viendo todo esto cuando un policía hizo sonar su silbato y nos ordenó seguir caminando. Vale decir que la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana está híper vigilada por la policía cubana, ya que el gobierno de la isla teme un autoatentado en ese edificio, que sirva como excusa para un ataque de Estados Unidos a Cuba.

Le hicimos caso al policía, pero dimos la última mirada. Lo cierto es que pasar por allí es obligado para quien visite La Habana. El lugar es un símbolo de la historia reciente y transmite la tensión entre los dos países.

Apenas se deja atrás lo anterior, se llega al Monumento a las Víctimas del Maine, un acorazado estadounidense que fue atacado… por Estados Unidos, y así justificar el inicio de su guerra contra España, a fines del siglo XIX. ¿Se entiende ahora la celosa protección de la Sección de Intereses por parte de la policía cubana?

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Un poco más adelante se llega al Hotel Nacional. Aunque el viajero no se aloje allí es una visita obligada. El Hotel es casi un monumento a La Habana y a su historia. Por allí pasaron Frank Sinatra, Winston Churchill y connotados mafiosos estadounidenses que en la década del ’40 y ’50 convirtieron a Cuba en un prostíbulo gestionado por la mafia de Chicago y sus cómplices, las autoridades cubanas de entonces.

Ya de noche, tomamos la Avenida 23 hasta el Hotel Habana Libre, el otro “monumento” de la ciudad. El Habana Libre era el Hotel Hilton, que había abierto sus puertas en 1958. Pero luego de la revolución, en 1959, el Hotel fue expropiado y convertido en cuartel general del ejército rebelde. Fidel Castro fijó en la suite del piso 24 su despacho.

Poco tiempo después se convirtió en el Hotel Habana Libre.

Eran las ocho de la noche. Habíamos quedado en encontrarnos a las nueve en Coppelia con los amigos argentinos de Bahía Blanca, con los que compartimos el autobús de Baracoa a Trinidad.

Regresamos a la casa, nos duchamos rápidamente y a las nueve en punto estábamos en la puerta del Coppelia. Nos encontramos con ellos, fuimos a cenar a la Trattoria Maraka’s, un restaurante estatal que destaca por su atención y por sus sabrosas, abundantes y baratas comidas italianas. Muy recomendables las pizzas y las pastas, obviamente.

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Luego fuimos a Coppelia por el postre, y finalizamos la noche bien entrada la madrugada por las calles de Vedado, disfrutando del aire fresco del mar, de la noche y de ese sabor de La Habana que todo lo tiñe con su magia cautivadora.



Habana Vieja

“Y a las barbas de la revolución

les salían más canas cada día,

y el mañana era un niño que mentía,

y todos se llamaban Robinsón”



Nuestro último día en Cuba. Mezcla de satisfacción, de alegría por haber logrado un viaje maravilloso con esa inevitable sensación de vacío que implica todo fin de fiesta.

Nos dispusimos disfrutarlo al máximo esa última jornada, dedicada a La Habana Vieja.

Tomamos un taxi hasta la casa de Martica y Miguel, en Centro Habana, a quienes les debíamos una visita. Luego, caminamos por el Malecón desde el Hotel Deauville hasta la Plaza de la Catedral, pasando por la feria de artesanías de La Habana.

Esta feria, montada fundamentalmente para turistas, es un salpicado de cientos de chiringuitos que venden más o menos todos lo mismo: camisetas del Che Guevara, llaveros, ceniceros, etc., mientras decenas de buscavidas pululan por los estrechos pasillos ofreciendo subrepticiamente puros o ron a los turistas.

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Mucho más agradable es la Plaza de la Catedral. La bellísima Catedral de San Cristóbal de La Habana fue construida durante el siglo XVIII y cuanto más deteriorada, cuanto más absorbe el paso del tiempo, más impacta. Música convertida en piedra, la definió Alejo Carpentier.

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Pasear por las coloridas y restauradas callejuelas de La Habana Vieja es un placer para la vista y a la vez un viaje en el tiempo.

Cerca de la catedral, el Castillo de la Real Fuerza y el Palacio de los Condes de la Casa Bayona nos transportan varios siglos hacia el pasado. El imperdible Museo de la Ciudad completa el cuadro, aportando los datos necesarios para entender la pintura completa.

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La Habana Vieja gira alrededor de cuatro plazas, que forman un arco. En el extremo norte, la Plaza de la Catedral. En el extremo sur, la Plaza Vieja. Entre ambas, la Plaza de Armas y la Plaza de San Francisco de Asís.

Nosotros, luego de visitar la Plaza de la Catedral y su área circundante nos dirigimos a la Plaza de Armas, flanqueada por el Palacio del Segundo Cabo y la Estatua a Carlos Miguel de Céspedes, continuamente visitada por las palomas de La Habana que dejan allí su blanco recuerdo.

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La Plaza de Armas es un rincón encantador de La Habana: sus árboles permiten burlar por un rato el omnipresente sol tropical y los innumerables puestos de venta de libros en pesos cubanos son una obligada parada literaria.

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Saliendo de la Plaza de Armas hacia el sur se llega a la calle Obispo. A pocos metros de allí, La Bodeguita del Medio invita a dar un vistazo y tomar la foto de rigor y el Café París, con su música en vivo, a hacer un alto, comer un bocadillo, beber algo refrescante y continuar.

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También por allí están las calles Mercaderes y Obrapía, donde se pueden visitar el Museo del Chocolate y la Maqueta de La Habana, mientras el caminante se acerca a la Plaza de San Francisco de Asís, rodeada por el edificio de la Lonja de Comercio y la Fuente de los Leones.

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Finalmente, más al sur, la Plaza Vieja es seguramente la más deslumbrante de las cuatro plazas. Hasta bien entrado el siglo XIX fue un mercado público. Mucho más tarde, la dictadura de Batista la convirtió en un aparcamiento. Desde hace algunos años, se realizan trabajos de restauración buscando devolverle su brillo de antaño.

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Promediando la tarde, nos dirigimos hasta el muelle situado al final de la calle Luz. Allí está el embarcadero de las lanchas que se dirigen a Casablanca, al otro lado de la Bahía de La Habana. Se paga en pesos cubanos y se demora unos 15 minutos.

Al llegar a Casablanca, el camino lleva al visitante hasta el imponente Cristo, construido de mármol blanco, que cual vigía, parece controlar el tránsito de embarcaciones de la bahía.

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Siguiendo el mismo y único camino, una placentera caminata de un kilómetro nos llevó hasta el Complejo El Morro – La Cabaña. Allí se puede visitar el Castillo de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro, la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña y el Museo de la Comandancia del Che, entre otros edificios vinculados a la actividad militar, además de presenciar a las 21 horas, la ceremonia del Cañonazo, rémora de época colonial, cuando un cañón arrojado al mar anunciaba que se cerraban las puertas de la ciudad. Hoy es una representación de la que disfrutan tanto cubanos como turistas. Es un buen final para la jornada.

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Sin embargo, nada de todo esto se compara con disfrutar de uno de los atardeceres más míticos, más increíbles que puede dar este mundo, viendo el sol esconderse en el Estrecho de la Florida, mientras el serpenteo de luces y sombras del crepúsculo juegan caprichosamente con los desvencijados edificios de Centro Habana, el viento ondea las ropas tendidas en las terrazas y balcones, a la vez que los altos edificios de Vedado encienden sus luces y un viejo automóvil batistiano fatiga el Malecón, teniendo como único testigo cercano el tenue amarillo de sus cincuentenarios focos delanteros.

A medida que cae la noche, las infames letras rojas del cartel luminoso cobran brillo, derrotando fugazmente el enjambre de banderas negras que le recuerdan sus crímenes. Pero la silueta negra de un pescador de sueños emerge mágicamente en la pared del malecón, con el sol, cuan bola de fuego naranja, sirviéndole de fondo. Y el pescador mira la Bahía, con la tranquilidad de quien se sabe del lado correcto del agua, de esa bahía que separa dos mundos; en ese instante las letras rojas de la ignominia comienzan a languidecer, mientras en el bar del Castillo del Morro, Silvio anuncia soñar con serpientes, los mojitos combaten la brisa tórrida de La Habana y agudizan las percepciones. Ya noche cerrada, el pescador del Malecón era invisible, pero las letras rojas perdieron la batalla una vez más, como todos los días desde hace 50 años. Si hasta son innecesarias las banderas negras, si los canallas parecían desaparecer bajo el polvo de la historia de La Habana, mientras la voz de Silvio tronaba en el bar como su cañón de futuro.

¿Una despedida de La Habana? ¿O una tarjeta de invitación para regresar? ¿Ustedes qué piensan?

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En el próximo pondremos las recomendaciones de Dani.






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