domingo, 24 de mayo de 2009

Viajeros al Tren... de la fresa

El Tren de la Fresa es uno de los pocos trenes turísticos que recorren España y, hasta donde yo sé, el único que se puede tomar en Madrid. Recorre la distancia entre la capital y Aranjuez, la pequeña ciudad junto al Tajo y los palacios reales, y es histórico en dos sentidos: los vagones y la locomotora son antiguos (ésta de vapor) y el trayecto se corresponde con la segunda línea férrea más antigua del país, sólo tres años posterior a la que unía Barcelona y Mataró.

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Es cierto que cualquier tren puede ser turístico si el viajero tiene ojos para apreciar el paisaje, pero esa denominación se guarda para aquellas ocasiones en las que la principal motivación del turista es el propio tren más que el paisaje o el destino.

El trayecto está pensado como una excursión de un día que permita además conocer lo más destacado de Aranjuez, así que el tren sale bastante pronto de Madrid (a las 10 de la mañana) y regresa a eso de las 18,30. Entre ambas salidas se facilita la visita al Palacio Real y una segunda a elegir entre el Museo de Falúas Reales y el Museo Taurino de la ciudad.

Otro punto curioso es que el tren parte de la antigua Estación de las Delicias, convertida hoy en Museo del Ferrocarril y un lugar interesante para los muchos amantes de este tipo de transporte. Además, la estación es por sí misma digna de ser vista, ya que es un espléndido edificio en el típico estilo metálico y grandioso de finales del S XIX en el que después se construyeron grandes y bellas estaciones como la Atocha, hoy convertida en un insípido jardín tropical, o la valenciana Estación del Norte, quizá la más bella de todas y todavía funcionando a pleno rendimiento.

Volviendo al tren de la Fresa, el viaje está amenizado por dos circunstancias principales: la primera es el propio tren, sus vagones de madera separados por plataformas metálicas abiertas en las que se ve el rápido pasar de las traveseras de la vía a nuestros pies.

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La segunda es la gran estrella de todo el tinglado, la bella y negra máquina de vapor que arrastra el tren y nos deleita con sus pitidos y su humo. Una de las cosas que aprendemos de ella es que ese método de tracción aguantó mucho más tiempo del que pensamos los que ya hemos conocido los trenes con la higiénica y metálica belleza del Talgo: la que tira del Tren de Fresa se construyó en 1952, aunque su aspecto es el de las locomotoras de vapor de toda la vida y, para los niños actuales, el de la máquina del tren que lleva a la escuela de magos de Harry Potter.

Los románticos de lo viejo sólo tenemos un pero que ponerle: en un acto de realismo y practicidad pero también de mitofobobia el combustible no es el añorado y hermosamente negro carbón, sino un gasoil mucho más limpio y que hace el viaje infinitamente más cómodo a los operarios, pero cuya combustión da un olor menos “natural” que persiste durante todo el trayecto y que nos hace pensar a veces que más que en un tren histórico vamos en un autocar viejo.

También como parte de la oferta las higiénicas azafatas que ahora vemos en los trenes se transforman en dos divertidas actrices vestidas de época (eso sí, no me pregunten de qué época) que pasan por los vagones interpretando unos simpáticos sainetillos para deleite de niños y turistas japoneses. Además, al subir dan a cada viajero una cajita de plástico con unas pocas pero deliciosas fresas, fruta típica de Aranjuez y que da nombre a todo el trayecto.

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Durante el viaje los aficionados a la fotografía como el que les escribe no tienen muchas oportunidades de sacar grandes fotos, ya que la locomotora está separada de los vagones del pasaje por un infranqueable vagón de mercancías y tampoco hay muchas curvas en las que la perspectiva facilite una buena toma.

Lo más recomendable es correr al llegar a Aranjuez y, sorteando a los muchos viajeros que se hacen fotos ante la máquina, tratar de lograr una toma interesante. La otra posibilidad es llegar a la estación con el suficiente tiempo antes de la vuelta. En ese caso y con un poco de suerte quizá pueda incluso subirse al terriblemente cálido espacio de los maquinistas, charlar con ellos y hacer que toquen el silbato para gozo de los churumbeles.

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La vuelta tiene algo de anacrónica modorra, acercándose a Madrid a través de los suburbios capitalinos que tan poco casan con el tren, que se mueve con cierta pereza y parece no querer llegar en realidad a ese lugar, estación pero también museo, en el que languidece como una curiosidad en vez de trotar por las vías.

Y finalmente bajamos de él sin darnos cuenta de que pasará mucho tiempo antes de que volvamos a viajar en tren, aunque puede que sí lo hagamos en una de esas rápidas, eficaces e insípidas moderneces que nos llevan de un sitio a otro.

MÁS
Página web del Tren de la Fresa.
Mis fotos del viaje en Flickr.



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