miércoles, 22 de diciembre de 2004

Viejos recuerdos de viajes navideños I

Resulta curioso que la Lotería de Navidad sea uno de los recuerdos más firmemente asentados en nuestra memoria. La repetición cíclica, año tras año de la típica cantinela de los Niños de San Ildefonso (que por cierto, cuanta musicalidad perdió con la llegada del Euro) mantiene en los recovecos de nuestra cabeza recuerdos que de no ser por ella seguro que habrían muerto ya, diluyéndose como lágrimas en la lluvia como decía el replicante de Blade Runner.

Para mí, el sorteo navideño está irremediablemente ligado a los viajes al pueblo de mi niñez, que en su versión invernal coincidían año tras año con el día de la Lotería. Pero ojo, estoy hablando de un concepto de viaje muy distinto al que manejamos hoy en día en este país de autovías (y que me perdonen los de Teruel): hace 20 años viajar desde Madrid a la provincia de Alicante suponía una expedición más cercana a Marco Polo que a la actual velocidad diesel. Les cuento:

El viaje empezaba bastante de mañana, aunque no demasiado para no pillar las carreteras heladas. Subíamos al flamante 1430 del abuelo cinco o seis personas, a saber: el propio abuelo que conducía, la abuela, mi madre, mi hermano, un servidor de ustedes y la incorporación ocasional de mi tío algunos viajes. En este estado de enlatamiento enfilábamos por la Nacional IV, la de Andalucía, que por aquel entonces atravesaba el casco urbano de Aranjuez pasando a pocos metros del Palacio Real. Por allí seguíamos hasta algo más allá de Ocaña, y después nos desviábamos por una serie de carreteruchas secundarias hasta alcanzar la Nacional III, que era la de Valencia.

Nunca estuvimos muy seguros de la idoneidad de esta ruta, pero mi abuelo era un hombre de ideas fijas y todos obedecíamos el sacrosanto mandamiento “el que conduce manda”. Una vez en la carretera de Valencia parábamos a desayunar – comer en una pequeña cafetería de Honrubia en la que nos tomábamos, invariablemente, dos bocadillos de lomo y dos de tortilla, con una ensaladita y una botella de agua.

Honrubia era la primera parada en la que nos informábamos de cómo iba el sorteo gracias a una televisión en color colgada en una de las esquinas del local. No recuerdo bien si era una Vanguard o una Telefunken, pero para que se hagan una idea del modelo eran de aquellos en los que una de las dos cadenas se identificaba como la UHF. Previamente habíamos visto el principio en casa y durante los primeros kilómetros lo habíamos oído en una pequeña radio en forma de balón recuerdo del Mundial 82. Por supuesto, el viejo 1430 no tenía radio.

Después de desayunar y ya que teníamos todo el día por delante íbamos a una carnicería en la propia Honrubia donde comprábamos una cantidad ingente de cordero y cerdo que repartíamos entre toda la familia como si fuésemos una ONG. El espectáculo de mi abuelo ajustado las bolsas con la carne en el maletero era poco menos que épico, sobre todo teniendo en cuenta que había que dejar un hueco para los quesos que íbamos a comprar en Albacete unos kilómetros después y que el maletero del 1430 (que no era precisamente un monovolumen) ya tenía el equipaje de 5 personas dentro. Llevo desde que tengo carné tratando de imitar la habilidad que tenía aquel hombre para embutir bolsas y maletas en aquel reducido espacio, vamos, el cubo de Rubik una mierrrrrrrda al lado del maletero del 1430.

Aquí les dejo por hoy ya que el artículo se me está alargando como se alargaba el propio viaje. Mañana abordaremos la segunda y última parte.


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