martes, 19 de agosto de 2008

Dani el Viajero - Parte IV


Playa Maguana

¡Cuba! Ritmo de semillas secas
Cintura caliente y gota de madera
Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco
Mi coral en la tiniebla,
El mar ahogado en la arena
calor blanco, fruta muerta

Sería incompleto contar nuestra estadía sin explicar la odisea de reservar una habitación en la Villa Maguana, único hospedaje disponible en el lugar: según la Guía Lonely Planet, las reservaciones se realizan en el Hotel El Castillo, en Baracoa, ya que en la Villa Maguana no hay ni teléfono ni mucho menos Internet.
Desde Buenos Aires enviamos un e-mail al Hotel El Castillo, del que nunca obtuvimos respuesta.
Decidimos entonces llamar por teléfono, a pesar del exorbitante costo del llamado a Cuba. Nos atendieron amablemente y nos dijeron que ellos no hacían reservas para la Villa Maguana y que eso lo hacían en el Hotel La Rusa, también de Baracoa.
Llamamos entonces al Hotel La Rusa y allí que nos dijeron que eso era antes, que ahora el Hotel Villa Maguana tenía teléfono y nos dieron el número.
Llamamos allí pero nadie contestaba. Eso sí, el llamado se cobró, aún no sabemos por qué.
Nos pareció raro que en un hotel nadie responda. La única explicación era que el conserje se halla ido de su puesto para hacer la plancha en el mar, pero no nos pareció plausible.
Decidimos entonces hacer lo que debimos hacer desde un principio: llamar a la Oficina de Turismo de Cuba en Argentina y pedir el número de teléfono de la Villa Maguana, y ¡aleluya! ¡Número conseguido!
Hablamos con el señor Rodelio, quien de palabra nos hizo la reservación: 70 CUC por habitación por noche.
Cuando llegamos al Hotel Villa Maguana, la verdad, estábamos intranquilos. ¿Rodelio habría asentado su reserva? Después de todo sólo teníamos una llamada telefónica meses atrás, sin ningún papel que nos avalara.
Pues sí señor, allí estaba nuestra reserva. Nos dieron una habitación preciosa con vista al mar, de madera oscura, con TV cable, aire acondicionado, una ducha estupenda y un confortable balcón.
Sin perder tiempo dejamos todo y nos fuimos a la playa. El Hotel Villa Maguana tiene una pequeña cala privada. Luego, separada por unas rocas, está la playa pública, la Playa Maguana.
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Decidimos ir a la playa pública. La arena es clara pero no blanca y bastante gruesa; el mar tiene no oleaje, pero sí bastante movimiento. Eso sí, es de un color verde esmeralda impactante y dentro del agua, transparente por completo. El entorno lo completa una vegetación frondosa y despampanante.
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Para llegar a la Playa Maguana: desde la oficina de Cubatur situada al lado de la Catedral de Baracoa, todas las mañanas sale un autobús turístico que por 5 CUC lleva al interesado a la Playa Maguana. Los 5 CUC incluyen el viaje de regreso, a las 16.30 horas.
Nosotros hicimos uso sólo del viaje de ida y nos quedamos en la Villa Maguana.
El viaje se demora unos 40 minutos y es muy bonito, por una carretera selvática que atraviesa ríos, arroyos, platanales y una fábrica de chocolate inaugurada por el Che Guevara, que impregna de un exquisito aroma a cacao toda la zona.
La Playa Maguana sólo es visitada por los pasajeros de ese autobús turístico y por quienes lleguen en coches de alquiler. Casi nunca son más de 100 personas en total en una playa de 2 kilómetros de extensión.
Tan pocas personas en la playa, hace que sean blanco fácil de los persistentes vendedores: artesanías e invitaciones para almorzar y/o cenar en sus casas son las principales ofertas.
Un consejo: ser cortante y directo de entrada en la negativa. De no serlo, es difícil sacarlos de encima. En cambio, de actuar de manera infranqueable, hace que se corra la voz y los propios vendedores prefieren una presa menos complicada.
Almorzamos en el único puesto de comidas: de propiedad estatal, ofrece pollo frito, sándwiches de jamón y queso, arroz, papas fritas, ¡pero no pescado! ¡En la playa! Ah, y por supuesto, tampoco había helado. Mi búsqueda de helado en Cuba ya se estaba volviendo tragicómica.
Más allá de todo esto, pasamos un día estupendo, un rato al sol, un rato en el agua, olvidándonos que el mundo existía. Luego de las 16.30, quienes vinieron en el autobús se fueron, por lo que quedamos prácticamente solos en la playa, con la única compañía de dos simpáticos cerditos.
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Volvimos al hotel al anochecer y cenamos mariscos y pescado con arroz y bananas fritas a tres metros del mar, en el acogedor restaurante de la Villa Maguana.
Ideal final para un día mágico. Pero eso no era todo: cuando nos dirigíamos a nuestra habitación, una alemana se acercó a nosotros con el rostro desfigurado por el miedo, haciéndonos señas de que pasáramos a su habitación. Allí, otro alemán, su novio, nos miraba con la misma cara de susto, señalándonos el piso.
Todo el alboroto era por un pequeño insecto, parecía una araña, pero era muy extraño. Pedí una toalla, envolví el bicho y lo arrojé al jardín.
La alemana estalló de júbilo, me abrazó y me agradeció como si hubiera sido yo quien logró el derribo del Muro de Berlín.
Mariana no daba crédito a sus ojos.
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Cuando llegamos a la puerta de nuestra habitación descubrimos que teníamos visitas: dos simpáticas ranas hacían noche en las maderas de la baranda de la escalera.
Todavía riéndonos de la estrambótica situación anterior, ingresamos a la habitación.
Al día siguiente, desayunamos temprano: mermeladas, panes, manteca, jugos de fruta, jamón y huevos revueltos.
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Luego aprovechamos la luz matinal para tomar fotos desde diversos puntos del hotel y más tarde fuimos a la playa. Nos quedamos esta vez en la del hotel, ya que no había nadie. Pasamos el día leyendo en las tumbonas y refrescándonos en el mar. Un día muy holgazán, al fin y al cabo.
Al día siguiente, el tercero y último, dejamos la habitación al mediodía. Antes, fuimos nadando desde la playa del hotel hasta la pública, bordeando las rocas. Era sábado, y había llegado un autobús repleto de niños cubanos. El ambiente era familiar y muy agradable.
Minutos antes de las cinco de la tarde nos vino a recoger el autobús de Cubatur que nos llevó a Baracoa.
Dejamos atrás la Playa Maguana, un sitio para recomendar a quien vaya a Cuba y quiera relajarse en un lugar distinto a los tradicionales Cayo Largo, Cayo Coco o Varadero.

Viaje de Baracoa a Trinidad
“¡Oh bovino frescor de cañavera!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!”

Plan de viaje: Baracoa – Santiago (5 horas). Media hora de escala en Santiago y luego 9 horas hasta Trinidad. Todo en los ultra-refrigerados autobuses de Viazul. Una verdadera paliza.
El viaje de Baracoa a Santiago ya lo habíamos hecho en sentido inverso, pero volvimos a disfrutar de la magnificencia del paisaje.
Justo en los dos asientos posteriores a los que ocupábamos nosotros se sentó una pareja de argentinos, de la ciudad de Bahía Blanca.
Congeniamos rápidamente y conversamos todo el viaje, lo que hizo muy llevadero el trayecto.
Onoria, la dueña de la casa en la que estuvimos en Baracoa, había reservado por nosotros los billetes para el viaje de Santiago a Trinidad, que no era posible comprar en Baracoa. Por ello, cuando llegamos a Santiago me apresuré a llegar a la taquilla para pagar esos billetes reservados. No hubo problemas, lo que fue una inusual muestra de eficiencia.
Los argentinos con los que habíamos compartido el viaje desde Baracoa finalmente viajaron en el mismo autobús que nosotros, pero bajarían antes, en Ciego de Ávila, para dirigirse a Cayo Coco con la intención de quedarse un par de días en un camping.
Ya mencioné que el aire acondicionado en los autobuses de Viazul es de respetar. Pero durante el viaje Santiago – Trinidad se batieron todas las marcas: en un espectáculo rocambolesco, los pasajeros de un autobús caribeño viajaban con gorros de lana, bufandas, chaquetas, narices rojas y resfríos incipientes, mientras por las ventanillas del vehículo se veía a la gente en pantalones cortos y camisetas sin mangas.
En Cuba, cuando se va a afrontar un largo viaje en autobús, debe tenerse en cuenta que casi nunca servirán algo a bordo y que en las paradas intermedias no suele haber demasiadas posibilidades de comprar un bocadillo.
Mucho más difícil que escribir el párrafo anterior hubiera sido tomar las previsiones del caso en aquel momento: no teníamos absolutamente nada para comer y nos esperaba una larga noche.
Cuando ya nos resignábamos, el autobús hizo una parada en Bayamo, cuya estación estaba repleta de gente. Aquí tiene que haber algo para comer, pensamos, y me arrojé del autobús-nevera.
No fue tan así: la única oferta disponible consistía en unos sándwiches que un buen hombre con sombrero de paja y ropas de campesino había apilado en una caja de cartón. Los sándwiches constaban de una feta de queso, una hoja de lechuga y una feta de un fiambre que al día de hoy no he logrado dilucidar de qué se trataba. Se pagaba en pesos cubanos, por lo que eran prácticamente gratuitos.
Compré unos cuantos, pero Mariana no tiene demasiado estimulada la vocación por los sabores exóticos producidos a partir de embutidos de dudoso origen, color y aspecto. Dijo que prefería el hambre y no hubo caso.
Reconozco que los sándwiches no eran de esos que sirven para quedar bien con una futura suegra o con un jefe, pero tampoco estaban tan mal. Ni siquiera me produjeron diarrea, con eso digo todo, aunque debo mencionar que me caracterizo por poseer un estómago de hojalata que despide jugos gástricos que permiten digerir cualquier alimento líquido o sólido que mi temeraria conducta me hiciera ingerir. Si no tienen este privilegio, mejor abstenerse de los sándwiches de Bayamo.
Luego nos dormimos, pero a cada rato había una parada, durante la cual se encendían las luces del autobús, subía y bajaba gente, lo que hacía que el sueño estuviera dividido en capítulos, como en un culebrón.
En una de esas paradas bajaron nuestros amigos, con los que convenimos encontrarnos días después en la Heladería Coppelia, en La Habana.
Finalmente, a las 6.15 de la mañana, 15 horas después de nuestra partida desde Baracoa, llegamos a Trinidad.
Al bajar del autobús, nos encontramos con un espectáculo similar al de Baracoa, es decir, decenas de propietarios de casas y ganchos a la búsqueda de su comisión, intentaban conducir, incluso con fotos de las mismas, a los somnolientos y congelados viajeros a variopintas casas particulares.
Sin embargo, en Trinidad habían tomado una medida que hacía más organizado el caos: una soga separaba a los viajeros de los “ofertadores” de casas, con lo cual en lugar de producirse el acoso mediante el contacto físico como en Baracoa, se producía por la vía oral, es decir, a los gritos pelados.
Nosotros habíamos reservado por teléfono desde Baracoa una casa particular: La Casa de Merle, por recomendación de Athor, un asiduo usuario del foro de Cuba. El esposo de Merle nos iría a buscar a la estación.
A medida que nos acercábamos a la soga, la multitud comenzaba con el alboroto. Cuando dábamos marcha atrás, se callaban. Me hizo acordar a aquel episodio de la Pantera Rosa, en el que cuando la pantera ponía un pie en la calle pasaban coches a toda velocidad y cuando regresaba a la vereda cesaba el tránsito.
Esperamos a que se despejara un poco el ambiente y finalmente nos encontramos con el esposo de Merle.
Ya estábamos en Trinidad.

Trinidad
“Y la noche insensata
con sus ojos de fuego
negros, como dos perlas de carbón,
provocándome al juego
tropical y pirata
de la gata mulata y el ratón”

Apenas se logra gambetear a los “ganchos” de la terminal de autobuses, a pesar del sueño y el hambre acumulados y del peso de la mochila a las espaldas, en fin, a pesar de todo, bastan unos segundos para quedar cautivados por la belleza de esta pequeña ciudad multicolor, detenida en el tiempo hace siglos.
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Sus calles empedradas, sus fachadas color pastel, sus agradables gentes, los omnipresentes niños rumbo a la escuela…
Luego de una corta pero difícil caminata debido al irregular adoquinado de las históricas calles, llegamos a la Casa de Merle.
El anterior ocupante de nuestra habitación, un ruso muy extraño que no hablaba una sola palabra en español, aún no se había ido.
Nos quedamos conversando con Merle, su hijo menor y su abuela en el bellísimo comedor de la casa.
El tiempo pasaba y el ruso no se iba. Finalmente decidimos ir a pasear así como estábamos, dejando el equipaje ahí mismo, en el comedor de la casa. Olíamos muy mal, ansiábamos una ducha fría, pero el ruso había alterado nuestros planes.
Decidimos finalmente recorrer el centro histórico de Trinidad hasta cerca del mediodía y luego volver a la casa.
Admiramos la Plaza Mayor, la Iglesia de la Santísima Trinidad y otros edificios de interés arquitectónico, pero fundamentalmente nos introducimos en la vida cotidiana de la ciudad.
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Más tarde, al volver a la casa, nos bañamos y nos dirigimos a la oficina de Cubatur, ya que desde la puerta de la oficina parten los cocotaxis que van a la Playa Ancón. Pero la Playa Ancón será tema de la siguiente etapa.
Volvamos a Trinidad. Para resumir: íbamos a quedarnos dos días y nos quedamos cuatro. La ciudad nos fascinó.
Finalmente hicimos algo que recomiendo a todo aquel que vaya a Trinidad: nos levantábamos temprano y luego de desayunar salíamos a recorrer la ciudad.
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A eso de las 11 de la mañana, cuando el sol hacía inaguantable cualquier actividad, nos íbamos a la Playa Ancón. Así, un poco cada día fuimos conociendo toda la ciudad. Nos pareció mucho mejor que hacerlo todo de un tirón.
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Algunos de los principales atractivos de Trinidad son el Museo Histórico Municipal, instalado en una mansión colonial cercano a la plaza, el Museo Romántico, que alberga objetos antiguos, y el Museo Nacional de la Lucha contra Bandidos, que narra la lucha contra grupos contrarrevolucionarios en la cercana Sierra del Escambray, en la década del ’60.
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Un poco más lejos, subiendo por la calle Bolívar, se llega a la ermita de Nuestra Señora de la Candelaria de la Popa. Desde allí hay muy buenas vistas de la ciudad, aunque si se sigue caminando unos 30 minutos más, se llega al Cerro del Vigía, desde donde no sólo se ve la ciudad sino también la costa.
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Pero ninguna visita a Trinidad sería completa sin su noche. La vida nocturna de Trinidad es enigmática: las calles están desiertas y parecieran no tener vida alguna. La explicación es simple: todo el mundo, locales y turistas, se reúnen en las escalinatas de las Casa de la Música, al lado de la catedral. Allí grupos de música cubana deleitan al público, que baila en la calle hasta la madrugada. Luego, la acción continúa en la discoteca contigua, ya con música grabada.
Para quienes quieran algo más tranquilo, a pocos metros de allí, está la Casa de la Trova, que aunque menos concurrida y menos animada que la de Baracoa, también puede ofrecer buena música, según el día.
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A pocos metros de allí, el retumbar de los tambores aflora desde el Palenque de los Congos Reales, especializado en música afrocubana.
La Casa de Merle destaca por la atención de sus dueños, pero más aún por sus impresionantes desayunos en una terraza de ensueño, con vistas inolvidables de la ciudad y del Caribe, allá a lo lejos. Especial mención merece el Tío Cecilio, amigo de la familia que suele estar en la cena, también digna de elogios, y prepara exquisitos zumos de frutas. Largas charlas con el Tío Cecilio permiten entender la vida en Cuba, sus valores, los motivos que tienen para estar orgullosos y también sus contradicciones.
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Al cabo de dos días en la Casa de Merle tuvimos que cambiarnos, ya que Merle tenía la habitación reservada. Nos fuimos a la vuelta, a la casa de Alexis Benítez, un amigo de Merle.
La casa de Alexis no es tan bonita como la de Merle, pero la habitación es más grande y su ubicación inmejorable, frente a la Casa de la Trova y a 50 metros de la Casa de la Música. Ideal para parrandas nocturnas.
Alexis tiene una familia híper-numerosa, muy bullanguera y animada, que tratan al huésped como si estuviera en su casa. La comida es muy abundante y sabrosa y se disfruta con la compañía de una inquieta cotorra que mira burlona desde su jaula ubicada en estratégica posición.
Otra ventaja de la casa de Alexis es que tiene nevera en la habitación, lo que permite tener bebidas frías, algo que se agradece en esta calurosa ciudad.
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Luego de cuatro días estupendos en Trinidad, regresamos a La Habana, pero antes dediquémonos a la Playa Ancón.

Continuara ......



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