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viernes, 22 de agosto de 2008

Dani el Viajero - Sugerencias

Casas particulares

Durante nuestro viaje a Cuba nos alojamos en diversas casas particulares y en un hotel. Aquí dejamos los datos de estos lugares, los que recomendamos ampliamente. Los precios son por habitación.
Lamentablemente, no tomamos fotos de las casas de Asela en Santiago ni de la de Merle en Trinidad.

Santiago de Cuba
La Casona de San Jerónimo (25 CUC con enorme desayuno incluido)
Sra. Asela Ulloa Franco
San Jerónimo 571 (Entre Reloj y San Agustín)
Tel. (53-22) 620-768
E-mail: lacasonadesj@yahoo.es
web: casasantiago.topcities.com

La habitación en la que estuvimos es nueva, enorme, con baño y aire.
Además de una cama adicional. Es una casona antigua, con 2 patios en una zona tranquila y cerca del centro. Impecablemente limpia.
La Sra. Asela es muy amable y operativa.

Baracoa
Casa Bella Vista
Sra. Onoria Delgado Leyva (15 CUC la habitación)
Calixto García 55 (Entre Coliseo y Peralejo)
Tel. (53-21) 64 3883
E-mail: c.bellavista@yahoo.com / alexllegra@yahoo.com

Habitación en el piso de arriba, se puede acceder por el interior de la casa o por una entrada independiente. Tiene un balcón con hermosas vistas a la bahía. Baño privado y aire acondicionado. Comidas y desayunos riquisimos y abundantes.
La Sra. Onoria es amorosa.
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Trinidad
Casa de Merle
C/ Ernesto Valdéz Muñoz 52 entre Julio A. Mella (Guásima) y Jesús Menéndez (Alameda)
Tel.: 994194
Situada en una zona muy céntrica y cerca de la Casa de la Música.
Dispone de dos habitaciones con aire acondicionado y baño particular.
Cenas y desayunos excelentes, y ni hablar de los zumos del Tío Cecilio.

Alexis Benitez Inchauspi (25 CUC la habit. doble)
Calle Jesús Menéndez 204 (Entre Juan M Márquez y Fernando Echerri)
Tel. 993527 movil 53 52963850
Frente a la Casa de la Trova y a una cuadra de la Casa de la Música.
Ideal ubicación para salidas nocturnas. Enorme habitación con baño y entrada independiente. Familia amigable incluyendo una simpática cotorra. Comidas excelentes y abundantes. Con Aire Acondicionado.
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La Habana
En Centro Habana:
Casa de Martica y Miguel (20 CUC)
San Nicolás 164 (entre Animas y Virtudes)
Tel. 862 5424
Matrimonio excepcional, te hacen sentir como en tu casa. Habitación con aire y baño privado.
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En Vedado:
Mary y Juanito (25 CUC)
Calle K Nro 503 Apto 1 E/25 y 27
Tel. 832 9989
E-mail: jluiscu @ hotmail.com
Residencia de alto nivel. Habitación con aire acondicionado y nevera en la habitación.
A una cuadra del hotel Habana Libre.
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Playa Maguana
Estuvimos 2 noches en el Hotel Villa Maguana, en la Playa Maguana.
Cuesta 75 CUC con el desayuno incluido. Vale inmensamente la pena: la comida es excelente, se cena a la orilla del mar, se duerme en una habitación preciosa de madera con balcón al mar y tiene una pequeña cala privada, por si al viajero le fastidian los vendedores de playa.
Si quieren un "lujo" en sus vacaciones, este es para mí el lugar ideal para olvidarse que el mundo existe, pero sin el plan guiri de los TI.
Web: www.villamaguana.com
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Datos y consejos útiles para quien viaje a Cuba

Dinero
Nuestro viaje fue de 16 días, dos personas (matrimonio), transporte en Viazul, recorriendo Habana - Santiago - Baracoa - Trinidad - Habana.
Dormimos en casas particulares (20 CUC siempre excepto 25 CUC en Habana (Vedado) y 15 CUC en Baracoa). Desde Baracoa fuimos a la Playa Maguana y nos quedamos a dormir 2 días en el hotel de allí (75 CUC la noche).
Por regla general, desayunamos en las casas donde nos alojamos. Almorzábamos muy ligeramente y luego cenábamos bien, a veces en las casas, a veces en paladares y a veces en restaurantes.
En total, gastamos 1000 euros.
No me pareció para nada caro. Por ejemplo, no son muchos los países del mundo en los que es posible que 2 personas se alojen por 15 euros en casonas coloniales con todas las comodidades.
Nosotros llegamos a todos los bares solos, no aceptamos sugerencias de nadie en las calles sobre casas ni lugares para comer o para salir por la noche. Siempre tratábamos de tomar la carta de precios de los sitios para comer nosotros mismos. Mi esposa tomaba una y yo la otra para ver si era igual, por ejemplo.
En dos o tres oportunidades la cuenta era superior a lo que consumimos, reclamamos y se solucionó a nuestro favor. Nunca tomamos el primer taxi en ningún sitio. Siempre preguntamos a 3 o 4 para tantear los precios.
¿Qué es posible gastarse 3000 euros en una semana? Claro que sí, pero también es posible gastar un tercio de eso en dos semanas y siendo dos personas.
Nosotros comimos todos los días, la pasamos genial, pero no dilapidamos el dinero. Incluso al Castillo del Morro, en Santiago, fuimos en la guagua, que costaba 0,20 CUP mientras que la excursión organizada cuesta 17 CUC. Y aquel viaje en la guagua Nº 213 fue excelente, más allá de la incomodidad por lo repleta que va: fue una forma muy genuina de conocer gente maravillosa, diferente de los vividores de turistas.
Es decir, todo depende de cada quien.

Jineteros
A nosotros no nos resultaron tan molestos como se ha dicho mucho por el foro. Es cierto que los hay, pero al menos en nuestro caso, en el 80% de los casos bastó con no responderles. Al 20% restante que es más insistente, bastó con decirles “no necesito nada” de manera algo descortés, pero no fueron más de 2 o 3 casos en todo el viaje.
Incluso, más molestos que los jineteros resultan los vendedores de artesanías (sobre todo en el oriente), los vendedores de cualquier cosa en la playa (sobre todo en Maguana) y quienes simplemente piden una lapicera o una camiseta (sobre todo en Santiago). De todas maneras esto es una pavada absoluta comparado con tener que preocuparse de un atraco como ocurre en cualquier parte del mundo, excepto en Cuba, donde prácticamente se puede andar a cualquier hora por cualquier sitio, guardando un lógico sentido común.

Fin Viaje
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miércoles, 20 de agosto de 2008

Dani el Viajero - Ultima Parte

Playa Ancón

“Yo soy un hombre sincero,

Sincero y sin infinito

Y antes de morirme quiero

Vivir la vida un poquito”



Como dije en la etapa anterior, fuimos a la Playa Ancón uno y cada uno de los cuatro días que estuvimos en Trinidad.

Hay tres maneras de llegar a la Playa Ancón desde Trinidad:

La primera, tomar un taxi. Cobran 8 CUC y llevan hasta cuatro personas.

La segunda, tomar un cocotaxi. Cobran 2 CUC por persona y pueden viajar hasta dos personas.

La tercera, el autobús turístico, de esos de dos pisos sin techo, como los que circulan por las principales ciudades europeas. Eso sí, su frecuencia no existe: circula cuando le viene en gana. Incluso nos dijeron que muchas veces hacía trámites particulares con el vehículo y como luego tenía que rendir el combustible utilizado, cancelaba algún viaje.

Lo que no me explico es cómo hacía para pasar desapercibido con semejante armatoste fuera de su ruta. En fin, si algún viajero consigue encontrarlo cobra 1 CUC por persona. Nosotros lo logramos una vez, para regresar desde la Playa Ancón. Eso sí, si van en el piso superior, agáchense porque los cables de electricidad pasarán a la altura de sus cabezas y no sería una muerte muy glamorosa ni muy heroica.

Nosotros siempre, las cuatro veces, fuimos en cocotaxi. Para regresar, es más difícil encontrar uno, así que volvimos siempre en taxi común, pero juntándonos con otras dos personas para abaratar costos, excepto una vez que, como dije, volvimos en el autobús turístico.

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La Playa Ancón es una extensa franja de arena blanca y mar turquesa, un verdadero paraíso, sólo afeado por el horripilante edificio multicolor de estilo indescifrable que alberga al Hotel Ancón, sede mayoritariamente de golfos sexagenarios a la búsqueda de mulatas pulposas.

Obviando ese detalle, la Playa Ancón se deja disfrutar, con su ambiente relajado, que integra cubanos y turistas, completamente distinto a lo que sucede en los cayos.

El agua es tibia, no hay absolutamente nada de oleaje pero a pesar del color turquesa, una vez dentro del agua, ésta no es tan cristalina como en la Playa Maguana, pero esto poniéndonos muy exigentes.

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Sin embargo, lo mejor que tiene la Playa Ancón son sus atardeceres: increíbles, con el sol poniéndose en el mar, en una verdadera bacanal de colores, un espectáculo voluptuoso y silencioso, mágico, colosal.

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Eso sí, apenas el sol se pone hay que huir: llegó la hora de los jejenes, pequeños y temibles insectos que tiran a matar. Durante el día no molestan, pero en cuanto se va el sol, se arremangan y ¡a comer!

En la playa hay un chiringuito que vende algunos bocadillos. Uno de los que atendía, un moreno muy simpático, bautizado “Nairobi” por Mariana, era el que habitualmente nos atendía. Sus tareas incluían además recoger las tumbonas de la playa, luego del atardecer.

“Nairobi” cumplió siempre su labor con la máxima eficacia, hasta que llegó el día: se celebraba el cumpleaños de alguien vinculado al chiringuito. Los empleados decidieron, obviamente dejar de trabajar, y festejarlo como es debido: a puro trago.

No es posible describir con palabras el estado calamitoso en el que acabó el pobre “Nairobi”, frente apoyada en la mesa, piernas erráticas y brazos abrazando el vacío. Ese día las tumbonas quedaron dispersas por la playa, tristes por el abandono de su fiel amigo “Nairobi”.

Otra cosa sobre las tumbonas: son las más cómodas que he visto en cuanta playa he visitado. Increíbles: dan ganas de quedarse a vivir en ellas, y lo mejor es que son gratis. Pertenecen al chiringuito de la playa, pero nadie controla nada.

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En ese mismo chiringuito siguió mi particular y desigual intento de saborear un helado en Cuba. Ya llevábamos más de diez días en ese país y no había podido tomar un solo helado, por las más variadas e insólitas causas. Pero faltaba la mejor: en el chiringuito no había helado, obviamente, hasta que un día llegó el camión de helados. Ante el júbilo de la multitud, que rápidamente se agolpó frente al mostrador, el responsable del chiringuito, muy suelto de cuerpo, guardó los helados en el freezer, los cubrió con una lona negra y anunció: “helados hasta mañana no hay, tengo que hacer el inventario”.

No hubo forma. Con gran desazón me retiré derrotado, pero con la enorme ilusión de volver al día siguiente.

Pues bien, me apersono 24 horas después y me dice: “helado hay, pero no tengo cuchara”, dándome a entender que no me podía vender el helado. Replico entonces: “pero me puede prestar un tenedor”. El tipo puso cara de estar asistiendo al descubrimiento de la vacuna contra la estupidez crónica, pero lo cierto es que me dio el tenedor y al fin ¡pude tomar un helado en Cuba!



Viaje de Trinidad a La Habana

“De mi ventana huye el barco

venido ayer de La Habana

saltemos del lecho al barco

¡Lucero de la mañana!”



Abordamos el Viazul, que parte muy temprano en la mañana, a esa hora en la que coinciden madrugadores con quienes vuelven de la juerga.

El autobús partió puntual como siempre. Luego de una hora de viaje llegamos a Cienfuegos. Desde la ventanilla del autobús vimos una ciudad cuidada y prolija. Alguna vez iremos a Cienfuegos.

Luego ocurrió algo increíble: el autobús se detuvo bruscamente frente a una vía de ferrocarril que tenía el aspecto de no haber visto pasar un tren durante décadas. Sin embargo, nadie en el autobús salió de su asombro cuando vimos pasar una zorra, de esas que son la “estrella” en la película “La vida es un milagro”, de Emir Kusturica. Pero lo increíble es que la zorra iba abarrotada de personas vestidas como para ir a trabajar. Así son los transportes en Cuba, donde el ingenio puede más que todo.

Luego el autobús llegó a la Autopista Nacional, una ambiciosa autovía de tres carriles por mano, digna del primer mundo. Sin embargo, el proyecto quedó a mitad de camino cuando la Unión Soviética colapsó y no se contaron con fondos para proseguir con las obras. Hoy la Autopista Nacional es una fantasmal autovía que acaba bruscamente en algún lugar de la provincia de Sancti Spiritus.

Cuando llegamos a la terminal de Viazul en La Habana, una camioneta de la misma empresa Viazul, ofrece a los turistas llevarlos al centro por 1 CUC, mucho más económico que el taxi.



Vedado

“Y en este hotel tocó Beny Moré

La noche que Al Capone

Perdió los pantalones

A la ruleta rusa con Fidel”



A diferencia de nuestro paso anterior por La Habana, esta vez decidimos alojarnos en el Vedado.

Para eso, en Trinidad, habíamos reservado por teléfono una casa particular: la de Pilar Palma, recomendada por la Guía Lonely Planet.

Al llegar, advertimos con preocupación que se trataba de un edificio en ruinas, con el ascensor averiado, bastante suciedad en el hall de entrada y sin ningún encanto.

Nos pareció extraño. Sabíamos que en Cuba y más todavía en La Habana, no se puede dudar: en cuanto alguien se detiene unos segundos en la calle, y más aún con el equipaje a cuestas, se acercarán “ganchos” con sus consabidas ofertas.

Decidimos que Mariana se quede en un bar; mientras, yo ingresaría al edificio. Subí por la escalera hasta el tercer piso, llamé al timbre y me atendió la misma Pilar Palma. El edificio es espantoso pero la casa está bastante bien y la habitación en buen estado. Volví al bar a buscar a Mariana y nos instalamos en la habitación. Igualmente, sólo teníamos sitio allí por un día, ya que luego la casa estaba reservada. Debíamos buscar casa para el día siguiente.

Salimos y en pocos minutos lo habíamos logrado. Es algo fácil, ya que en Vedado casi todas las casas rentan habitaciones. Nos decidimos por la casa de Mary y Juanito.

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Logrado esto nos dirigimos a la Plaza de la Revolución. El camino fue: Calle G, pasando por el monumento a José Miguel Gómez, la arbolada Av. Universidad hasta la Avenida Salvador Allende y luego Av. Independencia hasta la Plaza.

La Plaza de la Revolución es imponente, con la mirada penetrante e hipnótica del Che, desde la pared del Ministerio del Interior, con esos ya icónicos, gruesos y negros trazos. Frente a él, se halla el monumento a José Martí, con forma de estrella y de 142 metros de altura.

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En el medio, más de un millón de personas asistieron numerosas veces a escuchar los discursos de Fidel o del Che.

Posteriormente, tomamos la calle Paseo, y recorrimos la parte más elegante del barrio de Vedado, con sus casas residenciales venidas un poco a menos, pero que se resisten a perder su señorial belleza.

Cuando llegamos a la calle 17 giramos a la izquierda. Tres cuadras más adelante está el Parque Lennon. Se trata de una plaza normal, pero con una curiosidad: en un banco está sentada una estatua de John Lennon. Lo notable es que hay un tipo que le coloca los anteojos a John cuando alguien quiere la foto a cambio de una propina. Nosotros llegamos y no había nadie. Sacamos la foto y segundos después vimos al tipo de los anteojos, que se acercaba presuroso. Igual, no nos dijo nada, ya que la foto había sido tomada, imagino.

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Eran ya las tres o cuatro de la tarde y no habíamos almorzado. A una cuadra del Parque Lennon está pan.com. Se trata de un sitio sencillo, que vende bocadillos. Muy barato y muy sabroso todo. Recomendable para quien quiera comer algo rápido y seguir el recorrido por La Habana, sin tener que perder mucho tiempo.

Además de la comida, saboreé un helado gigante, como venganza de todo lo que me costó conseguirlo los días previos.

Con la panza llena y el corazón contento seguimos el recorrido.

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Tomamos la calle 10 hasta el Malecón, ya casi sobre el túnel que lleva a Miramar.

Caminamos por el Malecón hacia la derecha. Pasamos por el Hotel Riviera y por el Meliá Cohiba, y cuando llegamos a la esquina de Malecón y Paseo, ingresamos a las Galerías de Paseo, lo más parecido a un centro comercial que existe en La Habana.

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Obviamente todo se vende allí en convertibles, a precios internacionales. Volvimos al Malecón y continuamos hacia la derecha. Pasamos el Monumento a Calixto García y nos dirigimos hacia la Tribuna Antiimperialista.

El paseo por el Malecón cuando cae el sol es un deleite para los sentidos: la vista capta el imponente paisaje, la yuxtaposición de épocas que representa el mítico malecón habanero; el oído siente el sonido del mar golpeando contra las rocas y salpicando una gotas de oasis que mitigan efímeramente el calor; el olfato incorpora ese aroma a humedad y a mar; a sal y a pasado glorioso; a presente esperanzando y a sol; a roca y a algas; a futuro; en definitiva, ese olor a Cuba que atrapa. Que no se olvida. Que hace que quien conozca La Habana ya no sea el mismo. Que se lleva en las vísceras.

Seguimos caminando y llegamos por fin a la oficina donde funciona la Sección de Intereses de Estados Unidos, lo más parecido a una embajada, ya que no existen relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba.

Cuba ha acusado y probado repetidamente la injerencia de esa oficina en los asuntos internos del país. Lo último que han hecho los estadounidenses es colocar un cartel luminoso con grandes letras rojas en la pared del edificio, donde publican noticias de Estados Unidos y del mundo, mechados con llamadas a la población a revelarse contra la revolución.

Yo no puedo imaginarme la reacción que podría tener, por ejemplo, Francia, si por ejemplo España, pusiera en su Embajada de París un cartel luminoso llamando a la población francesa a derrocar a Sarkozy.

En fin. La respuesta de Cuba fue colocar frente a la Sección de Intereses de Estados Unidos, unas banderas negras que recuerdan a los cubanos que murieron en atentados terroristas prohijados o alentados por Estados Unidos. Detrás de las banderas, se levanta la Tribuna Antiimperialista, donde se realizan los actos oficiales cubanos en los últimos tiempos, justo delante de la Sección de Intereses.

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Estábamos viendo todo esto cuando un policía hizo sonar su silbato y nos ordenó seguir caminando. Vale decir que la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana está híper vigilada por la policía cubana, ya que el gobierno de la isla teme un autoatentado en ese edificio, que sirva como excusa para un ataque de Estados Unidos a Cuba.

Le hicimos caso al policía, pero dimos la última mirada. Lo cierto es que pasar por allí es obligado para quien visite La Habana. El lugar es un símbolo de la historia reciente y transmite la tensión entre los dos países.

Apenas se deja atrás lo anterior, se llega al Monumento a las Víctimas del Maine, un acorazado estadounidense que fue atacado… por Estados Unidos, y así justificar el inicio de su guerra contra España, a fines del siglo XIX. ¿Se entiende ahora la celosa protección de la Sección de Intereses por parte de la policía cubana?

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Un poco más adelante se llega al Hotel Nacional. Aunque el viajero no se aloje allí es una visita obligada. El Hotel es casi un monumento a La Habana y a su historia. Por allí pasaron Frank Sinatra, Winston Churchill y connotados mafiosos estadounidenses que en la década del ’40 y ’50 convirtieron a Cuba en un prostíbulo gestionado por la mafia de Chicago y sus cómplices, las autoridades cubanas de entonces.

Ya de noche, tomamos la Avenida 23 hasta el Hotel Habana Libre, el otro “monumento” de la ciudad. El Habana Libre era el Hotel Hilton, que había abierto sus puertas en 1958. Pero luego de la revolución, en 1959, el Hotel fue expropiado y convertido en cuartel general del ejército rebelde. Fidel Castro fijó en la suite del piso 24 su despacho.

Poco tiempo después se convirtió en el Hotel Habana Libre.

Eran las ocho de la noche. Habíamos quedado en encontrarnos a las nueve en Coppelia con los amigos argentinos de Bahía Blanca, con los que compartimos el autobús de Baracoa a Trinidad.

Regresamos a la casa, nos duchamos rápidamente y a las nueve en punto estábamos en la puerta del Coppelia. Nos encontramos con ellos, fuimos a cenar a la Trattoria Maraka’s, un restaurante estatal que destaca por su atención y por sus sabrosas, abundantes y baratas comidas italianas. Muy recomendables las pizzas y las pastas, obviamente.

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Luego fuimos a Coppelia por el postre, y finalizamos la noche bien entrada la madrugada por las calles de Vedado, disfrutando del aire fresco del mar, de la noche y de ese sabor de La Habana que todo lo tiñe con su magia cautivadora.



Habana Vieja

“Y a las barbas de la revolución

les salían más canas cada día,

y el mañana era un niño que mentía,

y todos se llamaban Robinsón”



Nuestro último día en Cuba. Mezcla de satisfacción, de alegría por haber logrado un viaje maravilloso con esa inevitable sensación de vacío que implica todo fin de fiesta.

Nos dispusimos disfrutarlo al máximo esa última jornada, dedicada a La Habana Vieja.

Tomamos un taxi hasta la casa de Martica y Miguel, en Centro Habana, a quienes les debíamos una visita. Luego, caminamos por el Malecón desde el Hotel Deauville hasta la Plaza de la Catedral, pasando por la feria de artesanías de La Habana.

Esta feria, montada fundamentalmente para turistas, es un salpicado de cientos de chiringuitos que venden más o menos todos lo mismo: camisetas del Che Guevara, llaveros, ceniceros, etc., mientras decenas de buscavidas pululan por los estrechos pasillos ofreciendo subrepticiamente puros o ron a los turistas.

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Mucho más agradable es la Plaza de la Catedral. La bellísima Catedral de San Cristóbal de La Habana fue construida durante el siglo XVIII y cuanto más deteriorada, cuanto más absorbe el paso del tiempo, más impacta. Música convertida en piedra, la definió Alejo Carpentier.

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Pasear por las coloridas y restauradas callejuelas de La Habana Vieja es un placer para la vista y a la vez un viaje en el tiempo.

Cerca de la catedral, el Castillo de la Real Fuerza y el Palacio de los Condes de la Casa Bayona nos transportan varios siglos hacia el pasado. El imperdible Museo de la Ciudad completa el cuadro, aportando los datos necesarios para entender la pintura completa.

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La Habana Vieja gira alrededor de cuatro plazas, que forman un arco. En el extremo norte, la Plaza de la Catedral. En el extremo sur, la Plaza Vieja. Entre ambas, la Plaza de Armas y la Plaza de San Francisco de Asís.

Nosotros, luego de visitar la Plaza de la Catedral y su área circundante nos dirigimos a la Plaza de Armas, flanqueada por el Palacio del Segundo Cabo y la Estatua a Carlos Miguel de Céspedes, continuamente visitada por las palomas de La Habana que dejan allí su blanco recuerdo.

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La Plaza de Armas es un rincón encantador de La Habana: sus árboles permiten burlar por un rato el omnipresente sol tropical y los innumerables puestos de venta de libros en pesos cubanos son una obligada parada literaria.

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Saliendo de la Plaza de Armas hacia el sur se llega a la calle Obispo. A pocos metros de allí, La Bodeguita del Medio invita a dar un vistazo y tomar la foto de rigor y el Café París, con su música en vivo, a hacer un alto, comer un bocadillo, beber algo refrescante y continuar.

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También por allí están las calles Mercaderes y Obrapía, donde se pueden visitar el Museo del Chocolate y la Maqueta de La Habana, mientras el caminante se acerca a la Plaza de San Francisco de Asís, rodeada por el edificio de la Lonja de Comercio y la Fuente de los Leones.

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Finalmente, más al sur, la Plaza Vieja es seguramente la más deslumbrante de las cuatro plazas. Hasta bien entrado el siglo XIX fue un mercado público. Mucho más tarde, la dictadura de Batista la convirtió en un aparcamiento. Desde hace algunos años, se realizan trabajos de restauración buscando devolverle su brillo de antaño.

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Promediando la tarde, nos dirigimos hasta el muelle situado al final de la calle Luz. Allí está el embarcadero de las lanchas que se dirigen a Casablanca, al otro lado de la Bahía de La Habana. Se paga en pesos cubanos y se demora unos 15 minutos.

Al llegar a Casablanca, el camino lleva al visitante hasta el imponente Cristo, construido de mármol blanco, que cual vigía, parece controlar el tránsito de embarcaciones de la bahía.

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Siguiendo el mismo y único camino, una placentera caminata de un kilómetro nos llevó hasta el Complejo El Morro – La Cabaña. Allí se puede visitar el Castillo de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro, la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña y el Museo de la Comandancia del Che, entre otros edificios vinculados a la actividad militar, además de presenciar a las 21 horas, la ceremonia del Cañonazo, rémora de época colonial, cuando un cañón arrojado al mar anunciaba que se cerraban las puertas de la ciudad. Hoy es una representación de la que disfrutan tanto cubanos como turistas. Es un buen final para la jornada.

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Sin embargo, nada de todo esto se compara con disfrutar de uno de los atardeceres más míticos, más increíbles que puede dar este mundo, viendo el sol esconderse en el Estrecho de la Florida, mientras el serpenteo de luces y sombras del crepúsculo juegan caprichosamente con los desvencijados edificios de Centro Habana, el viento ondea las ropas tendidas en las terrazas y balcones, a la vez que los altos edificios de Vedado encienden sus luces y un viejo automóvil batistiano fatiga el Malecón, teniendo como único testigo cercano el tenue amarillo de sus cincuentenarios focos delanteros.

A medida que cae la noche, las infames letras rojas del cartel luminoso cobran brillo, derrotando fugazmente el enjambre de banderas negras que le recuerdan sus crímenes. Pero la silueta negra de un pescador de sueños emerge mágicamente en la pared del malecón, con el sol, cuan bola de fuego naranja, sirviéndole de fondo. Y el pescador mira la Bahía, con la tranquilidad de quien se sabe del lado correcto del agua, de esa bahía que separa dos mundos; en ese instante las letras rojas de la ignominia comienzan a languidecer, mientras en el bar del Castillo del Morro, Silvio anuncia soñar con serpientes, los mojitos combaten la brisa tórrida de La Habana y agudizan las percepciones. Ya noche cerrada, el pescador del Malecón era invisible, pero las letras rojas perdieron la batalla una vez más, como todos los días desde hace 50 años. Si hasta son innecesarias las banderas negras, si los canallas parecían desaparecer bajo el polvo de la historia de La Habana, mientras la voz de Silvio tronaba en el bar como su cañón de futuro.

¿Una despedida de La Habana? ¿O una tarjeta de invitación para regresar? ¿Ustedes qué piensan?

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En el próximo pondremos las recomendaciones de Dani.



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martes, 19 de agosto de 2008

Dani el Viajero - Parte IV


Playa Maguana

¡Cuba! Ritmo de semillas secas
Cintura caliente y gota de madera
Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco
Mi coral en la tiniebla,
El mar ahogado en la arena
calor blanco, fruta muerta

Sería incompleto contar nuestra estadía sin explicar la odisea de reservar una habitación en la Villa Maguana, único hospedaje disponible en el lugar: según la Guía Lonely Planet, las reservaciones se realizan en el Hotel El Castillo, en Baracoa, ya que en la Villa Maguana no hay ni teléfono ni mucho menos Internet.
Desde Buenos Aires enviamos un e-mail al Hotel El Castillo, del que nunca obtuvimos respuesta.
Decidimos entonces llamar por teléfono, a pesar del exorbitante costo del llamado a Cuba. Nos atendieron amablemente y nos dijeron que ellos no hacían reservas para la Villa Maguana y que eso lo hacían en el Hotel La Rusa, también de Baracoa.
Llamamos entonces al Hotel La Rusa y allí que nos dijeron que eso era antes, que ahora el Hotel Villa Maguana tenía teléfono y nos dieron el número.
Llamamos allí pero nadie contestaba. Eso sí, el llamado se cobró, aún no sabemos por qué.
Nos pareció raro que en un hotel nadie responda. La única explicación era que el conserje se halla ido de su puesto para hacer la plancha en el mar, pero no nos pareció plausible.
Decidimos entonces hacer lo que debimos hacer desde un principio: llamar a la Oficina de Turismo de Cuba en Argentina y pedir el número de teléfono de la Villa Maguana, y ¡aleluya! ¡Número conseguido!
Hablamos con el señor Rodelio, quien de palabra nos hizo la reservación: 70 CUC por habitación por noche.
Cuando llegamos al Hotel Villa Maguana, la verdad, estábamos intranquilos. ¿Rodelio habría asentado su reserva? Después de todo sólo teníamos una llamada telefónica meses atrás, sin ningún papel que nos avalara.
Pues sí señor, allí estaba nuestra reserva. Nos dieron una habitación preciosa con vista al mar, de madera oscura, con TV cable, aire acondicionado, una ducha estupenda y un confortable balcón.
Sin perder tiempo dejamos todo y nos fuimos a la playa. El Hotel Villa Maguana tiene una pequeña cala privada. Luego, separada por unas rocas, está la playa pública, la Playa Maguana.
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Decidimos ir a la playa pública. La arena es clara pero no blanca y bastante gruesa; el mar tiene no oleaje, pero sí bastante movimiento. Eso sí, es de un color verde esmeralda impactante y dentro del agua, transparente por completo. El entorno lo completa una vegetación frondosa y despampanante.
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Para llegar a la Playa Maguana: desde la oficina de Cubatur situada al lado de la Catedral de Baracoa, todas las mañanas sale un autobús turístico que por 5 CUC lleva al interesado a la Playa Maguana. Los 5 CUC incluyen el viaje de regreso, a las 16.30 horas.
Nosotros hicimos uso sólo del viaje de ida y nos quedamos en la Villa Maguana.
El viaje se demora unos 40 minutos y es muy bonito, por una carretera selvática que atraviesa ríos, arroyos, platanales y una fábrica de chocolate inaugurada por el Che Guevara, que impregna de un exquisito aroma a cacao toda la zona.
La Playa Maguana sólo es visitada por los pasajeros de ese autobús turístico y por quienes lleguen en coches de alquiler. Casi nunca son más de 100 personas en total en una playa de 2 kilómetros de extensión.
Tan pocas personas en la playa, hace que sean blanco fácil de los persistentes vendedores: artesanías e invitaciones para almorzar y/o cenar en sus casas son las principales ofertas.
Un consejo: ser cortante y directo de entrada en la negativa. De no serlo, es difícil sacarlos de encima. En cambio, de actuar de manera infranqueable, hace que se corra la voz y los propios vendedores prefieren una presa menos complicada.
Almorzamos en el único puesto de comidas: de propiedad estatal, ofrece pollo frito, sándwiches de jamón y queso, arroz, papas fritas, ¡pero no pescado! ¡En la playa! Ah, y por supuesto, tampoco había helado. Mi búsqueda de helado en Cuba ya se estaba volviendo tragicómica.
Más allá de todo esto, pasamos un día estupendo, un rato al sol, un rato en el agua, olvidándonos que el mundo existía. Luego de las 16.30, quienes vinieron en el autobús se fueron, por lo que quedamos prácticamente solos en la playa, con la única compañía de dos simpáticos cerditos.
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Volvimos al hotel al anochecer y cenamos mariscos y pescado con arroz y bananas fritas a tres metros del mar, en el acogedor restaurante de la Villa Maguana.
Ideal final para un día mágico. Pero eso no era todo: cuando nos dirigíamos a nuestra habitación, una alemana se acercó a nosotros con el rostro desfigurado por el miedo, haciéndonos señas de que pasáramos a su habitación. Allí, otro alemán, su novio, nos miraba con la misma cara de susto, señalándonos el piso.
Todo el alboroto era por un pequeño insecto, parecía una araña, pero era muy extraño. Pedí una toalla, envolví el bicho y lo arrojé al jardín.
La alemana estalló de júbilo, me abrazó y me agradeció como si hubiera sido yo quien logró el derribo del Muro de Berlín.
Mariana no daba crédito a sus ojos.
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Cuando llegamos a la puerta de nuestra habitación descubrimos que teníamos visitas: dos simpáticas ranas hacían noche en las maderas de la baranda de la escalera.
Todavía riéndonos de la estrambótica situación anterior, ingresamos a la habitación.
Al día siguiente, desayunamos temprano: mermeladas, panes, manteca, jugos de fruta, jamón y huevos revueltos.
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Luego aprovechamos la luz matinal para tomar fotos desde diversos puntos del hotel y más tarde fuimos a la playa. Nos quedamos esta vez en la del hotel, ya que no había nadie. Pasamos el día leyendo en las tumbonas y refrescándonos en el mar. Un día muy holgazán, al fin y al cabo.
Al día siguiente, el tercero y último, dejamos la habitación al mediodía. Antes, fuimos nadando desde la playa del hotel hasta la pública, bordeando las rocas. Era sábado, y había llegado un autobús repleto de niños cubanos. El ambiente era familiar y muy agradable.
Minutos antes de las cinco de la tarde nos vino a recoger el autobús de Cubatur que nos llevó a Baracoa.
Dejamos atrás la Playa Maguana, un sitio para recomendar a quien vaya a Cuba y quiera relajarse en un lugar distinto a los tradicionales Cayo Largo, Cayo Coco o Varadero.

Viaje de Baracoa a Trinidad
“¡Oh bovino frescor de cañavera!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!”

Plan de viaje: Baracoa – Santiago (5 horas). Media hora de escala en Santiago y luego 9 horas hasta Trinidad. Todo en los ultra-refrigerados autobuses de Viazul. Una verdadera paliza.
El viaje de Baracoa a Santiago ya lo habíamos hecho en sentido inverso, pero volvimos a disfrutar de la magnificencia del paisaje.
Justo en los dos asientos posteriores a los que ocupábamos nosotros se sentó una pareja de argentinos, de la ciudad de Bahía Blanca.
Congeniamos rápidamente y conversamos todo el viaje, lo que hizo muy llevadero el trayecto.
Onoria, la dueña de la casa en la que estuvimos en Baracoa, había reservado por nosotros los billetes para el viaje de Santiago a Trinidad, que no era posible comprar en Baracoa. Por ello, cuando llegamos a Santiago me apresuré a llegar a la taquilla para pagar esos billetes reservados. No hubo problemas, lo que fue una inusual muestra de eficiencia.
Los argentinos con los que habíamos compartido el viaje desde Baracoa finalmente viajaron en el mismo autobús que nosotros, pero bajarían antes, en Ciego de Ávila, para dirigirse a Cayo Coco con la intención de quedarse un par de días en un camping.
Ya mencioné que el aire acondicionado en los autobuses de Viazul es de respetar. Pero durante el viaje Santiago – Trinidad se batieron todas las marcas: en un espectáculo rocambolesco, los pasajeros de un autobús caribeño viajaban con gorros de lana, bufandas, chaquetas, narices rojas y resfríos incipientes, mientras por las ventanillas del vehículo se veía a la gente en pantalones cortos y camisetas sin mangas.
En Cuba, cuando se va a afrontar un largo viaje en autobús, debe tenerse en cuenta que casi nunca servirán algo a bordo y que en las paradas intermedias no suele haber demasiadas posibilidades de comprar un bocadillo.
Mucho más difícil que escribir el párrafo anterior hubiera sido tomar las previsiones del caso en aquel momento: no teníamos absolutamente nada para comer y nos esperaba una larga noche.
Cuando ya nos resignábamos, el autobús hizo una parada en Bayamo, cuya estación estaba repleta de gente. Aquí tiene que haber algo para comer, pensamos, y me arrojé del autobús-nevera.
No fue tan así: la única oferta disponible consistía en unos sándwiches que un buen hombre con sombrero de paja y ropas de campesino había apilado en una caja de cartón. Los sándwiches constaban de una feta de queso, una hoja de lechuga y una feta de un fiambre que al día de hoy no he logrado dilucidar de qué se trataba. Se pagaba en pesos cubanos, por lo que eran prácticamente gratuitos.
Compré unos cuantos, pero Mariana no tiene demasiado estimulada la vocación por los sabores exóticos producidos a partir de embutidos de dudoso origen, color y aspecto. Dijo que prefería el hambre y no hubo caso.
Reconozco que los sándwiches no eran de esos que sirven para quedar bien con una futura suegra o con un jefe, pero tampoco estaban tan mal. Ni siquiera me produjeron diarrea, con eso digo todo, aunque debo mencionar que me caracterizo por poseer un estómago de hojalata que despide jugos gástricos que permiten digerir cualquier alimento líquido o sólido que mi temeraria conducta me hiciera ingerir. Si no tienen este privilegio, mejor abstenerse de los sándwiches de Bayamo.
Luego nos dormimos, pero a cada rato había una parada, durante la cual se encendían las luces del autobús, subía y bajaba gente, lo que hacía que el sueño estuviera dividido en capítulos, como en un culebrón.
En una de esas paradas bajaron nuestros amigos, con los que convenimos encontrarnos días después en la Heladería Coppelia, en La Habana.
Finalmente, a las 6.15 de la mañana, 15 horas después de nuestra partida desde Baracoa, llegamos a Trinidad.
Al bajar del autobús, nos encontramos con un espectáculo similar al de Baracoa, es decir, decenas de propietarios de casas y ganchos a la búsqueda de su comisión, intentaban conducir, incluso con fotos de las mismas, a los somnolientos y congelados viajeros a variopintas casas particulares.
Sin embargo, en Trinidad habían tomado una medida que hacía más organizado el caos: una soga separaba a los viajeros de los “ofertadores” de casas, con lo cual en lugar de producirse el acoso mediante el contacto físico como en Baracoa, se producía por la vía oral, es decir, a los gritos pelados.
Nosotros habíamos reservado por teléfono desde Baracoa una casa particular: La Casa de Merle, por recomendación de Athor, un asiduo usuario del foro de Cuba. El esposo de Merle nos iría a buscar a la estación.
A medida que nos acercábamos a la soga, la multitud comenzaba con el alboroto. Cuando dábamos marcha atrás, se callaban. Me hizo acordar a aquel episodio de la Pantera Rosa, en el que cuando la pantera ponía un pie en la calle pasaban coches a toda velocidad y cuando regresaba a la vereda cesaba el tránsito.
Esperamos a que se despejara un poco el ambiente y finalmente nos encontramos con el esposo de Merle.
Ya estábamos en Trinidad.

Trinidad
“Y la noche insensata
con sus ojos de fuego
negros, como dos perlas de carbón,
provocándome al juego
tropical y pirata
de la gata mulata y el ratón”

Apenas se logra gambetear a los “ganchos” de la terminal de autobuses, a pesar del sueño y el hambre acumulados y del peso de la mochila a las espaldas, en fin, a pesar de todo, bastan unos segundos para quedar cautivados por la belleza de esta pequeña ciudad multicolor, detenida en el tiempo hace siglos.
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Sus calles empedradas, sus fachadas color pastel, sus agradables gentes, los omnipresentes niños rumbo a la escuela…
Luego de una corta pero difícil caminata debido al irregular adoquinado de las históricas calles, llegamos a la Casa de Merle.
El anterior ocupante de nuestra habitación, un ruso muy extraño que no hablaba una sola palabra en español, aún no se había ido.
Nos quedamos conversando con Merle, su hijo menor y su abuela en el bellísimo comedor de la casa.
El tiempo pasaba y el ruso no se iba. Finalmente decidimos ir a pasear así como estábamos, dejando el equipaje ahí mismo, en el comedor de la casa. Olíamos muy mal, ansiábamos una ducha fría, pero el ruso había alterado nuestros planes.
Decidimos finalmente recorrer el centro histórico de Trinidad hasta cerca del mediodía y luego volver a la casa.
Admiramos la Plaza Mayor, la Iglesia de la Santísima Trinidad y otros edificios de interés arquitectónico, pero fundamentalmente nos introducimos en la vida cotidiana de la ciudad.
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Más tarde, al volver a la casa, nos bañamos y nos dirigimos a la oficina de Cubatur, ya que desde la puerta de la oficina parten los cocotaxis que van a la Playa Ancón. Pero la Playa Ancón será tema de la siguiente etapa.
Volvamos a Trinidad. Para resumir: íbamos a quedarnos dos días y nos quedamos cuatro. La ciudad nos fascinó.
Finalmente hicimos algo que recomiendo a todo aquel que vaya a Trinidad: nos levantábamos temprano y luego de desayunar salíamos a recorrer la ciudad.
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A eso de las 11 de la mañana, cuando el sol hacía inaguantable cualquier actividad, nos íbamos a la Playa Ancón. Así, un poco cada día fuimos conociendo toda la ciudad. Nos pareció mucho mejor que hacerlo todo de un tirón.
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Algunos de los principales atractivos de Trinidad son el Museo Histórico Municipal, instalado en una mansión colonial cercano a la plaza, el Museo Romántico, que alberga objetos antiguos, y el Museo Nacional de la Lucha contra Bandidos, que narra la lucha contra grupos contrarrevolucionarios en la cercana Sierra del Escambray, en la década del ’60.
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Un poco más lejos, subiendo por la calle Bolívar, se llega a la ermita de Nuestra Señora de la Candelaria de la Popa. Desde allí hay muy buenas vistas de la ciudad, aunque si se sigue caminando unos 30 minutos más, se llega al Cerro del Vigía, desde donde no sólo se ve la ciudad sino también la costa.
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Pero ninguna visita a Trinidad sería completa sin su noche. La vida nocturna de Trinidad es enigmática: las calles están desiertas y parecieran no tener vida alguna. La explicación es simple: todo el mundo, locales y turistas, se reúnen en las escalinatas de las Casa de la Música, al lado de la catedral. Allí grupos de música cubana deleitan al público, que baila en la calle hasta la madrugada. Luego, la acción continúa en la discoteca contigua, ya con música grabada.
Para quienes quieran algo más tranquilo, a pocos metros de allí, está la Casa de la Trova, que aunque menos concurrida y menos animada que la de Baracoa, también puede ofrecer buena música, según el día.
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A pocos metros de allí, el retumbar de los tambores aflora desde el Palenque de los Congos Reales, especializado en música afrocubana.
La Casa de Merle destaca por la atención de sus dueños, pero más aún por sus impresionantes desayunos en una terraza de ensueño, con vistas inolvidables de la ciudad y del Caribe, allá a lo lejos. Especial mención merece el Tío Cecilio, amigo de la familia que suele estar en la cena, también digna de elogios, y prepara exquisitos zumos de frutas. Largas charlas con el Tío Cecilio permiten entender la vida en Cuba, sus valores, los motivos que tienen para estar orgullosos y también sus contradicciones.
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Al cabo de dos días en la Casa de Merle tuvimos que cambiarnos, ya que Merle tenía la habitación reservada. Nos fuimos a la vuelta, a la casa de Alexis Benítez, un amigo de Merle.
La casa de Alexis no es tan bonita como la de Merle, pero la habitación es más grande y su ubicación inmejorable, frente a la Casa de la Trova y a 50 metros de la Casa de la Música. Ideal para parrandas nocturnas.
Alexis tiene una familia híper-numerosa, muy bullanguera y animada, que tratan al huésped como si estuviera en su casa. La comida es muy abundante y sabrosa y se disfruta con la compañía de una inquieta cotorra que mira burlona desde su jaula ubicada en estratégica posición.
Otra ventaja de la casa de Alexis es que tiene nevera en la habitación, lo que permite tener bebidas frías, algo que se agradece en esta calurosa ciudad.
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Luego de cuatro días estupendos en Trinidad, regresamos a La Habana, pero antes dediquémonos a la Playa Ancón.

Continuara ......
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jueves, 14 de agosto de 2008

Dani el Viajero - Parte III

Viaje de Santiago a Baracoa



“Y las viejas banderas llamando a las trincheras

desde el mural añil de la pared

donde una mano ha escrito ‘Haydee, te necesito’

sobre la boina mítica del Che”



Asela nos despertó al amanecer. Nos despedimos de ella y nos fuimos en taxi a la terminal de Viazul para abordar el autobús que nos llevaría a Baracoa que, como siempre, partió puntualmente.

La primera mitad del viaje atravesamos pequeños poblados, repletos de niños que iban a la escuela y que saludaban al paso del autobús.

Cuando llegamos a la ciudad de Guantánamo hicimos una parada de diez minutos, que aprovechamos para comprar una botella de agua: el calor era impresionante y todavía no llegábamos a media mañana.

Luego de dejar atrás Guantánamo la carretera es digna de pegar la nariz a la ventanilla.

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En primer lugar el autobús llega hasta la costa sur de Cuba y se puede apreciar el turquesa Mar Caribe durante kilómetros de agrestes y pequeñas calas alternadas con acantilados y rocas. Algunas playas de la zona son Playa Imías y Playa Yacabo. Quien haga este viaje no olvide sentarse del lado contrario al del conductor del autobús, para ver los mejores paisajes.

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Más adelante, siempre por la costa, el autobús llega a Cajobabo. Junto a una pequeña y desierta playa hay un monumento que recuerda el desembarco de José Martí en ese preciso lugar en 1895, con el objetivo

de iniciar la segunda guerra por la independencia de Cuba. El monumento es muy pintoresco: una pequeña barcaza con un tranquilo Martí sentado en ella dispuesto a desembarcar.

Una vez se deja atrás Cajobabo el autobús gira hacia el norte y se dirige a Baracoa por la mítica carretera La Farola, que atraviesa la Sierra del Pueril.

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La Farola fue la primera gran obra de infraestructura realizada luego de la Revolución, y permitió comunicar a Baracoa con el resto del país. Hasta 1964, cuando se inauguró La Farola, sólo se podía llegar y partir de Baracoa por vía marítima.

La carretera es una vía de montaña impresionante, rodeada de exuberante vegetación, ríos amarillos y chocolatados, paisajes de ensueño, poblados imposibles con casas de madera y bambú y como siempre, niños, muchos niños jugando a sus anchas por todas partes. En Cuba los niños son la cara de la felicidad.

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Faltaban 17 kilómetros para llegar a Baracoa cuando el autobús anunció una nueva parada. Era en el medio de la nada, sólo había una casa de la cual salió presta una mujer a vender frutas y chocolates (esta región de Cuba es famosa por su fábrica de cacao). Como se ve, en Cuba cada quien tiene su rebusque.

Minutos después seguimos viaje hasta Baracoa.



Baracoa

“Desde el balcón, la calle era un danzón

y el cielo, una acuarela

manchada por las velas

de las tres carabelas de Colón”



Cuando el autobús llegó a la pequeña terminal de Baracoa, un ejército de hombres, mujeres y niños, carteles en mano, se disponían a abordar a los viajeros para alojarlos en sus casas particulares.

Luego advertimos que Baracoa es en realidad un hotel gigante de mil puertas: prácticamente todas las casas están habilitadas para rentar habitaciones a turistas y se podría decir que todos los dueños de todas las casas estaban allí, en la terminal.

Entre la alborotada muchedumbre divisamos un cartel que decía “Daniel y Mariana”. Era Onoria Delgado, la dueña de la casa que habíamos reservado por e-mail desde Buenos Aires.

Llegamos a ella esquivando gente al mejor estilo estrella pop gambeteando fans a la salida de un concierto.

Fuimos andando hasta su casa, a sólo tres cuadras de la terminal.

El calor era algo difícil de describir. Onoria no tuvo mejor idea que recibirnos con un zumo de frutas helado reparador. Enseguida congeniamos con ella.

La casa de Onoria es sencilla, pero tiene todo para hacerse querer por el viajero. En especial un balcón con vista a la bahía de Baracoa y a El Yunque, la montaña de cima plana emblemática de la ciudad.

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Nuestra primera salida en Baracoa fue al Banco de Crédito y Comercio, ya que nos quedaban pocos CUC de los cambiados en el aeropuerto de La Habana.

Luego regresamos a la Casa de Onoria, nos duchamos y salimos de recorrida. No habíamos almorzado y eran ya casi las tres de la tarde. El único lugar abierto que encontramos fue la Cafetería El Parque, al lado de la Catedral. Había más de 30 mesas y sólo una ocupada: una de las dos que estaba a la sombra. El resto de mesas vacías hervían al sol.

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Nos sentamos en la que quedaba a salvo del inclemente astro rey y pedimos lo que haya. Nos sirvieron una tortilla de papas, un tostado de jamón y queso, aros de cebolla, un poco de pollo y una ración de papas fritas, todo acompañado de dos Tukolas, el refresco cubano que imita a la Coca Cola. Al principio, nos pareció un verdadero fraude, pero con los días uno se acostumbra y… no sabe tan mal después de todo.

La comida no estaba mal por ser un restaurante estatal y fuera del horario de almuerzo.

En la mesa de al lado, la única ocupada y a la sombra como dije, un grupo de tres cubanos: uno decididamente homosexual, uno que nos pareció que pateaba hacia las dos porterías y un tercero que no pudimos clasificar.

El que era decididamente homosexual hablaba a los gritos recordando amores pasados, el que jugaba a dos puntas, botella de ron en mano, quería a toda costa vendernos algo, desde una actuación musical hasta alquilarnos una bicicleta.

La charla fue haciéndose más amena a medida que fueron advirtiendo que sacarnos un CUC iba a ser más difícil que ver a Fidel Castro tomando fotos en el Empire State.

Finalmente terminamos a las risas, hablando de Argentina, del tango, de la vida en Cuba y del cambio positivo que hubo en la isla respecto a la homosexualidad.

Más tarde caminamos hacia el sur de la ciudad por la calle José Martí hasta el Museo Municipal. Luego regresamos al centro por el Malecón.

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El Malecón de Baracoa no es ni por asomo tan cautivante ni fotogénico como el de La Habana pero tiene su encanto. Las olas rompen con violencia, arrojando unas frescas gotas que mitigan efímeramente el calor imperante. La gente pasa en carros a pedales, bicicletas, motos y cualquier transporte improvisado. El mapa arquitectónico de la ciudad intercala casas multicolores de madera típicas de la zona con edificios de hormigón esperpénticos que, según nos dijeron, fueron diseñados por técnicos búlgaros durante la época de la URSS.

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Llegamos hasta la punta norte, donde se halla la estación de autobuses, que por ese entonces estaba desierta, nada que ver con nuestra llegada: a Baracoa llega un solo autobús al día y es el momento para que los dueños de casas particulares capten a sus clientes.

Contigua a la terminal, una estatua del Cacique Hatuey domina la escena.

Hatuey se levantó en armas contra los españoles durante el siglo XVI, causando estragos a los conquistadores utilizando avanzadas tácticas de guerra de guerrillas. Finalmente fue encarcelado y condenado a morir en la hoguera.

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Cuenta la leyenda que antes de proceder a su ejecución, un sacerdote le ofreció una cruz a Hatuey, y le preguntó si quería ir al cielo.

Hatuey respondió: ¿Allí irás tú y el resto de los españoles? Cuando el cura respondió que sí, Hatuey dijo que entonces prefería el infierno.

Curiosamente la historia salió a la luz a partir del libro “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, de Fray Bartolomé de las Casas, un cura español de notable tarea en la protección de los derechos de los indígenas. La Revolución Cubana rescató la historia de Hatuey, quien hoy integra el “panteón” de próceres cubanos.

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Poco más adelante, cuando el malecón finaliza, ya a 200 metros de la casa de Onoria, nos detuvimos junto a la bahía para disfrutar del impresionante atardecer de Baracoa, con el sol poniéndose detrás de El Yunque, dándole a la ciudad un aire de fotografía ocre, en distintos tiempos, en distintas épocas. Una fotografía de Cuba, al fin y al cabo.

Mientras, un grupo de chicos castigaban un gastado balón de fútbol en plena calle, por la que no parecía circular un coche desde hacía al menos cinco décadas, o quizás desde siempre.

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Volvimos a la casa de Onoria y poco después cenamos en su casa: pescados y mariscos, papas y bananas fritas, ensaladas, zumos de frutas y todo con el sabor casero e inigualable de Onoria, la mejor cocinera de Cuba según mi experiencia.

Opíparos, nos dirigimos a hacer la digestión a la Casa de la Trova, al lado de la catedral y enfrente de la Cafetería El Parque. En realidad, casi todo en Baracoa se halla en esos 30 metros contiguos a la catedral.

La Casa de la Trova es la mejor de Cuba, por lejos: es la más auténtica, la más genuina, la que más cubanos tiene con relación a turistas.

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La entrada es gratuita y sólo se cobra lo que se beba a precios muy razonables. La pasamos genial y hablamos largo rato con un joven cubano sobre su país, la situación política y las ventajas y desventajas de la vida en Cuba con relación al resto del mundo. Como siempre, asombran los conocimientos que tienen la mayoría de los cubanos sobre casi cualquier tema que se toque.

Luego de tres días en la Playa Maguana, que se tratarán en la próxima etapa, volvimos a Baracoa para disfrutar de la “Noche Baracoense”, que se celebra cada sábado por la noche en el centro de la ciudad.

Por si hiciera falta, se cierra el tránsito y se baila y bebe hasta altas horas de la madrugada. Es una de las fiestas más genuinas de Cuba.

A la mañana siguiente, caminamos hacia el Museo de Arqueología, del que la Guía Lonely Planet habla maravillas. Lamentablemente, y luego de caminar más de media hora cuesta arriba por la colina que circunda la ciudad, nos encontramos con que estaba cerrado. Allí coincidimos con un estadounidense que había burlado la prohibición que el gobierno de su país impone a sus habitantes de visitar Cuba. Nos cayó muy bien. Era un ferviente defensor de Cuba y un gran crítico de Estados Unidos. Baracoa era la ciudad que más le gustaba en Cuba.

Nos despedimos de él y fuimos al Hotel El Castillo, para disfrutar de las maravillosas vistas desde su terraza, con la ciudad debajo y el mar de fondo.

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Posteriormente, saboreamos un chocolate cargado y espeso (muy recomendable) en la Casa del Chocolate, en el centro de la ciudad. Yo quería un helado de chocolate, que se promocionaba en ese sitio, pero al igual que en Santiago, en Baracoa tampoco había helado.

Volvimos a la Casa de Onoria, quien tenía preparado un precioso collar que le regaló a Mariana. Nos despedimos de ella con besos y abrazos, prometiéndole recomendar su casa particular, que es lo que estoy haciendo en este momento: si van a Baracoa, no se van a arrepentir. Es imposible pasarla mal en la casa de Onoria y en esa ciudad preciosa.

Nos fuimos de Baracoa.

Un largo viaje en autobús nos esperaba.

Continuara ....

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