lunes, 25 de septiembre de 2006

El boom de las low cost

La entrada anterior es una muestra del boom de las líneas aéreas de bajo coste. La competencia entre ellas ha hecho que la oferta de vuelos sea más extensa y, lo mejor, más económica.
Según un estudio de la IATA, organización que integra a la gran mayoría de las aerolíneas del mundo, con la excepción de las de vuelos baratos, los gastos de las low cost son entre un 40% y un 60% menores que los de las grandes compañías tradicionales.
Pero, ¿cómo consiguen esa reducción de precios? Gracias los sueldos de los pilotos, más bajos que el resto de compañías, o a la oferta de coches de alquiler y de hoteles, al menor gasto en oficinas y despachos, a la supresión de servicios a bordo... Todo redunda en el beneficio del cliente. Y, mientras los vuelos salgan a su hora y no pierdan las maletas... ¡yo me apunto!

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Ryanair: vuelos gratis


Ryanair ofrece vuelos gratis para viajar del 6 de octubre al 24 de marzo y desde distintas ciudades españolas (Santiago de Compostela, Murcia, Gerona, Valladolid...) a destinos europeos también variados. Una buena oportunidad para cazar al vuelo, nunca mejor dicho, algún ofertón, ya que sólo se sumarán tasas de vuelo e impuestos: 17 euritos.
¡Ánimo, que la oferta finaliza mañana!

Ryanair
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domingo, 24 de septiembre de 2006

París a la vista



Ésta es una de las imágenes que recuerdo con más cariño de mi viaje a París hace cuatro años. Una ciudad nublada, tenue, gris, contemplada por una gárgola impertérrita. Parece que esté a punto de caer una buena nevada... pero era agosto y la temperatura no bajaba de los 20 grados. Tuve que hacer cola para subir a la torre de Notre-Dame, y mereció la pena.

En diciembre vuelvo a la ciudad de la luz, luz que aquel día no se mostró apenas. De nuevo subiré a Notre Dame y veremos qué estampa me depara entonces el día. Para diciembre las temperaturas medias de París rondan los cinco grados. ¿Quizá pueda ver entonces una ciudad nevada? Desde luego, sería otra imagen inolvidable...
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jueves, 17 de noviembre de 2005

La extraña y turbadora belleza de Las Médulas

Es bastante raro que el hombre y la naturaleza trabajen juntos para crear un paisaje, más extraño todavía es que la parte humana del trabajo no sea el hoy por hoy habitual esfuerzo de restauración y desintoxicación, sino un ataque absolutamente salvaje, brutal, que acabe completamente con lo anterior para dar lugar a algo nuevo, y que este paisaje renacido no sea un erial sino algo lo suficientemente bello como para ser Patrimonio de la Humanidad.

Para colmo de extrañezas, imaginen que la depredación humana se hubiese producido hace unos 2.000 años y que, desde entonces y pese a que el paisaje ha sido devuelto a la naturaleza y se mantiene prácticamente virgen, los restos de ese ataque de los hombres siguen siendo visibles.

Todas estas circunstancias se dan en Las Médulas leonesas, antiguas minas de oro romanas en las que se usó un extraordinario y feroz método de extracción que prácticamente desintegró toda una montaña. Desde entonces, hace ya tantos siglos, la naturaleza ha ido retomando el control de lo que era suyo y ahora el atónito viajero se encuentra con un paisaje en el que los restos arenosos de la antigua montaña se encuentran literalmente sumergidos en un mar de impresionantes castaños, muchos de ellos centenarios, cuyas ramas se sujetan de inverosímiles troncos, huecos y retorcidos como la misma muerte y entre los que uno se siente como en una bosque mágico, onírico desde luego, quizá de pesadilla.

En el efecto extraordinario del conjunto tiene no poca importancia otro factor bastante fuera de lo común: el rojo violento de la tierra de El Bierzo; allá por donde uno vaya en esta comarca pisa y ve campos y caminos de un llamativo y fiero color rojo como en pocos sitios lo he visto y que, en mi daltónica memoria, me recuerda a una de las pinturas de mi tío que más me llamaba la atención cuando le veía pintar entre olores a óleo y aguarrás: el “Tierra de Siena”; creo que era algo menos rojizo y algo más oscuro pero me acuerdo de él ahora y me hace pensar que bien podría haber un rojo “Tierra del Bierzo”.

Las Médulas están situadas al sur de El Bierzo, cerca ya del límite con la provincia de Orense y a unos 40 minutos de Ponferrada. Para llegar a ellas hay que ir a un pequeño pueblo con su mismo nombre al que se llega desviándose de la N 120 en dirección a Carucedo (no se preocupen, está señalizado). Desde el pueblo salen las imprescindibles rutas, a pie o en bicicleta, que permiten adentrarse en el paraje, no son paseos complicados y les recomiendo que los hagan andando: es la mejor forma de disfrutar del paisaje, del bosque y de los castaños.

Una vez hayan andado durante unas horitas entre las antiguas minas, se hayan maravillado con el tamaño de las cuevas creadas por el agua y los ingenieros romanos y se sientan transportados a otro mundo es el momento de retomar el camino a la inversa y, antes de llegar de nuevo a Carucedo, girar a la derecha y desviarse hacia Orellán, donde está el altísimo mirador que nos ofrece la fantástica perspectiva de conjunto sobre todo el paraje que se recoge en la imagen.

Es probable que no tengan la suerte que tuve yo de visitar Las Médulas en pleno otoño y disfrutar del contraste entre el rojo de la tierra y el amarillo de las hojas de los castaños, a pesar de ello les recomiendo que no dejen de visitarlas en cuanto tengan la más mínima oportunidad, puede que haya paisajes más hermosos, más grandes, más naturales, pero estoy seguro de que hay muy pocos sitios en España con la belleza mágica de Las Médulas.

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jueves, 11 de agosto de 2005

Una excursión a L'Oceanogràfic de Valencia

Estuvimos ayer por Valencia disfrutando del calor pegajoso y repugnante de la capital del Turia y aprovechamos para hacer una visita a la última atracción abierta de faraónica Ciudad de las Artes y las Ciencias: L’Oceanogràfic.


El folleto que nos reparten a la entrada nos cuenta que L’Ocenaogràfic es un “parque marino”, el más grande de Europa, por cierto. Esta definición ligeramente confusa no deja de ser bastante adecuada para una atracción que está compuesta por varios grupos de gigantescos acuarios que ofrecen al visitante una idea aproximada del diferente hábitat marino de varios lugares del mundo: los océanos ártico, antártico y el atlántico, el mediterráneo, el caribe… El conjunto se completa con un espectacular delfinario y un no menos llamativo aviario en el que se reproducen los ecosistemas de dos tipos diferentes de humedales: el manglar y el marjal.

En pleno mes de agosto y en la costa levantina no hay que ser un hacha para imaginarse que L’Oceanogràfic va estar de bote en bote, como se dice popularmente: todos los acuarios estaban repletos de gente, así como los bares y restaurantes y las diversas instalaciones que completan el parque. Me llamó poderosamente la atención la gran cantidad de visitantes extranjeros que se paseaban por el parque, supongo que, al menos en el extranjero está funcionando la Ciudad de las Artes y las Ciencias como el polo para atraer turismo que se pretendía lograr al emprender el descomunal proyecto.

Si alguien disfruta del parque son los niños, que se pasan el día de pared en pared de los acuarios gritando y empujando como posesos (esos momentos en los que uno admira la obra y la vida de Herodes, ese visionario), pero también a los mayores les gustarán los enormes acuarios, especialmente los dos que tienen túneles (el del Caribe y el de los océanos) que nos permiten una experiencia curiosa viendo como los peces nadan por encima de nuestras cabezas. Por supuesto las grandes estrellas son los tiburones, de los que hay varios ejemplares de distintas especies, pero también son espectaculares los grandes y no tan grandes bancos de peces moviéndose a nuestro alrededor como si fuéramos el comandante Cousteau.

El despiporre infantil (y de algunos adultos) llega en el delfinario, con un espectáculo en el que participan más de una docena de delfines y seis domadores. El show está muy cuidado y resulta un poco hortera, como supongo que corresponde a una cosa de estas. Personalmente, a mí esto espectáculos de doma me resultan un poco deprimentes, ver a un animal bello y salvaje (delfines o caballos, que suelen ser los más típicos) haciendo el indio y dando vueltas como una vulgar bailarina de sevillanas me disgusta más que otra cosa, pero sí disfrute de los enormes saltos y de la belleza de unos animales que, aun en el encierro de una piscina, transmiten una hermosa sensación de libertad (me acaba de saltar el alarma anti-cursilería).

En conjunto vale la pena acercarse un día a L’Oceanogràfic aun a pesar de que la entrada no es precisamente barata (21,20 € para los adultos y 16 € para niños y jubilados), aunque les recomendaría dejar pasar el mes de agosto para encontrárselo un poco más tranquilo. Un último consejo, reserven la entrada con anterioridad y se ahorrarán una buena cola en taquilla, pueden hacerlo llamando al 902 100 031.
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viernes, 8 de julio de 2005

Desde el tren, la Mancha

El paisaje manchego se extiende ante mis ojos a la otra parte de la ventanilla del tren mientras me acerco a esa ciudad en medio de la nada que es Albacete, camino de esa otra ciudad, ésta en medio de sí misma, que es Madrid.

A principios del mes de julio y con la pertinaz sequía azotándonos de forma inmisericorde la Mancha es un inmenso secarral en el que, una vez cosechado el trigo, parece que nada será capaz de crecer de nuevo, excepción hecha de las cuatro malas hierbas que se refugian en la sombra de los pocos árboles que, aquí y allá, tratan sin demasiado éxito de romper la monotonía del paisaje, de la que acaban siendo sólo una parte más.

No suele ser el paisaje quijotesco de la mancha muy del agrado de la gente, que tiende a considerar sus grandes planicies requemadas por el sol como una extensión inhóspita, un tanto inhumana si se me permite la palabra quizá excesiva. A mí, por el contrario, si que me gustan estas llanuras ocre y tierra que hoy veo desde el tren y que he atravesado tantas veces con el coche.

Me gustan porque, en su desolación, tienen algo de arte abstracto espontáneamente creado por el trabajo en común del hombre y de la naturaleza. Mi mirada se desliza suavemente por los inmensos campos como por un Rotko, siguiendo las líneas que han marcado el arado y las ruedas del tractor, posándose un instante en ese pino o en aquella carrasca de apariencia centenaria y a la que el agricultor ha sacrificado unos metros de su valiosa tierra que no siembra, supongo que siendo compensado por la refrescante sombra, de inapreciable valor en la planicie desnuda e implacablemente golpeada por los rayos del sol.

De vez en cuando el paisaje entero se sobresalta con la aparición de un elemento que rompe su monótono orden: un pequeño grupo de pinos, una carretera, un camino que parece dirigido inequívocamente a ninguna parte, un par de enormes silos para el grano o una antigua casa de labriegos. La mayoría de ellas están hoy deshabitadas y sus muros se comban en formas imposibles que sustentan como por milagro sus techos de teja que, en otro tiempo, protegían a los inquilinos menos de la escasa lluvia que del imponente sol. Hoy las tejas y las vigas han cedido a la presión de los años y el abandono y veo desde el tren enormes agujeros que parecen provocados por un obús o un meteorito, pero que en realidad son resultado de algo con un poder de destrucción infinitamente mayor: el final de un modo de vida, desbaratado y desmoronado como las propias casas por los cambios, las comodidades y, paradójicamente, la riqueza.
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martes, 5 de abril de 2005

El ferry a Staten Island

El ferry a Staten Island es gratuito, una palabra que de no ser por él creo que ni existiría en el vocabulario de los neoyorquinos, y ofrece unas espectaculares vistas de Manhattan, amén de pasar cerca de la Estatua de la Libertad. Son tres buenas razones para cogerlo, pero hay además una cuarta: hace un frío que pela en la parte sur de Manhattan y el barquito es un sitio en el que pasar un rato a cubierto de este viento imposible sentado, tranquilo y descansando.

Desde el ferry, el sur de Manhattan se nos muestra espectacular, en cierto sentido demencial y en otro sentido no menos cierto maravilloso. Nueva York parece desde aquí el proyecto perfecto de un arquitecto loco que ha querido crear la ciudad absoluta, el sueño urbano total, la sublimación del acero, el asfalto y el cristal como símbolos de una civilización hipertrofiada, autosuficiente, soberbia…

Ayer por la noche tuve junto al puente de Brooklyn una sensación similar: unos 6000 años de historia de la ciudad culminan aquí, al menos por ahora. No quiero decir con esto que Manhattan sea el lugar ideal para vivir, que quizá sí para un periodo más o menos limitado, sino que será difícil avanzar más por este camino de acero y cristal acumulándose y elevándose, y la ciudad que supere a Nueva York en su actual papel de capital del mundo, si es que eso llega a ocurrir, deberá ser otra cosa, como París o Londres son muy distintos a Roma y el propio Nueva York no lo es menos de ellos.





El sur de Manhattan desde la distancia.

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